
Era el 15 de agosto de 2013 cuando Laura Mendoza, de 34 años, y su hija Sofía, de
apenas 8 años, desaparecieron sin dejar rastro en las montañas de Sierra Verde.
Habían salido de su casa en el pueblo de San Miguel a las 9 de la mañana rumbo a
visitar a la abuela materna que vivía en el pueblo vecino de Valle Escondido.
El trayecto normalmente tomaba 2 horas por la carretera serpenteante que atravesaba el bosque nacional. Laura
había llamado a su madre desde la gasolinera a las 10:30. “Ya vamos en camino, mamá. Llegaremos para el
almuerzo.” Fueron sus últimas palabras. Su voz sonaba alegre, tranquila. Sofía
se escuchaba cantando en el asiento trasero. Era un día normal, soleado, sin
presagios de la tragedia que se avecinaba. Cuando no llegaron a las 12, la abuela llamó al teléfono de Laura. No
hubo respuesta. A la 1 de la tarde, preocupada, llamó a la policía.
Los agentes inicialmente le dijeron que esperara 24 horas, que quizás habían
decidido parar en algún lugar, pero la abuela conocía a su hija. Laura era
puntual, responsable, siempre llamaba si había algún cambio de planes. A las 6 de
la tarde, cuando la luz comenzaba a desvanecerse, se inició oficialmente la
búsqueda. El esposo de Laura, Roberto Mendoza, condujo la misma ruta tres veces esa
noche, gritando sus nombres por la ventanilla, alumbrando con linternas
hacia el bosque oscuro. No encontró nada, ninguna señal del onda cívica azul
que Laura conducía, ningún indicio de dónde podrían estar. Los días siguientes
fueron una pesadilla de búsquedas, helicópteros, perros rastreadores y
esperanzas desmoronándose. La carretera fue inspeccionada kilómetro por kilómetro. El bosque fue peinado por
voluntarios, pero madre e hija habían desaparecido como si la tierra se las hubiera
tragado. El detective Carlos Ruiz fue asignado al caso desde el primer día.
Era un hombre experimentado con 20 años en la fuerza, pero algo en esta
desaparición le inquietaba profundamente. No había evidencia de secuestro, no había nota de rescate, no
había señales de violencia, simplemente dos personas habían desaparecido en una
carretera transitada en pleno día. No tiene sentido le dijo a su compañera, la
detective Ana Torres. La carretera tiene tráfico constante los fines de semana.
Alguien debió ver algo. Revisaron las cámaras de seguridad de la gasolinera
donde Laura había hecho su última llamada. La grabación mostraba a una mujer sonriente llenando el tanque, a
una niña comiendo un helado junto al auto. Todo parecía absolutamente normal.
Los investigadores entrevistaron a todos los conductores que habían pasado por esa ruta ese día. Un camionero recordaba
haber visto unas cívic azul alrededor de las 11 de la mañana conduciendo
normalmente. “Nada extraño”, dijo. Simplemente otro
auto en la carretera. Esa fue la última vez que alguien admitió haber visto el vehículo. Roberto
Mendoza fue interrogado extensamente, como es protocolo en estos casos. Su
coartada era sólida. Había estado trabajando en su taller mecánico todo el
día con múltiples testigos. Las finanzas familiares fueron revisadas.
No había problemas matrimoniales conocidos. No había deudas significativas, no había motivo aparente
para que Laura hubiera huído. La teoría predominante era que habían sufrido un
accidente y habían salido de la carretera hacia el denso bosque. Se
organizaron búsquedas masivas. 200 voluntarios caminaron en línea a través
del bosque durante semanas. Buzos inspeccionaron cada lago y río en un
radio de 50 km. Helicópteros con cámaras térmicas
sobrevolaron la zona durante días. No encontraron absolutamente nada, ni el
auto, ni ropa, ni pertenencias, nada. A medida que pasaban las semanas sin
resultados, comenzaron a surgir teorías más perturbadoras. Algunos en el pueblo murmuraban sobre
trata de personas, sobre redes criminales que operaban en las zonas remotas. Otros hablaban de asesinos en
serie que acechaban las carreteras montañosas. El miedo se apoderó de la comunidad. Un
psíquico contactó a la familia afirmando tener visiones de dónde estaban Laura y
Sofía. Roberto, desesperado, le pagó para que realizara una sesión.
El hombre cerró los ojos, murmuró cosas incomprensibles y finalmente señaló un
área específica del mapa. “Están cerca del agua”, dijo con dramatismo. “puedo
sentir su presencia”. Los equipos de búsqueda revisaron esa zona exhaustivamente.
No había nada. La abuela de Sofía, Marta, cayó en una depresión profunda.
Había perdido a su hija y a su nieta en un solo día. Ni siquiera puedo llorarlas
apropiadamente”, decía entre lágrimas. No sé si están muertas, si están sufriendo, si
necesitan ayuda. La incertidumbre es peor que el dolor. Los medios de
comunicación cubrieron el caso intensamente durante los primeros meses.
El rostro sonriente de Sofía apareció en carteles por toda la región. Laura
miraba desde las pantallas de televisión congelada en una fotografía feliz de
mejores tiempos. Hubo cientos de supuestos avistamientos. Una mujer en la
ciudad capital juró haber visto a Sofía en un supermercado. Un hombre reportó un cívic azul
abandonado a 200 km de distancia. Cada pista fue investigada meticulosamente.
Todas resultaron ser falsas alarmas. El primer aniversario de la desaparición
fue devastador. Roberto organizó una vigilia en el parque central del pueblo.
Cientos de personas asistieron con velas, rezando por el regreso de Laura y
Sofía. Pero mientras las velas se consumían en la noche, la esperanza también parecía