
Continuación de la historia
El silencio era tan absoluto que el zumbido lejano de una abeja parecía un trueno.
Valeria avanzó un paso más, sosteniendo a Mía y Lía con una seguridad que no admitía discusión. Alejandro permanecía a su lado, rígido, como si su cuerpo estuviera allí pero su mente hubiera retrocedido diez años.
Camila soltó una carcajada histérica.
—¿Escucharon eso? —dijo mirando a los invitados—. ¡La niñera cree que puede insultarme en mi propia boda!
Roberto miró a Valeria por primera vez con verdadera atención. No como a una intrusa, sino como a alguien que guardaba una verdad peligrosa. Sus ojos se posaron luego en las gemelas.
Y algo… algo no encajó.
Las niñas no solo eran hermosas.
Eran inquietantemente familiares.
—Camila… —murmuró él—. ¿Por qué esas niñas se parecen tanto a ti?
El mundo se detuvo.
Camila palideció. Su sonrisa se quebró como porcelana fina. Por primera vez desde que había empezado a gritar, no tenía una respuesta preparada.
Valeria apretó los labios. Había llegado el momento.
Alejandro cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, su voz salió grave, firme, definitiva.
—Porque son sus hijas.
El murmullo explotó como una bomba.
—¡¿Qué?! —gritó Roberto, dando un paso atrás—. ¿De qué demonios estás hablando?
Alejandro avanzó hacia el altar. Cada paso era pesado, como si caminara sobre recuerdos enterrados.
—Hace tres años —dijo—, Camila quedó embarazada. De gemelas.
Cuando se lo conté, me dijo que esos niños arruinarían su vida, su cuerpo, su futuro.
Me exigió que eligiera.
Los ojos de Camila se llenaron de lágrimas, pero no de arrepentimiento.
Eran lágrimas de rabia por haber sido expuesta.
—¡Cállate! —chilló—. ¡Eso no es asunto de nadie!
—Es asunto de todos —continuó Alejandro—. Porque la mujer que hoy se viste de blanco dejó a sus hijas recién nacidas en un hospital privado y firmó su renuncia como madre.
Yo las adopté. Yo las crié.
Y Valeria… —miró a la mujer a su lado— fue quien las salvó cuando yo aún estaba aprendiendo a ser padre.
Valeria habló entonces, con voz suave pero implacable.
—No vine a humillarte, Camila. Vine porque estas niñas merecen saber que nunca fueron abandonadas por falta de amor… sino por exceso de ego.
Mía levantó la cabeza y miró a Camila con curiosidad infantil.
—¿Esa señora grita mucho, mami? —preguntó inocentemente.
La palabra mami cayó como una sentencia.
Camila retrocedió, tropezando con su propio vestido.
—No… no… —balbuceó—. Yo… yo no quería esto…
Roberto se quitó lentamente el anillo y lo dejó caer sobre el altar.
—No te conozco —dijo con una calma aterradora—. Y no pienso casarme con un monstruo.
La orquesta guardó silencio.
El juez dio un paso atrás.
La boda había terminado.
Camila cayó de rodillas, sola, rodeada de flores blancas que ya no simbolizaban pureza, sino ironía.
Alejandro se giró hacia Valeria.
—Vámonos.
Ella asintió. Ajustó a las niñas en sus brazos y caminó junto a él por el pasillo central, entre invitados mudos, miradas avergonzadas y verdades recién nacidas.
Cuando subieron al Bentley, Valeria miró a Alejandro.
—Se acabó —dijo.
Él negó lentamente.
—No.
Recién empieza.
Y mientras el coche se alejaba de la hacienda Los Rosales, bajo un cielo que ya no parecía tan perfecto, Alejandro entendió algo por primera vez en su vida:
No había perdido a una mujer hace años.
Había ganado una familia… sin saberlo.