“Mi vecina insistía en que veía a mi hija en casa durante el horario escolar

“Mi vecina insistía en que veía a mi hija en casa durante el horario escolar… así que fingí irme al trabajo y me escondí debajo de la cama. Minutos después, escuché varios pasos moviéndose por el pasillo.

Me llamo Olivia Carter, y siempre creí que sabía todo sobre mi hija de 13 años, Lily. Después de mi divorcio hace dos años, solo habíamos sido nosotras dos en nuestra pequeña casa en un tranquilo suburbio de Massachusetts. Ella era responsable, inteligente, educada; nunca causaba problemas. Al menos, eso es lo que yo pensaba.

Un jueves por la mañana, cuando salía con mi bolso de trabajo, mi vecina anciana, la Sra. Greene, me saludó con la mano.

—Olivia —dijo suavemente—, ¿Lily está faltando a la escuela otra vez?

Me quedé helada. —¿Faltando? No… ella va todos los días.

La Sra. Greene frunció el ceño. —Pero siempre la veo volver a casa durante el día. A veces con otros niños.

Se me cayó el alma a los pies. —Eso no puede ser cierto —insistí, forzando una sonrisa—. Debe estar equivocada.

Pero en el camino al trabajo, la inquietud no abandonaba mi pecho. Lily había estado más callada últimamente. Comía menos. Estaba cansada todo el tiempo. Lo había atribuido al estrés de la escuela secundaria… pero ¿y si era algo más?

Esa noche durante la cena, ella parecía normal: educada, tranquila, asegurándome que la escuela estaba “bien”. Cuando le repetí lo que dijo la Sra. Greene, Lily se puso rígida por medio segundo, luego le restó importancia con una risa.

—Seguro vio a otra persona, mamá. Estoy en la escuela, te lo prometo.

Pero pude notar que algo dentro de ella temblaba.

Intenté dormir, pero mi mente seguía dando vueltas. ¿Y si estaba faltando a clases? ¿Y si estaba escondiendo algo? ¿Algo peligroso?

A las 2 a. m., supe lo que tenía que hacer.

A la mañana siguiente, actué como si todo fuera normal. —Que tengas un gran día en la escuela —le dije mientras salía por la puerta a las 7:30.

—Tú también, mamá —dijo suavemente.

Quince minutos después, me subí a mi auto, conduje calle abajo, estacioné detrás de un seto y caminé a casa en silencio. Mi corazón latía con fuerza a cada paso. Me deslicé dentro, cerré la puerta con llave y fui directo a la habitación de Lily.

Su habitación estaba impecable. La cama perfectamente hecha. El escritorio ordenado.

Si ella estaba viniendo a casa en secreto, no esperaría que yo estuviera aquí.

Así que me bajé a la alfombra y me arrastré debajo de la cama.

Estaba estrecho, polvoriento y demasiado oscuro para ver nada más que la parte inferior del colchón. Mi respiración sonaba fuerte en el pequeño espacio. Silencié mi teléfono y esperé.

9:00 a. m. Nada. 9:20. Todavía nada. Mis piernas estaban entumecidas. ¿Me lo había imaginado todo?

Entonces…

CLIC. La puerta principal se abrió.

Todo mi cuerpo se congeló.

Pasos. No un par, sino varios. Pasos ligeros, apresurados, sigilosos, como niños tratando de no ser escuchados.

Contuve la respiración.

Y entonces lo escuché:

—Shh, guarden silencio —susurró una voz.

La voz de Lily.

Estaba en casa.

No estaba sola.

Y lo que fuera que estuviera pasando abajo… estaba a punto de descubrir la verdad…
El sonido de la madera crujiendo en las escaleras fue lo único que rompió el silencio tras el susurro de Lily. Uno, dos, tres pares de pies. Quizás cuatro. El peso de cada paso resonaba en el suelo como un martillazo directo a mis nervios. Apreté los párpados, tratando de fundirme con el suelo, rezando para que el polvo acumulado bajo el somier no me provocara un estornudo que delatara mi posición.

—¿Estás segura de que no volverá? —preguntó una voz masculina. Sonaba joven, en plena pubertad, con ese tono quebradizo que oscila entre lo grave y lo agudo.

—Ya te lo he dicho, Leo. —La voz de Lily era diferente a la que yo conocía. No había dulzura, ni esa vacilación típica de la adolescencia. Era fría, cortante, autoritaria—. Mamá es un reloj suizo. Entra a trabajar a las ocho, tiene su descanso a las doce y no cruza esa puerta hasta las cinco y media. Deja de lloriquear.

Sentí una náusea repentina. ¿Esa era mi hija? ¿La niña que la noche anterior me había pedido que le preparara chocolate caliente porque tenía frío?

Los pasos llegaron al rellano y, para mi horror, giraron directamente hacia su habitación. Hacia donde yo estaba.

Vi los primeros zapatos entrar en mi campo de visión, limitados por el marco de la cama. Unas zapatillas deportivas negras, desgastadas y llenas de barro seco. Luego, unas botas de estilo militar, demasiado grandes para quien las llevaba. Y finalmente, las zapatillas blancas inmaculadas de Lily. Esas que yo misma le había comprado hace dos semanas como premio por sus buenas notas.

—Cierra la puerta —ordenó Lily.

El clic de la cerradura resonó como un disparo. Ahora estaba atrapada. Si miraban debajo de la cama, no tenía escapatoria. No había ventana abierta, no había excusa posible.

—Sacadlo. Quiero verlo —dijo Lily. Se sentó en el borde de la cama, justo encima de mi cabeza. El colchón se hundió ligeramente, presionando contra mi hombro. Podía oler su perfume, una mezcla de vainilla y fresa, el mismo aroma inocente de siempre, pero ahora mezclado con el hedor acre del miedo que emanaba de mis propios poros.

Oí el sonido de una cremallera pesada, como la de una mochila de deporte, siendo abierta con brusquedad. Luego, el ruido de algo metálico chocando contra el suelo de madera. Y papel. Mucho papel.

—Está todo aquí —dijo el chico de las botas—. La casa de los Johnson, la de la Sra. Greene y la del tipo nuevo de la esquina.

—¿La Sra. Greene? —La voz de Lily destilaba desprecio—. Esa vieja entrometida es la prioridad. Casi me pilla el otro día. Se está volviendo un problema.

Mi corazón se detuvo un instante. ¿La Sra. Greene? ¿Qué le estaban haciendo?

—¿Qué hacemos con ella, Lil? —preguntó una tercera voz, femenina esta vez, temblorosa—. No quiero… ya sabes, no quiero que nadie salga herido de verdad. Dijimos que solo era entrar y salir.

—Cállate, Sarah —espetó Lily. El colchón crujió cuando se inclinó hacia adelante—. Nadie sale herido si hacen lo que deben. Pero la vieja Greene tiene ojos en todas partes. Necesitamos asustarla. O al menos, asegurarnos de que deje de mirar por la ventana.

Desde mi escondite, vi cómo una mano dejaba caer algo al suelo, cerca de las zapatillas de Lily. Era una palanca. Una palanca de hierro, oxidada en la punta. Y junto a ella, cayeron varios fajos de billetes sujetos con gomas elásticas, y lo que parecían ser joyas: un reloj de oro, varios collares de perlas, anillos con piedras que brillaban incluso en la penumbra bajo la cama.

Me llevé la mano a la boca para ahogar un grito. No estaban faltando a clase para fumar cigarrillos o beber cerveza robada. Mi hija, mi pequeña Lily, estaba dirigiendo una banda de ladrones. Estaban desvalijando el vecindario.

—¿Cuánto sacamos de la casa del 42? —preguntó Lily, moviendo los pies con impaciencia.

—Unos tres mil en efectivo. Y el joyero —respondió el chico de las zapatillas sucias—. Pero el perro casi nos oye. Tuvimos que darle la carne que trajiste.

—Bien. Mientras no ladre, me da igual lo que coma.

Hubo un silencio tenso. Pude ver cómo las botas militares se movían nerviosamente.

—Lil… —empezó el chico, Leo—. Hay un problema.

—¿Qué?

—En la casa del 42… encontramos esto.

Hubo un rumor de papeles siendo desplegados. Traté de estirar el cuello, de ver algo más que tobillos y suelas, pero el ángulo era imposible.

—¿Qué es esto? —preguntó Lily. Su voz bajó de tono, perdiendo la agresividad para tornarse en algo más oscuro, más calculador.

—Estaba en la caja fuerte, junto al dinero. Son fotos, Lil. Fotos de… nosotros.

El aire en la habitación pareció volverse de hielo.

—¿De nosotros? —repitió ella.

—Sí. Mira. Esa eres tú saliendo de la escuela. Esa soy yo en el parque —dijo la chica, Sarah—. Y hay fechas escritas detrás. Alguien nos estaba vigilando antes de que nosotros empezáramos a vigilarlos a ellos.

Lily se levantó de la cama de un salto. Sus zapatillas blancas caminaron frenéticamente de un lado a otro frente a mi nariz.

—¡Dame eso! —Gritó, arrancando los papeles de las manos del otro—. Esto no tiene sentido. El tipo del 42 es un contable aburrido que vive solo. ¿Por qué tendría fotos mías?

—Quizás sabe… —empezó Leo.

