EL MILLONARIO VISITA A UNA CASA ABANDONADA Y DESCUBRIÓ — LO QUE LA NIÑERA HACÍA CON SUS HIJOS

El millonario visita a su casa vieja abandonada y descubrió lo que la niñera hacía con sus hijos. El día que Heriberto Solís se tiró al suelo de esa casa abandonada con sus hijos y lloró como niño, supo que había estado a punto de destruir lo único que importaba en su vida por hacerle caso a una víbora envenenada.
Ahí estaba él, el gran empresario inmobiliario, el hombre que movía millones con un chasquido de dedos arrodillado sobre el piso polvoriento de la que alguna vez fue su casa familiar. Sus gemelos, Nico y Santi, reían en sus brazos como nunca los había escuchado reír. Y Elena. Elena los miraba desde el rincón con esos ojos llenos de lágrimas que él no merecía.
“Perdóname”, le dijo con la voz quebrada. Por Dios, Elena, perdóname por todo. Pero las palabras no alcanzaban. Nada alcanzaba para borrar lo que había hecho. ¿Cómo la humilló? ¿Cómo la echó como a un perro? ¿Cómo le creyó a Gertrudis, esa Gertrudis, en lugar de escuchar a la única persona que de verdad amaba a sus hijos? Nico le jaló el cabello y Heriberto se rió entre lágrimas.
su hijo, su bebé, estuvo tan cerca de perderlo, tan cerca de no volver a sentir esas manitas aferradas a él. ¿Y todo por qué? Por ser un ciego con poder, por confiar en la persona equivocada. Tres meses atrás, Heriberto habría pagado lo que fuera por no tener que ver a estos niños. Le recordaban demasiado a Clara, su esposa, la mujer que murió trayéndolos al mundo.
Cada vez que lloraban, él veía su último aliento. Cada vez que abrían los ojos, veía la luz apagándose en los de ella. Así que hizo lo que mejor sabía hacer. escapar, trabajar, firmar contratos, cerrar negocios, dejar que otros se encargaran, dejar que Gertrudis, la ama de llaves de confianza que había trabajado para Clara durante años, manejara la casa mientras él se perdía en torres de concreto y acero. Y entonces llegó Elena.
¿Cómo iba Heriberto a saber ese día que esa muchacha humilde con su ropa remendada y sus manos temblorosas iba a cambiar todo? ¿Cómo iba a imaginar que detrás de esa timidez había un corazón tan grande que iba a salvar a sus hijos de la muerte? Señor Solís, le había dicho Elena ese primer día con voz apenas audible. Vine por el trabajo de niñera.
Me mandó la agencia. Heriberto ni siquiera la había mirado bien. Estaba firmando papeles, cerrando el trato de un edificio de oficinas en el centro que le iba a dejar 2 millones de dólares limpios. Gertrudis se encarga de eso. Habla con ella. Y así, sin más, entregó a sus hijos en manos de una desconocida, porque para él eran, dos desconocidos que lloraban demasiado y le robaban el sueño.
Gertrudis recibió a Elena con esa sonrisa perfecta que usaba cuando Heriberto andaba cerca. Pasa, mi hijita. Qué bueno que llegaste. Los bebés necesitan atención y yo ya no tengo edad para andar cargándolos todo el día. Mentira. Gertrudis tenía 55 años y estaba más fuerte que un roble. Pero Heriberto no sabía eso. No sabía muchas cosas.
Elena entró a la habitación de los gemelos y lo que vio le partió el alma. Nico y Santi lloraban en sus cunas con los pañales sucios, la piel irritada, las caritas rojas de tanto gritar. ¿Cuánto tiempo llevaban así? Ay, mis niños, susurró Elena y sin pensarlo dos veces los alzó. Primero a Nico, que se calmó de inmediato contra su pecho, luego a Santi, que dejó de llorar en cuanto sintió su calor.
Gertrudis la miraba desde la puerta con los brazos cruzados. No te encariñes mucho, las niñeras aquí duran poco. Elena no le respondió, solo abrazó a esos bebés como si fueran suyos, porque en su corazón ya lo eran. Esa primera noche, mientras cambiaba pañales y cantaba canciones de cuna que su mamá le enseñó en el rancho, Elena no sabía que estaba firmando su sentencia.
No sabía que Gertrudis ya la había marcado como enemiga. No sabía que la guerra apenas empezaba. Heriberto llegó pasada la medianoche, como siempre, caminó por el pasillo y se detuvo un momento frente a la habitación de los gemelos. Por primera vez en meses no se escuchaba llanto, solo silencio. Un silencio que le dio miedo y paz al mismo tiempo.
Empujó la puerta despacio y lo que vio lo dejó sin aire. Elena dormía en el sillón de la esquina con Nico en un brazo y Santi en el otro. Los tres respiraban al mismo ritmo, tranquilos, en paz. La lamparita de noche apenas iluminaba la escena, pero Heriberto vio todo lo que necesitaba ver. Esa muchacha desconocida había hecho en un día lo que él no pudo hacer en un año, que sus hijos dejaran de llorar.
Algo se movió en su pecho, algo que había estado muerto desde que enterró a Clara, pero lo aplastó de inmediato. No podía sentir, no debía sentir. Dolía demasiado. Cerró la puerta sin hacer ruido y se fue a su habitación, donde Gertrudis ya le había dejado el traje del día siguiente perfectamente planchado y los documentos del nuevo contrato sobre el escritorio.
Todo en orden, todo bajo control. O eso creía el muy idiota, porque lo que Heriberto no vio esa noche fue la sombra de Gertrudis espiando desde el pasillo, con los ojos entrecerrados y los puños apretados, viendo cómo Elena se ganaba en horas, lo que ella llevaba años intentando controlar. Y Gertrudis Palacios no compartía su territorio con nadie.
En su cuarto esa noche, Gertrudis se miró al espejo y sonró. Esa sonrisa que nadie más conocía, la sonrisa del demonio planeando su juego. Así que, ¿crees que vas a quedarte, muchachita? ¿Crees que puedes entrar aquí y robarme lo que es mío? Ya veremos cuánto aguantas. Al otro lado de la casa, Elena se despertó con un gemido de Santi. Lo meció con cuidado, susurrándole: “Tranquilo, mi amor, aquí estoy.
Siempre voy a estar aquí para cuidarte. Pobre Elena. ¿Cómo iba a saber que esas palabras iban a costarle casi la vida? Pero para que entiendas cómo un hombre con tanto dinero pudo ser tan estúpido, como una mujer tan buena casi muere por hacer lo correcto, y como una víbora con delantal estuvo a punto de salirse con la suya, tengo que contarte todo desde el principio.
Desde el día en que Heriberto Solís decidió que el dolor era más fácil de manejar que el amor, desde el día en que Gertrudis Palacios decidió que nadie le iba a quitar su reino. Y desde el día en que Elena Márquez decidió que esos niños merecían algo mejor que crecer sin amor, agárrate porque esto apenas empieza. Tres años atrás, Heriberto Solís lo tenía todo, una esposa que lo amaba más de lo que él merecía, una empresa de bienes raíces que movía 15 millones de dólares al año, una mansión en la mejor zona de la ciudad con vista a las montañas,
respeto, poder, éxito. Y entonces Clara le dio la noticia que iba a cambiarlo todo. Amor, vamos a tener gemelos. Eriberto la alzó en brazos ahí mismo en medio de la cocina, mientras Gertrudis sonreía desde la esquina preparando el café. Gemelos, dos hijos, una familia completa, todo lo que siempre soñó.
Van a ser perfectos, le dijo Clara esa noche con la mano sobre la panza que apenas empezaba a crecer como su papá. Pero el destino, ese hijo de tenía otros planes. El embarazo fue complicado desde el principio. Presión alta, sangrados, reposo absoluto. Clara pasó los últimos tres meses en cama con Gertrudis cuidándola día y noche, mientras Heriberto se volvía loco trabajando para pagar los mejores doctores, las mejores clínicas, todo lo que hiciera falta.
“Va a estar bien”, le decía Gertrudis cada vez que Heriberto llegaba destrozado de preocupación. Doña Clara es fuerte y yo estoy aquí para cuidarla. No se preocupe, señor. Heriberto confiaba en ella. Clara confiaba en ella. Gertrudis había estado en esa casa desde antes que ellos se casaran, recomendada por la mamá de Clara.
Era parte de la familia, la roca sobre la que todos se apoyaban, o eso creían. El día del parto todo se fue al infierno. Complicaciones, hemorragia. Los doctores corriendo, Herriiberto afuera de la sala de operaciones, golpeando la pared hasta dejarse los nudillos en carne viva y Gertrudis a su lado, tranquila, como si ya supiera cómo iba a terminar todo.
“Señor Solís”, salió el doctor con esa cara que Heriberto nunca iba a olvidar. “Los bebés están bien, sanos, fuertes, pero su esposa lo sentimos mucho. Hicimos todo lo posible. El mundo se acabó ese día.” Eberto entró a ver a Clara por última vez. Estaba pálida, fría, pero con una sonrisa en los labios.
Los últimos minutos de su vida los había pasado escuchando el llanto de sus hijos. “Cuídalos”, le había dicho a la enfermera. “Dile a Heriberto que los ame por los dos.” Pero Heriberto no pudo, no supo. El dolor era demasiado grande. Cuando le pusieron a Nico en brazos por primera vez, él solo vio la razón por la que Clara ya no estaba. Cuando Santi lloró buscando el pecho de su madre, Heriberto sintió que se ahogaba.
“Llévenselos”, le dijo a las enfermeras, “No puedo.” Y desde ese día no pudo. Se hundió en el trabajo como un náufrago se hunde en el mar. Contratos, reuniones, viajes, cualquier cosa, con tal de no estar en esa casa llena de cunas y sonajeros y recuerdos de lo que pudo ser. Gertrudis se hizo cargo de todo.
Los bebés, la casa, los empleados, hasta los papeles del fide y comiso de tres millones de dólares que Clara había dejado para los gemelos. Yo me encargo, señor, usted no se preocupe por nada. Y Heriberto, el muy tonto, le firmó poder notarial para que manejara los gastos de la casa y de los niños. confianza absoluta, porque Gertrudis era la única que quedaba del mundo de clara, la única conexión.
Lo que no sabía es que Gertrudis llevaba años esperando su momento. Ella había trabajado para la familia de Clara desde que era joven, siempre invisible, siempre obedeciendo, siempre sirviendo. Vio como Clara heredó la fortuna de sus padres. Vio cómo se casó con Heriberto y multiplicaron ese dinero. Vio cómo vivían en lujos mientras ella apenas ganaba lo justo.
