
Hombre millonario, [música] ve a su exempleada en la carretera y lo que ella
revela lo deja completamente en shock. Alejandro Salazar manejaba de regreso a la Ciudad de México después de un viaje
pesado a Monterrey. Tenía 38 años y estaba acostumbrado a cerrar negocios
importantes, a firmar contratos grandes y a que casi todo le saliera como lo planeaba. Esa noche, sin embargo,
[música] no pensaba solo en dinero, pensaba en Mariana. su novia de 27 años en la
sonrisa que ella ponía cuando él regresaba de viaje y en el departamento de lujo donde vivían desde hacía meses,
el tráfico estaba lento, las luces de los autos se reflejaban en el parabrisas [música] y la radio sonaba bajito, pero
él iba distraído, repasando en su cabeza cada detalle de su reunión [música] y también imaginando la cara de Mariana
cuando le contara que el trato había sido un éxito. Había salido del aeropuerto y decidió manejar él mismo.
Le gustaba sentir que tenía el control, sobre todo cuando necesitaba ordenar sus ideas. Iba vestido con traje oscuro y
camisa clara, [música] aún con el olor del avión en la ropa. Mientras avanzaba por una avenida que conocía de memoria,
recordó que antes de viajar Mariana le había dicho que Lucía ya no trabajaría en la casa. Le aseguró que ella había
renunciado porque quería buscar algo mejor. Alejandro lo tomó como algo normal. Lucía llevaba 3 años trabajando
con él. Era [música] seria. cumplida y casi invisible en la rutina diaria.
Nunca dio problemas, nunca pidió nada fuera de lugar. Si [música] se iba, pensó, seguro tenía sus razones. El
semáforo se puso en rojo y Alejandro frenó. Miró el reloj en el tablero y
calculó cuánto tardaría en llegar a casa. Entonces, por el rabillo del ojo,
vio una figura que caminaba por la banqueta arrastrando una maleta. Al principio no le dio importancia, pero
algo en la forma de caminar le resultó conocido. Giró un poco la cabeza y la vio mejor bajo la luz amarilla de un
poste. Era una mujer con el cabello recogido, cargando otra bolsa en el hombro y avanzando con pasos lentos.
Alejandro sintió que el corazón le daba un golpe fuerte cuando reconoció ese rostro. Era Lucía Hernández. Parpadeó
varias veces, como si no estuviera seguro de lo que veía. No era posible. Mariana le había dicho que Lucía se
había ido por voluntad propia. ¿Qué hacía entonces caminando sola de noche
con maletas? El semáforo cambió a verde y los autos detrás comenzaron a tocar el
claxon. Alejandro avanzó unos metros por reflejo, pero la imagen de Lucía no se
le borraba de la cabeza. miró por el retrovisor y tomó una decisión sin pensarlo demasiado. Se [música] orilló,
dio vuelta en una calle lateral y regresó hasta donde la había visto. Lucía seguía caminando con la mirada
baja. Su ropa era sencilla, un pantalón oscuro y una blusa clara que parecía arrugada. Las ruedas de la maleta
chocaban con las grietas de la banqueta. Alejandro se acercó despacio con el auto y bajó la ventana. dijo su nombre con
voz firme, pero se notaba la sorpresa. [música] Lucía levantó la cara de golpe. Cuando lo vio, se quedó quieta, como si
no supiera si acercarse o salir corriendo. Sus ojos estaban rojos, brillosos, había estado llorando.