—¡Nadie sabe nada! —cortó Lily—. Somos fantasmas. Entramos cuando no están, salimos sin dejar huellas. Usamos guantes, cubrimos las cámaras. Nadie sabe nada.

—Pero esto demuestra que sí saben —insistió Sarah, su voz al borde del llanto—. Lil, tengo miedo. Si saben quiénes somos… podrían ir a la policía. O peor.

—Nadie va a ir a la policía con esto —dijo Lily lentamente, y el tono de su voz me heló la sangre. Era el tono de un adulto peligroso, no el de una niña de trece años—. Porque si él nos estaba vigilando, significa que él también tiene algo que esconder. Algo mucho peor que unos cuantos robos.

De repente, el teléfono de Lily sonó. No era su tono habitual, esa canción pop pegadiza que sonaba a todas horas. Era un zumbido seco, vibrante.

—Silencio —ordenó.

Vi cómo sus zapatillas se detenían.

—¿Sí? —contestó ella. Hubo una pausa larga—. Sí, ya tenemos el paquete… No, hubo un imprevisto… Encontramos algo más… No, no por teléfono… Está bien. En una hora. En el lugar de siempre.

Colgó.

—Recoged todo —dijo, volviendo a su tono de mando—. Tenemos que irnos. El Comprador quiere vernos antes.

—¿Qué hacemos con las fotos? —preguntó Leo.

—Nos las llevamos. Y la palanca también. Si el del 42 nos estaba siguiendo, vamos a tener que hacerle una visita especial esta noche.

—¿Esta noche? —chilló Sarah—. ¡Pero mis padres…!

—Tus padres creerán que estás durmiendo en casa de Emma, como siempre. ¡Moveos! ¡Ya!

El frenesí de movimiento se reanudó. Manos jóvenes recogiendo el botín del suelo, el sonido de las cremalleras cerrándose, el tintineo de las joyas desapareciendo en las mochilas.

—Espera —dijo de pronto el chico de las botas—. Se me ha caído un pendiente. Rodó hacia allá.

Vi una mano grande y callosa bajar hacia el suelo. Hacia la oscuridad debajo de la cama.

Mis pulmones ardían por la falta de aire. Me pegué contra la pared del fondo, encogiendo las piernas tanto como pude, rogando que las sombras fueran suficientes.

La mano tanteó la alfombra. Los dedos rozaron una pelusa a escasos centímetros de mi nariz. Si movía la cabeza, me vería. Si respiraba fuerte, me oiría.

—¿Lo tienes o no? —gruñó Lily desde la puerta.

—No lo veo… espera.

Los dedos del chico avanzaron un poco más. Rozaron la tela de mi manga.

Me quedé paralizada, esperando el grito, esperando el descubrimiento. Mi mente, en un acto de desesperación, ya estaba calculando cómo salir, cómo enfrentarme a tres adolescentes, cómo explicar por qué estaba espiando a mi propia hija.

—¡Déjalo! —ordenó Lily—. Es solo una baratija. Vámonos, llegamos tarde.

La mano se detuvo. Dudó un segundo. Los dedos se cerraron en un puño y se retiraron.

—Vale, vale. Ya voy.

El chico se levantó. Vi cómo las botas se alejaban.

—Vamos por la puerta trasera —dijo Lily—. Y limpiad vuestros zapatos en la alfombra antes de salir. Si mi madre ve barro en el pasillo, se pondrá histérica con la limpieza.

La ironía de su comentario casi me hizo soltar una risa histérica. Le preocupaba que me enfadara por el barro, no por el hecho de que era la cabecilla de una banda criminal.

Salieron de la habitación. Escuché sus pasos bajar las escaleras, esta vez más rápidos, menos cautelosos. Oí la puerta trasera abrirse y cerrarse. El clic del cerrojo automático.

Y luego, silencio.

Un silencio denso, pesado, que se sentía como una losa sobre mi pecho.

Esperé dos minutos completos. Luego cinco. Solo cuando estuve absolutamente segura de que se habían ido, me atreví a exhalar. El aire salió de mis pulmones en un sollozo entrecortado.

Salí de debajo de la cama arrastrándome como un animal herido. Mis extremidades estaban entumecidas, pero no sentía el dolor físico. Mi mente estaba hecha añicos.

Me puse de pie y miré la habitación. Estaba igual que antes. Impecable. Ordenada. La habitación de una niña modelo. Pero ahora, cada peluche, cada libro en la estantería, me parecía una mentira. Un decorado diseñado para engañarme.

Mi mirada cayó al suelo, donde el chico había estado buscando el pendiente. Allí, medio oculto por la pata de la cama, había quedado un trozo de papel. Debía haberse caído de la carpeta cuando Lily se la arrebató a Leo.

Me agaché y lo recogí con manos temblorosas. Era una fotografía impresa en papel normal.

En la imagen, granulada y tomada desde cierta distancia con un teleobjetivo, se veía a Lily. Estaba de pie en una esquina de la calle, hablando con un hombre alto que estaba de espaldas a la cámara. El hombre llevaba un abrigo gris largo. Pero lo que me hizo detener el corazón no fue el hombre.

Fue lo que Lily tenía en la mano en la foto.

Una pistola.

Y no parecía asustada. Parecía estar examinándola, sopesándola, con la misma frialdad con la que examinaría una fruta en el supermercado.

Le di la vuelta al papel. Había algo escrito con rotulador rojo, una caligrafía angulosa y agresiva:

*PROYECTO CRISÁLIDA – SUJETO 1: ACTIVO.*

El mundo empezó a dar vueltas. Me senté en la cama de mi hija, arrugando la foto en mi mano. ¿Sujeto 1? ¿Activo? ¿Qué demonios estaba pasando?

Lily había mencionado un “Comprador”. Habían hablado del vecino del 42. Y ahora esto.

Tenía que ir a la policía. Era lo lógico, lo sensato. Pero una voz en mi cabeza me detuvo. Lily había dicho que el vecino del 42 tenía fotos de ellos. Que él sabía. Y si iba a la policía… ¿y si la policía estaba involucrada? O peor, ¿y si al denunciarla perdía a mi hija para siempre, encerrada en un correccional o llevada por quienquiera que estuviera detrás de este “Proyecto Crisálida”?

No. Tenía que averiguar qué era esto antes de actuar.

Recordé lo que habían dicho. *La casa del 42. El contable aburrido.*

Me levanté. Mis piernas ya no temblaban. El miedo había sido reemplazado por una determinación fría, una furia maternal que no sabía que poseía. Nadie iba a convertir a mi hija en un monstruo. Y si ya lo era, yo iba a descubrir quién la había transformado.

Miré el reloj. Eran las 10:15 a. m. Lily había dicho que se reunirían con el Comprador en una hora. Eso me daba tiempo.

Fui a mi habitación, saqué una vieja caja de herramientas del armario y cogí un destornillador y una linterna. Luego, bajé las escaleras, asegurándome de cerrar todo con llave.

Salí a la calle. El sol brillaba, los pájaros cantaban. El suburbio parecía tan idílico como siempre. La Sra. Greene estaba en su porche regando las petunias. Me vio salir y me saludó con la mano, pero esta vez noté la preocupación en sus ojos. Ella sabía algo. Quizás no todo, pero sabía que algo oscuro rondaba nuestra calle. Asentí levemente hacia ella, una promesa silenciosa de que me ocuparía del asunto, y giré hacia la izquierda.

Hacia la casa número 42.

La casa era idéntica a la mía en estructura, pero con las persianas bajadas y el césped un poco más descuidado. No había coche en la entrada. Si Lily tenía razón y el hombre vivía solo, probablemente estaba trabajando. O vigilando a otros niños.

Caminé hacia la puerta principal, toqué el timbre y esperé. Nada. Volví a tocar. Silencio.

Miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie me observaba, salté la pequeña valla lateral y fui hacia la parte trasera. Una ventana de la cocina estaba entreabierta. “Entramos cuando no están, salimos sin dejar huellas”, había dicho Lily. La ironía de estar a punto de cometer un allanamiento para salvar a mi hija de ser una ladrona no se me escapó.

Forcé la mosquitera con el destornillador y empujé la ventana hacia arriba. Estaba dura, pero cedió. Me izé con dificultad y caí torpemente sobre el fregadero de la cocina ajena.

La casa olía a cerrado, a café rancio y a productos químicos, como los que se usan para revelar fotos.

Avancé por el pasillo. El salón era espartano. Muebles básicos, sin decoración, sin fotos familiares. Todo funcional. Como si quien viviera aquí estuviera listo para irse en cualquier momento.

Busqué la habitación que pudiera servir de oficina. La encontré al final del pasillo. La puerta estaba cerrada con llave, pero era una cerradura interior barata. Una patada fuerte cerca del pomo —algo que había visto en películas y nunca creí que funcionaría— hizo saltar el mecanismo con un chasquido de madera astillada.

Entré.

Las paredes estaban cubiertas.

No había ni un centímetro de pintura visible. Todo estaba tapizado con fotografías. Cientos de ellas.

Me acerqué, sintiendo cómo el estómago se me revolvía.

Eran fotos de niños. Todos adolescentes del barrio. Vi al chico de las botas, Leo. A la chica, Sarah. Y a muchos otros que reconocía de vista, amigos de la escuela, hijos de vecinos.