Algún día, se decía Gertrudis mientras planchaba las sábanas de seda de Clara, todo esto va a ser mío. Y cuando Clara murió, vio su oportunidad. Con Herberto destruido y los gemelos siendo bebés, ella era la reina de ese castillo. Controlaba cada centavo que entraba y salía, manejaba al personal, decidía todo y nadie, nadie iba a quitarle ese poder.
Durante un año completo, Gertrudis reinó sin oposición. Los gemelos lloraban que lloraran. Total, Heriberto no estaba para escucharlos. Necesitaban atención, lo mínimo, comida, lo barato, ropa, lo necesario y nada más. ¿Para qué gastar en bebés que ni siquiera su padre quería ver? Y el dinero del fideicomiso, ahí estaba el verdadero negocio.
Gertrudis empezó poco a poco. Facturas infladas, gastos fantasma, pañales $500, medicinas $800. Ropa de bebé $1,200. Herriberto firmaba todo sin mirar. El dolor no lo dejaba ver nada más. En un año, Hertrudis ya se había robado $200,000 del fondo de los niños. Los metió en cuentas a su nombre. los invirtió, los guardó para el día en que pudiera largarse de ahí con todo.
Pero entonces la agencia de empleos llamó, “Señor Solís, encontramos a la niñera que solicitó. Se llama Elena Márquez. Viene muy recomendada. Puede empezar mañana.” Herrierto ni siquiera recordaba haber solicitado una niñera. Probablemente lo hizo su asistente. Daba igual. “Que Gertrudis se encargue”, respondió y colgó.
Gertrudis apretó el teléfono cuando le dieron la noticia. Una niñera. otra persona en su casa, otra boca que iba a opinar, otra par de ojos que podía ver demasiado. No va a durar, decidió Gertrudis esa noche. La voy a sacar de aquí antes de que se cumpla el mes. Al día siguiente, Elena Márquez tocó la puerta de la mansión Solís a las 7 de la mañana.
Traía una maleta vieja de tela, un suéter tejido a mano y los ojos más tristes que Gertrudis había visto en su vida. Venía del campo, eso se notaba, del tipo de lugares donde la gente se muere. porque no tiene ni para las medicinas. Buenos días, señora, dijo Elena con voz suave. Soy Elena Márquez.
Vengo por el puesto de niñera. Gertrudis la miró de arriba a abajo y sonró. Esta iba a ser fácil de quebrar. Pasa, mi hijita. Te voy a enseñar las reglas de esta casa. Elena entró sin saber que estaba cruzando la puerta del infierno, sin saber que esa mujer de sonrisa dulce y voz amable era el demonio condelantal, sin saber que en esa casa iba a jugarse la vida.
La llevaron al cuarto de servicio, una habitación chiquita con una cama dura y una ventana que no cerraba bien. Ahí iba a dormir, ahí iba a vivir. El baño lo compartes con la cocinera y el jardinero. Tu horario es de 6 de la mañana a 10 de la noche todos los días. Los domingos libres solo si yo lo autorizo. Tu sueldo es de $800 al mes.
Las comidas las haces después de que todos coman. Y una cosa muy importante, Elena. Gertrudis se acercó y por un segundo Elena vio algo raro en sus ojos, algo frío, algo que le dio miedo. No te metas en lo que no te importa. Los niños son tu trabajo, nada más. No hables con el señor Solís si él no te habla primero.
No opines de cómo se manejan las cosas aquí. Haz tu trabajo y ya. ¿Entendido? Sí, señora. Bien, ahora ve a conocer a los gemelos. están en el cuarto del segundo piso. Y Elena, espero que dures más que las otras cuatro. Cuatro. Elena quiso preguntar qué había pasado con las otras niñeras, pero se tragó las palabras. Necesitaba este trabajo.
Su mamá estaba en el hospital del pueblo con el corazón fallando. La operación costaba 500,000 pes. Sin ese dinero, su mamá se moría. Así de simple. Así que Elena subió las escaleras con el estómago hecho nudo, rezando porque todo saliera bien. Abrió la puerta del cuarto de los gemelos y el olor la golpeó primero.
Pañales sucios, leche agria, descuido. Nico y Santi lloraban en sus cunas con las caritas rojas y los puñitos apretados. “¡Ay, Dios mío!”, susurró Elena, y se le salieron las lágrimas. Estos bebés estaban solos, abandonados. Nadie los cargaba, nadie los consolaba. Vivían en una mansión de millones, pero estaban más solos que ella en su ranchito pobre.
Los alzó a los dos, uno en cada brazo, y los meció contra su pecho. Ya mis niños, ya llegó Elena, ya no están solos. Les prometo que mientras yo esté aquí van a estar bien cuidados. Nico dejó de llorar primero, luego Santi. Se aferraron a ella como si supieran que esta vez era diferente, como sieran que esta vez alguien de verdad los amaba.
Y Elena, esa muchacha humilde que no tenía nada más que un corazón enorme, decidió en ese momento que iba a proteger a estos niños, aunque le costara todo. No sabía que le iba a costar casi la vida. No sabía que Gertrudis ya estaba planeando cómo destruirla. No sabía que Heriberto estaba tan ciego que iba a creerle a la víbora en lugar de a ella.
Pero si Elena Márquez hubiera sabido todo eso, igual se habría quedado, porque algunas personas nacen para salvar y Elena era una de ellas. Abajo en la cocina, Gertrudis preparaba el desayuno de Heriberto con esa sonrisa perfecta que usaba como máscara. Ya llegó la nueva niñera, señor. Herberto apenas levantó la vista del periódico.
Bien, parece buena muchacha, humilde, necesitada. Va a hacer bien su trabajo. Eso espero. Gertrudis. sirvió el café y se retiró. Pero antes de salir de la habitación, miró hacia las escaleras con los ojos entrecerrados. Disfruta mientras puedas, muchachita. Tu tiempo aquí va a ser muy corto.
Y así, sin que nadie lo supiera, empezó la guerra. El ángel contra el demonio, la luz contra la oscuridad, la bondad contra la maldad pura. Y en medio de todo, dos bebés inocentes que no tenían idea de que su vida dependía de quién ganara esta batalla. Que Dios nos agarre confesados, porque lo que viene no es para corazones débiles. Los primeros días de Elena en la mansión Solís fueron como un sueño del que no quería despertar.
Los gemelos se transformaron. Nico ya no lloraba toda la noche. Santi comía sin hacer berrinche. Dormían tranquilos, jugaban contentos, sonreían cada vez que veían a Elena entrar al cuarto. Por primera vez en un año, esa casa tenía vida. Elena les cantaba mientras los bañaba, les hacía caras chistosas mientras les daba de comer, los sacaba al jardín para que sintieran el sol en la piel, los cargaba, los mecía, los besaba en la frente como si fueran suyos.
“Eres una niñera de oro”, le dijo don Eusebio, el jardinero viejo que llevaba 20 años trabajando para la familia. Hace mucho que no veía a estos niños tan felices. Elena sonrió mientras Nico jugaba con sus dedos. Es que solo necesitaban amor, don Eusebio, nada más. El viejo asintió y siguió podando las rosas, pero antes de irse se volteó y le dijo algo que Elena no entendió en ese momento.
“Ten cuidado, muchacha, aquí las cosas no son lo que parecen.” Elena no le preguntó qué quiso decir. Debió haberlo hecho. Mientras tanto, Gertrudis observaba todo desde las ventanas de la casa como un halcón vigilando a su presa. Veía como los niños se reían con Elena, cómo se calmaban con su voz, cómo la buscaban cuando tenían miedo.
Y cada risa, cada sonrisa, cada abrazo era como un cuchillo clavándose en su pecho. ¿Quién se cree esta muerta de hambre? Pensaba Gertrudis mientras apretaba los puños hasta que las uñas se le enterraban en las palmas. Llega aquí y en una semana ya es la salvadora, ya es la heroína. Pero delante de Elena, Gertrudis seguía siendo el ángel perfecto.
Qué bien cuidas a los niños, Elena, le decía con esa sonrisa que no le llegaba a los ojos. Se nota que tienes experiencia. Gracias, señora Gertrudis. Es que yo crecí cuidando a mis hermanitos. Para mí esto es natural. Mm, qué lindo. Seguro tu familia te extraña mucho. Y ahí estaba el primer anzuelo. Recordarle a Elena que estaba sola, que estaba lejos de casa, que aquí no tenía a nadie.
Pero Elena no mordió el anzuelo, solo abrazó más fuerte a Santi y respondió, “Sí, pero hablo con mi mamá todas las semanas. Ella está orgullosa de que conseguí este trabajo. Gertrudis sonrió, pero por dentro hervía. Con Heriberto, en cambio, Gertrudis era la perfección absoluta. Cada mañana le tenía el traje planchado y el desayuno listo antes de que él bajara.
Cada noche le dejaba los documentos importantes sobre el escritorio, organizados por prioridad. Cada detalle de la casa funcionaba como reloj suizo. “¿Qué haría sin ti, Gertrudis?”, le decía Heriberto mientras revisaba los papeles del nuevo desarrollo inmobiliario que iba a dejarle otros 5 millones de dólares. Eres la única constante en este desastre. Para eso estoy, señor Solís.
Doña Clara me hizo prometerle que cuidaría de usted y de los niños y yo nunca rompo mis promesas. Mentira. Todo era mentira. Pero Heriberto le creía cada palabra. Una noche, Heriberto llegó más temprano de lo normal. Eran apenas las 8 de la noche. Se sirvió un whisky y se sentó en la sala cansado hasta los huesos. Gertrudis apareció como sombra.
Señor, ¿le preparo algo de cenar? No, gracias, ya comí en la oficina. Entonces lo dejo descansar. Pero antes de irse, Gertrudis soltó el veneno con voz suave, casual, como quien no quiere la cosa. Ah, por cierto, la nueva niñera está haciendo un buen trabajo. Los niños ya no lloran tanto.
Eriberto levantó la vista. Era la primera vez en meses que alguien mencionaba a sus hijos sin que él cambiara de tema. Sí, preguntó. Y en su voz había algo. Curiosidad, ¿esperanza, ni él mismo lo sabía? Sí, señor. Elena es muy dedicada, pasa todo el día con ellos. A veces me preocupa que se encariñe demasiado, ¿entiende? Porque ella es solo una empleada y los niños necesitan a su padre, no a una desconocida.
Y ahí estaba la semillita de duda plantada con tanta sutileza que Heriberto ni siquiera se dio cuenta. Ella hace su trabajo. Yo hago el mío respondió Heriberto y se tomó el whisky de un trago. Gertrudis sonrió. Por supuesto, señor. Solo era un comentario. Esa noche Heriberto no pudo dormir. Las palabras de Gertrudis le daban vueltas en la cabeza.
