
Los gemelos del millonario viudo gastaron fortunas para curarse, pero la
limpiadora descubrió todo el día que el magnate de las telecomunicaciones, Damián Valeriano, perdió contratos por
valor de ,00ones de dólares y vio su apellido arrastrado por el fango de los
noticieros. No lloró por el dinero. Ni una sola lágrima cayó por sus cuentas
bancarias congeladas, ni por los socios que le daban la espalda. Ese día, parado
en medio del salón de su mansión, que parecía más un hospital privado que un hogar, Damián lloró porque entendió
demasiado tarde que su arrogancia casi le cuesta la vida de lo único que le
importaba, sus hijos. Aprendió con sangre que el dinero puede comprar a los
mejores médicos de Suiza, pero no puede comprar la lealtad y mucho menos la
verdad. Pero para llegar a ese momento de destrucción y renacimiento, debemos
retroceder tres meses al momento exacto en que la mentira se había instalado
como reina absoluta en la mansión valeriano. La casa olía a desinfectante
caro y a flores muertas. Desde que la esposa de Damián falleció en el parto de los gemelos, Leo y Gael,
el millonario, había convertido su dolor en una obsesión paranoica por la salud
de los niños y nadie sabía capitalizar ese miedo mejor que Ivana Petrova, su
actual prometida. Ivana era una mujer de belleza gélida, siempre vestida con
sedas impecables, que se movía por la casa como si fuera la dueña absoluta,
aunque el anillo en su dedo aún no se hubiera convertido en una alianza matrimonial. Aquella mañana el ambiente
en el despacho de Damián era denso, casi irrespirable.
Él estaba sentado frente a su enorme escritorio de Caoba, con la cabeza entre las manos, revisando facturas que
sumaban cifras con demasiados ceros. “Es mucho dinero, Ivana”, murmuró Damián con
la voz quebrada por el cansancio. Sus ojos estaban rojos, rodeados de
ojeras profundas. 000 solo por las consultas de este mes.
Y ahora me dices que el especialista en Zurich quiere medio millón por adelantado para el nuevo tratamiento
experimental. Ivana, que estaba de pie junto a la ventana, mirando los jardines
con indiferencia, se giró lentamente. Su rostro adoptó una expresión de dolor
ensayado, una máscara de preocupación maternal tan perfecta que hubiera engañado a cualquiera. Caminó hacia él y
puso sus manos perfectamente manicuradas sobre los hombros tensos del millonario.
“Damián, mi amor”, susurró con dulzura venenosa. ¿Acaso le pones precio a la
vida de Leo y Gael? Sabemos que sus pulmones son débiles. Los médicos lo
dijeron. Es una condición degenerativa rara. Si no pagamos ese tratamiento en
Suiza, podrían llegar a su tercer cumpleaños. ¿Quieres arriesgarte?
¿Quieres fallarle a su memoria? La mención de su difunta esposa fue el
golpe bajo que Ivana sabía que funcionaría. Damián se estremeció.
El miedo irracional lo paralizó. Ivana sabía qué botones presionar. Ella había
tejido una red de diagnósticos falsos, médicos comprados y síntomas provocados que mantenían a Damián en un estado de
terror constante. No, claro que no, respondió Damián
sacando su chequera con manos temblorosas. Pagaré lo que sea. Vende
las acciones de la naviera si hace falta. Solo quiero que mis hijos estén bien. Mientras Damián firmaba el cheque
que alimentaría la codicia de Ivana, la puerta del despacho estaba entreabierta.
Rosario, la limpiadora, pasaba la mopa por el pasillo de mármol. Rosario era
una mujer de unos 50 años, de manos curtidas por el trabajo duro y ojos
oscuros que habían visto demasiada vida. Llevaba el uniforme azul impecable y los
guantes amarillos de goma, tratando de hacerse invisible como siempre. Pero sus
oídos no podían ignorar lo que pasaba. Rosario conocía a los niños. Ella era
quien limpiaba sus vómitos cuando Ivana les daba esos jarabes especiales. Ella
era quien lavaba las sábanas empapadas en sudor frío. Pero también, en los
breves momentos en que Ivana salía de compras y Damián estaba en la oficina,
Rosario había visto algo que los médicos ignoraban. Había visto a Leo y Gael
correr. Los había visto reírse a carcajadas y saltar en la cama cuando
creían que nadie los miraba. Había notado que los niños solo
enfermaban media hora después de que Ivana les diera el desayuno. Rosario no tenía un
título universitario, no sabía de medicina suiza ni de términos latinos,
pero tenía el instinto de una madre y la sabiduría de quien ha criado a cinco hermanos sola. “Esa mujer es el diablo”,
susurró Rosario para sí misma, apretando el palo de la mopa con fuerza. Y el
señor está ciego. Esa tarde la situación en la mansión se volvió crítica. Los
gemelos estaban en su cuarto, una habitación que parecía una unidad de cuidados intensivos llena de monitores y
máquinas que pitaban rítmicamente. Ivana estaba con ellos supuestamente
cuidándolos, pero Rosario, que había entrado a recoger la ropa sucia, notó la
tensión en el aire. Los niños estaban pálidos, ojerosos, sentados en la
alfombra sin energía. Ivana sostenía una cuchara con un líquido espeso y oscuro.
Abran la boca, mocosos inútiles. Si se oó Ivana en voz baja, asegurándose de
que la puerta estuviera cerrada. Su tono dulce había desaparecido por completo.
Si no se toman esto, le diré a su papá que se portaron mal y él se pondrá triste. ¿Quieren que papá llore por su
culpa? El pequeño Leo, con apenas dos años negó con la cabeza, con los ojos
llenos de lágrimas. Gael intentó esconderse detrás de un oso de peluche gigante.
No sabe feo gimió el niño. Me importa un bledo si sabe feo. Ivana le apretó las