Y en el centro, ocupando el lugar de honor, la pared más grande estaba dedicada enteramente a Lily.

Lily en el parque. Lily durmiendo (tomada a través de la ventana de su habitación). Lily en la escuela. Y luego, una serie de fotos más perturbadoras: Lily recibiendo dinero de un hombre en un coche negro. Lily entregando un paquete. Lily… disparando en un campo de tiro en medio del bosque.

Pero lo que más me aterró no fueron las fotos. Fue el mapa que había sobre el escritorio.

Era un plano detallado de la ciudad. Había líneas rojas que conectaban diferentes casas. La nuestra estaba marcada con un círculo rojo brillante. Y al lado del círculo, una nota escrita a mano:

*FASE 1 COMPLETADA. EL SUJETO HA ELIMINADO LA EMPATÍA. PREPARAR FASE 2: ELIMINACIÓN DEL VÍNCULO MATERNO.*

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

“Eliminación del vínculo materno”.

Eso significaba yo.

Lily no solo estaba robando. Estaba siendo entrenada, condicionada. Y la siguiente prueba, el siguiente paso en este macabro “Proyecto Crisálida”, era deshacerse de mí.

De repente, escuché el sonido inconfundible de la puerta principal abriéndose.

Me quedé helada en medio de la habitación, rodeada por las miles de caras de mi hija observándome desde las paredes.

—¿Hola? —llamó una voz masculina. Profunda. Calmada.

El vecino del 42 había vuelto.

Miré a mi alrededor buscando un escondite, pero esta habitación no tenía cama, ni armario. Solo el escritorio y las paredes acusadoras.

Los pasos se acercaban por el pasillo. Lentos. Metódicos. Sabía que alguien había entrado. Había visto la ventana, o la puerta forzada de la oficina.

No tenía salida.

Agarré el destornillador con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. Si este hombre quería eliminarme, no se lo iba a poner fácil.

La figura apareció en el marco de la puerta. Era un hombre de unos cincuenta años, con gafas de montura metálica y aspecto inofensivo. El tipo de hombre que olvidarías cinco segundos después de verlo. Pero sus ojos… sus ojos eran dos pozos negros, carentes de cualquier emoción humana.

Me miró. Miró el destornillador en mi mano. Y luego sonrió, una sonrisa triste y cansada.

—Sra. Carter —dijo suavemente—. Llegas antes de lo previsto. Esperaba que Lily se encargara de esto antes de que tuvieras que ver… el trasfondo.

—¿Qué le ha hecho a mi hija? —gruñí, levantando el destornillador como una daga.

Él suspiró y se ajustó las gafas.

—Yo no le he hecho nada, Olivia. Solo estoy documentando el proceso. No soy el creador. Soy el observador.

—¿Observador de qué? ¡Aléjese!

El hombre dio un paso hacia dentro, cerrando parcialmente la puerta detrás de él.

—De la evolución. Su hija es especial. Muy especial. Tiene una capacidad innata para la disociación moral que no habíamos visto en décadas. Es perfecta para el programa.

—¡Es una niña! —grité.

—Era una niña —corrigió él—. Ahora es un activo. Y me temo que usted se ha convertido en un pasivo.

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta.

No esperé a ver qué sacaba. Me lancé hacia él con un grito de pura desesperación, clavando el destornillador hacia su hombro.

El hombre se movió con una velocidad antinatural, esquivando el golpe y agarrando mi muñeca con una fuerza de acero. Me retorció el brazo y el destornillador cayó al suelo. Me empujó contra el escritorio, haciéndome chocar contra el mapa y las notas sobre mi propia muerte.

—No quiero hacerle daño, Olivia —dijo, inmovilizándome—. De verdad que no. Se supone que debe ser Lily quien lo haga. Es parte de su graduación. Si lo hago yo, invalidará los datos.

—¡Está loco! —jadeé, luchando inútilmente contra su agarre.

—Quizás. Pero mire las fotos. Mire a su hija. ¿Ve miedo en sus ojos? ¿Ve remordimiento? No. Ella disfruta del poder. Nosotros solo le dimos un canal para expresarlo.

De repente, un estruendo de cristales rotos vino desde la parte delantera de la casa.

El hombre se tensó, girando la cabeza hacia el pasillo. Su agarre se aflojó por una fracción de segundo.

—¡Policía! —gritó una voz no muy lejana, pero no sonaba como la policía. Sonaba joven. Forzada.

El hombre del 42 frunció el ceño. —¿Qué…?

Aproveché su confusión. Le di un rodillazo en la ingle con todas mis fuerzas. Él gruñó y se dobló. Me solté, agarré una pesada grapadora de metal del escritorio y la estrellé contra su sien.

Cayó al suelo, aturdido, sangrando.

No me quedé a comprobar si estaba inconsciente. Salí corriendo de la habitación, hacia el pasillo.

Allí, en el salón, de pie sobre los restos de la ventana delantera que acababa de romper con un ladrillo, estaba Lily.

Pero no estaba sola. Detrás de ella estaban Leo, Sarah y otros dos chicos que no conocía. Todos llevaban máscaras de esquí, pero reconocí sus ropas. Y todos llevaban bates de béisbol, barras de hierro… y Lily, en el centro, empuñaba la pistola que había visto en la foto.

Me detuve en seco al final del pasillo.

Lily me vio. Sus ojos se abrieron de par en par detrás de la máscara, que se había subido a la frente. La pistola apuntaba vagamente hacia el suelo, pero su dedo estaba cerca del gatillo.

—¿Mamá? —dijo. Su voz volvió a ser la de una niña, llena de confusión y pánico real—. ¿Qué haces aquí?

Detrás de mí, escuché al hombre del 42 gemir y tratar de levantarse.

—Lily… —empecé, con la voz quebrada, levantando las manos—. Ese hombre… él tiene fotos. Él dice que tú…

Lily miró por encima de mi hombro, hacia la puerta de la oficina donde el hombre estaba apareciendo, con sangre bajando por su cara.

La expresión de Lily cambió en un instante. La confusión desapareció. La niña desapareció. La frialdad regresó, más intensa que nunca.

Levantó el arma. No me apuntó a mí. Apuntó por encima de mi hombro, directamente a la cabeza del vecino.

 


—Te dije que no te acercaras a mi madre —dijo Lily, con una calma aterradora.

—Sujeto 1, baja el arma —dijo el hombre, jadeando, apoyándose en el marco de la puerta—. Esto es una desviación del protocolo. Debes eliminar el vínculo, no al observador.

—El protocolo ha cambiado —respondió ella.

—Lily, ¡no! —grité, lanzándome hacia ella para cubrir su línea de tiro.

—¡Mamá, muévete! —bramó ella, una orden militar.

—¡No voy a dejar que mates a nadie!

En ese momento de caos, el sonido de sirenas reales comenzó a aullar en la distancia. Alguien más había llamado a la policía de verdad. Probablemente la Sra. Greene.

El hombre del 42 sonrió con los dientes ensangrentados. —Se acabó el tiempo, Lily. El equipo de limpieza estará aquí en tres minutos. Si me matas, ellos os matarán a todos. Si te vas ahora, quizás sobrevivas.

Lily dudó. Su mano temblaba ligeramente. Miró a sus amigos, luego a mí, y finalmente al hombre.

—Esto no ha terminado —susurró.

Bajó el arma, agarró mi brazo con una fuerza sorprendente y tiró de mí hacia la puerta rota.

—¡Vámonos! ¡Todos! —gritó a su banda.

—¡Yo no voy a ninguna parte contigo! —me resistí, clavando los talones—. ¡Tenemos que esperar a la policía!

Lily se giró hacia mí. Sus ojos eran una tormenta de emociones conflictivas, pero por primera vez, vi una lágrima correr por su mejilla, limpiando una mancha de suciedad.

—Mamá, por favor —suplicó, y su voz se rompió—. La policía no es la policía. Ellos trabajan para él. Si nos quedamos aquí, estamos muertas. Tienes que confiar en mí. Por favor.

Miré a mi hija. Miré la pistola en su mano, la banda de adolescentes armados detrás de ella, y al hombre sangrando en el pasillo que nos miraba con la satisfacción de un científico viendo a sus ratas de laboratorio correr por el laberinto.

Las sirenas estaban ya en la esquina.

Tenía que tomar una decisión. Creer en el sistema que se suponía que debía protegernos, o creer en la niña que yo había criado, que ahora se había convertido en una extraña peligrosa, pero que me estaba ofreciendo la mano.

Escuché el chirrido de neumáticos frenando bruscamente frente a la casa. Puertas de coches abriéndose. Pasos pesados corriendo hacia nosotras. No sonaban como policías de barrio. Sonaban como un ejército.

—Confío en ti —dije.

Lily asintió, secándose la lágrima con furia.

—Corred —ordenó.

Y corrimos. Saltamos por la ventana rota, cruzamos el jardín trasero, saltamos las vallas de los vecinos y nos sumergimos en el bosque que bordeaba el suburbio, dejando atrás mi vida tranquila, mi casa impecable y todo lo que creía saber sobre el mundo. Mientras las ramas me golpeaban la cara y el aliento me faltaba, solo podía pensar en una cosa:

Mi hija no estaba faltando a la escuela. Mi hija estaba en guerra. Y yo acababa de ser reclutada.