Los niños necesitan a su padre, no a una desconocida. Se levantó a las 2 de la mañana y caminó por el pasillo. Sin saber por qué, se detuvo frente al cuarto de los gemelos. La puerta estaba entreabierta. Adentro, Elena dormía en el sillón otra vez. Nico tenía la manita aferrada a su blusa. Santi roncaba suavito contra su hombro. Los tres en paz absoluta.
Heriberto se quedó ahí parado mirando y por primera vez desde que Clara murió sintió algo además de dolor. Sintió envidia. Sí. Envidia de esa muchacha que podía estar cerca de sus hijos sin desmoronarse. Envidia de esos niños que tenían a alguien que los amaba cuando él no podía. Cerró la puerta despacio y volvió a su cuarto.
Pero esa imagen se le quedó grabada. Al día siguiente, Gertrudis notó el cambio. Algo se había movido en Heriberto, algo pequeño, casi imperceptible, pero ella tenía años de experiencia leyendo a la gente. Se está ablandando, pensó. está empezando a verlos y si empieza a verlos va a empezar a preguntar cosas y si empieza a preguntar cosas va a descubrir todo.
No, eso no podía pasar. Gertrudis esperó a que Heriberto se fuera a trabajar. Luego subió al cuarto de los gemelos, donde Elena les estaba cambiando los pañales. Buenos días, señora Gertrudis, dijo Elena con esa sonrisa que a Gertrudis le daban ganas de borrarle a cachetadas. Buenos días, Elena.
Necesito hablar contigo un momento en privado. Elena dejó a los niños en sus cunas con juguetes y siguió a Gertrudis al pasillo. Su estómago se apretó. Algo en el tono de voz de Gertrudis le daba mala espina. Mira, Elena, eres buena en tu trabajo. No lo voy a negar, pero necesito que entiendas algo muy importante. Gertrudis se acercó un paso.
Elena dio un paso atrás. El señor Solís está pasando por un momento muy difícil. perdió a su esposa, está en duelo y tú con toda tu dedicación estás confundiendo las cosas. No entiendo, señora. Los niños se están encariñando demasiado contigo y eso no está bien. Tú eres una empleada, Elena, nada más. No eres su madre.
No eres parte de esta familia. Eres alguien a quien le pagamos para que haga un trabajo. Elena sintió que la bofeteada, aunque Gertrudis no la había tocado. Yo solo los cuido, señora. Los quiero porque es imposible no quererlos. Son unos angelitos. Los ojos de Gertrudis se endurecieron. Pues empieza a poner límites.
Porque si el señor Solís piensa que te estás extralimitando, te va a despedir. Y créeme, Elena, no vas a conseguir otro trabajo así de fácil, no con tu nivel de educación. Ahí estaba el primer golpe directo, recordarle a Elena que era pobre, ignorante, reemplazable. Elena apretó los labios para no llorar. Entiendo, señora. Qué bueno.
Ahora vuelve a tu trabajo y acuérdate, límites. Gertrudis se fue con esa sonrisa de víbora satisfecha. Elena se quedó ahí parada en el pasillo temblando, pero cuando volvió al cuarto y Nico estiró los bracitos hacia ella, Elena lo alzó y lo abrazó fuerte. No me importa lo que diga, susurró contra el cabello del bebé.
Yo los voy a seguir queriendo igual porque ustedes merecen amor y si no se los da su papá se los voy a dar yo. Lo que Elena no sabía es que Gertrudis estaba escuchando desde el otro lado de la puerta y lo que acababa de escuchar era todo lo que necesitaba para confirmar sus sospechas. Esta muchacha no iba a rendirse fácil, no iba a asustarse con palabras bonitas, iba a tener que destruirla de verdad.
Perfecto, pensó Gertrudis mientras bajaba las escaleras. Me gusta cuando se ponen difíciles. Es más divertido quebrarlas. Esa tarde Gertrudis se encerró en su cuarto y sacó una libreta vieja donde llevaba anotaciones de todo. Nombres, fechas, números de cuenta, facturas falsas, su pequeño libro de secretos.
Pasó las páginas hasta encontrar lo que buscaba. Las otras cuatro niñeras que habían trabajado ahí antes de Elena. Mariana, despedida por Robo después de que Gertrudis plantó dinero en su cuarto, Sofía renunció voluntariamente después de que Gertrudis la amenazó con acusarla de maltratar a los niños. Raquel se fue llorando después de tres semanas de acoso psicológico constante.
Viviana casi termina en la cárcel cuando Gertrudis la acusó de querer secuestrar a los gemelos. cuatro mujeres, cuatro vidas arruinadas y todas porque se atrevieron a cuestionar cómo Hertrudis manejaba esa casa. Gertrudis pasó el dedo por el nombre de Elena, escrito al final de la lista con tinta fresca. “A ver cuánto aguantas tú, muchachita.
A ver si eres tan fuerte como crees.” Cerró la libreta y la guardó bajo llave en el cajón de su buró. Luego se miró al espejo y practicó su sonrisa perfecta, la máscara que usaba para que el mundo creyera que era una santa, pero detrás de esa máscara había un monstruo y ese monstruo estaba a punto de despertar.
En el cuarto de al lado, Elena le cantaba una canción de cuna a los gemelos, sin saber que acababa de convertirse en el blanco de algo mucho más peligroso que ella jamás había enfrentado. Duéranse, mis niños, duérmanse ya, que mañana el sol nos va a despertar. Pobre Elena, si hubiera sabido lo que venía, tal vez habría salido corriendo esa misma noche.
Pero la valentía no se trata de no tener miedo, se trata de tener miedo y quedarse de todas formas. Y Elena Márquez era más valiente de lo que ella misma sabía. La tormenta apenas empezaba y cuando Gertrudis Palacio se quitaba la máscara, ni el mismo quería estar cerca. La máscara de Gertrudis se cayó exactamente tr días después.
Fue un martes. Eriberto se había ido a Monterrey a cerrar un contrato de 8 millones dólares por un complejo de departamentos. Iba a estar fuera toda la semana y en cuanto su auto desapareció por la reja de la entrada, Gertrudis sonríó. Ahora sí. Ahora era su territorio, su reino, y aquí se hacían las cosas a su manera.
Elena estaba en el jardín con los gemelos. los había sentado sobre una manta bajo la sombra del árbol grande y los tres se reían mientras ella les hacía burbujas de jabón. Nico trataba de atraparlas con sus manitas regordetas. Santi se las metía a la boca y hacía caras de asco que hacían reír a Elena hasta que le dolía el estómago.
Ay, mis amores, ustedes son lo más hermoso que me ha pasado en la vida. Qué linda escena. Elena se volteó y vio a Gertrud disparada ahí, con los brazos cruzados y una mirada que le heló la sangre. Señora Gertrudis, buenos días. Estábamos tomando un poco de sol. El pediatra dijo que es bueno para El pediatra. No te preguntó a ti, a mí me preguntó.
Elena parpadeó. El tono de voz era diferente. Ya no había dulzura, ya no había educación. Era frío, cortante, peligroso. Perdón, señora. Yo solo recoge a los niños y llévalos adentro. Ya tuvieron suficiente sol, pero apenas llevamos 15 minutos y te dije que los lleves adentro. El grito fue tan fuerte que los gemelos se asustaron y empezaron a llorar.
Elena los alzó rápido, uno en cada brazo, y caminó hacia la casa con el corazón latiéndole en la garganta. Gertrudis la siguió y cuando entraron a la casa y la puerta se cerró, Elena supo que algo terrible estaba por pasar. Déjalos en sus cunas y baja a la cocina. Tenemos que hablar. Elena subió temblando, les dio a los niños sus biberones para calmarlos y les puso música suave.
Ya vuelvo, mis amores, pórtense bien. Bajó las escaleras como condenado que camina al patíbulo. En la cocina, Gertrudis estaba de pie junto a la estufa calentando agua para té, o eso parecía. Siéntate. Elena se sentó. Gertrudis se quedó de pie. Así quedaba más alta. Así daba más miedo. ¿Cuántos años tienes, Elena? 23,
señora. 23. Eres una niña, una niña ignorante que viene del rancho y que cree que sabe cómo funcionan las cosas aquí. Yo no creo eso, señora. Yo solo hago mi trabajo. Tu trabajo. Gertrudis se ríó, una risa seca, sin humor. Tu trabajo es obedecer, es callarte la boca, es hacer lo que yo te diga sin preguntar. ¿Entendiste? Elena apretó las manos bajo la mesa.
Sí, señora, porque parece que no. Parece que crees que porque los niños te quieren ya eres importante, ya eres especial. Yo nunca he dicho eso. Gertrudis se acercó en dos pasos y le agarró la cara con una mano fuerte. Los dedos se le clavaron en las mejillas. No me interrumpas cuando te estoy hablando, india muerta de hambre.
Elena sintió el golpe de las palabras más que el dolor físico. India, muerta de hambre. Así la veía Gertrudis. Así era como de verdad pensaba. Tú estás aquí por lástima”, siguió Gertrudis todavía apretándole la cara. “Porque necesitas el dinero para tu mamá enferma.” “Sí, lo sé todo. Investigué antes de que llegaras, así que escúchame bien.
¿Te portas como yo digo o te vas a la calle sin un centavo y tu mamita se muere esperando su operación? ¿Está claro?” Le soltó la cara con un empujón. Elena tuvo que agarrarse de la silla para no caerse. “¿Está claro?”, repitió Gertrudis ahora gritando. “¡Sí!”, susurró Elena con los ojos llenos de lágrimas. Sí. ¿Qué? Sí, señora. Así me gusta.
Ahora vete a tu cuarto y no salgas hasta que yo te llame. Los niños van a estar conmigo el resto del día. Elena quiso protestar. Quiso decir que los gemelos la necesitaban, pero tenía tanto miedo que solo pudo asentir y salir de ahí casi corriendo. Subió a su cuartito del tercer piso, cerró la puerta y se tiró en la cama a llorar. Le dolía la cara, le dolía el corazón, le dolía el alma.
Dios mío, soyó contra la almohada, ¿qué hago? Si me voy, mi mamá se muere. Si me quedo, esta mujer me va a destruir. No había salida, estaba atrapada. Abajo, Gertrudis subió al cuarto de los gemelos con una sonrisa que daba más miedo que sus gritos. Nico y Santi dejaron de tomar su leche cuando la vieron entrar.
La miraron con esos ojos grandes, asustados, como si supieran que algo andaba mal. ¿Qué pasa, niños?, dijo Gertrudis con voz dulce. ¿No están contentos de ver a Gertrudis? Santi empezó a llorar. Buscaba a Elena con la mirada. Ay, no, nada de eso. Gertrudis lo alzó bruscamente sin cariño. Elena no va a venir. Se portó mal y está castigada.
