
La lluvia no cayó sin más esa noche, sino que cayó a cántaros. Caía a
cántaros como si el cielo quisiera borrar cada rostro, cada nombre, cada
rastro de dignidad que aún quedaba en las calles embarradas de la ciudad. Cassandra caminaba contra el viento,
llevando en brazos a su hija menor, febril y temblorosa, como una hoja al
viento, mientras tiraba de la mano de su hija mayor. La mayor tropezaba a cada
paso, sin entender por qué había oscuridad, por qué hacía frío, por qué
su madre lloraba en silencio. Sus pies descalzos se hundían en el barro frío de
los caminos de tierra que salían de la ciudad. Su vestido negro de viuda
empapado, pesaba como un sudario. Tras ella, la casa que había construido junto
a su marido, esa casa de paredes encaladas y olor a pan caliente los
domingos por la mañana, ahora pertenecía a sus cuñados, hombres de mirada dura
que cerraban la puerta como si enterraran un ataúd. No había vacilación
ni piedad, solo el sonido metálico de la cerradura resonando como una sentencia
final. Casandra no miró atrás, no porque fuera fuerte, sino porque sabía que si
miraba me derrumbaría. Y derrumbarse significaba detenerse. Detenerse
significaba morir allí mismo con las dos niñas en brazos bajo la lluvia implacable. La tormenta era tan violenta
que ahogaba los sonidos de la ciudad. Voces, carretillas, campanas de iglesia.
Todo se convirtió en agua, viento y oscuridad. La hija menor tosió contra el
pecho de su madre. un sonido débil, húmedo y peligroso. Casandra aceleró el
paso, ignorando el dolor en sus pies magullados, ignorando el frío que
trepaba por sus piernas como garras invisibles. No había dónde ir. Ningún
pariente vivo, ningún amigo que se atreviera a abrirle la puerta a la viuda
expulsada, marcada por la desgracia ajena. Solo quedaba el camino fangoso
que salía de la ciudad, donde comenzaba el mundo rural, vacío, indiferente,
cubierto de niebla y lluvia. Y fue allí, casi invisible entre los arbustos
húmedos y la densa niebla, donde lo vio. La oscura silueta de un cobertizo
abandonado. No era grande, difícilmente podía llamarse un edificio. Paredes de
madera agrietadas, tejas rotas que dejaban entrar la lluvia por amplios huecos, un suelo cubierto de barro,
hojas podridas y escombros olvidados por el tiempo. Pero era algo, era un techo.
Era lo único entre sus hijas y la muerte en esa noche fría. Casandra empujó la
puerta chirriante con el hombro, sintiendo el fuerte olor a Mo tierra húmeda y madera podrida, invadir su
nariz. Dentro la oscuridad era casi sólida. No había luz ni calor, nada más
que el sonido sordo de la lluvia golpeando las tejas perforadas. Pero era un refugio. Y esa noche eso fue todo. Si
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deben olvidarse. Tres meses antes, Cassandra aún conocía el sabor de la
felicidad sencilla. Se despertaba con el canto de un gallo en el jardín. Olía el
café preparándose en la estufa de leña, y veía a su esposo, Ernesto, lavarse la
cara en una palangana de agua fría antes de salir al campo. Era un hombre de pocas palabras, pero de manos firmes, un
carpintero respetado en la ciudad, conocido por fabricar muebles que duraban generaciones. La casa donde
vivían no era grande, pero era suya. Cada tabla del suelo, cada viga del
techo, cada ventana de madera tallada había sido colocada por sus propias
manos. Casandra cuidaba de sus dos hijas, plantaba hierbas en el jardín y
cosía ropa a la luz de las velas. La vida era dura, pero tenía dignidad.
Había pan en la mesa, había risas silenciosas al final del día, había el
calor de cuerpos unidos en las frías noches de invierno. La pobreza estaba
allí, sí, siempre la había estado, pero junto a ella también vivía la esperanza.
Las hijas crecieron sanas. La mayor Clara tenía 7 años y una mirada atenta
que lo observaba todo en silencio. La menor Sofía era todo sonrisas y abrazos
fuertes. Ernesto las cargaba en hombros los domingos caminando hasta la plaza del pueblo mientras Casandra traía la
cesta de pan casero para vender. Formaban una unidad pequeña, pero sólida. Nadie las molestaba, nadie las
envidiaba. Eran solo una familia pobre, entre tantas otras. viviendo con el
sudor de su frente, confiando en que Dios no dejaría que les faltara lo
esencial. Casandra nunca tuvo joyas, nunca tuvo vestidos finos, pero tenía a
su esposo a su lado, a sus hijas sanas y una casa que, aunque modesta, era un
refugio seguro del duro mundo exterior. No pedía nada más que eso. No soñaba con
riquezas. Solo soñaba con que las niñas crecieran fuertes, que Ernesto
envejeciera a su lado, que la vida continuara simple y predecible como siempre. Pero la muerte no pide permiso,
no avisa, no negocia. Ernesto enfermó en pleno verano, una fiebre alta que empezó
como un resfriado y se convirtió en algo que ningún médico de la ciudad pudo
curar. Casandra pasó noches enteras a su lado colocándole paños fríos en la
frente, rezando en voz baja, sosteniendo la mano que ya no tenía fuerzas para
apretar. Las niñas lloraron en un rincón de la habitación sin entender por qué su
padre ya no se levantaba, por qué ya no sonreía, por qué su madre lloraba en
silencio mientras revolvía la sopa que no podía tragar. En dos semanas, Ernesto
estaba muerto. Lo enterraron en un sencillo ataúda, hecho a toda prisa por
un compañero carpintero que lloraba mientras clavaba las tablas. Cassandra
estaba de pie ante la tumba abierta, vestida de negro, abrazando a sus dos
hijas contra su cuerpo, sintiendo que el mundo se derrumbaba en silencio. No
había palabras, no había consuelo, solo tierra cayendo sobre la madera, un