El bosque detrás de nuestro vecindario no era profundo, pero esa noche parecía infinito. Las ramas desnudas del otoño nos azotaban como látigos invisibles, y el suelo, cubierto de hojas muertas y humedad, amenazaba con hacernos resbalar a cada zancada.

—¡Por aquí! —susurró Lily, tirando de mi mano. Su agarre era firme, carente del sudor nervioso que yo tenía.

Detrás de nosotras, las voces de los hombres que habían bajado de los coches negros ladraban órdenes cortas y precisas. No gritaban. No había caos en su persecución, solo una eficiencia depredadora. Los haces de luz de sus linternas tácticas cortaban la oscuridad, barriendo los troncos de los árboles, acercándose cada vez más.

—Lily, no puedo… —jadeé, sintiendo una punzada aguda en el costado. Mis zapatos de oficina no estaban hechos para esto.

—Tienes que poder, mamá. Si nos alcanzan, desaparecemos. Literalmente. —Se detuvo un segundo detrás de un roble grueso y me miró a los ojos. En la penumbra, sus pupilas estaban dilatadas, absorbiendo toda la luz disponible—. Leo y Sarah se han separado hacia el arroyo para distraerlos. Nosotros vamos al viejo molino.

—¿Al molino? Eso es un callejón sin salida.

—No si sabes lo que hay debajo —dijo ella, y reanudó la carrera.

Corrimos durante lo que parecieron horas, aunque probablemente fueron solo diez minutos de terror puro. El sonido de las botas pesadas de nuestros perseguidores comenzó a desvanecerse ligeramente hacia el oeste, siguiendo el rastro falso de los otros chicos. Recé en silencio para que Leo y Sarah fueran tan rápidos como parecían.

Llegamos a las ruinas del viejo molino de agua, una estructura de piedra cubierta de grafitis en el límite del pueblo. Lily no se dirigió a la entrada principal. Fue hacia un montón de escombros en la parte trasera, apartó una vieja plancha de metal oxidado y reveló un hueco oscuro.

—Adentro. Rápido.

Nos deslizamos por el agujero hacia una oscuridad que olía a tierra y moho. Lily encendió la linterna de su móvil, iluminando un pequeño sótano de hormigón. Había sacos de dormir, cajas de comida enlatada y, sobre una mesa plegable, varios monitores apagados y equipos electrónicos desmontados.

—¿Qué es esto? —pregunté, tratando de recuperar el aliento.

—Nuestra base de operaciones —dijo Lily, soltando mi mano para ir a bloquear la entrada desde dentro con una barra de hierro—. Aquí es donde planeamos los trabajos. Y donde nos escondemos cuando las cosas se ponen feas.

Se giró hacia mí. La luz del móvil proyectaba sombras alargadas sobre su rostro, haciéndola parecer mucho mayor de trece años. Se quitó la máscara de esquí y la tiró al suelo. Debajo, su cara estaba sucia, con un rasguño en la mejilla, pero sus ojos… esos eran los ojos de mi hija. Ojos que ahora me miraban con una mezcla de vergüenza y desafío.

—¿Por qué, Lily? —pregunté, mi voz temblando por la adrenalina y el dolor—. ¿Por qué hacías esto? ¿Robar casas? ¿Armas?

Ella se dejó caer en una silla de camping vieja.

—No empezamos robando, mamá. Empezamos buscando. —Se pasó una mano por el pelo—. Hace seis meses, un hombre se acercó a mí en el parque. Dijo que yo era especial. Que tenía “potencial”. Me ofreció dinero por hacer cosas simples: vigilar una casa, entregar un paquete. Pensé que era fácil. Quería comprarme mis propias cosas, ayudar en casa sin pedírtelo…

—Deberías habérmelo dicho.

—¡No podía! —gritó ella, y su voz resonó en las paredes de hormigón—. Cuando me di cuenta de lo que eran… ya me tenían. Me mostraron fotos tuyas entrando al trabajo. Fotos tuyas durmiendo. Dijeron que si dejaba el programa, tú tendrías un “accidente”.

Sentí un frío glacial en el estómago.

—Así que recluté a Leo y a Sarah —continuó, bajando la voz—. Ellos también estaban atrapados. Decidimos que si hacíamos lo que nos pedían, si éramos los mejores “activos” que tenían, no os harían daño. Pero empezamos a guardar cosas. Dinero. Joyas. Y archivos. Buscábamos una salida.

—El vecino del 42… el Observador… dijo que tu prueba final era eliminarme.

Lily asintió lentamente, las lágrimas volviendo a sus ojos. —Esta mañana recibí la orden. “Cortar el vínculo”. Me dieron la pistola. Me dijeron que si no lo hacía yo esta noche, ellos vendrían y nos matarían a las dos.

Se levantó y se acercó a mí, agarrando mis manos. Sus dedos estaban helados.

—Iba a ir a por él, mamá. Iba a matar al Observador antes de que él pudiera dar la orden al equipo de limpieza. Pero tú… tú tenías que ir a hacer de detective.

—Soy tu madre —dije, apretando sus manos—. Es mi trabajo protegerte, aunque sea de ti misma.

—Ya no —susurró ella—. Ahora estamos en su lista de exterminio. El Proyecto Crisálida no deja cabos sueltos.

De repente, un golpe sordo resonó sobre nuestras cabezas. Pasos. Pesados y lentos.

Lily apagó la luz del móvil instantáneamente. Nos quedamos en la oscuridad total, escuchando cómo el polvo caía del techo.

—Nos han encontrado —susurré al oído de Lily.

—No deberían… a menos que… —Lily se palpó el bolsillo. Sacó su teléfono. La pantalla brillaba tenue—. Maldita sea. El rastreador. Pensé que lo había desactivado.

—¿Qué hacemos?

Lily volvió a empuñar la pistola. El sonido del seguro quitándose fue ensordecedor en el silencio.

—Hay una salida por el túnel de desagüe. Lleva al río. Tienes que irte, mamá. Yo los entretendré.

—Ni hablar —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. No te voy a dejar. Si salimos, salimos juntas.

—Mamá, son asesinos entrenados. No tienes ninguna oportunidad.

Recordé la sensación de la grapadora impactando contra la sien del Observador. Recordé la furia que sentí al ver las fotos en la pared.

—Puede que no tenga entrenamiento, Lily —dije, buscando en la oscuridad hasta que mi mano se cerró en torno a la barra de hierro que usaban para atrancar la puerta—. Pero tengo algo que ellos no tienen.

—¿El qué?

—Tengo a mi hija. Y nadie toca a mi hija.

El techo de madera crujió violentamente y, con un estruendo, la trampilla de entrada fue arrancada. Un haz de luz cegador inundó el sótano, seguido por una granada de humo que rodó por el suelo.

—¡Abajo! —gritó Lily.

Nos tiramos al suelo mientras el humo gris y acre llenaba el espacio. Tosí, cubriéndome la boca con la manga.

Dos figuras descendieron al sótano con máscaras de gas y rifles de asalto. Se movían con la precisión de máquinas.

—Sujeto 1. Entrégate y la muerte de la civil será rápida —dijo una voz distorsionada por la máscara.

Lily disparó.

El estruendo fue brutal en el espacio cerrado. Uno de los hombres gruñó y se llevó la mano al hombro, retrocediendo. El otro abrió fuego, pero Lily ya había rodado detrás de la mesa de metal, arrastrándome con ella. Las balas repiquetearon contra el equipo electrónico, haciendo saltar chispas.

—¡Cúbreme! —me gritó Lily.

—¿Con qué? —chillé.

—¡Con lo que sea!

El hombre ileso avanzaba hacia nosotras. Vi sus botas negras rodear la mesa. Iba a ejecutarnos.

No pensé. El instinto animal se apoderó de mí. Agarré una de las pesadas CPUs de ordenador que había en el suelo y, aprovechando que el humo dificultaba la visión, me levanté y la arrojé con todas mis fuerzas por encima de la mesa.

El ordenador golpeó al soldado en el pecho, desequilibrándolo por un segundo. Fue suficiente.

Lily se levantó y disparó dos veces más. El hombre cayó al suelo, inmóvil.

Pero el primero, el que estaba herido en el hombro, se había recuperado. Levantó su rifle apuntando directamente al pecho de Lily.

—¡No! —grité.

Me abalancé sobre él con la barra de hierro. El hombre giró el cañón hacia mí, pero fui más rápida, impulsada por una desesperación que ninguna instrucción militar podía replicar. Golpeé el cañón del rifle, desviando el disparo que perforó el muro de hormigón, y luego descargué la barra sobre su casco. El hombre se desplomó como un saco de patatas.

El silencio volvió al sótano, roto solo por nuestros jadeos y el pitido en mis oídos.

Lily me miraba, con la boca abierta, la pistola colgando de su mano.

—Wow, mamá —murmuró.

—Límpiate la cara —dije, tirando la barra al suelo, mis manos temblando incontrolablemente—. Nos vamos.

Salimos del molino hacia la noche fría. No había más perseguidores cerca; esos dos debían ser la avanzadilla. Pero sabíamos que vendrían más.