Así que ahora me tienen a mí. Los puso a los dos en el corral de juegos y les dio juguetes. Pero en lugar de jugar con ellos, se sentó en el sillón a revisar su celular, ignorándolos completamente. Nico lloró. Santi lloró. Los dos estiraban los bracitos hacia la puerta, esperando que Elena apareciera, pero Elena no apareció.
Y Gertrudis los dejó llorar hasta que se cansaron y se quedaron dormidos, agotados, con las caritas rojas y los ojos hinchados. “Así aprenden”, murmuró Gertrudis. “Así aprenden, que yo soy la que manda aquí.” Esa noche, cuando ya era tarde y la casa estaba en silencio, Elena bajó despacio a la cocina a buscar algo de comer. No había comido nada en todo el día.
El estómago le rugía. Abrió el refrigerador y sacó un poco de pollo frío que había sobrado de la cena. Se sirvió un vaso de agua, se sentó en la mesa de la cocina sola en la oscuridad y entonces escuchó los pasos. Gertrudis entró a la cocina y prendió la luz. Elena se paró de un salto como niña descubierta robando dulces.
Señora, yo solo comiendo mi comida. Perdón, es que no cené. Y Hertrudis caminó hacia ella despacio con esa sonrisa de tiburón que ya Elena estaba aprendiendo a temer. Esa comida no es para ti. Esa comida es para el personal autorizado. Tú comes las sobras y las sobras las como el perro. Pero, señora, silencio. Gertrudis le arrebató el plato de las manos y lo tiró al piso.
El pollo se regó por todas partes. El plato se hizo pedazos. Recógelo con las manos y luego te lo comes del piso como el perro que eres. Elena la miró sin poder creerlo. ¿Qué? Lo que oíste, agáchate y recoge. Elena sintió que se le iba a salir el corazón del pecho. Esto no podía estar pasando. Esto no era real.
Pero Gertrudis dio un paso más cerca y Elena vio en sus ojos que sí era real, que esta mujer era capaz de cualquier cosa. Se arrodilló en el piso con las lágrimas cayéndole y empezó a recoger los pedazos de comida con manos temblorosas. “Más rápido”, ordenó Hertrudis parada sobre ella como reina sobre su esclava. Elena recogió todo, los pedazos de pollo, los fragmentos de plato, todo.
Las manos le sangraban de un corte que se hizo con el plato roto. Ahora vete a tu cuarto y si le dices una palabra de esto al señor Solís, te juro por Dios, que no solo te corro, te acuso de robo, de maltrato a los niños, de todo lo que se me ocurra y con mis contactos te meto a la cárcel. Tu mamá se muere sola y tú te pudres presa.
¿Entendiste? Elena asintió sin poder hablar. El miedo no la dejaba. ¿Entendiste? Sí, señora. ¡Lárgate! Elena subió las escaleras casi arrastrándose. Entró a su cuarto, cerró la puerta con seguro y se dejó caer al piso. Le sangraban las manos, le sangraba el alma. “Nadie me va a creer”, susurró en la oscuridad.
“Si hablo, me destruye y mi mamá se muere.” Ahí, en ese cuartito frío y oscuro, Elena Márquez entendió la verdad más horrible de su vida. estaba completamente sola, atrapada en una casa con un demonio que tenía todo el poder y nadie, nadie iba a salvarla. Tendría que salvarse sola o morir intentándolo. Al otro lado de la ciudad, Heriberto dormía en una suit de hotel de cinco estrellas después de haber cerrado su contrato millonario.
Ni siquiera se le cruzó por la mente llamar a su casa para preguntar por sus hijos. Si hubiera llamado, tal vez Elena habría tenido el valor de decirle la verdad. Si hubiera llamado, tal vez todo habría sido diferente. Pero no llamó y el silencio de esa noche selló el destino de todos. En el cuarto de los gemelos, Nico y Santi dormían inquietos como si supieran que algo terrible estaba pasando, como sieran que su ángel estaba sufriendo y ellos no podían hacer nada para ayudarla.
Y en su habitación del primer piso, Gertrudis se miraba al espejo mientras se quitaba el maquillaje. Sonríó. Primera batalla ganada. se dijo a sí misma, “Ahora vamos a ver qué tan fuerte eres, muchachita, porque esto apenas empieza.” Se acostó en su cama grande y cómoda, en su cuarto lleno de cosas caras compradas con el dinero que le había robado a los gemelos, y durmió como bebé.
Porque los monstruos nunca pierden el sueño, los monstruos disfrutan la cacería. Y Elena era la presa perfecta, joven, asustada, desesperada y sin nadie que la defendiera. Pero lo que Gertrudis no sabía es que a veces las presas más débiles son las que pelean más duro cuando no les queda otra opción. Y Elena Márquez estaba a punto de descubrir una fuerza que ni ella sabía que tenía.
La fuerza de una madre protegiendo a sus hijos. Aunque no fueran suyos por sangre, ya lo eran por amor. Y por ese amor, Elena iba a atravesar el infierno si era necesario. El infierno tenía nombre y se llamaba Gertrudis Palacios. Elena aguantó dos semanas más. Dos semanas de insultos cuando Heriberto no estaba, dos semanas de empujones accidentales en las escaleras.
Dos semanas de encontrar la comida de los gemelos saboteada con demasiada sal o muy fría. Dos semanas de vivir con miedo constante. Pero lo que la quebró de verdad no fue lo que Gertrudis le hacía a ella, fue lo que le empezó a hacer a los niños. Un jueves por la tarde, Elena bajó a la cocina a calentar los biberones de Nico y Santi.
Los dejó en la estufa 2s minutos como siempre. Subió. Probó la temperatura en su muñeca. Perfecto. Le dio el biberón a Nico. Primero el bebé tomó un trago y escupió todo, llorando y tosio. La leche estaba hirviendo, hirviendo. Ay, Dios mío, Nico, mi amor, perdóname. Elena revisó el otro biberón. También quemaba, pero ella los había probado apenas un minuto antes.
¿Cómo era posible? La respuesta llegó cuando vio a Gertrudis parada en la puerta con una ollita en la mano y esa sonrisa del demonio. Ay, qué pena. Se te pasó la mano con el calor. Hay que tener más cuidado, Elena. Los niños son delicados. Elena entendió todo. Gertrudis había subido detrás de ella y había cambiado los biberones por otros sirviendo.
A propósito, para lastimar a los bebés, para hacerla quedar mal. Usted hizo esto”, dijo Elena con voz temblorosa pero firme. “Yo yo no estaba ni cerca de la cocina, pero si quieres acusarme, adelante a ver quién te cree.” Y se fue dejando a Elena con un bebé llorando de dolor y el corazón destrozado.
Esa noche, cuando Heriberto llegó a casa después de cerrar un contrato de tres 5 millones de dólar por un centro comercial, Elena tomó la decisión más valiente de su vida. Iba a hablar. Esperó a que Gertrudis se fuera a su cuarto, esperó a que la casa se quedara en silencio y entonces bajó las escaleras con las piernas temblando y tocó la puerta del estudio de Heriberto.
Adelante. Elena entró. Eriberto estaba sentado detrás de su escritorio enorme revisando documentos con una copa de coñaca al lado. Ni siquiera levantó la vista. Señor Solís, necesito hablar con usted. Si es sobre tu día libre, habla con Gertrudis. No es eso, señor, es sobre los niños. Ahora sí la miró con esos ojos fríos que Elena había visto solo de lejos. De cerca daban más miedo.
¿Qué pasa con los niños? Elena respiró hondo. Señor, la señora Gertrudis, ella no los trata bien, los descuida cuando usted no está y a veces, a veces los lastima. El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Heriberto dejó los papeles sobre el escritorio, se quitó los lentes, se recargó en la silla mirándola como si fuera un insecto que acababa de encontrar en su comida.
Repite eso. La señora Gertrudis maltrata a sus hijos, señor. Hoy les puso los biberones hirviendo. Nico se quemó la boca y cuando estoy en mi cuarto los deja llorar horas sin atenderlos. Yo he visto suficiente. Eriberto se paró, rodeó el escritorio, se plantó frente a Elena tan cerca que ella tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo.
¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí? Tres semanas, señor. Tres semanas. ¿Y crees que en tres semanas sabes más que Gertrudis, que lleva en esta casa 15 años? No, señor. Yo no digo eso, pero Gertrudis cuidó a mi esposa cuando estaba enferma. Gertrudis estuvo a su lado cuando murió. Gertrudis ha cuidado a mis hijos desde que nacieron.
Y tú, una desconocida que vino del campo sin referencias, sin educación, me vienes a decir que ella los maltrata. Cada palabra era un puñetazo. Elena sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero se negó a llorar delante de él. Señor, yo sé lo que vi. Los biberones. Los biberones se calentaron de más porque tú no pusiste atención.
Gertrudis me contó que te la pasas distraída con el celular en lugar de cuidar bien a los niños. Eso no es cierto. Yo nunca estás llamando mentirosa a Gertrudis. No, señor, yo solo. Entonces, ¿cuál es tu problema? El grito hizo que Elena diera un paso atrás. Heriberto respiraba fuerte, furioso, con las venas del cuello marcadas.
Señor, por favor, solo le pido que observe usted mismo, que vea cómo ella actúa cuando usted no está cerca, que no voy a espiar a mi personal de confianza por las acusaciones ridículas de una niñera que lleva aquí tres semanas. Ya tuve suficientes problemas con las otras que pasaron por aquí, inventando cosas para llamar la atención.
Otras, las otras cuatro niñeras que Gertrudis destruyó. Elena lo entendió todo. No era la primera y si no hacía algo, no iba a ser la última. Señor Solís, le juro por mi madre enferma que todo lo que le estoy diciendo es verdad. Sus hijos están en peligro con fuera de mi estudio. Elena se quedó congelada. Dije, “Fuera.
Ahora, antes de que te despida por falta de respeto, Elena salió casi corriendo con las lágrimas ya cayéndole por las mejillas. Subió las escaleras, pasó frente al cuarto de los gemelos, donde dormían tranquilos, sin saber nada, y llegó a su cuartito. Se tiró en la cama a llorar. Lloró de frustración, lloró de miedo. Lloró porque nadie le creía, porque estaba sola, porque Gertrudis tenía razón.
¿Quién le iba a creer a ella? una muerta de hambre sin educación contra una mujer que llevaba años ganándose la confianza de todos. No sabía que Gertrudis había estado escuchando todo desde el pasillo, que había subido detrás de ella apenas Elena entró al estudio, que escuchó cada palabra y que estaba sonriendo.
