En 2001, madre desaparece tras dejar a su hija en la escuela — 15 años después, vive con otro hijo

La mañana del 15 de marzo de 2001 amaneció como cualquier otra en el

pequeño pueblo de San Rafael. Laura Méndez, una mujer de 32 años, preparaba

el desayuno mientras su hija Sofía, de apenas 7 años, se vestía para ir a la

escuela. El aroma del café llenaba la cocina de aquella casa modesta pero

acogedora. Laura trabajaba como secretaria en una clínica dental del

centro. Era conocida por su puntualidad y dedicación. Aquella mañana, sin embargo, algo

parecía diferente. Varios vecinos recordarían después que la vieron más callada de lo habitual,

aunque nada hacía presagiar lo que estaba por suceder. A las 7:30 de la

mañana, madre e hija salieron de casa. Laura conducía su viejo cheet azul, el

mismo que había comprado de segunda mano tres años atrás. Sofía llevaba su

mochila rosa favorita y hablaba emocionada sobre la excursión que su clase haría al museo ese mismo día. El

trayecto hasta la escuela primaria Benito Juárez duraba apenas 10 minutos.

Las cámaras de seguridad de una gasolinera cercana captaron el vehículo

pasando a las 7:42 horas. Laura parecía concentrada en el camino mientras Sofía

gesticulaba animadamente desde el asiento trasero. Llegaron a la escuela a las 7:50. Varias madres y maestras

presenciaron como Laura ayudó a Sofía a bajar del auto, le acomodó el cabello con ternura y le dio un beso en la

frente. Fueron las últimas personas en verla con vida, o eso creyeron durante

15 largos años. Después de dejar a Sofía en la escuela, Laura debía dirigirse directamente a su

trabajo. La clínica dental donde laboraba abría sus puertas a las 8:30 y

ella siempre llegaba con al menos 15 minutos de anticipación para preparar la agenda del día y revisar las citas

programadas. Sin embargo, ese día Laura nunca llegó a la clínica. El Dr.

Ramírez, su jefe, intentó comunicarse con ella varias veces sin obtener

respuesta. Al principio pensó que quizás había tenido algún problema con el auto o que

Sofía se había enfermado repentinamente. No era propio de Laura faltar sin

avisar. A las 10 de la mañana, preocupado por la ausencia de su empleada, el Dr. Ramírez, decidió llamar

a la casa de Laura. Nadie respondió. Intentó con el número de su hermana,

quien vivía en la ciudad vecina. Patricia Méndez sintió un escalofrío al

recibir la llamada. Su instinto le decía que algo andaba mal. Patricia intentó

comunicarse con Laura durante toda la mañana. Llamó a amigas, vecinos, incluso

al exesposo de Laura, quien vivía en otro estado. Nadie había tenido noticias

de ella desde temprano. La angustia comenzó a transformarse en pánico cuando

a las 2 de la tarde la escuela llamó preguntando quién recogería a Sofía. Ese

fue el momento en que la desaparición se volvió oficial.

Patricia recogió a su sobrina, quien preguntaba inocentemente por su madre. A

las 4 de la tarde, la familia presentó la denuncia formal en la comisaría

local. La pesadilla apenas comenzaba. Los investigadores sabían que las

primeras 48 horas eran cruciales en cualquier caso de persona desaparecida.

El detective Marcos Salazar, un veterano de la policía local con 25 años de

experiencia, tomó el caso personalmente. Algo en la historia de Laura le

inquietaba profundamente. La búsqueda comenzó de inmediato.

Se rastreó la última ubicación conocida de Laura, la escuela de Sofía. Los

oficiales entrevistaron a maestras, padres de familia y personal administrativo.

Todos coincidían en que Laura parecía normal esa mañana, quizás un poco más seria, pero nada alarmante. El Chebrolet

azul de Laura se convirtió en la pieza clave de la investigación. Se emitió una

alerta a todas las patrullas del estado. Los oficiales revisaron cámaras de

seguridad de comercios, gasolineras y cruces principales.

La última imagen de su vehículo fue captada a las 8:03 de la mañana en una

calle que curiosamente no conducía ni a su trabajo ni a su casa. El detective

Salazar ordenó revisar las cuentas bancarias de Laura. No había movimientos

inusuales. Su último retiro había sido dos días antes, 200 pesos, en un cajero

automático cerca de un supermercado. Las llamadas de su teléfono celular

mostraban un patrón normal, sin números sospechosos o fuera de lo común.

La familia colaboró completamente con las autoridades. Patricia proporcionó

fotografías recientes de su hermana, describió su rutina diaria y compartió

toda la información que pudo recordar. Mientras tanto, en su interior crecía el

temor de que Laura nunca regresaría a casa. Conforme avanzaba la

investigación, el detective Salazar comenzó a indagar en el pasado de Laura.

Cada persona guarda secretos y él necesitaba descubrir si alguno de ellos

había precipitado su desaparición. Lo que encontró pintaba el retrato de

una mujer compleja con heridas que nunca terminaron de sanar. Laura se había

divorciado de Roberto Torres 3 años atrás. El matrimonio había sido

turbulento desde el principio. Roberto tenía problemas con el alcohol y, según

testimonios de vecinos, las discusiones entre ambos eran frecuentes y

acaloradas. Aunque nunca se presentaron denuncias formales por violencia doméstica, varios

conocidos sospechaban que Laura había sufrido maltrato.

El detective viajó a Monterrey para entrevistar a Roberto. Lo encontró

viviendo en un departamento pequeño, trabajando como mecánico. El hombre

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