Corrimos hacia el río, donde Lily dijo que Leo había escondido una barca vieja. Mientras remábamos corriente abajo, alejándonos de las luces del suburbio, de mi casa, de mi hipoteca, de la Sra. Greene y de mi vida anterior, vi cómo Lily lanzaba su teléfono al agua oscura.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella, su voz pequeña y frágil otra vez. Se acurrucó contra mí, buscando calor.

La abracé, sintiendo el peso de la pistola en su bolsillo contra mi cadera. Miré hacia atrás, hacia la vida que dejábamos. Sabía que nos buscarían. Sabía que el Proyecto Crisálida no se detendría. Pero habían cometido un error de cálculo fatal.

Habían intentado eliminar mi empatía, mi vínculo materno, creyendo que eso me haría débil. No entendieron que el amor de una madre no es solo suavidad y abrazos. Es también dientes, garras y una violencia primitiva cuando su cría está amenazada.

—Ahora —dije, mirando hacia la oscuridad del río que nos llevaba hacia un futuro incierto—, vamos a buscar a los otros padres. Vamos a encontrar a Leo y a Sarah. Y luego…

Lily levantó la vista, esperando mi decisión.

—Luego dejaremos de huir —concluí, sintiendo una nueva y fría determinación asentarse en mi pecho—. Ellos querían crear armas, Lily. Pues bien, lo han conseguido. Solo que ahora, el arma apunta hacia ellos.

Lily sonrió. Fue una sonrisa triste, cansada, pero genuina. Apoyó la cabeza en mi hombro y cerró los ojos.

El agua nos mecía suavemente mientras la corriente nos llevaba lejos, hacia la oscuridad, hacia la guerra, hacia nuestra nueva vida. Ya no éramos Olivia y Lily, la madre divorciada y la estudiante modelo. Éramos supervivientes. Y estábamos juntas.

[FIN]

El sonido de la madera crujiendo en las escaleras fue lo único que rompió el silencio tras el susurro de Lily. Uno, dos, tres pares de pies. Quizás cuatro. El peso de cada paso resonaba en el suelo como un martillazo directo a mis nervios. Apreté los párpados, tratando de fundirme con el suelo, rezando para que el polvo acumulado bajo el somier no me provocara un estornudo que delatara mi posición.

—¿Estás segura de que no volverá? —preguntó una voz masculina. Sonaba joven, en plena pubertad, con ese tono quebradizo que oscila entre lo grave y lo agudo.

—Ya te lo he dicho, Leo. —La voz de Lily era diferente a la que yo conocía. No había dulzura, ni esa vacilación típica de la adolescencia. Era fría, cortante, autoritaria—. Mamá es un reloj suizo. Entra a trabajar a las ocho, tiene su descanso a las doce y no cruza esa puerta hasta las cinco y media. Deja de lloriquear.

Sentí una náusea repentina. ¿Esa era mi hija? ¿La niña que la noche anterior me había pedido que le preparara chocolate caliente porque tenía frío?

Los pasos llegaron al rellano y, para mi horror, giraron directamente hacia su habitación. Hacia donde yo estaba.

Vi los primeros zapatos entrar en mi campo de visión, limitados por el marco de la cama. Unas zapatillas deportivas negras, desgastadas y llenas de barro seco. Luego, unas botas de estilo militar, demasiado grandes para quien las llevaba. Y finalmente, las zapatillas blancas inmaculadas de Lily. Esas que yo misma le había comprado hace dos semanas como premio por sus buenas notas.

—Cierra la puerta —ordenó Lily.

El clic de la cerradura resonó como un disparo. Ahora estaba atrapada. Si miraban debajo de la cama, no tenía escapatoria. No había ventana abierta, no había excusa posible.

—Sacadlo. Quiero verlo —dijo Lily. Se sentó en el borde de la cama, justo encima de mi cabeza. El colchón se hundió ligeramente, presionando contra mi hombro. Podía oler su perfume, una mezcla de vainilla y fresa, el mismo aroma inocente de siempre, pero ahora mezclado con el hedor acre del miedo que emanaba de mis propios poros.

Oí el sonido de una cremallera pesada, como la de una mochila de deporte, siendo abierta con brusquedad. Luego, el ruido de algo metálico chocando contra el suelo de madera. Y papel. Mucho papel.

—Está todo aquí —dijo el chico de las botas—. La casa de los Johnson, la de la Sra. Greene y la del tipo nuevo de la esquina.

—¿La Sra. Greene? —La voz de Lily destilaba desprecio—. Esa vieja entrometida es la prioridad. Casi me pilla el otro día. Se está volviendo un problema.

Mi corazón se detuvo un instante. ¿La Sra. Greene? ¿Qué le estaban haciendo?

—¿Qué hacemos con ella, Lil? —preguntó una tercera voz, femenina esta vez, temblorosa—. No quiero… ya sabes, no quiero que nadie salga herido de verdad. Dijimos que solo era entrar y salir.

—Cállate, Sarah —espetó Lily. El colchón crujió cuando se inclinó hacia adelante—. Nadie sale herido si hacen lo que deben. Pero la vieja Greene tiene ojos en todas partes. Necesitamos asustarla. O al menos, asegurarnos de que deje de mirar por la ventana.

Desde mi escondite, vi cómo una mano dejaba caer algo al suelo, cerca de las zapatillas de Lily. Era una palanca. Una palanca de hierro, oxidada en la punta. Y junto a ella, cayeron varios fajos de billetes sujetos con gomas elásticas, y lo que parecían ser joyas: un reloj de oro, varios collares de perlas, anillos con piedras que brillaban incluso en la penumbra bajo la cama.

Me llevé la mano a la boca para ahogar un grito. No estaban faltando a clase para fumar cigarrillos o beber cerveza robada. Mi hija, mi pequeña Lily, estaba dirigiendo una banda de ladrones. Estaban desvalijando el vecindario.

—¿Cuánto sacamos de la casa del 42? —preguntó Lily, moviendo los pies con impaciencia.

—Unos tres mil en efectivo. Y el joyero —respondió el chico de las zapatillas sucias—. Pero el perro casi nos oye. Tuvimos que darle la carne que trajiste.

—Bien. Mientras no ladre, me da igual lo que coma.

Hubo un silencio tenso. Pude ver cómo las botas militares se movían nerviosamente.

—Lil… —empezó el chico, Leo—. Hay un problema.

—¿Qué?

—En la casa del 42… encontramos esto.

Hubo un rumor de papeles siendo desplegados. Traté de estirar el cuello, de ver algo más que tobillos y suelas, pero el ángulo era imposible.

—¿Qué es esto? —preguntó Lily. Su voz bajó de tono, perdiendo la agresividad para tornarse en algo más oscuro, más calculador.

—Estaba en la caja fuerte, junto al dinero. Son fotos, Lil. Fotos de… nosotros.

El aire en la habitación pareció volverse de hielo.

—¿De nosotros? —repitió ella.

—Sí. Mira. Esa eres tú saliendo de la escuela. Esa soy yo en el parque —dijo la chica, Sarah—. Y hay fechas escritas detrás. Alguien nos estaba vigilando antes de que nosotros empezáramos a vigilarlos a ellos.

Lily se levantó de la cama de un salto. Sus zapatillas blancas caminaron frenéticamente de un lado a otro frente a mi nariz.

—¡Dame eso! —Gritó, arrancando los papeles de las manos del otro—. Esto no tiene sentido. El tipo del 42 es un contable aburrido que vive solo. ¿Por qué tendría fotos mías?

—Quizás sabe… —empezó Leo.

—¡Nadie sabe nada! —cortó Lily—. Somos fantasmas. Entramos cuando no están, salimos sin dejar huellas. Usamos guantes, cubrimos las cámaras. Nadie sabe nada.

—Pero esto demuestra que sí saben —insistió Sarah, su voz al borde del llanto—. Lil, tengo miedo. Si saben quiénes somos… podrían ir a la policía. O peor.

—Nadie va a ir a la policía con esto —dijo Lily lentamente, y el tono de su voz me heló la sangre. Era el tono de un adulto peligroso, no el de una niña de trece años—. Porque si él nos estaba vigilando, significa que él también tiene algo que esconder. Algo mucho peor que unos cuantos robos.

De repente, el teléfono de Lily sonó. No era su tono habitual, esa canción pop pegadiza que sonaba a todas horas. Era un zumbido seco, vibrante.

—Silencio —ordenó.

Vi cómo sus zapatillas se detenían.

—¿Sí? —contestó ella. Hubo una pausa larga—. Sí, ya tenemos el paquete… No, hubo un imprevisto… Encontramos algo más… No, no por teléfono… Está bien. En una hora. En el lugar de siempre.

Colgó.

—Recoged todo —dijo, volviendo a su tono de mando—. Tenemos que irnos. El Comprador quiere vernos antes.

—¿Qué hacemos con las fotos? —preguntó Leo.

—Nos las llevamos. Y la palanca también. Si el del 42 nos estaba siguiendo, vamos a tener que hacerle una visita especial esta noche.

—¿Esta noche? —chilló Sarah—. ¡Pero mis padres…!

—Tus padres creerán que estás durmiendo en casa de Emma, como siempre. ¡Moveos! ¡Ya!

El frenesí de movimiento se reanudó. Manos jóvenes recogiendo el botín del suelo, el sonido de las cremalleras cerrándose, el tintineo de las joyas desapareciendo en las mochilas.