Alejandro estacionó el auto junto a la banqueta y bajó sin importarle el tráfico. Se acercó a ella y le preguntó
qué estaba pasando. Lucía intentó responder con calma, pero su voz se quebró. dijo que no quería molestarlo,
que ya no trabajaba en la casa y que estaba buscando dónde quedarse. Él frunció el ceño y le preguntó por qué
llevaba maletas. [música] Mariana le había dicho que ella se fue tranquila, que incluso ya tenía otro empleo. Lucía
respiró hondo, como si juntar fuerzas le costara más que cargar el equipaje. Le contó que esa mañana Mariana la llamó a
la sala y le dijo que ya no la necesitaban [música] sin explicaciones claras. Solo le dijo que recogiera sus
cosas y se fuera. Cuando Lucía intentó preguntar si había hecho algo mal, Mariana se burló y le dijo que no servía
para nada, que la casa necesitaba otro tipo de gente. Le dio unas horas para salir y cambió las cerraduras esa misma
tarde. No le pagó completo y tampoco le permitió despedirse de los guardias ni del chóer. Alejandro sintió un calor en
el pecho que no era precisamente tristeza, era algo más fuerte, más incómodo. Durante 3 años, Lucía había
sido parte de su rutina. Sabía dónde guardaba cada cosa. [música] Conocía sus horarios. Le llevaba el café cuando
trabajaba hasta tarde. Nunca escuchó una queja. Mariana jamás le habló de problemas con ella. ¿Por qué tomar una
decisión así sin consultarlo? Él era el dueño de la casa, el responsable de los empleados. Algo no cuadraba. Miró las
maletas y luego alucía. Le preguntó a dónde iba. Ella respondió que pensaba quedarse unos días con una prima en un
departamento pequeño mientras buscaba trabajo. No tenía nada seguro. Su voz
estaba cargada de vergüenza y enojo contenido. Alejandro notó que evitaba mirarlo directo a los ojos, como si
temiera que él también la juzgara. El ruido de los autos pasaba a su lado, pero para Alejandro todo parecía más
lento. Pensó en Mariana, en la forma en que a veces cambiaba de humor sin razón.
recordó que días antes de su viaje ella insistió en revisar las cuentas de la casa y preguntó cuánto costaba mantener
a cada empleado. En ese momento él no le dio importancia. Ahora cada detalle
empezaba a pesar. Sin pensarlo demasiado, Alejandro le dijo a Lucía que subiera al auto, que no iba a dejarla
caminar sola a esa hora. Ella dudó, pero al final aceptó. Guardaron las maletas
en el asiento trasero [música] y Lucía se acomodó en el asiento del copiloto, abrazando su bolsa como si fuera lo
único seguro que le quedaba. Mientras avanzaban por la avenida, el silencio era incómodo. Alejandro tenía mil
preguntas en la cabeza. Lucía miraba por la ventana viendo pasar los edificios y
las luces. Él le aseguró que hablaría con Mariana, que necesitaba entender qué había pasado realmente. Lucía solo
asintió sin muchas esperanzas. Cuando llegaron a la dirección que ella le indicó, un edificio sencillo y viejo,
Alejandro estacionó y la ayudó a bajar las maletas. Antes de que ella entrara, [música] él le dijo que esto no se iba a
quedar así, que quería escuchar toda la historia con calma. Lucía lo miró por primera vez con un poco de confianza y
agradeció que al menos le hubiera preguntado. Alejandro la vio entrar al edificio y se quedó unos segundos parado
en la banqueta. Luego volvió al auto, pero ya no era el mismo hombre que había salido del aeropuerto pensando en
regalos y celebraciones. Ahora había una duda que le quemaba por dentro. Algo en la versión de Mariana no encajaba. Y esa
noche, mientras arrancaba rumbo a su casa, supo que al cruzar esa puerta no solo iba a saludar a su novia, iba a
buscar respuestas. Alejandro no se fue de inmediato cuando dejó a Lucía en el edificio de su prima. se quedó dentro
del auto, mirando la puerta metálica que se cerró detrás de ella. Sentía una presión en el pecho que no podía
ignorar. Algo estaba mal. Y no era solo el despido, era la forma, era el
silencio, era la mentira que, según empezaba a sospechar, alguien le había
dicho en su propia cara. Unos segundos después tomó su teléfono. Dudó. Pensó en
marcarle a Mariana, pero sabía que si la llamaba en ese momento, ella tendría tiempo para acomodar la historia. En vez