A la mañana siguiente, Elena bajó a desayunar con los ojos hinchados de tanto llorar. En la cocina estaba Hertrudis preparando el café de Heriberto tarareando una canción. Cuando vio entrar a Elena, su sonrisa se hizo más grande. Buenos días, Elena. ¿Dormiste bien? Elena no respondió.
Fue directo al refrigerador a sacar la leche para los bebés. Escuché que tuviste una conversación interesante con el señor Solís anoche. Elena se quedó helada con la mano en la jarra de leche. No te preocupes siguió Gertrudis con voz dulce como miel envenenada. Yo ya sabía que ibas a intentar algo así. Todas lo intentan y todas fracasan.
¿Sabes por qué? Se acercó a Elena tan cerca que podía olerle el perfume caro que se compraba con el dinero robado. Porque yo soy intocable. Porque el señor Solís me cree a mí, no a ti. Porque yo tengo 15 años aquí y tú apenas tres semanas. Porque yo soy parte de esta familia y tú eres la empleada. Elena apretó la jarra de leche con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Así que te voy a dar un consejo, muchachita. Deja de intentar ser la heroína. Deja de creer que vas a salvar a estos niños de algo. Haz tu trabajo. Cállate la boca y tal vez, tal vez te deje quedarte hasta que juntes lo que necesitas para tu mamá enferma. No voy a quedarme callada si les hace daño a los niños, dijo Elena, y su propia voz la sorprendió. Firme, clara, valiente.
Gertrudis entrecerró los ojos. Ah, no. Entonces, déjame explicarte algo. Elena Márquez sacó su celular y le mostró la pantalla. Era una foto de Elena recogiendo comida del piso esa noche horrible. Tengo fotos de todo, de ti robando comida, de ti en lugares de la casa donde no deberías estar, de ti tocando cosas que no te pertenecen.
Tengo testigos que van a jurar lo que yo les diga que juren y tengo contactos en la policía que me deben favores. Elena sintió que se le caía el alma a los pies. Si vuelves a abrir la boca, si vuelves a intentar hablar con el señor Solís, si respiras de forma que no me guste, te acuso de robo agravado, te meto a la cárcel y tu mamita se muere sola esperando su operación de 500,000 pesos que nunca va a poder pagar.
Está clarísimo. Elena no podía hablar. El terror no la dejaba. Está clarísimo, repitió Gertrudis ahora gritando. Sí, susurró Elena. Excelente. Ahora llévales el desayuno a los niños y haz tu trabajo. Ah, y Elena Gertrudis se acercó tanto que sus labios casi tocaban el oído de Elena. Si se te ocurre renunciar y largarte, te persigo, te encuentro y me aseguro de que nunca consigas trabajo en ningún lado.
Vas a vivir en la calle viendo como tu madre se pudre de a poco. ¿Prefieres eso? No, lloró Elena. Entonces ya sabes qué hacer. Sonríe, obedece y cierra la boca. Gertrudis salió de la cocina dejando a Elena destrozada, temblando con la jarra de leche todavía en las manos. 15 minutos después, Heriberto bajó a desayunar.
Gertrudis le sirvió su café exactamente como le gustaba, con dos cucharadas de azúcar y un chorrito de crema. Buenos días, señor. ¿Durmió bien? Sí, gracias, Gertrudis. Me enteré de que la niñera lo molestó anoche con tonterías. Le pido disculpas. Voy a hablar con ella para que no vuelva a pasar. Heriberto tomó un sorbo de café. Ya hablé yo. Fue muy claro.
Si vuelve a faltar al respeto, se va. Por supuesto, señor. Usted sabe que yo cuido esta casa como si fuera mía y a los niños, ay, los adoro como si fueran mis nietos. Mentira. Todo mentira. Pero Heriberto le creyó cada palabra. Lo sé, Gertrudis. No sé qué haría sin ti. Htrudis sonrió. esa sonrisa perfecta, esa máscara que ocultaba al monstruo.
Para eso estoy, señor, para cuidar de todos ustedes. Arriba en el cuarto de los gemelos, Elena les daba el desayuno con las manos todavía temblando. Nico la miraba con esos ojos grandes y le tocó la cara como si supiera que algo andaba mal. Ya, mi amor, estoy bien. Elena está bien. Pero no estaba bien.
Estaba rota, derrotada, atrapada en una pesadilla de la que no había escape. Intentó hablar, nadie le creyó. Intentó salvarse. Fue amenazada con cosas peores que la muerte. ¿Y ahora qué? Ahora solo le quedaba sobrevivir, obedecer, esperar y rezar para que alguien en algún momento viera la verdad antes de que fuera demasiado tarde.
Porque Gertrudis ya no solo quería controlarla, ya no solo quería asustarla, Gertrudis quería destruirla por completo y lo iba a hacer paso por paso, día por día, hasta que no quedara nada de Elena Márquez más que una sombra asustada que obedeciera sin chistar. El infierno no es un lugar, es una persona. Y Elena estaba viviendo con el Pasó una semana desde esa conversación en la cocina, una semana en la que Elena vivió como fantasma en su propia vida.
Gertrudis había ganado. Elena lo sabía. Todos lo sabían. La muchacha ya no cantaba mientras cuidaba a los gemelos. Ya no sonreía. Hacía su trabajo como robot, con los ojos siempre bajos, las manos siempre ocupadas, la boca siempre cerrada. Pero en las noches, cuando los niños dormían, Elena lloraba en silencio pensando en su mamá.
Ya llevaba dos meses sin mandarle dinero suficiente para la operación. Su hermana la llamaba cada semana. La doctora dice que no puede esperar mucho más, Elena. Su corazón está muy débil. Y Elena no sabía qué decirle más, que ya casi junto todo, solo un poco más. Mentira. con lo que Gertrudis le pagaba y descontándole gastos de comida y hospedaje que antes no le descontaban, apenas le quedaban 300 al mes.
A ese paso iba a necesitar 2 años para juntar los 500,000 pesos de la operación. 2 años que su mamá no tenía. Un viernes por la tarde, Gertrudis la mandó llamar a su cuarto. Elena entró con el corazón en la garganta. Nada bueno salía de estar a solas con esa mujer. Gertrudis estaba sentada en su sillón de terciopelo verde tomando té. como reina en su trono. Siéntate, Elena.
Elena se sentó en la orilla de la cama con las manos en el regazo, esperando el siguiente golpe. He estado pensando en tu situación, empezó Gertrudis con voz casi amable. Casi. Y me da lástima, de verdad, una muchacha joven como tú, lejos de casa, con una madre enferma. Es terrible. Elena no respondió.
Sabía que venía el anzuelo. Así que te voy a hacer una oferta una sola vez. O la tomas o la rechazas, pero si la rechazas, las consecuencias son tuyas. Gertrudis sacó un sobre de su cajón, lo puso sobre la mesa de centro entre ellas. Era grueso, se veía lleno. Aquí hay $10,000 en efectivo. Elena levantó la vista sorprendida. $10,000.
Eso era más de lo que ganaría en un año completo trabajando ahí. Eso era suficiente para la operación de su mamá y todavía sobrar. Es tuyo siguió Gertrudis. Todo. Si haces algo muy sencillo para mí. ¿Qué cosa? Preguntó Elena, aunque ya sabía que no le iba a gustar la respuesta. Renuncias hoy mismo. Haces tu maleta y te vas.
Sin despedidas, sin dramas, sin hablar con el señor Solís. Solo te vas, tomas tu dinero y desapareces de esta casa para siempre. Ahí estaba el trato con el ¿Por qué? Preguntó Elena. ¿Por qué quiere que me vaya si ya me tiene controlada? Si ya no digo nada, si solo hago mi trabajo, ¿por qué no me gustas? Respondió Gertrudis con simplicidad brutal.
Porque los niños te quieren demasiado. Porque cuando te ven sonríen y cuando me ven a mí lloran y eso no me gusta. Pero los niños, los niños van a estar bien. Van a tener otra niñera, una que yo escoja, una que entienda las reglas desde el principio. Elena miró el sobre. $10,000. La salvación de su mamá. El fin de la pesadilla.
Podía agarrar ese dinero, irse a casa y nunca más volver a ver la cara de Gertrudis Palacios. Pero entonces pensó en Nico, en cómo se aferraba a ella cuando tenía miedo. Pensó en Santi, en cómo solo con ella dejaba de llorar. Pensó en esos dos bebés que no tenían a nadie más que la amara de verdad. No dijo Elena y ni ella misma podía creer que esa palabra había salido de su boca.
La cara de Gertrudis se transformó. La máscara se cayó completamente. ¿Qué dijiste? Que no, no me voy. Los niños me necesitan. Los niños necesitan a alguien que no sea una India estúpida que no sabe cuál es su lugar. Pues esta india estúpida es la única que los quiere de verdad, gritó Elena. Y fue la primera vez en semanas que alzaba la voz.
Usted solo quiere controlarlos. solo los ve como herramienta para robarle al señor Solís. Gertrudis se paró de un salto, cruzó el cuarto en dos zancadas y le dio una cachetada a Elena, que la tiró de la cama al piso. Atrévete a repetir eso siseó Gertrud disparada sobre ella. Atrévete. Elena se tocó la mejilla que le ardía.
Sabía que le iba a salir un moretón. Sabía que acababa de firmar su sentencia, pero ya no le importaba. Usted le está robando dinero del fideicomiso de los niños”, dijo Elena desde el piso, mirándola directo a los ojos. Yo vi los papeles, vi las facturas falsas, los gastos que nunca existieron, vi todo. Era mentira. Elena no había visto nada, pero tiró el anzuelo para ver si Gertrudis mordía.
Y Hertrudis mordió. Su cara se puso pálida, luego roja, luego morada de la furia. “No viste nada porque no hay nada que ver”, dijo. Pero su voz tembló. Y si tú, pedazo de basura, te atreves a insinuar siquiera que yo, $200,000, inventó Elena recordando un número que escuchó por casualidad cuando Gertrudis hablaba por teléfono.
Eso es lo que lleva robado hasta ahora, ¿verdad? Gertrudis la agarró del cabello y le dio otro golpe. Este, en la 100. Elena vio estrellas. Escúchame bien, pendeja, gruñó Gertrudis todavía jalándole el pelo. Si abres la boca sobre esto, no solo te meto a la cárcel a ti, también a tu mamá. por complicidad, por lavado de dinero, por lo que sea que se me ocurra.
