Me llamo Elena Morales. Durante veinticuatro años, ese nombre fue lo único que tuve. No llevaba apellido con orgullo, no tenía linaje, ni herencia, ni derecho a nada. En el pueblo me decían “la recogida”, la niña que apareció una noche de tormenta en el atrio de la iglesia de San Gabriel, en un pueblito polvoriento del estado de Guanajuato, envuelta apenas en un rebozo viejo y empapado.
Don Genaro Morales me llevó a su casa por deber cristiano. Su esposa, doña Inés, jamás me perdonó ese acto de caridad. Mientras Genaro vivió, tuve una protección frágil: silencios tensos, miradas esquivas, una defensa distante. Él me enseñó a leer con periódicos viejos, a sumar contando costales de maíz. Pero hace seis meses, una fiebre mala se lo llevó. Con su muerte, mi lugar en esa casa se evaporó como agua bajo el sol.
Aquella mañana de agosto el aire estaba espeso, sofocante. Desperté en mi catre del cuarto junto a la despensa, con la blusa pegada al cuerpo por el sudor. Bajé las escaleras y encontré a doña Inés sentada en la cabecera de la mesa, rígida, vestida de negro riguroso. Frente a ella, don Ricardo, el notario del pueblo, acomodaba papeles.
—Buenos días —murmuré, sin levantar la mirada.
Nadie respondió. Doña Inés habló con voz filosa:
—Deja eso, Elena. Hoy no vas a servir el café.
Me giré. Su cara era piedra tallada por años de amargura.
—Vendí la casa. Todo. Mañana al mediodía la entrego vacía. Me voy a Celaya con mi hermana Matilde.
El mundo se me ladeó bajo los pies.
—¿Y yo, señora?
Doña Inés se levantó y se me vino encima. Olía a naftalina y a perfume viejo.
—Aquí nunca hubo un “nosotros”. Tú eres el recuerdo de mi desgracia: la bastarda que Genaro trajo para humillarme porque yo no le di hijos. Te aguanté veinticuatro años. Mi deuda con Dios ya está pagada.
Señaló la puerta.
—Tienes una hora para juntar tus trapos y largarte. Si te veo después de las diez, llamo a la policía y digo que robaste.
Las lágrimas me quemaban, pero me mordí el labio hasta sentir sangre. No le daría ese gusto.
—Está bien, señora. Me voy.
Subí al cuartucho. Guardé dos vestidos remendados, un peine roto, el rebozo, un libro de Bécquer que había tomado de la biblioteca de Genaro y una medalla de la Virgen. No miré atrás. En el zaguán, doña Inés revisó mi maleta y tiró el peine al suelo.
—Basura, igual que tú.
Salí. El sol me golpeó como un martillo. El pueblo murmuraba detrás de las cortinas. Nadie se despidió. Caminé por el camino de terracería entre campos secos. No tenía dinero, ni comida, ni destino. Solo pies cansados y miedo.
Las primeras horas fueron pura rabia. Pensaba en gritos que nunca di. Pero el sol subió más y la rabia se volvió dolor. Agosto en el Bajío no perdona: el calor aplasta el pecho, quema los pulmones. A media tarde, la boca se me secó por completo; la lengua se pegaba al paladar. Los pies sangraban de las ampollas abiertas. Busqué agua en un arroyo: solo lodo cuarteado. Seguí caminando porque detenerme era pensar, y pensar era aceptar la muerte.
Al caer la tarde, las piernas me fallaron. Caí bajo un mezquite solitario. La maleta se abrió y mis cosas quedaron regadas. Me apoyé en el tronco, respirando como animal herido. El corazón latía lento.
—Genaro… papá… —susurré por primera vez—. Hoy aprietas demasiado.
La oscuridad empezó a jalarme con dulzura.
Entonces escuché cascos. Un jinete se recortó contra el sol. Bajó del caballo, alto, de hombros anchos, sombrero de ala ancha. Se arrodilló a mi lado.
—¡Señorita! ¿Me oye? ¡Está ardiendo!
Me tocó la frente. Su mano era fresca.
—Agua… —alcancé a decir.
Me sostuvo la cabeza y me dio tragos de su cantimplora.
—Despacio. Soy Alejandro Velasco, de la hacienda Los Almendros. No la voy a dejar aquí.
