LOS GEMELOS DEL MILLONARIO VIUDO NO DURMIAN NADA — HASTA QUE LA EMPLEADA DOMÉSTICA CAMBIÓ TODO

Los gemelos del millonario viudo no durmían nada hasta que la empleada

doméstica cambió todo. Diego miraba la pantalla de su tablet con los ojos

desorbitados. Las manos le temblaban tanto que el dispositivo casi se le

resbala entre los dedos sudorosos. Su respiración era irregular, como si

acabara de correr un maratón, pero no se había movido de su sillón de cuero en horas. En la pantalla, un video

granulado mostraba la verdad que había tenido frente a sus narices todo el

tiempo. La voz de Carla, esa voz que él consideraba dulce y sofisticada, sonaba

ahora distorsionada por la maldad pura. Ojalá se ahoguen con su propia leche,

malditos parásitos. Si su padre no fuera tan rico, ya los habría tirado a la basura yo misma.

Diego sintió una náusea violenta subir por su garganta. Él creía que su prometida era una santa enviada para

salvarlo de su viudez, pero al ver esa grabación oculta, sus piernas fallaron y

cayó de rodillas al suelo, sollozando con una mezcla de rabia asesina y culpa

infinita. Dos semanas antes, el sonido era ensordecedor.

No había rincón en la mansión de tres plantas que pudiera escapar del llanto agudo y desesperado de los gemelos, Leo

y Mía. Diego se pasó las manos por el cabello jalándolo con frustración.

Llevaba tres días usando la misma camisa arrugada y las ojeras bajo sus ojos eran

tan profundas que parecían moratones. Desde que su esposa falleció en el

parto, su vida se había convertido en una pesadilla de biberones rechazados,

cólicos inexplicables y un desfile interminable de niñeras que renunciaban

antes de cumplir la semana. “Ya no puedo más, señor Diego”, gritó la última

enfermera bajando las escaleras con su maleta en mano. El ruido de las ruedas

sobre el mármol competía con los gritos de los bebés en la planta alta.

Esos niños no son normales, no duermen, no comen, solo gritan como si los

estuvieran matando. Yo renuncio. Quédese con su dinero. La puerta principal se

cerró de un golpe, dejando a Diego solo en el vasto vestíbulo.

El silencio duró 2 segundos antes de que los gemelos retomaran su concierto de lamentos con más fuerza. Diego subió las

escaleras arrastrando los pies, sintiendo que cada escalón pesaba una

tonelada. Entró a la habitación de los bebés, un cuarto decorado con los

mejores muebles importados, juguetes de diseño y una iluminación suave que en

teoría debería invitar a la calma. Pero el ambiente se sentía pesado, cargado de

estrés. Leo estaba rojo como un tomate, arqueando la espalda en su cuna,

mientras Mía en la cuna contigua sollozaba con un hipo que le sacudía

todo el cuerpo pequeño. Diego intentó cargar a Leo, pero su propia ansiedad se

transmitía al bebé, que lloró aún más fuerte al sentir los brazos tensos de su

padre. Por favor, Leo, por favor, hijo. Papá está cansado.

Susurró Diego con la voz quebrada, sintiendo las lágrimas picarle en los ojos. Se sentía el hombre más inútil del

mundo. Tenía millones en el banco, empresas internacionales, poder e

influencia, pero no podía hacer que sus propios hijos dejaran de sufrir. El

timbre de servicio sonó. Diego lo ignoró al principio, pero la insistencia lo

obligó a bajar, dejando a los bebés seguros, pero llorando en sus cunas. Al

abrir la puerta trasera, se encontró con una mujer joven de aspecto humilde, pero

impecable. Llevaba un vestido sencillo y sostenía una carpeta desgastada contra

su pecho. Sus manos estaban enrojecidas como si hubiera trabajado bajo el sol o

con productos fuertes toda su vida, pero su mirada tenía una calma que

contrastaba violentamente con el caos de la casa. Buenos días, señor. Soy Rosa.

La agencia me envió de emergencia, dijo ella con una voz suave pero firme. No

esperó invitación. Al escuchar los gritos provenientes del piso de arriba, su expresión cambió de la formalidad a

una preocupación genuina. ¿Son ellos? Están solos. Sí, la enfermera se acaba

de ir. Yo no sé qué hacer”, admitió Diego bajando la guardia por puro

agotamiento. Rosa no pidió salario ni preguntó por sus días libres.

Simplemente asintió, dejó su bolso en la entrada y sacó de su bolsillo un par de

guantes de limpieza de goma amarilla brillante. Se los colocó mientras subía las escaleras con agilidad, como si

supiera instintivamente dónde estaba el problema. Diego la siguió aturdido. Al entrar al

cuarto, Rosa no corrió hacia las cunas. Se detuvo un momento, respiró hondo y

comenzó a tararear una melodía muy baja, casi imperceptible.

Se acercó primero a Mía. Con movimientos lentos y seguros, deslizó sus manos

enguantadas bajo el cuerpo de la bebé. Diego estaba a punto de decirle que esos

guantes de goma eran para limpiar inodoros, no para tocar a sus hijos,

pero se detuvo en seco al ver la reacción de la niña. El amarillo brillante de los guantes parecía captar

la atención de los bebés, pero fue el toque de rosa lo que hizo la magia. No

era un toque técnico ni médico, era un abrazo. Rosa levantó a Mía y la acomodó

contra su hombro, dando palmaditas rítmicas en su espalda, sincronizadas con su propia respiración tranquila.

“Sh, pequeña, ya estás aquí, ya pasó el miedo. La tía Rosa te tiene”, murmuraba

ella. En menos de 3 minutos Mía dejó de llorar.

Sus párpados pesados cayeron y su respiración se niveló. Diego observaba

desde el marco de la puerta boquia abierto. Rosa depositó a Mía suavemente

en la cuna y repitió el proceso con Leo. El niño, que solía ser el más difícil,

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