
Millonario fue echado de casa por ser estéril. La niñera y sus gemelos le dijo, “Ven conmigo.” Sebastián Valdivia
caminaba bajo la lluvia cuando la vio parada en aquella desgastada parada de autobús. Y en ese instante, mientras sus
ojos captaban cada detalle de esos dos niños rubios que la acompañaban, su sangre se congeló, porque esos ojos
verdes, esa forma de la mandíbula, ese pequeño lunar en la mejilla izquierda eran exactamente iguales a los suyos.
Había un tiempo en que Sebastián Valdivia era el hombre más envidiado de toda la ciudad. A sus 38 años era dueño
de la cadena hotelera más prestigiosa del país, con propiedades desde Cancún hasta Buenos Aires. Su apellido abría
puertas, su firma movía millones y su matrimonio con Verónica Santillán había sido llamado La boda del siglo por todos
los periódicos de sociedad. Pero eso fue antes, antes de aquella mañana terrible, hace exactamente 2 años, 3 meses y 14
días. Todo comenzó cuando Verónica insistió en que visitaran al Dr. Maldonado, el médico de confianza de su
familia desde hacía tres generaciones. “Sebastián, llevamos 5 años casados”, le dijo Verónica una noche. Su voz fría
como el hielo que tintineaba en su copa de vino. “Mi madre no deja de preguntar.
Tu padre está desesperado por un heredero. Necesitamos saber qué está pasando.” Sebastián accedió confiado. Él
se sentía perfectamente saludable. Hacía ejercicio. Comía bien. Jamás había tenido problemas de salud. Los exámenes
serían una formalidad, una forma de callar a las familias, nada más. Tres semanas después, el Dr. Maldonado los
citó en su consultorio privado del Hospital San Rafael. Sebastián nunca olvidaría ese momento. El médico, un
hombre de 65 años con lentes de marco dorado, ajustó los papeles sobre su escritorio y pronunció las palabras que
destruirían su vida. Señor Valdivia, lamento informarle que usted padece a sospermia severa. Es completamente
estéril. No hay posibilidad de que pueda tener hijos biológicos. El mundo de Sebastián se detuvo. Escuchó a Verónica
soltar un grito ahogado. Vio como el doctor continuaba hablando sobre tratamientos, opciones, adopción, pero
sus palabras llegaban distorsionadas como si estuviera bajo el agua. “Debe haber un error”, murmuró Sebastián.
“Hágame los exámenes de nuevo.” “Ya repetimos las pruebas tres veces, señor Valdivia. Los resultados son
concluyentes. Esa noche Verónica no durmió en su habitación. A la mañana siguiente, Sebastián encontró a su
padre, don Ernesto Valdivia, y a su suegra Aurora Santillán, esperándolo en la sala principal de la mansión. “Hijo,”
dijo don Ernesto, su voz grave resonando en el salón. Esto es muy delicado. Un Valdivia sin herederos es inaceptable.
“Papá, ¿hay opciones? ¿Podemos?” No. Aurora Santillán se levantó de su silla, su rostro contraído en una mueca de
disgusto. “Mi hija no se casó para adoptar hijos ajenos. Los Antillan necesitamos sangre pura. Continuidad.
Esto es un fraude, Sebastián. Nos vendiste una mentira. Las palabras de Aurora cayeron como ácido. Sebastián
miró a Verónica buscando apoyo, pero ella desviaba la mirada hacia el ventanal. Verónica susurró. Lo siento,
Sebastián. Su voz sonaba ensayada, distante. Pero mi madre tiene razón. Yo quería una familia, hijos propios. No
puedo, no puedo seguir en este matrimonio. Todo sucedió tan rápido. En menos de dos semanas, los abogados de la
familia Santillan presentaron la demanda de divorcio. Don Ernesto, presionado por Aurora y por el temor al escándalo
social, tomó una decisión que partiría el corazón de su hijo. Sebastián, necesito que te alejes por un tiempo.