—Espera —dijo de pronto el chico de las botas—. Se me ha caído un pendiente. Rodó hacia allá.

Vi una mano grande y callosa bajar hacia el suelo. Hacia la oscuridad debajo de la cama.

Mis pulmones ardían por la falta de aire. Me pegué contra la pared del fondo, encogiendo las piernas tanto como pude, rogando que las sombras fueran suficientes.

La mano tanteó la alfombra. Los dedos rozaron una pelusa a escasos centímetros de mi nariz. Si movía la cabeza, me vería. Si respiraba fuerte, me oiría.

—¿Lo tienes o no? —gruñó Lily desde la puerta.

—No lo veo… espera.

Los dedos del chico avanzaron un poco más. Rozaron la tela de mi manga.

Me quedé paralizada, esperando el grito, esperando el descubrimiento. Mi mente, en un acto de desesperación, ya estaba calculando cómo salir, cómo enfrentarme a tres adolescentes, cómo explicar por qué estaba espiando a mi propia hija.

—¡Déjalo! —ordenó Lily—. Es solo una baratija. Vámonos, llegamos tarde.

La mano se detuvo. Dudó un segundo. Los dedos se cerraron en un puño y se retiraron.

—Vale, vale. Ya voy.

El chico se levantó. Vi cómo las botas se alejaban.

—Vamos por la puerta trasera —dijo Lily—. Y limpiad vuestros zapatos en la alfombra antes de salir. Si mi madre ve barro en el pasillo, se pondrá histérica con la limpieza.

La ironía de su comentario casi me hizo soltar una risa histérica. Le preocupaba que me enfadara por el barro, no por el hecho de que era la cabecilla de una banda criminal.

Salieron de la habitación. Escuché sus pasos bajar las escaleras, esta vez más rápidos, menos cautelosos. Oí la puerta trasera abrirse y cerrarse. El clic del cerrojo automático.

Y luego, silencio.

Un silencio denso, pesado, que se sentía como una losa sobre mi pecho.

Esperé dos minutos completos. Luego cinco. Solo cuando estuve absolutamente segura de que se habían ido, me atreví a exhalar. El aire salió de mis pulmones en un sollozo entrecortado.

Salí de debajo de la cama arrastrándome como un animal herido. Mis extremidades estaban entumecidas, pero no sentía el dolor físico. Mi mente estaba hecha añicos.

Me puse de pie y miré la habitación. Estaba igual que antes. Impecable. Ordenada. La habitación de una niña modelo. Pero ahora, cada peluche, cada libro en la estantería, me parecía una mentira. Un decorado diseñado para engañarme.

Mi mirada cayó al suelo, donde el chico había estado buscando el pendiente. Allí, medio oculto por la pata de la cama, había quedado un trozo de papel. Debía haberse caído de la carpeta cuando Lily se la arrebató a Leo.

Me agaché y lo recogí con manos temblorosas. Era una fotografía impresa en papel normal.

En la imagen, granulada y tomada desde cierta distancia con un teleobjetivo, se veía a Lily. Estaba de pie en una esquina de la calle, hablando con un hombre alto que estaba de espaldas a la cámara. El hombre llevaba un abrigo gris largo. Pero lo que me hizo detener el corazón no fue el hombre.

Fue lo que Lily tenía en la mano en la foto.

Una pistola.

Y no parecía asustada. Parecía estar examinándola, sopesándola, con la misma frialdad con la que examinaría una fruta en el supermercado.

Le di la vuelta al papel. Había algo escrito con rotulador rojo, una caligrafía angulosa y agresiva:

*PROYECTO CRISÁLIDA – SUJETO 1: ACTIVO.*

El mundo empezó a dar vueltas. Me senté en la cama de mi hija, arrugando la foto en mi mano. ¿Sujeto 1? ¿Activo? ¿Qué demonios estaba pasando?

Lily había mencionado un “Comprador”. Habían hablado del vecino del 42. Y ahora esto.

Tenía que ir a la policía. Era lo lógico, lo sensato. Pero una voz en mi cabeza me detuvo. Lily había dicho que el vecino del 42 tenía fotos de ellos. Que él sabía. Y si iba a la policía… ¿y si la policía estaba involucrada? O peor, ¿y si al denunciarla perdía a mi hija para siempre, encerrada en un correccional o llevada por quienquiera que estuviera detrás de este “Proyecto Crisálida”?

No. Tenía que averiguar qué era esto antes de actuar.

Recordé lo que habían dicho. *La casa del 42. El contable aburrido.*

Me levanté. Mis piernas ya no temblaban. El miedo había sido reemplazado por una determinación fría, una furia maternal que no sabía que poseía. Nadie iba a convertir a mi hija en un monstruo. Y si ya lo era, yo iba a descubrir quién la había transformado.

Miré el reloj. Eran las 10:15 a. m. Lily había dicho que se reunirían con el Comprador en una hora. Eso me daba tiempo.

Fui a mi habitación, saqué una vieja caja de herramientas del armario y cogí un destornillador y una linterna. Luego, bajé las escaleras, asegurándome de cerrar todo con llave.

Salí a la calle. El sol brillaba, los pájaros cantaban. El suburbio parecía tan idílico como siempre. La Sra. Greene estaba en su porche regando las petunias. Me vio salir y me saludó con la mano, pero esta vez noté la preocupación en sus ojos. Ella sabía algo. Quizás no todo, pero sabía que algo oscuro rondaba nuestra calle. Asentí levemente hacia ella, una promesa silenciosa de que me ocuparía del asunto, y giré hacia la izquierda.

Hacia la casa número 42.

La casa era idéntica a la mía en estructura, pero con las persianas bajadas y el césped un poco más descuidado. No había coche en la entrada. Si Lily tenía razón y el hombre vivía solo, probablemente estaba trabajando. O vigilando a otros niños.

Caminé hacia la puerta principal, toqué el timbre y esperé. Nada. Volví a tocar. Silencio.

Miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie me observaba, salté la pequeña valla lateral y fui hacia la parte trasera. Una ventana de la cocina estaba entreabierta. “Entramos cuando no están, salimos sin dejar huellas”, había dicho Lily. La ironía de estar a punto de cometer un allanamiento para salvar a mi hija de ser una ladrona no se me escapó.

Forcé la mosquitera con el destornillador y empujé la ventana hacia arriba. Estaba dura, pero cedió. Me izé con dificultad y caí torpemente sobre el fregadero de la cocina ajena.

La casa olía a cerrado, a café rancio y a productos químicos, como los que se usan para revelar fotos.

Avancé por el pasillo. El salón era espartano. Muebles básicos, sin decoración, sin fotos familiares. Todo funcional. Como si quien viviera aquí estuviera listo para irse en cualquier momento.

Busqué la habitación que pudiera servir de oficina. La encontré al final del pasillo. La puerta estaba cerrada con llave, pero era una cerradura interior barata. Una patada fuerte cerca del pomo —algo que había visto en películas y nunca creí que funcionaría— hizo saltar el mecanismo con un chasquido de madera astillada.

Entré.

Las paredes estaban cubiertas.

No había ni un centímetro de pintura visible. Todo estaba tapizado con fotografías. Cientos de ellas.

Me acerqué, sintiendo cómo el estómago se me revolvía.

Eran fotos de niños. Todos adolescentes del barrio. Vi al chico de las botas, Leo. A la chica, Sarah. Y a muchos otros que reconocía de vista, amigos de la escuela, hijos de vecinos.

Y en el centro, ocupando el lugar de honor, la pared más grande estaba dedicada enteramente a Lily.

Lily en el parque. Lily durmiendo (tomada a través de

Lily en el parque. Lily durmiendo (tomada a través de la ventana de su habitación). Lily en la escuela. Y luego, una serie de fotos más perturbadoras: Lily recibiendo dinero de un hombre en un coche negro. Lily entregando un paquete. Lily… disparando en un campo de tiro en medio del bosque.

Pero lo que más me aterró no fueron las fotos. Fue el mapa que había sobre el escritorio.

Era un plano detallado de la ciudad. Había líneas rojas que conectaban diferentes casas. La nuestra estaba marcada con un círculo rojo brillante. Y al lado del círculo, una nota escrita a mano:

*FASE 1 COMPLETADA. EL SUJETO HA ELIMINADO LA EMPATÍA. PREPARAR FASE 2: ELIMINACIÓN DEL VÍNCULO MATERNO.*

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

“Eliminación del vínculo materno”.

Eso significaba yo.

Lily no solo estaba robando. Estaba siendo entrenada, condicionada. Y la siguiente prueba, el siguiente paso en este macabro “Proyecto Crisálida”, era deshacerse de mí.

De repente, escuché el sonido inconfundible de la puerta principal abriéndose.

Me quedé helada en medio de la habitación, rodeada por las miles de caras de mi hija observándome desde las paredes.

—¿Hola? —llamó una voz masculina. Profunda. Calmada.

El vecino del 42 había vuelto.

Miré a mi alrededor buscando un escondite, pero esta habitación no tenía cama, ni armario. Solo el escritorio y las paredes acusadoras.

Los pasos se acercaban por el pasillo. Lentos. Metódicos. Sabía que alguien había entrado. Había visto la ventana, o la puerta forzada de la oficina.

