
El 15 de junio de 1998 comenzó como cualquier otro día de verano en
Valencia. Diego Ramírez, de 6 años, despertó temprano, emocionado por la
perspectiva de pasar la tarde en el parque de la Alameda con sus padres. Era un niño vivaz, con cabello castaño
oscuro y ojos brillantes que siempre parecían estar buscando la próxima aventura. Ana Ramírez, su madre, preparó
bocadillos para el picnic mientras Miguel, su padre, revisaba el coche. La
familia había planeado esta salida durante semanas, una pequeña celebración por el final del curso escolar de Diego.
Era su tradición familiar. Cada verano comenzaba con un día especial en el parque. El parque de la Alameda estaba
lleno de familias esa tarde. Niños corrían entre los árboles, padres conversaban en los bancos y el aire se
llenaba de risas y gritos de alegría. Diego inmediatamente se dirigió hacia el
área de juegos, donde otros niños ya estaban escalando y deslizándose por los toboganes. Ana y Miguel extendieron una
manta bajo un gran árbol desde donde podían vigilar a Diego mientras jugaba.
El niño había hecho amigos rápidamente, como siempre hacía, y pronto estaba involucrado en un elaborado juego de
policías y ladrones con otros cinco niños. “Mamá, ¿puedo ir a buscar mi
pelota? gritó Diego desde el área de juegos. Su pelota de fútbol había rodado
hacia unos arbustos cercanos al límite del parque. Ana asintió, manteniendo sus
ojos en él mientras se dirigía hacia los arbustos. Era una distancia corta, tal
vez 20 m, y había otros padres cerca. Diego desapareció momentáneamente detrás
de los arbustos altos. Esos fueron los últimos segundos en que Ana y Miguel vieron a su hijo. Cuando Diego no
regresó después de 5 minutos, Miguel se levantó para buscarlo. Los arbustos
estaban vacíos. La pelota yacía abandonada en el suelo, pero Diego había
desaparecido. Capítulo 2. La búsqueda desesperada. El pánico se apoderó de Ana
y Miguel. Cuando se dieron cuenta de que Diego no estaba en ninguna parte del parque, Miguel corrió hacia la entrada
principal mientras Ana gritaba el nombre de su hijo, revisando cada rincón, cada
banco, cada área de juegos. Diego, Diego. Sus voces se unieron a las de
otros padres que al darse cuenta de la situación comenzaron a ayudar en la búsqueda. El guardia del parque fue
alertado inmediatamente. Era un hombre mayor llamado José, que había trabajado
allí durante 15 años y conocía cada centímetro del lugar. Revisaremos
sistemáticamente, dijo tratando de mantener la calma. Los niños a veces se
esconden o se pierden, pero siempre los encontramos. Pero después de una hora de búsqueda exhaustiva, Diego seguía sin
aparecer. El parque no era tan grande y había sido peinado completamente. No
había lagos donde pudiera haberse ahogado. No había estructuras peligrosas donde pudiera haber quedado atrapado.
Ana llamó a la policía desde su teléfono móvil, sus manos temblando tanto que
apenas podía marcar los números. Mi hijo ha desaparecido”, logró decir entre
soyosos. Tenía 6 años, cabello castaño, llevaba una camiseta roja. La policía
nacional llegó en 15 minutos. El inspector Carlos Mendoza, un hombre experimentado en casos de menores
desaparecidos, tomó el control de la situación inmediatamente, estableció un
perímetro alrededor del parque y comenzó a interrogar a todos los presentes.
“¿Vieron a alguien sospechoso?”, preguntaba a cada familia. ¿Notaron algún adulto prestando atención especial
a los niños? Las respuestas fueron desalentadoras. Nadie había visto nada fuera de lo
común. Nadie había notado a Diego salir del parque. Era como si se hubiera desvanecido en el aire. Mientras la
policía trabajaba, Ana se aferraba a Miguel, ambos mirando hacia cada dirección, esperando ver a su hijo
corriendo hacia ellos con una explicación inocente de dónde había estado. Pero Diego no apareció. Capítulo
La investigación inicial. La primera noche sin Diego fue la más larga en la
vida de Ana y Miguel. Su casa, normalmente llena de la energía y risas de su hijo, se sentía como un mausoleo.
La habitación de Diego permanecía exactamente como la había dejado esa mañana. La cama deshecha, juguetes
esparcidos por el suelo, un libro de cuentos abierto en la mesita de noche. El inspector Mendoza había establecido
un centro de operaciones en la comisaría local. Equipos de búsqueda habían expandido su radio más allá del parque,
revisando calles cercanas, edificios abandonados y cualquier lugar donde un niño pequeño pudiera haberse escondido o
sido llevado. En casos como este, explicó Mendoza a Ana y Miguel, las
primeras 48 horas son cruciales. Estadísticamente, si un niño va a ser
encontrado sano y salvo, generalmente sucede en este periodo. Los padres de
Diego fueron sometidos a interrogatorios extensos siguiendo el protocolo estándar. Aunque era doloroso, entendían
que la policía tenía que descartar la posibilidad de que ellos estuvieran involucrados en la desaparición. ¿Había
problemas en su matrimonio?, preguntó una detective. Disputas por la custodia,
¿deudas significativas? Ana y Miguel respondieron a cada pregunta con paciencia, aunque cada una se sentía
como una puñalada. eran una familia normal, sin enemigos, sin secretos
oscuros, sin razones por las que alguien querría lastimar a su hijo. La investigación también se centró en los
otros visitantes del parque ese día. La policía revisó las grabaciones de las cámaras de seguridad de las calles
cercanas, buscando cualquier vehículo sospechoso o persona que hubiera estado
en el área. Las entrevistas con otros niños que habían jugado con Diego proporcionaron pocos detalles útiles.
Diego dijo que iba a buscar su pelota. Recordaba una niña de 7 años. Después no
lo vimos más. Un detalle inquietante emergió durante las entrevistas. Varios
testigos recordaban haber visto a un hombre mayor observando a los niños desde un banco cercano, pero las
descripciones variaban tanto que era imposible crear un retrato robot confiable. Capítulo 4. Los primeros
meses. A medida que los días se convertían en semanas y las semanas en meses, el caso de Diego Ramírez comenzó
a seguir el patrón tristemente familiar de los niños desaparecidos. La cobertura
mediática inicial, intensa y constante gradualmente disminuyó. Otros casos,
otras tragedias capturaron la atención del público. Ana dejó su trabajo como
profesora para dedicarse completamente a la búsqueda de su hijo. Pasaba horas
cada día distribuyendo volantes con la foto de Diego, visitando orfanatos, refugios y cualquier lugar donde un niño