
Llevo horas aquí”, lloraba la hija del aseo. Lo que el joven hizo sin pedir nada lo cambió todo. “Ayúdame, por
favor. Por favor, llevo horas aquí.” La voz de Luciana se quebró en la oscuridad de la carretera. Sus manos temblaban
tanto por el frío como por el dolor del tobillo destrozado. Tres horas, tres
malditas horas bajo la lluvia torrencial, viendo pasar auto tras auto sin detenerse. El lodo le cubría las
piernas hasta las rodillas. Su vestido blanco de diseñador parecía un trapo sucio. Había perdido los zapatos en la
caída por el barranco y las ramas que usaba como muletas le habían desgarrado
las palmas. Otro par de faros se acercó por la curva. “Por favor”, gritó con las
últimas fuerzas que le quedaban. “Necesito ayuda.” El auto aceleró al verla. El conductor ni siquiera volteó.
Luciana se dejó caer sobre el pavimento mojado. Las lágrimas se mezclaron con la lluvia en su rostro. Quizá merecía esto,
quizá era el castigo por una vida entera de privilegios que nunca había cuestionado. El rugido de una
motocicleta cortó sus pensamientos. Se obligó a levantar la cabeza. Una luz
solitaria se acercaba despacio, como si el conductor estuviera evaluando la escena. Luciana cerró los ojos esperando
que también pasara de largo. El motor se apagó frente a ella. Dios mío, ¿qué te pasó? La voz del hombre era joven, llena
de una preocupación genuina que Luciana no había escuchado en años. Abrió los ojos y vio a un tipo de unos 28 años
bajándose de una motocicleta vieja, pero bien cuidada. Traía ropa de trabajo manchada de grasa y el cabello mojado
por la lluvia. “Me caí”, susurró Luciana. “Mi chófer me dejó aquí. No puedo caminar.” Andrés se arrodilló
junto a ella sin importarle el lodo. “¿Cuánto tiempo llevas así?” “3 horas.” Y nadie se detuvo. Luciana negó con la
cabeza. La vergüenza le quemaba más que el dolor físico. Andrés se quitó la chaqueta de cuero inmediatamente. Ponte
esto. ¿Estás helada? Pero tú, yo estoy bien. Le colocó la chaqueta sobre los
hombros con una delicadeza que contrastaba con sus manos callosas de mecánico. El calor residual de su cuerpo
envolvió a Luciana como un abrazo. “Voy a llevarte al hospital.” No tengo dinero”, mintió Luciana demasiado
aturdida para pensar con claridad. “Mi bolso, no importa.” Andrés la evaluó con
una mirada profesional, como quien está acostumbrado a resolver problemas. “Tu tobillo está mal. ¿Puedes subirte a la
moto si te ayudo?” “Creo que sí.” La levantó con una fuerza sorprendente para su complexión delgada. Luciana tuvo que
aferrarse a su cintura mientras él conducía despacio por la carretera resbalosa. Cada bache enviaba oleadas de
dolor por su pierna, pero no se quejó. No cuando este desconocido estaba haciendo más por ella que cualquier
persona de su círculo social había hecho jamás. El Hospital San Ignacio apareció
después de 20 minutos que parecieron una eternidad. Andrés no la dejó tocar el suelo. La cargó hasta la entrada de
urgencias como si pesara nada. Necesito ayuda aquí. gritó a los enfermeros.
Lleva horas con el tobillo así. El caos de la sala de emergencias los envolvió. Una enfermera trajo una silla de ruedas
mientras otra bombardeaba a Andrés con preguntas que él respondía con paciencia infinita. ¿Es su esposa? No, la encontré
en la carretera familiar. No la conocía hasta hace media hora. La enfermera frunció el ceño, confundida por tanta
bondad hacia una extraña. Luciana fue llevada a una camilla. Un médico joven
comenzó a examinar su tobillo con expresión seria. Andrés se quedó en la puerta de la cortina como si temiera que
ella necesitara algo. Esguince severo, posible fractura, dictaminó el médico. Necesitamos radiografías. ¿Cuánto
cuesta? Preguntó Andrés antes de que Luciana pudiera hablar. El tratamiento completo serían unos 200,000 pesos.
Luciana vio a Andrés palidecer ligeramente, sacó su billetera con manos temblorosas y contó billetes arrugados.
No tenía suficiente. Yo puedo pagar, dijo Luciana rápidamente. Solo necesito
Espera aquí. Andrés desapareció antes de que pudiera detenerlo. Luciana sintió
pánico. Y si no regresaba y si había sido demasiado para él y la había
abandonado como todos los demás. 30 minutos después, cuando ya la habían entablillado el tobillo y dado
analgésicos, Andrés reapareció. Traía menos billetes en la mano, pero
suficientes para pagar las medicinas básicas. “¿Qué hiciste?”, susurró Luciana. “Fui al cajero.” “Tenía
ahorros.” “No puedes. Ya está hecho.” Le entregó 20,000 pesos y una nota arrugada
para tu taxi a casa. Y esto es por si necesitas algo más. Luciana tomó el dinero con manos temblorosas. leyó la
nota escrita con letra irregular. “Cuídate, hay buena gente en el mundo. ¿Cómo te llamas?”, preguntó desesperada
por conocer al menos el nombre de su salvador. “No importa, por favor, necesito agradecerte.” Andrés sonrió con
una tristeza que Luciana no entendió. Entonces, no tienes que agradecer nada. Solo no pierdas la fe en la gente. Sí,
espera. Pero él ya caminaba hacia la salida. Luciana intentó levantarse de la camilla y un dolor agudo la detuvo.
Cuando logró gritar su nombre, Andrés ya había desaparecido entre la multitud del hospital. Una enfermera se acercó con
una sonrisa maternal. Ese muchacho se quedó 4 horas esperando a que te atendieran. No quiso irse hasta
asegurarse de que estuvieras bien. Luciana miró la nota en sus manos. Las lágrimas volvieron, pero esta vez no
eran de desesperación. Por primera vez en sus 26 años alguien la había ayudado
sin esperar nada a cambio, sin saber quién era, sin buscar favores ni contactos, solo por bondad pura, y ella
ni siquiera sabía su nombre. El amanecer comenzaba a filtrarse por las ventanas
cuando un taxi la dejó frente al penouse de su familia en Rosales. Luciana cojeó
hasta el ascensor privado, aferrándose a la chaqueta de cuero que él había olvidado pedirle de vuelta. Olía aceite
de motor y a algo indefinible que la hacía sentir segura. Las puertas del pentouse se abrieron revelando a su
madre en la sala, perfectamente vestida a pesar de la hora. Bárbara Torres no se
levantó de su silla, solo observó a su hija con ojos fríos como el hielo. “Qué patético espectáculo!”, Luciana no
respondió. El dolor en su tobillo era insignificante comparado con el vacío en el pecho al escuchar el tono de su
madre, Bárbara se levantó con movimientos calculados. ¿Dónde está Felipe? Me dejó en la carretera.
Imposible. Felipe lleva 15 años con esta familia. Luciana se dejó caer en el sofá, manchando la tela italiana con
lodo seco. Me dejó porque le ordené que se detuviera, porque estaba harta de que me presionara para aceptar la cena con
Patricio Duarte. “Así que esto es tu culpa.” No era una pregunta. Bárbara marcó un número en su teléfono con dedos
impacientes. “Felipe, ven inmediatamente al pentouse.” 20 minutos después, el
chófer apareció con expresión de preocupación perfectamente ensayada. Luciana lo reconoció inmediatamente. Era