Y ella se muere en una celda sola, sin su operación, pensando que su hija la traicionó. Eso es lo que va a pasar si no te callas, le soltó el cabello con un empujón. Elena se quedó en el piso adolorida, pero por primera vez en semanas no estaba asustada, estaba furiosa porque ahora sabía la verdad. Gertrudis estaba robando y Elena acababa de descubrir su secreto más grande.
Lárgate de mi cuarto, ordenó Hertrudis. Y si mañana no veo tu renuncia sobre el escritorio del señor Solís, te juro que te vas a arrepentir de haber nacido. Elena se paró. Se limpió la sangre del labio que se había partido con el golpe y caminó hacia la puerta. Pero antes de salir se volteó.
Usted puede pegarme, puede amenazarme, puede hacer lo que quiera conmigo, pero no voy a dejar solos a esos niños porque alguien tiene que protegerlos. Y si usted cree que me voy a rendir solo porque me da miedo, se equivocó de persona. Salió y cerró la puerta, dejando a Gertrudis temblando de rabia.
Esa noche, Gertrudis se encerró en su cuarto y sacó su libreta de secretos. Pasó las páginas hasta encontrar una lista de números telefónicos. marcó uno. Bueno, soy yo. Necesito un favor. La voz del otro lado se rió. Gertrudis Palacio solo llama cuando necesita que alguien desaparezca. ¿Quién es esta vez? Una niñera se llama Elena Márquez.
Necesito que le armes un caso. Robo, drogas, lo que sea. Algo que la meta a la cárcel mínimo 6 meses. Eso cuesta. Te pago $,000 en efectivo. Hecho. Mándame la información. Gertrudis colgó con una sonrisa. Ya no era suficiente asustar a Elena, ya no era suficiente controlarla. Había que destruirla, borrarla, hacerla desaparecer, porque Elena había visto demasiado, sabía demasiado.
Y aunque no tuviera pruebas todavía, Gertrudis conocía esa mirada, la mirada de alguien que no se iba a rendir y Gertrudis Palacios no dejaba cabos sueltos. Mientras tanto, en su cuartito, Elena se curaba el labio partido con hielo y se miraba al espejo. Tenía el ojo morado, la mejilla hinchada, el labio roto, pero en sus ojos había algo nuevo, algo que no estaba antes. Determinación.
No me voy a rendir, se dijo a sí misma. No me importa lo que me haga. No me importa si me mata. Esos niños necesitan a alguien que pelee por ellos y voy a ser yo. Sacó su celular viejo. Tenía que encontrar pruebas. tenía que grabar algo, lo que fuera, que demostrara que Gertrudis era un monstruo.
Pero Gertrudis era lista, muy lista. No iba a ser fácil. Elena lo sabía. Esto iba a ser una guerra, una guerra desigual donde ella tenía todas las de perder. Pero a veces la gente más peligrosa no es la que tiene todo el poder, es la que no tiene nada que perder. Y Elena Márquez acababa de convertirse en la persona más peligrosa de esa casa porque ya no peleaba por ella.
Peleaba por dos bebés inocentes que merecían algo mejor que crecer bajo el control de un demonio. Y por eso iba a pelear hasta el final, aunque el final fuera su propia destrucción. La cacería había comenzado y esta vez la presa tenía colmillos. Elena Márquez se convirtió en detective de la noche a la mañana.
Cada momento libre lo usaba para investigar. Cada vez que Gertrudis salía de su cuarto, Elena entraba sigilosamente a buscar pruebas. Cada conversación telefónica que escuchaba la grababa con su celular escondido en el bolsillo del delantal. Pero Gertrudis era cuidadosa, demasiado cuidadosa. Guardaba todos los documentos importantes bajo llave.
hablaba en voz baja cuando estaba al teléfono y nunca nunca dejaba evidencia donde alguien pudiera encontrarla hasta que cometió su primer error. Un martes por la mañana, Hertrudis recibió una llamada mientras preparaba el desayuno. Elena estaba en el comedor dándole de comer a los gemelos, pero podía escuchar todo a través de la puerta entreabierta.
“Sí, ya lo tengo todo listo”, decía Gertrudis en voz baja. “Los documentos están firmados. El notario es de confianza. Nadie va a sospechar nada. Elena puso el celular en modo grabación y lo dejó en la mesa, disimulado entre los juguetes de los niños. 300,000 más este trimestre, continuó Hertrudis. Con eso ya voy en 500,000 acumulados.
Para fin de año, llego al millón y me largo de esta casa de locos. Elena sintió que se le helaba la sangre. No eran 200.000, eran 500,000. medio millón que Gertrudis le había robado a esos bebés. El tonto de Solís ni siquiera revisa las cuentas, firma todo lo que le pongo enfrente. Es más fácil robarle a él que quitarle un dulce a un bebé. Gertrudis se rió.
Elena apretó los puños bajo la mesa. Sí, en cuanto tenga el millón, renuncio y me voy al retiro que siempre soñé. Estos mocosos y su padre idiota pueden irse al La llamada terminó. Elena recuperó su celular con manos temblorosas. Lo tenía. tenía la confesión grabada, pero cuando trató de escucharla, su corazón se detuvo.
El audio estaba cortado, lleno de estática. No se entendía nada más que palabras sueltas, mil documentos, nadie no servía. No servía para nada. Elena quiso llorar de frustración. Había estado tan cerca. Esa tarde, mientras los gemelos hacían siesta, Elena bajó al jardín donde don Eusebio podaba las plantas.
El viejo jardinero era la única persona en esa casa que le había mostrado algo de bondad. Don Eusebio, ¿puedo hablar con usted? El viejo levantó la vista de sus rosas y vio el ojo morado de Elena que apenas empezaba a desaparecer. Dejó las tijeras de podar y se quitó el sombrero. ¿Qué te pasó, muchacha? Me caí, mintió Elena.
Pero no es de eso de lo que quiero hablar, es sobre la señora Gertrudis. Don Eusebio miró hacia la casa nervioso. Mejor no hablamos de eso, por favor. Usted lleva años aquí. Ha visto cosas, ¿verdad? Ha visto lo que ella hace. El viejo suspiró hondo. Se sentó en la banca del jardín e hizo señas para que Elena se sentara a su lado.
“Llevo 20 años trabajando para esta familia”, empezó don Eusebio. “Vi crecer a la señora Clara. La vi casarse con el señor Solís. Los viices y la señora Gertrudis. Esa mujer, esa mujer llegó cuando la señora Clara todavía estaba viva, recomendada por la mamá de la señora. Al principio parecía buena gente, trabajadora, leal, pero yo la vi.
¿Vio qué? Don Eusebio bajó la voz hasta convertirla en un susurro. Vi como le robaba joyas a la señora Clara, poquitas para que no se notara. Vi como revisaba los documentos del Señor cuando él no estaba. Vi como trataba mal a las otras empleadas hasta que renunciaban. Y cuando la señora Clara murió, el viejo se detuvo. Tenía lágrimas en los ojos.
¿Qué pasó cuando murió?, preguntó Elena. Yo estaba en el hospital ese día. Entré a dejarle flores y escuché a Gertrudis hablando con una enfermera. Le dijo, “Al fin ahora todo es más fácil.” Como si se alegrara de que la señora Clara hubiera muerto. Elena sintió náuseas. ¿Por qué nunca dijo nada? Porque tengo miedo, muchacha.
Gertrudis tiene poder, tiene contactos. Hace 3 años intenté hablar con el señor Solís sobre unas facturas raras que vi. A la semana siguiente me acusaron de robar herramientas del jardín. Casi me meten a la cárcel. Solo me salvé porque el señor Solís me conoce desde hace años y no le creyó del todo. Pero usted vio las facturas. ¿Tiene pruebas? Tuve. Gertrudis las quemó.
Destruyó todo. Elena sintió que la esperanza se le escapaba entre los dedos. Entonces nunca vamos a poder pararla. No dije eso. Don Eusebio se acercó más. Hay algo que Gertrudis no sabe que yo sé. ¿Qué cosa? Ella guarda copias de todo en su computadora. La portátil vieja que tiene en su cuarto. Ahí está todo.
Las facturas falsas, los contratos, las cuentas bancarias, todo. El corazón de Elena empezó a latir más rápido. ¿Cómo sabe eso? Porque una vez entré a arreglar la ventana de su cuarto cuando ella no estaba. La computadora estaba abierta. Vi archivos, miles de archivos con números, fechas, cantidades. Cerré todo rápido antes de que me cachara, pero lo vi.
¿Dónde guarda esa computadora? En el cajón de su buró con llave. Pero hay una copia de esa llave. ¿Dónde? Don Eusebio señaló hacia la cocina. En el llavero de repuestos que está en el gabinete sobre el refrigerador. Es la llave pequeña de bronce con una G grabada. Elena se paró de un salto. Tengo que conseguirla.
Ten mucho cuidado, muchacha. Si Gertrudis te cacha, ya no me importa. Esos niños necesitan que alguien pelee por ellos y voy a pelear. Esa noche Elena esperó a que toda la casa estuviera dormida. Eran las 2 de la mañana. Bajó descalza por las escaleras, pisando solo las orillas para que no crujieran.
Entró a la cocina. El llavero estaba exactamente donde don Eusebio dijo. Buscó entre las llaves con manos temblorosas hasta encontrar la pequeña de bronce con la G. La agarró, se la metió al bolsillo del pijama y entonces escuchó pasos. Se quedó congelada detrás de la puerta de la cocina. Los pasos se acercaban. Cada vez más cerca. Era Gertrudis.
Elena contuvo la respiración mientras veía la sombra de Gertrudis pasar por el pasillo. Iba al baño. Elena tenía tal vez 2 minutos antes de que volviera. Esperó a que se cerrara la puerta del baño. Entonces corrió. Subió las escaleras lo más rápido y silencioso que pudo. Llegó a su cuarto, cerró la puerta sin hacer ruido. Tenía la llave.
Ahora solo necesitaba el momento perfecto para usarla. Ese momento llegó tres días después. Heriberto se llevó a Gertrudis a firmar unos papeles en el banco. Estarían fuera toda la mañana. Los gemelos dormían su siesta. La cocinera había salido a comprar víveres. Era ahora o nunca. Elena dejó la puerta del cuarto de los niños entreabierta para escucharlos si despertaban.
Luego caminó hasta el cuarto de Gertrudis con el corazón latiéndole en los oídos. Abrió la puerta, entró, cerró. El cuarto olía a perfume caro y maldad. Elena fue directo al buró, sacó la llave, la metió en la cerradura del cajón, click. Adentro estaba la laptop vieja, la sacó, la abrió, pedía contraseña. No, no, no susurró Elena. No había pensado en eso.