Vete de la mansión. La empresa necesita estabilidad. Rodrigo Salazar se hará cargo temporalmente. Rodrigo, papá, yo
fundé esa empresa junto a ti. Le dediqué 15 años de mi vida y ahora no puedes darle un heredero. En nuestra familia
eso importa, hijo. Lo siento. La última noche en su casa, Sebastián empacó una sola maleta. Mientras bajaba la escalera
de mármol que tantas veces había subido. Escuchó voces en el comedor. Se detuvo. ¿Estás segura de que los exámenes no
puedan ser rastreados? Era la voz de Aurora. Tranquila, madre”, respondió Verónica con frialdad. “El Drctor
Maldonado es leal a nuestra familia desde hace décadas. Los resultados están perfectamente falsificados. Sebastián
nunca sabrá la verdad.” Sebastián sintió que el piso se abría bajo sus pies. Falsificados. Todo había sido una
trampa. Pero antes de que pudiera procesar eso, algo más lo golpeó. Si los exámenes eran falsos, entonces él sí
podía tener hijos. ¿Y si podía tener hijos? Su mente voló hacia 3 años atrás.
Cuando Camila Ortega llegó a trabajar como niñera y empleada doméstica a la mansión, ella tenía 24 años entonces,
recién llegada de un pueblo pequeño, con ojos enormes, llenos de sueños y una sonrisa que iluminaba hasta los rincones
más oscuros de aquella casa fría. Sebastián nunca planeó que sucediera. Verónica viajaba constantemente,
obsesionada con sus eventos sociales, sus amigas, su vida separada. Las noches solitarias se multiplicaron y Camila,
Camila estaba ahí preparándole café cuando trabajaba hasta tarde, preguntándole cómo había estado su día,
escuchándolo de verdad. Una noche lluviosa hace dos años todo cambió. Sebastián trabajaba en su estudio cuando
Camila entró con una bandeja de té. Señor Valdivia, pensé que esto le vendría bien. Son casi las 2 de la
mañana. Gracias, Camila. Tú siempre tan atenta. Ella sonrió, pero había algo
diferente en su mirada esa noche, algo vulnerable. ¿Puedo preguntarle algo personal, señor? Claro. ¿Usted es feliz?
La pregunta lo desarmó. Nadie le preguntaba eso. Nadie parecía importarle. Feliz. No lo sé, Camila. A
veces siento que vivo la vida que todos esperan de mí, pero no la mía. Ella se sentó en el sillón frente a él,
olvidando por un momento el protocolo de empleada. Yo tampoco soy feliz aquí”, confesó. “Extraño mi pueblo. Extraño la
simpleza. Aquí todo es tan vacío.” Esa noche hablaron hasta el amanecer y en
las semanas siguientes, en las ausencias de Verónica, algo más profundo creció entre ellos. No fue planeado, no fue
buscado, simplemente sucedió. Durante se meses vivieron un romance secreto dentro
de aquella mansión. Sebastián se sentía vivo por primera vez en años. Camila le
devolvió algo que había perdido, la capacidad de sentir genuinamente. Pero entonces llegó el día del diagnóstico
falso y tres días después Camila renunció. No puedo quedarme, señor Valdivia, le dijo con lágrimas en los
ojos. Esto es demasiado complicado. Camila, espera. ¿Podemos? No, usted
tiene que resolver su vida y yo yo necesito irme. Ella desapareció antes de que Sebastián pudiera detenerla y él,
destruido por el diagnóstico y el divorcio, no tuvo fuerzas para buscarla. Ahora, dos años después estaba aquí
echado de su propia casa, despojado de su empresa, viviendo en un hotel de segunda clase, trabajando como asesor
financiero freelance para pagar las cuentas. Su maleta negra, aquella misma con la que salió de la mansión, era su
única compañera constante y entonces la vio en la parada de autobús. Bajo la lluvia fina de esta noche de noviembre,
Camila Ortega lo miraba con esos mismos ojos enormes, pero ahora llenos de miedo. Vestía su viejo uniforme de
niñera, el azul con cuello blanco, delantal impoluto y aquellos guantes amarillos de limpieza que siempre usaba.