No tenía salida.

Agarré el destornillador con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. Si este hombre quería eliminarme, no se lo iba a poner fácil.

La figura apareció en el marco de la puerta. Era un hombre de unos cincuenta años, con gafas de montura metálica y aspecto inofensivo. El tipo de hombre que olvidarías cinco segundos después de verlo. Pero sus ojos… sus ojos eran dos pozos negros, carentes de cualquier emoción humana.

Me miró. Miró el destornillador en mi mano. Y luego sonrió, una sonrisa triste y cansada.

—Sra. Carter —dijo suavemente—. Llegas antes de lo previsto. Esperaba que Lily se encargara de esto antes de que tuvieras que ver… el trasfondo.

—¿Qué le ha hecho a mi hija? —gruñí, levantando el destornillador como una daga.

Él suspiró y se ajustó las gafas.

—Yo no le he hecho nada, Olivia. Solo estoy documentando el proceso. No soy el creador. Soy el observador.

—¿Observador de qué? ¡Aléjese!

El hombre dio un paso hacia dentro, cerrando parcialmente la puerta detrás de él.

—De la evolución. Su hija es especial. Muy especial. Tiene una capacidad innata para la disociación moral que no habíamos visto en décadas. Es perfecta para el programa.

—¡Es una niña! —grité.

—Era una niña —corrigió él—. Ahora es un activo. Y me temo que usted se ha convertido en un pasivo.

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta.

No esperé a ver qué sacaba. Me lancé hacia él con un grito de pura desesperación, clavando el destornillador hacia su hombro.

El hombre se movió con una velocidad antinatural, esquivando el golpe y agarrando mi muñeca con una fuerza de acero. Me retorció el brazo y el destornillador cayó al suelo. Me empujó contra el escritorio, haciéndome chocar contra el mapa y las notas sobre mi propia muerte.

—No quiero hacerle daño, Olivia —dijo, inmovilizándome—. De verdad que no. Se supone que debe ser Lily quien lo haga. Es parte de su graduación. Si lo hago yo, invalidará los datos.

—¡Está loco! —jadeé, luchando inútilmente contra su agarre.

—Quizás. Pero mire las fotos. Mire a su hija. ¿Ve miedo en sus ojos? ¿Ve remordimiento? No. Ella disfruta del poder. Nosotros solo le dimos un canal para expresarlo.

De repente, un estruendo de cristales rotos vino desde la parte delantera de la casa.

El hombre se tensó, girando la cabeza hacia el pasillo. Su agarre se aflojó por una fracción de segundo.

—¡Policía! —gritó una voz no muy lejana, pero no sonaba como la policía. Sonaba joven. Forzada.

El hombre del 42 frunció el ceño. —¿Qué…?

Aproveché su confusión. Le di un rodillazo en la ingle con todas mis fuerzas. Él gruñó y se dobló. Me solté, agarré una pesada grapadora de metal del escritorio y la estrellé contra su sien.

Cayó al suelo, aturdido, sangrando.

No me quedé a comprobar si estaba inconsciente. Salí corriendo de la habitación, hacia el pasillo.

Allí, en el salón, de pie sobre los restos de la ventana delantera que acababa de romper con un ladrillo, estaba Lily.

Pero no estaba sola. Detrás de ella estaban Leo, Sarah y otros dos chicos que no conocía. Todos llevaban máscaras de esquí, pero reconocí sus ropas. Y todos llevaban bates de béisbol, barras de hierro… y Lily, en el centro, empuñaba la pistola que había visto en la foto.

Me detuve en seco al final del pasillo.

 

Lily me vio. Sus ojos se abrieron de par en par detrás de la máscara, que se había subido a la frente. La pistola apuntaba vagamente hacia el suelo, pero su dedo estaba cerca del gatillo.

—¿Mamá? —dijo. Su voz volvió a ser la de una niña, llena de confusión y pánico real—. ¿Qué haces aquí?

Detrás de mí, escuché al hombre del 42 gemir y tratar de levantarse.

—Lily… —empecé, con la voz quebrada, levantando las manos—. Ese hombre… él tiene fotos. Él dice que tú…

Lily miró por encima de mi hombro, hacia la puerta de la oficina donde el hombre estaba apareciendo, con sangre bajando por su cara.

La expresión de Lily cambió en un instante. La confusión desapareció. La niña desapareció. La frialdad regresó, más intensa que nunca.

Levantó el arma. No me apuntó a mí. Apuntó por encima de mi hombro, directamente a la cabeza del vecino.

—Te dije que no te acercaras a mi madre —dijo Lily, con una calma aterradora.

—Sujeto 1, baja el arma —dijo el hombre, jadeando, apoyándose en el marco de la puerta—. Esto es una desviación del protocolo. Debes eliminar el vínculo, no al observador.

—El protocolo ha cambiado —respondió ella.

—Lily, ¡no! —grité, lanzándome hacia ella para cubrir su línea de tiro.

—¡Mamá, muévete! —bramó ella, una orden militar.

—¡No voy a dejar que mates a nadie!

En ese momento de caos, el sonido de sirenas reales comenzó a aullar en la distancia. Alguien más había llamado a la policía de verdad. Probablemente la Sra. Greene.

El hombre del 42 sonrió con los dientes ensangrentados. —Se acabó el tiempo, Lily. El equipo de limpieza estará aquí en tres minutos. Si me matas, ellos os matarán a todos. Si te vas ahora, quizás sobrevivas.

Lily dudó. Su mano temblaba ligeramente. Miró a sus amigos, luego a mí, y finalmente al hombre.

—Esto no ha terminado —susurró.

Bajó el arma, agarró mi brazo con una fuerza sorprendente y tiró de mí hacia la puerta rota.

—¡Vámonos! ¡Todos! —gritó a su banda.

—¡Yo no voy a ninguna parte contigo! —me resistí, clavando los talones—. ¡Tenemos que esperar a la policía!

Lily se giró hacia mí. Sus ojos eran una tormenta de emociones conflictivas, pero por primera vez, vi una lágrima correr por su mejilla, limpiando una mancha de suciedad.

—Mamá, por favor —suplicó, y su voz se rompió—. La policía no es la policía. Ellos trabajan para él. Si nos quedamos aquí, estamos muertas. Tienes que confiar en mí. Por favor.

Miré a mi hija. Miré la pistola en su mano, la banda de adolescentes armados detrás de ella, y al hombre sangrando en el pasillo que nos miraba con la satisfacción de un científico viendo a sus ratas de laboratorio correr por el laberinto.

Las sirenas estaban ya en la esquina.

Tenía que tomar una decisión. Creer en el sistema que se suponía que debía protegernos, o creer en la niña que yo había criado, que ahora se había convertido en una extraña peligrosa, pero que me estaba ofreciendo la mano.

Escuché el chirrido de neumáticos frenando bruscamente frente a la casa. Puertas de coches abriéndose. Pasos pesados corriendo hacia nosotras. No sonaban como policías de barrio. Sonaban como un ejército.

—Confío en ti —dije.

Lily asintió, secándose la lágrima con furia.

—Corred —ordenó.

Y corrimos. Saltamos por la ventana rota, cruzamos el jardín trasero, saltamos las vallas de los vecinos y nos sumergimos en el bosque que bordeaba el suburbio, dejando atrás mi vida tranquila, mi casa impecable y todo lo que creía saber sobre el mundo. Mientras las ramas me golpeaban la cara y el aliento me faltaba, solo podía pensar en una cosa:

Mi hija no estaba faltando a la escuela. Mi hija estaba en guerra. Y yo acababa de ser reclutada.

El bosque detrás de nuestro vecindario no era profundo, pero esa noche parecía infinito. Las ramas desnudas del otoño nos azotaban como látigos invisibles, y el suelo, cubierto de hojas muertas y humedad, amenazaba con hacernos resbalar a cada zancada.

—¡Por aquí! —susurró Lily, tirando de mi mano. Su agarre era firme, carente del sudor nervioso que yo tenía.

Detrás de nosotras, las voces de los hombres que habían bajado de los coches negros ladraban órdenes cortas y precisas. No gritaban. No había caos en su persecución, solo una eficiencia depredadora. Los haces de luz de sus linternas tácticas cortaban la oscuridad, barriendo los troncos de los árboles, acercándose cada vez más.

—Lily, no puedo… —jadeé, sintiendo una punzada aguda en el costado. Mis zapatos de oficina no estaban hechos para esto.

—Tienes que poder, mamá. Si nos alcanzan, desaparecemos. Literalmente. —Se detuvo un segundo detrás de un roble grueso y me miró a los ojos. En la penumbra, sus pupilas estaban dilatadas, absorbiendo toda la luz disponible—. Leo y Sarah se han separado hacia el arroyo para distraerlos. Nosotros vamos al viejo molino.

—¿Al molino? Eso es un callejón sin salida.

—No si sabes lo que hay debajo —dijo ella, y reanudó la carrera.

Corrimos durante lo que parecieron horas, aunque probablemente fueron solo diez minutos de terror puro. El sonido de las botas pesadas de nuestros perseguidores comenzó a desvanecerse ligeramente hacia el oeste, siguiendo el rastro falso de los otros chicos. Recé en silencio para que Leo y Sarah fueran tan rápidos como parecían.