Me levantó sin esfuerzo y me subió al caballo. Montó detrás, rodeándome la cintura…
Justo cuando Elena estaba a punto de morir sola en el camino… un hombre la cargó en su caballo.
Pero ese rescate marcaría el inicio de una historia que nadie en el pueblo estaba preparado para aceptar.
No te pierdas la Parte 2…

—Vámonos a casa, Elena.
Apoyé la cabeza en su pecho. Por primera vez en veinticuatro años, alguien me sostenía.
Desperté en una habitación amplia, con piso de barro rojo y muebles de madera tallada. Había flores en un jarrón. Carmen, el ama de llaves, me cuidó como madre: lavó mi cuerpo sucio, curó mis pies con árnica y miel, me puso un camisón que olía a lavanda.
—El patrón dijo que nadie se va hasta que coma y agarre color.
Me dio caldo de gallina. Lloré al ver las flores. Nadie me había dado algo así sin pedirme nada.
Alejandro me recibió en su despacho, lleno de libros, olor a cuero y tabaco.
—Elena, Carmen dice que ya estás mejor.
—Sí, señor. Por eso debo irme. No quiero ser una carga.
—¿A dónde irías? ¿Familia? ¿Alguna referencia?
—No tengo a nadie.
—Entonces la ciudad te va a tragar. Te propongo algo.
Tenía una hija, Lucía, de seis años. Muda desde que vio morir a su madre Amalia en un accidente de caballo. Había corrido a cuatro institutrices.
—Necesito a alguien con paciencia y pellejo duro. Carmen dice que tú has sufrido mucho. El dolor entiende al dolor.
Acepté, con una condición: comer en la cocina, ser empleada, no invitada.
Lucía era pequeña y hermosa, pero feroz. En el jardín cortaba flores con rabia. Me vio y me lanzó unas tijeras de podar. Pasaron rozándome.
No me moví.
—Tienes buena puntería. Pero no se avientan herramientas.
Se quedó desconcertada. Esperaba miedo.
—No le tengo miedo a una niña triste.
—No estoy triste —dijo con rabia—. Estoy enojada.
—Y tienes derecho. A veces el mundo es una porquería.
Esa palabra la desarmó. Desde entonces me seguía. No hablaba, pero no atacaba. Días después dormía aferrada a mi mano.
Una noche, Alejandro me encontró remendando una camisa.
—¿Sigues viva?
—Conservo todos los dedos.
Se rió de verdad.
—Entonces esto apenas empieza.
En el pueblo, una mujer me escupió la verdad torcida: que Alejandro había matado a su esposa por celos. Esa noche lo encontré llorando, botella en mano, foto de Amalia.
—No la empujé —confesó—, pero la maté con mi orgullo.
Lo abracé. Me besó la palma. Estuvimos a punto de besarnos cuando Lucía gritó.
La inundación llegó semanas después. Bajo la lluvia, un tronco casi lo mata. Me lancé a gritar. Él me salvó. Caímos al lodo. Me besó como quien vuelve a nacer.
Entonces apareció don Fernando, el padre de Amalia.
—Vengo por mi nieta. Un viudo viviendo en pecado con una criada no es apto.
Trajo juez… y a doña Inés. Ella mintió. El juez dio ultimátum: un mes. O boda, o la niña se iba.
Alejandro se alejó por honor. Yo sufría. Decidí irme. Dejé cartas.
Antes de partir, encontré una carta escondida en la Biblia de Genaro. Era su testamento. Yo era su hija. No era nadie. Era Elena Morales.
Aun así, me iba.
Pero Alejandro me esperaba en la reja.
—Leí tu carta. ¿Creíste que te iba a dejar ir?
Se arrodilló.
—Cásate conmigo, Elena Morales. Porque te amo.
Dije que sí llorando.
Nos casamos bajo un almendro. Lucía gritó “¡mamá!”. Don Fernando perdió. Doña Inés cayó en desgracia.
Diez años después, con la herencia construimos una escuela llamada Genaro Morales. Tengo dos hijos más. Paz. Hogar.
Pienso en la muchacha descalza del camino.
La vida me lo quitó todo para darme lo único que importaba.
Soy Elena Velasco.
Madre.
Esposa.
Dueña de mi destino.