
El millonario dejó solo un dólar de propina a la mesera y una nota secreta, pero lo que ella descubrió fue
impactante. Aquella noche parecía igual a todas en el restaurante donde trabajaba Mariana, pero no lo fue.
Mariana tenía 33 años, el cabello recogido en una cola alta y unas ojeras
que no podía ocultar porque llevaba semanas durmiendo poco. Era madre soltera de un niño de 8 años llamado
Diego, y cada turno doble que tomaba era para asegurarse de que a él no le faltara nada. El restaurante estaba en
una avenida concurrida de la ciudad con luces amarillas y mesas siempre llenas los fines de semana. Mariana ya conocía
de memoria el ruido de los platos, el olor a carne asada y el murmullo constante de la gente platicando. Esa
noche había más movimiento de lo normal y el gerente, don Ernesto, no dejaba de
pedir rapidez. Mariana iba de mesa en mesa con una sonrisa que había aprendido a ponerse incluso cuando estaba cansada.
Sabía que una buena propina podía cambiarle el día. Cerca de las 9 entró un hombre que no parecía cliente
frecuente del lugar. [música] Vestía traje oscuro, zapatos brillantes y un reloj que llamaba la atención. Se
llamaba Alejandro. Tenía 37 años y aunque su ropa decía que tenía dinero,
su expresión era seria, casi distante. Mariana lo vio desde lejos cuando el anfitrión lo llevó a una mesa junto a la
ventana. [música] Ella tomó aire y se acercó con la carta en la mano. “Buenas noches”, le dijo con tono amable. Él
levantó la mirada y por un segundo pareció quedarse observándola más de lo normal. Luego agradeció y pidió lo que
quería cenar sin dar muchas vueltas. Durante el servicio, Mariana notó que Alejandro apenas tocaba su celular. En
lugar de eso, la seguía con la mirada cada vez que pasaba cerca. [música] No era una mirada incómoda, pero sí
constante. Mariana pensó que tal vez estaba evaluando el servicio o que simplemente era de esas personas que
observan todo. Cuando le llevó la comida, él le dio las gracias con un gesto leve y le preguntó cuánto tiempo
llevaba trabajando ahí. Ella respondió sin entrar en detalles, porque no era común que los clientes hicieran ese tipo
de preguntas. Le dijo que varios años y que le gustaba atender bien a la gente.
Alejandro asintió y no dijo más. La cena transcurrió sin problemas. Mariana
estuvo atenta a que no le faltara nada. Le rellenó el vaso, le preguntó si todo estaba bien y retiró el plato cuando
terminó. Él pidió la cuenta y volvió a mirarla fijo. Mariana pensó que al menos dejaría una buena propina porque había
sido amable y el consumo no era pequeño. Cuando regresó con el recibo, lo dejó sobre la mesa y se fue a atender otra
orden. Minutos después vio que Alejandro se levantaba y salía sin despedirse. Mariana esperó a que la mesa quedara
libre y se acercó a recoger el dinero. Sobre el plato encontró el billete de ó, solo uno. Mariana sintió un golpe de
molestia en el pecho. después de un consumo alto, después de haber corrido de un lado a
otro. Miró alrededor para asegurarse de que no hubiera más dinero.
No lo había. Pensó que era una broma o un error. Quizás se había equivocado de
billete, pero no era eso y nada más.
Su primer impulso fue enojarse. Se sintió pequeña, como si su esfuerzo
no valiera nada. Iba a guardar el dólar con fastidio cuando notó que debajo del
plato había un papel doblado. Lo abrió pensando que tal vez era el resto de la propina o una explicación, pero no era
dinero, era una nota escrita a mano. Decía, “Necesito hablar contigo.
Encuéntrame en esta dirección.” Abajo había una dirección completa y un horario para el día siguiente. Mariana
leyó el mensaje dos veces para asegurarse de que no estaba imaginando cosas. [música] Se le secó la boca, miró
hacia la puerta por donde él había salido, pero ya no estaba. Guardó el papel en el bolsillo del mandil sin
decir nada. Su compañera Leticia se acercó curiosa y le preguntó cuánto le habían dejado. Mariana levantó el dólar
y rodó los ojos. Leticia hizo un gesto de indignación. Quedes caro”, [música] dijo Mariana. No mencionó la nota, no
sabía por qué, pero sintió que era algo que debía guardar para ella sola. Durante el resto del turno estuvo
distraída. Cada vez que metía la mano al bolsillo y tocaba el papel, sentía una mezcla de coraje y curiosidad. ¿Qué
quería ese hombre? ¿Era una burla? Pensaba que con una nota misteriosa podía compensar la humillación del
dólar. Cuando terminó su turno y salió al frío de la noche, el ruido de la ciudad parecía más fuerte.
[música] caminó hacia la parada del camión pensando en Diego, en la renta, en los pendientes de la escuela. No tenía
tiempo para juegos. Sin embargo, la nota quemaba en su mente. Al llegar a su
casa, un pequeño departamento en una colonia sencilla encontró a su hijo dormido en el sillón con la televisión
encendida. Lo cargó con cuidado y lo llevó a la cama. se quedó mirándolo un momento, recordando por qué trabajaba
tanto. Luego volvió a la sala, sacó la nota y la puso sobre la mesa. La dirección no le sonaba conocida. Parecía
una zona de oficinas. Mariana se sentó y se quedó viendo el papel como si esperara que le diera una respuesta. No
entendía nada. Un hombre con dinero, una propina de ó y una invitación extraña.
Sentía que algo no cuadraba. Tal vez era peligroso, tal vez era una trampa, o tal
vez solo era un hombre raro con demasiado tiempo libre. Esa noche casi no pudo dormir. Cada vez que cerraba los
ojos veía la mirada fija de Alejandro y el billete solitario sobre la mesa. No
sabía que ese gesto [música] que al principio le pareció una falta de respeto, estaba a punto de cambiar su
vida de una forma que no podía imaginar. Mariana casi no durmió esa noche. Cada vez que cerraba los ojos veía el billete
de un dó sobre el plato y la nota doblada debajo. Se levantó antes de que sonara el despertador, con esa sensación
de que algo la estaba empujando por dentro. Caminó descalza hasta la cocina, preparó café y se quedó mirando la
dirección escrita en el papel. La letra era firme, clara, como si quien la escribió no dudara de nada. Eso le daba
más coraje. ¿Cómo podía estar tan seguro de que ella iría? Diego salió de su cuarto despeinado y medio dormido. Le
preguntó por qué estaba despierta tan temprano. Mariana escondió la nota debajo de una revista y le sonrió. Le
dijo que nada, que solo tenía mucho trabajo en la cabeza. Mientras preparaba el desayuno, pensaba en lo mismo. Parte
de ella quería romper el papel y olvidarse de todo. La otra parte no podía dejar de imaginar qué quería ese
hombre. En el restaurante, esa tarde [música] el ambiente estaba más tranquilo. Leticia notó que Mariana
estaba distraída y no tardó en preguntarle qué pasaba. Mariana dudó un momento, pero terminó contándole lo de
la nota. Leticia abrió los ojos como si le hubieran contado un chisme enorme. Le dijo que eso estaba raro, que podía ser
peligroso. También le dijo que tal vez el hombre solo quería disculparse. Mariana se cruzó de brazos y recordó la