Probó con Gertrudis. Incorrecto. Probó con 1234. Incorrecto. Probó con Clara. Incorrecto. Se estaba quedando sin tiempo. En cualquier momento podían regresar. Entonces recordó algo el día que Gertrudis hablaba por teléfono sobre su retiro. Dijo algo sobre el año. Probó con 2026. Incorrecto. Retiro 2026. Incorrecto. Gertrudis Palacios 2026.
La pantalla se abrió. Sí, casi gritó Elena. Ahí estaba todo. Carpetas y carpetas. Facturas, cuentas, contratos, fondos. NIS. Esas iniciales tenían que ser Nico y Santi. Elena sacó su celular, empezó a tomar fotos de todo, cada documento, cada tabla de Excel con números, cada transferencia bancaria, foto tras foto tras foto.
Sus manos temblaban tanto que algunas salieron borrosas, pero siguió. No podía parar. Entonces escuchó un motor afuera, un auto llegando. Dios mío, no, todavía no. Elena tomó las últimas tres fotos que pudo, cerró la laptop, la metió al cajón, cerró con llave, guardó la llave en su bolsillo, salió del cuarto de Gertrudis justo cuando escuchó la puerta principal abrirse abajo, corrió a su cuarto, se encerró, se sentó en la cama revisando las fotos con el corazón a 1000 por hora. Las tenía. Tenía las pruebas.
Facturas por ropa de bebé, $5,000. Cuando Elena sabía que los niños tenían tres conjuntos nada más. Medicinas $8,000 para bebés que nunca estaban enfermos. Clases particulares, $2,000 para gemelos de un año que ni siquiera hablaban. Y lo peor, transferencias a una cuenta bancaria a nombre de Gertrudis Palacios.
$543,000 transferidos en los últimos 18 meses. Más de medio millón robado a dos bebés inocentes. Elena mandó las fotos por email a su propia cuenta, luego las subió a una nube, luego las mandó a su hermana con un mensaje. Si me pasa algo, lleva esto a la policía. Abajo, Gertrudis entró a su cuarto. Algo se sentía diferente.
El aire, el olor, algo. Fue directo a su buró. Abrió el cajón con su llave maestra. La laptop estaba ahí, exactamente como la dejó, pero Gertrudis pasó el dedo por la tapa. Estaba caliente, como si alguien la hubiera usado hace poco. Sus ojos se entrecerraron, revisó la habitación, todo estaba en su lugar, pero el instinto le decía que algo andaba mal.
Elena susurró, tenía que ser ella. ¿Quién más? Pero, ¿cómo había entrado? Gertrudis tenía la única llave, a menos que corrió a la cocina, subió al gabinete sobre el refrigerador, el llavero de repuestos, contó las llaves, estaban todas, pero cuando agarró la pequeña de bronce con la G, la sintió diferente, más caliente que las otras, como si alguien la hubiera usado recientemente.
Esa perra, gruñó Gertrudis, esa perra se atrevió, subió las escaleras como toro envistiendo. golpeó la puerta del cuarto de Elena con tanta fuerza que toda la casa tembló. “Abre esta puerta ahora.” Elena abrió. Ya no tenía miedo. Ya tenía las pruebas. Ahora solo necesitaba sobrevivir el tiempo suficiente para usarlas.
“Entraste a mi cuarto”, la acusó Hertrudis. No sé de qué habla, señora. Mentirosa. Entraste, revisaste mis cosas. Si entraron a su cuarto, no fui yo. Tal vez fue la cocinera o don Eusebio o cualquier otro empleado al que usted trata como basura. La cachetada fue tan fuerte que Elena vio estrellas, pero se mantuvo de pie.
¿Qué viste?, gruñó Hertrudis. ¿Qué viste? Nada. No vi nada porque no entré. Gertrudis la agarró del cuello. Elena sintió que no podía respirar. Si tomaste fotos, si copiaste algo, si le dijiste a alguien algo de lo que crees que viste, te juro que no solo te mato a ti, mato también a esos mocosos. Los hago parecer un accidente y me quedo con todo.
¿Lo entiendes? Con todo. Le apretó más fuerte el cuello. Elena empezó a ver puntos negros. Entonces Nico empezó a llorar en el cuarto de al lado. Gertrudis la soltó. Elena cayó al piso tosiendo y jadeando. Vete con esos niños antes de que haga algo de lo que no me voy a arrepentir. Elena se arrastró fuera del cuarto.
Gertrudis azotó la puerta detrás de ella. Ahora la guerra era abierta. Gertrudis sabía que Elena tenía algo. Y Elena sabía que Gertrudis era capaz de matar para proteger sus secretos. La pregunta era, ¿quién iba a actuar primero? Y la respuesta era, Gertrudis. Porque esa misma noche Gertrudis hizo una llamada que iba a cambiar todo. Hola. Sí, soy yo otra vez.
Cambio de planes. No solo necesito armarle un caso a la niñera. ¿Qué más necesitas? Necesito que desaparezca para siempre. La cacería había terminado. Ahora era caza para matar. Dos días después de que Elena consiguiera las pruebas, Hertrudis actuó. Todo empezó cuando Herrierto anunció en el desayuno que tenía que viajar a Europa, un desarrollo inmobiliario en Madrid, un contrato de 12 millones de dólares que no podía rechazar.
“Voy a estar fuera dos semanas”, dijo sin levantar la vista del periódico. Gertrudis sonrió detrás de su taza de café. No se preocupe, señor. Yo me encargo de todo aquí. Lo sé, Gertrudis, siempre lo haces. Elena sintió que se le elaba la sangre. dos semanas, 14 días sola en esa casa con Gertrudis.
14 días donde nadie vigilaba, donde nadie preguntaba. Esa noche Heriberto empacó sus maletas y se fue directo al aeropuerto. Ni siquiera subió a despedirse de sus hijos, ni siquiera los miró. En cuanto el auto desapareció por la reja, Gertrudis subió al cuarto de los gemelos, donde Elena los estaba preparando para dormir.
“Mañana tienes el día libre”, anunciótrudis. Elena se volteó sorprendida. “¿Qué? Pero yo nunca tengo días libres. Pues ahora sí te vas mañana temprano y regresas pasado mañana. Y eso no es una sugerencia, es una orden. No, no voy a dejar solos a los niños con usted. Gertrudis se acercó con esa sonrisa de víbora. No te estoy preguntando, Elena.
O te vas por las buenas mañana temprano o te saco a patadas esta misma noche. Tú decides. Elena miró a los gemelos. Nico la veía con esos ojos grandes, como si supiera que algo malo venía. ¿Por qué quiere que me vaya? Porque tengo cosas que hacer y no necesito que andes de metiche espiándome.
¿Qué cosas? Eso no es tu problema. Elena abrazó a Santi contra su pecho. No me voy. Haga lo que quiera conmigo, pero no me voy. Gertrudis sacó su celular y marcó un número. Sí, oficial Ramírez. Soy Gertrudis Palacios. Necesito reportar un robo. Sí. La empleada Joyas valoradas en $15,000 ahora mismo está aquí. Está bien”, gritó Elena.
“Me voy, pero si les pasa algo a estos niños lo va a pagar.” Gertrudis colgó el teléfono. “¿Qué me vas a hacer tú, pendeja?” “Nada, no eres nada. Ahora lárgate de aquí y prepara tu maleta. Sales a las 6 de la mañana.” Elena no durmió esa noche. Se quedó sentada en su cama mirando las fotos en su celular. Las pruebas.
Tenía que hacer algo con ellas. Tenía que mostrarlas a alguien antes de irse. ¿Pero a quién? Eriberto estaba en un avión rumbo a Europa. La policía le creería a Gertrudis antes que a ella. El abogado de la familia trabajaba para Heriberto. No iba a escuchar a una niñera. Don Eusebio tenía que hablar con don Eusebio.
A las 4 de la mañana bajó al jardín. El viejo ya estaba ahí regando las plantas como hacía cada madrugada. Don Eusebio, me están obligando a irme. Dos días y tengo miedo de lo que Gertrudis pueda hacerles a los niños mientras no estoy. El viejo dejó la manguera. ¿Qué quieres que haga, muchacha? Necesito que vigile, que esté atento y si pasa algo, cualquier cosa rara llame a este número.
Le dio un papel con el teléfono de su hermana. Dígale que yo la mandé. Ella tiene copias de todas las pruebas contra Gertrudis. Si me pasa algo, si a los niños les pasa algo, ella sabrá qué hacer. Don Eusebio guardó el papel en su camisa sobre el corazón. Ten cuidado, Elena. Esa mujer es capaz de cualquier cosa.
Lo sé, por eso necesito que usted me ayude. A las 6 en punto, Elena subió al autobús que la llevaba a su pueblo. 3 horas de camino, 3 horas de angustia pensando en Nico y Santi solos con Gertrudis. En la mansión Solís, Gertrudis esperó a que el autobús desapareciera de vista. Entonces sacó su celular y llamó. Ya se fue. Tienes vía libre.
Del otro lado, una voz de hombre respondió, “¿Cuánto estás pagando?” “V ,000 10 ahora.” “10 cuando esté hecho.” “¿Y qué quieres exactamente?” “Un accidente, algo que parezca natural. Dos bebés que se ahogan en la bañera mientras su niñera distraída no prestaba atención. Cuando regrese, Selena en dos días encuentra a los niños muertos y a ella culpable.
“Espera, ¿quieres que mate a dos bebés? Te estoy pagando $20,000. No te estoy pagando para que hagas preguntas morales. Silencio del otro lado. Luego, no, eso no, niños, no. Búscate a otro. Y colgó. Gertrudis aventó el teléfono contra la pared. Maldito cobarde. Pero no importaba. Si nadie más iba a hacerlo, ella misma lo haría. Subió al cuarto de los gemelos.
Nico y Santi estaban jugando en su corral. Cuando la vieron entrar, dejaron de sonreír. “Hola, niños”, dijo Gertrudis con voz dulce. “Van a pasar dos días muy especiales con Gertrudis.” Los cargó bruscamente, uno bajo cada brazo, y los llevó a su cuarto. Los encerró ahí con seguro, mientras ella iba a la cocina a preparar su plan.
En el librero de su habitación, escondida detrás de los libros viejos que nunca leía, Gertrudis tenía una caja. Adentro había frascos, medicamentos que había ido robando del botiquín de Clara cuando estaba enferma. morfina líquida, dipam, cosas fuertes que podían hacer dormir a alguien para siempre si se usaban en las dosis correctas.
Con esto va a parecer que tuvieron muerte de cuna, se dijo Gertrudis mientras medía las dosis. Pasa todo el tiempo con gemelos, nadie va a sospechar. Mezcló el líquido con leche tibia, lo puso en dos biberones, subió a su cuarto. Los gemelos lloraban. Tenían hambre, tenían miedo. Querían a Elena. Ya, ya, tómense su lechita y todo va a estar bien. Les acercó los biberones.