Llegamos a las ruinas del viejo molino de agua, una estructura de piedra cubierta de grafitis en el límite del pueblo. Lily no se dirigió a la entrada principal. Fue hacia un montón de escombros en la parte trasera, apartó una vieja plancha de metal oxidado y reveló un hueco oscuro.

—Adentro. Rápido.

Nos deslizamos por el agujero hacia una oscuridad que olía a tierra y moho. Lily encendió la linterna de su móvil, iluminando un pequeño sótano de hormigón. Había sacos de dormir, cajas de comida enlatada y, sobre una mesa plegable, varios monitores apagados y equipos electrónicos desmontados.

—¿Qué es esto? —pregunté, tratando de recuperar el aliento.

—Nuestra base de operaciones —dijo Lily, soltando mi mano para ir a bloquear la entrada desde dentro con una barra de hierro—. Aquí es donde planeamos los trabajos. Y donde nos escondemos cuando las cosas se ponen feas.

Se giró hacia mí. La luz del móvil proyectaba sombras alargadas sobre su rostro, haciéndola parecer mucho mayor de trece años. Se quitó la máscara de esquí y la tiró al suelo. Debajo, su cara estaba sucia, con un rasguño en la mejilla, pero sus ojos… esos eran los ojos de mi hija. Ojos que ahora me miraban con una mezcla de vergüenza y desafío.

—¿Por qué, Lily? —pregunté, mi voz temblando por la adrenalina y el dolor—. ¿Por qué hacías esto? ¿Robar casas? ¿Armas?

Ella se dejó caer en una silla de camping vieja.

—No empezamos robando, mamá. Empezamos buscando. —Se pasó una mano por el pelo—. Hace seis meses, un hombre se acercó a mí en el parque. Dijo que yo era especial. Que tenía “potencial”. Me ofreció dinero por hacer cosas simples: vigilar una casa, entregar un paquete. Pensé que era fácil. Quería comprarme mis propias cosas, ayudar en casa sin pedírtelo…

—Deberías habérmelo dicho.

—¡No podía! —gritó ella, y su voz resonó en las paredes de hormigón—. Cuando me di cuenta de lo que eran… ya me tenían. Me mostraron fotos tuyas entrando al trabajo. Fotos tuyas durmiendo. Dijeron que si dejaba el programa, tú tendrías un “accidente”.

Sentí un frío glacial en el estómago.

—Así que recluté a Leo y a Sarah —continuó, bajando la voz—. Ellos también estaban atrapados. Decidimos que si hacíamos lo que nos pedían, si éramos los mejores “activos” que tenían, no os harían daño. Pero empezamos a guardar cosas. Dinero. Joyas. Y archivos. Buscábamos una salida.

—El vecino del 42… el Observador… dijo que tu prueba final era eliminarme.

Lily asintió lentamente, las lágrimas volviendo a sus ojos. —Esta mañana recibí la orden. “Cortar el vínculo”. Me dieron la pistola. Me dijeron que si no lo hacía yo esta noche, ellos vendrían y nos matarían a las dos.

Se levantó y se acercó a mí, agarrando mis manos. Sus dedos estaban helados.

—Iba a ir a por él, mamá. Iba a matar al Observador antes de que él pudiera dar la orden al equipo de limpieza. Pero tú… tú tenías que ir a hacer de detective.

—Soy tu madre —dije, apretando sus manos—. Es mi trabajo protegerte, aunque sea de ti misma.

—Ya no —susurró ella—. Ahora estamos en su lista de exterminio. El Proyecto Crisálida no deja cabos sueltos.

De repente, un golpe sordo resonó sobre nuestras cabezas. Pasos. Pesados y lentos.

Lily apagó la luz del móvil instantáneamente. Nos quedamos en la oscuridad total, escuchando cómo el polvo caía del techo.

—Nos han encontrado —susurré al oído de Lily.

—No deberían… a menos que… —Lily se palpó el bolsillo. Sacó su teléfono. La pantalla brillaba tenue—. Maldita sea. El rastreador. Pensé que lo había desactivado.

—¿Qué hacemos?

Lily volvió a empuñar la pistola. El sonido del seguro quitándose fue ensordecedor en el silencio.

—Hay una salida por el túnel de desagüe. Lleva al río. Tienes que irte, mamá. Yo los entretendré.

—Ni hablar —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. No te voy a dejar. Si salimos, salimos juntas.

—Mamá, son asesinos entrenados. No tienes ninguna oportunidad.

Recordé la sensación de la grapadora impactando contra la sien del Observador. Recordé la furia que sentí al ver las fotos en la pared.

—Puede que no tenga entrenamiento, Lily —dije, buscando en la oscuridad hasta que mi mano se cerró en torno a la barra de hierro que usaban para atrancar la puerta—. Pero tengo algo que ellos no tienen.

—¿El qué?

—Tengo a mi hija. Y nadie toca a mi hija.

El techo de madera crujió violentamente y, con un estruendo, la trampilla de entrada fue arrancada. Un haz de luz cegador inundó el sótano, seguido por una granada de humo que rodó por el suelo.

—¡Abajo! —gritó Lily.

Nos tiramos al suelo mientras el humo gris y acre llenaba el espacio. Tosí, cubriéndome la boca con la manga.

Dos figuras descendieron al sótano con máscaras de gas y rifles de asalto. Se movían con la precisión de máquinas.

—Sujeto 1. Entrégate y la muerte de la civil será rápida —dijo una voz distorsionada por la máscara.

Lily disparó.

El estruendo fue brutal en el espacio cerrado. Uno de los hombres gruñó y se llevó la mano al hombro, retrocediendo. El otro abrió fuego, pero Lily ya había rodado detrás de la mesa de metal, arrastrándome con ella. Las balas repiquetearon contra el equipo electrónico, haciendo saltar chispas.

—¡Cúbreme! —me gritó Lily.

—¿Con qué? —chillé.

—¡Con lo que sea!

El hombre ileso avanzaba hacia nosotras. Vi sus botas negras rodear la mesa. Iba a ejecutarnos.

No pensé. El instinto animal se apoderó de mí. Agarré una de las pesadas CPUs de ordenador que había en el suelo y, aprovechando que el humo dificultaba la visión, me levanté y la arrojé con todas mis fuerzas por encima de la mesa.

El ordenador golpeó al soldado en el pecho, desequilibrándolo por un segundo. Fue suficiente.

Lily se levantó y disparó dos veces más. El hombre cayó al suelo, inmóvil.

Pero el primero, el que estaba herido en el hombro, se había recuperado. Levantó su rifle apuntando directamente al pecho de Lily.

—¡No! —grité.

Me abalancé sobre él con la barra de hierro. El hombre giró el cañón hacia mí, pero fui más rápida, impulsada por una desesperación que ninguna instrucción militar podía replicar. Golpeé el cañón del rifle, desviando el disparo que perforó el muro de hormigón, y luego descargué la barra sobre su casco. El hombre se desplomó como un saco de patatas.

El silencio volvió al sótano, roto solo por nuestros jadeos y el pitido en mis oídos.

Lily me miraba, con la boca abierta, la pistola colgando de su mano.

—Wow, mamá —murmuró.

—Límpiate la cara —dije, tirando la barra al suelo, mis manos temblando incontrolablemente—. Nos vamos.

Salimos del molino hacia la noche fría. No había más perseguidores cerca; esos dos debían ser la avanzadilla. Pero sabíamos que vendrían más.

Corrimos hacia el río, donde Lily dijo que Leo había escondido una barca vieja. Mientras remábamos corriente abajo, alejándonos de las luces del suburbio, de mi casa, de mi hipoteca, de la Sra. Greene y de mi vida anterior, vi cómo Lily lanzaba su teléfono al agua oscura.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella, su voz pequeña y frágil otra vez. Se acurrucó contra mí, buscando calor.

La abracé, sintiendo el peso de la pistola en su bolsillo contra mi cadera. Miré hacia atrás, hacia la vida que dejábamos. Sabía que nos buscarían. Sabía que el Proyecto Crisálida no se detendría. Pero habían cometido un error de cálculo fatal.

Habían intentado eliminar mi empatía, mi vínculo materno, creyendo que eso me haría débil. No entendieron que el amor de una madre no es solo suavidad y abrazos. Es también dientes, garras y una violencia primitiva cuando su cría está amenazada.

—Ahora —dije, mirando hacia la oscuridad del río que nos llevaba hacia un futuro incierto—, vamos a buscar a los otros padres. Vamos a encontrar a Leo y a Sarah. Y luego…

Lily levantó la vista, esperando mi decisión.

—Luego dejaremos de huir —concluí, sintiendo una nueva y fría determinación asentarse en mi pecho—. Ellos querían crear armas, Lily. Pues bien, lo han conseguido. Solo que ahora, el arma apunta hacia ellos.

Lily sonrió. Fue una sonrisa triste, cansada, pero genuina. Apoyó la cabeza en mi hombro y cerró los ojos.

El agua nos mecía suavemente mientras la corriente nos llevaba lejos, hacia la oscuridad, hacia la guerra, hacia nuestra nueva vida. Ya no éramos Olivia y Lily, la madre divorciada y la estudiante modelo. Éramos supervivientes. Y estábamos juntas.

[FIN]

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