EMPRESARIO VIUDO NO IMAGINABA LO QUE HACÍA LA EMPLEADA EMBARAZADA CUANDO SALÍA DE CASA HASTA QUE…

empresario viudo, siguió a la empleada embarazada en silencio, pero el secreto

que descubrió le partió el corazón y cambió su vida. Alejandro abrió la puerta de su casa con la misma rutina de

siempre. Eran las 8 de la noche y aunque llevaba 20 años entrando por ese mismo

pasillo, desde que María ya no estaba, todo se sentía diferente. El silencio

era pesado, no como antes, cuando ella lo recibía con esa sonrisa que lo hacía

olvidarse de todo. Ahora la casa olía a desinfectante y a comida recalentada, y

no había risas, ni pasos apurados, ni preguntas sobre su día, solo el sonido

de sus zapatos contra el piso frío. Dejó las llaves en el mueble de la entrada, se aflojó el nudo de la corbata y caminó

directo a la cocina. En la mesa estaba el plato que Lucía le dejaba cada noche

cubierto con un trapo limpio. Lo destapó, vio el arroz con pollo y volvió

a cubrirlo. No tenía hambre. Caminó hacia la sala y encendió la televisión,

pero no puso atención a nada. Solo quería ruido, aunque fuera falso. El

cuadro de María seguía colgado en la pared del pasillo. Cada vez que lo veía, sentía algo que no sabía cómo explicar.

No era solo tristeza, era como si le faltara el aire por un segundo, como si

todo dentro de él se apretara sin avisar. A veces le hablaba en voz baja,

otra solo le pedía perdón por seguir respirando mientras ella ya no estaba.

Esa noche, mientras caminaba hacia su estudio, escuchó algo raro en el baño del pasillo. Se detuvo en seco. Era como

un sonido ahogado. Se acercó despacio y tocó la puerta. Lucía, ¿estás bien? No

hubo respuesta. Entonces giró la perilla y al abrir la puerta la encontró

arrodillada junto al excusado, pálida con los ojos vidriosos. Apenas lo vio,

se levantó rápido, hizo un esfuerzo por sonreír y bajó la mirada. “Perdón, señor

Alejandro, comí algo que me cayó mal”, dijo limpiándose la cara con una toalla.

Él asintió sin decir nada. No sabía si creerle o no, pero algo en su mirada lo

dejó inquieto. Ella salió rápido del baño con la cabeza agachada, como si

hubiera hecho algo malo. Alejandro se quedó parado unos segundos, viendo el

espejo empañado, y luego cerró la puerta. Al día siguiente, al regresar

del trabajo, encontró la casa limpia como siempre, todo en su lugar. Pero

Lucía no estaba en la cocina como era habitual. subió a su cuarto para cambiarse y al pasar por el cuarto de

servicio escuchó una música bajita. Tocó la puerta sin abrir. Lucía, todo bien.

Sí, señor, contestó ella desde dentro con una voz débil bajó al comedor y se

sentó frente al plato caliente que había dejado sobre la mesa. Esta vez sí comió,

pero cada bocado le sabía a nada. Cuando terminó, lavó el plato él mismo y luego

se sirvió un whisky. se sentó en el sillón y cerró los ojos intentando no

pensar en nada, pero la imagen de Lucía, arrodillada en el baño, volvió a su

mente y luego recordó que hacía días que la notaba diferente, más cansada, más

callada y aunque siempre había sido reservada, ahora parecía más temerosa.

Pensó en preguntarle qué le pasaba, pero se detuvo y si era algo personal, y si

se estaba metiendo donde no debía. Pasaron dos días más sin incidentes. Lucía hacía su trabajo como siempre,

pero evitaba cruzarse con él. No lo miraba a los ojos y parecía moverse con

más lentitud. Hasta que una mañana, mientras Alejandro tomaba café en la

sala, ella entró con una charola para dejarle pan dulce. Al agacharse, algo

cayó de su bolsillo sin que se diera cuenta. Era una bolsita pequeña envuelta

en papel. Cuando ella salió, él la levantó del piso. Curioso, no pensaba

revisarla, pero al ver que era una prueba de embarazo usada, su corazón se

aceleró. El resultado era claro, positivo. Se quedó paralizado por varios

segundos, sintiendo un hormigueo en las manos. Guardó la prueba en su cajón sin

decir nada. Ese día no se concentró en el trabajo. No podía. Solo pensaba en

Lucía. En ese resultado, en la forma en que lo había ocultado, se preguntó quién

sería el papá, si lo sabía, si ella quería tener al bebé. También pensó en

lo sola que se veía últimamente, en lo callada, en lo frágil. Esa noche, cuando

regresó a casa, Lucía ya se había encerrado en su cuarto. No quiso llamarla, solo se sirvió un vaso de agua

y se quedó mirando por la ventana. Sentía una mezcla rara de cosas. No era

su problema. Eso se repetía. Ella era su empleada nada más, pero algo dentro de

él no dejaba de moverse, como una inquietud que crecía cada minuto. Pasaron tres días más. Él seguía

fingiendo que no sabía nada, pero cada vez que la veía no podía evitar mirarle

el vientre. Empezaba a notarse un poco muy leve, pero ahí estaba. Y su rostro,

aunque se esforzaba por parecer normal, tenía una tristeza que se colaba en el

ambiente. Una tarde, mientras Alejandro esperaba una videollamada, escuchó que

Lucía hablaba por teléfono en la cocina. Se quedó quieto sin hacer ruido. No, no

puedo decirle si se entera, me corre. Sí, estoy sola, pero voy a salir

adelante. No, no pienso ir a buscarlo. Él ya me dejó. La llamada terminó.

Alejandro sintió una punzada en el estómago. No sabía si estaba bien seguir escuchando, pero ya era tarde. Esa noche

la miró diferente, ya no como la chica que limpiaba su casa. La vio como una

mujer joven enfrentando algo muy fuerte sola y no entendía por qué, pero eso le

dolía. Por primera vez en años, Alejandro se fue a dormir sin revisar el correo del trabajo. Se acostó mirando al

techo con la mente revuelta. María se le apareció en un recuerdo, sonriendo en la

cocina mientras pelaba manzanas. Él se la quedó viendo en su mente como si pudiera hablarle. No sé qué está

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