
—¿A dónde vas con esta lluvia? ¿Te volviste loca?
Catalina no respondió. Tomó el paraguas del perchero y abrió la puerta. El agua le golpeó el rostro con fuerza, fría, casi violenta. Caminó por el jardín encharcado de la hacienda en Valle de Bravo, los tacones hundiéndose en el lodo. Eran unos Stuart Weitzman color nude que había estrenado esa semana.
Los estaba arruinando.
Lo vio arrodillado entre los rosales.
—¡Oiga!
Elías Navarro ni levantó la cabeza. Seguía podando bajo la tormenta, la camisa gris pegada al cuerpo, tierra en las manos y en la frente.
—Navarro, ¿qué hace aquí afuera? Se va a enfermar.
—Las rosas se pudren si no las cubro. Usted váyase adentro.
—Le estoy ofreciendo un paraguas.
—Y yo le estoy diciendo que no lo necesito.
La lluvia les caía a los dos.
—Qué necio.
—Qué necia usted. Se está arruinando los zapatos.
Catalina miró hacia abajo. Tenía razón. El lodo le cubría media suela.
Se rió.
No supo por qué.
Él la miró de reojo.
—¿De qué se ríe?
—De mis zapatos. Los acabo de comprar.
—Pues los acaba de matar.
Una media sonrisa apareció en la boca de Elías. Catalina, sin pensarlo demasiado, se inclinó y sostuvo el paraguas sobre él mientras terminaba de cubrir las raíces con plástico.
Trabajaron así, en silencio. Solo la lluvia y las tijeras.
—¿Por qué le importan tanto estas rosas? Ni son suyas.
Él se limpió la cara con el antebrazo.
—Mi mamá tenía tres rosales nada más. Los cuidaba como si fueran sus hijos. Murió hace seis años.
Catalina bajó la mirada.
—Yo perdí a mis papás hace tres.
Él levantó la vista. Algo cambió en su expresión.
—Entonces usted sabe.
—Mi mamá decía que donde pones amor algo bueno crece. No sé si es cierto, pero me gusta creerlo.
—A mí también me gustaría.
Se quedaron ahí un segundo más, la lluvia aflojando.
—Buenas noches, señora Catalina.
—Buenas noches… Elías.
Dentro de la hacienda, Mauricio Palacios la esperaba al pie de la escalera.
—¿Qué hacías allá afuera?
—Le presté el paraguas al jardinero.
—El jardinero puede mojarse. Para eso se le paga.
La sonrisa de Mauricio era elegante y fría, como sus zapatos Ferragamo impecables.
Catalina subió sin discutir. Pero esa noche, mientras se quitaba los tacones embarrados y olía la tierra húmeda pegada al cuero, algo en ella no se sintió pequeño por primera vez en mucho tiempo.
Abajo, Mauricio marcaba un número.
—Averíguame todo sobre Elías Navarro. Todo.
Días después, Mauricio irrumpió en el invernadero.
—Aléjate de mi mujer —susurró al oído de Elías—. O te corro y te entierro en rumores.
Elías no respondió. Tenía una hija de siete años. Luciana. No podía perder el trabajo.
Pero el jardín sí lo perdió.
Una madrugada apareció destrozado. Rosales arrancados. Tierra revuelta. El invernadero violentado. La Rosa Esperanza —la que Elías llevaba cuatro años cruzando en memoria de su madre— hecha pedazos.
Y, como si fuera parte del guion, el collar de diamantes de la madre de Catalina apareció en la camioneta del jardinero.
La policía llegó demasiado rápido.
Luciana gritó cuando se llevaron a su padre.
—¡Papi no hizo nada!
Catalina lo supo en ese instante.
Fue Mauricio.
En la delegación, el olor a cloro y metal era insoportable.
—¿Qué hace aquí? —preguntó Elías, sin mirarla.
—Vine porque me importas.
Él golpeó la pared con los nudillos.
—No debería.
—No me digas señora.
Silencio.
—Te voy a sacar.
Y lo hizo.
Con la ayuda de Consuelo, descubrió transferencias millonarias a una empresa fantasma. Mauricio había estado robando del fideicomiso familiar durante años.
Y cuando lo enfrentó, él dejó de sonreír.
—Firma el acta y retiro los cargos —amenazó—. Si no, amplío la denuncia y mando a la niña a servicios sociales.
—Vete de mi casa —dijo Catalina, con voz firme.
—Sin mí no tienes nada.
—Ya aprendí a nadar.
Al día siguiente, Mauricio fue arrestado por fraude y fabricación de pruebas.
Cuando Elías salió libre, el cielo estaba gris pero seco.
Se quedaron frente a frente sin saber qué hacer con las manos.
—Luciana está en la hacienda —dijo Catalina.
Él asintió. Intentó contener el llanto y no pudo.
Ella lo abrazó torpemente. Olía a sudor viejo y a encierro. No importó.
—Perdón —susurró él.
—No.
Metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño esqueje envuelto en servilleta húmeda.
—Rosa Esperanza. Corté un tallo antes de que me llevaran. Sobrevivió.
Catalina sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
—Mira nada más.
Meses después, el jardín de la hacienda ya no era perfecto.
Era más salvaje.
Más vivo.
Luciana corría con las rodillas llenas de tierra.
—¡Cata, mira lo que planté!
Elías trabajaba en el invernadero con una curita en el pulgar.
En el centro, la Rosa Esperanza florecía de nuevo. Tenía manchas en dos hojas, pero tres brotes nuevos habían nacido esa semana.
—Tu mamá estaría orgullosa —dijo Catalina.
—Creo que sí.
Cenaron en la terraza. Luciana contó chistes malos. Consuelo sirvió flan de cajeta. Elías se quemó con salsa y fingió que no dolía.
El cielo se volvió naranja, luego morado.
Luciana se subió al regazo de Catalina.
—Papi dice que donde pones amor algo bueno crece.
Catalina miró a Elías limpiando con torpeza una mancha de cajeta en la barbilla de la niña.
Las rosas del rincón estaban golpeadas por el viento.
Pero seguían de pie.
Y en medio de ese jardín imperfecto, algo había crecido.
No perfecto.
No planeado.
Pero vivo.