Nico volteó la cara. Santi empujó el biberón con la mano. Malditos mocosos. Tómenselo. Trató de forzarlos. Nico vomitó. Santi lloró más fuerte. Entonces alguien tocó la puerta del cuarto. Señora Gertrudis, hay un problema con las plantas del jardín. Necesito que venga a ver. Era don Eusebio. Hertudis dejó los biberones sobre su muro.
Ahora no, Eusebio. Estoy ocupada. Es urgente, señora. Se está inundando el jardín de atrás. Si no lo arreglamos ya, se va a meter el agua a la casa. Gertrudis maldijo entre dientes. Voy en un minuto. Salió del cuarto con seguro. Bajo al jardín. Don Eusebio la llevó hasta el fondo, donde efectivamente había una fuga de agua.
¿Cómo pasó esto? Gruñó Hertrudis. No sé, señora, pero necesitamos llamar al plomero urgente. Mientras Gertrudis estaba distraída lidiando con la fuga, don Eusebio subió rápido a la casa. Tenía una copia de la llave maestra que había hecho años atrás en secreto para emergencias. Abrió el cuarto de Gertrudis. Los gemelos seguían llorando en el piso.
Vio los biberones sobre el buró. Los olió. Medicina. Olían a medicina fuerte. “Dios santo”, susurró. “Iba a matarlos.” Escuchó pasos en la escalera. guardó los biberones en su bolsillo, salió del cuarto, cerró con llave. Cuando Gertrudis subió, todo estaba como lo había dejado, menos los biberones.
¿Dónde están? Gritó mirando el buró vacío. Los gemelos seguían en el piso, vivos, llorando, pero vivos. Alguien había estado ahí. Alguien se había llevado su veneno. Gertrudis bajó corriendo. Don Eusebio estaba en la cocina tranquilo, lavándose las manos. Eusebio, ¿Subiste a mi cuarto? No, señora. He estado aquí abajo todo el tiempo. Mentiroso. Alguien entró.
Alguien se llevó algo mío. No sé de qué habla, señora. Tal vez fue la cocinera. La cocinera había salido a comprar víveres. No había nadie más en la casa. Gertrudis lo miró con odio puro. Si descubro que fuiste tú, no fui yo, señora. Esa noche, don Eusebio llamó al número que Elena le había dado. Cuando la hermana de Elena contestó, el viejo le contó todo.
Los biberones, la medicina, el intento de asesinato. “Tiene que sacar a esos niños de ahí”, le dijo. Esa mujer está loca, los va a matar. ¿Pero qué podían hacer? Elena estaba a 3 horas de distancia. La policía no les creería sin pruebas concretas y Heriberto estaba en otro continente. Los gemelos pasaron la noche en su cuarto con don Eusebio haciendo guardia afuera de la puerta.
No iba a dejar que Gertrudis se acercara. Gertrudis en su cuarto planeaba su siguiente movimiento. No podía usar veneno ahora. Don Eusebio sabía. Tenía que ser otra cosa, algo que pareciera más accidental. Fuego. Un corto circuito en el cuarto de los niños mientras dormían. eléctrico. Imposible de prevenir, imposible de probar que fue intencional.
Mañana en la noche, decidió Gertrudis, cuando el viejo se duerma, cuando nadie esté mirando, voy a quemar ese cuarto con esos malditos niños adentro y cuando Elena regrese va a encontrar cenizas y la van a acusar de negligencia, de dejar velas encendidas, de lo que sea. Y yo voy a quedarme con los 3 millones del fideicomiso, con la mansión, con todo, porque ese era el plan real, el plan que había estado armando desde el día que Clara murió.
matar a los gemelos, hacerlo parecer accidente, culpar a Elena o a quien fuera y quedarse como la pobre Gertrudis que había trabajado tantos años para la familia y que merecía algo por su lealtad. Heriberto, destruido por la pérdida de sus hijos, le dejaría todo, o eso creía Gertrudis. El plan era perfecto, diabólico y estaba a 24 horas de hacerse realidad.
Porque lo que Gertrudis no sabía es que don Eusebio ya había llamado a Elena y Elena estaba en un autobús de regreso, aunque tuviera que caminar descalza los últimos kilómetros, y que las fotos que Elena había tomado ya estaban en manos de alguien que sí iba a creerle. El licenciado Montes, el abogado de la familia, acababa de recibir un email anónimo con cientos de documentos escaneados mostrando el fraude de Gertrudis.
La bomba estaba a punto de explotar y Gertrudis Palacios no tenía idea de que su reinado de terror estaba a segundos de derrumbarse. La guerra había llegado a su punto final y solo uno iba a salir vivo de esta batalla. La pregunta era, ¿quién? Elena llegó a la mansión solís a las 3 de la madrugada del segundo día. Había tomado tres autobuses diferentes, caminado 2 horas cuando se le acabó el dinero para pasajes y corrido los últimos kilómetros con los pulmones ardiendo y los pies sangrando. Pero llegó.
Entró por la puerta de servicio usando su llave. La casa estaba oscura, silenciosa, demasiado silenciosa. Subió las escaleras de dos en dos, abrió la puerta del cuarto de los gemelos y ahí estaban, gracias a Dios, dormidos en sus cunas, sanos, salvos, vivos. Don Eusebio estaba sentado en el sillón haciendo guardia. Cuando vio entrar a Elena, casi llora de alivio.
Muchacha, menos mal que llegaste. ¿Qué pasó? Los niños están bien. Están bien, porque no los dejé solos ni un segundo. Pero Gertrudis intentó intentó matarlos, Elena, con medicina en los biberones. Yo los agarré antes de que se los dieran. Elena se dejó caer en el piso junto a las cunas. Les tocó las manitas a Nico y Santi para asegurarse de que eran reales, de que estaban respirando.
¿Dónde está Gertrudis ahora? En su cuarto encerrada. Pero mañana, mañana va a intentar algo peor. Lo sé. No va a poder. El licenciado Montes ya tiene las pruebas. Mi hermana se las mandó anoche. En cualquier momento va a llamar al señor Solís y Elena. La voz de Gertrudis la celó la sangre a los dos. Estaba parada en la puerta con el cabello suelto, los ojos rojos.
y una sonrisa que daba más miedo que cualquier grito. “Así que ya regresaste. Qué bueno, porque tenemos mucho de qué hablar.” Don Eusebio se paró frente a Elena, protegiéndola. “Aléjese de ella, señora. Ya sé lo que hizo. Tengo los biberones. Tengo las pruebas.” Gertrudis se rió. Una risa seca, rota de alguien que ya perdió la razón. “Pruebas.
¿Qué pruebas, Eusebio? Unos biberones con medicina. Medicina que yo le estaba dando a los niños porque estaban enfermos. medicina recetada por el pediatra. Eso es mentira y usted lo sabe. ¿Y quién te va a creer a ti un jardinero viejo y senil contra mí, contra la mujer de confianza de esta familia? Gertrudis sacó su celular. Pero, ¿sabes qué? Ya no importa, porque mientras ustedes dos estaban aquí planeando sus pendejadas, yo ya me adelanté. ¿Qué hizo?, preguntó Elena.
Llamé al licenciado Montes, le expliqué que mi computadora fue hackeada, que alguien robó documentos confidenciales y los alteró para hacerme quedar mal, que esa persona fue Elena Márquez, la niñera despechada, que inventó toda esta historia porque yo la confronté por robar dinero de la casa. Mentira.
Es mi palabra contra la tuya, Elena. Y adivina a quién le van a creer? ¿A la mujer que lleva 15 años trabajando para esta familia sin una sola queja? ¿O a la empleada nueva que ya intentó acusarme con el señor Solís hace semanas? Elena sintió que el piso se abría bajo sus pies. Las pruebas son reales. Los números no mienten.
Los números pueden ser falsificados. Especialmente cuando alguien tiene acceso a mi computadora, especialmente cuando esa persona es lo suficientemente lista como para entrar a mi cuarto y robar mi laptop. Yo no falsifiqué nada. Pruébalo. Y Elena no pudo porque Gertrudis tenía razón en algo terrible. Las pruebas podían parecer falsificadas.
Un buen abogado las destrozaría en segundos. ¿Cómo sabemos que Elena no inventó todo esto? Además, continuó Gertrudis sacando algo de su bolsillo, encontré esto en tu cuarto mientras estabas fuera. Era una bolsita con joyas, aretes de diamantes, un collar de perlas, un reloj de oro, joyas de la difunta señora Clara, valoradas en $30,000 escondidas en tu cuarto.
Usted las puso ahí. Yo nunca. Otra vez tu palabra contra la mía y yo tengo testigos. La cocinera las vio, el jardinero las vio. Todos vieron cuando las encontré en tu maleta. Don Eusebio, dígale, dígale que es mentira. Pero don Eusebio bajó la cabeza. Yo las vi, muchacha. Gertrudis las sacó de tu maleta delante de mí. Yo yo no sabía que tú No, don Eusebio.
Usted sabe que yo nunca robaría. Ella las plantó. ¿Cómo iba a plantar algo en tu maleta si tú te la llevaste al pueblo? Preguntó Hertrudis con falsa inocencia. Elena se quedó sin palabras. Gertrudis la había jugado perfectamente. Cada movimiento calculado, cada mentira imposible de desmentir. “Llamé a la policía”, dijo Gertrudis mirando su reloj.
Deben estar llegando en cualquier momento. Van a arrestarte por robo agravado con las joyas valoradas en más de 30,000. Son mínimo 5 años de cárcel. Y tu mamita, bueno, 5 años es mucho tiempo para esperar un corazón enfermo. Usted es un monstruo. Yo soy una sobreviviente y tú eres una estúpida que creyó que podía ganarme. En ese momento sonó el timbre. La policía.
Elena miró a los gemelos. Dormían tranquilos, sin idea de que su ángel estaba a punto de ser arrestada por crímenes que no cometió. “No se los lleven”, suplicó Elena. “Por favor, a mí me pueden llevar, pero no dejen a los niños solos con ella. Va a matarlos. Se los juro que va a matarlos.” “Ya escucharon,”, le dijo Gertrudis a los dos policías que subían las escaleras delirando, inventando que yo quiero matar a los niños.
Claramente necesita ayuda psiquiátrica además de ir a prisión. Señorita Márquez, dijo uno de los policías, tiene que acompañarnos. Pero los niños, los niños van a estar perfectamente cuidados por la señora Palacios, como siempre lo han estado. No, ustedes no entienden. Ella intentó envenenarlos. Don Eusebio, dígales, “Muéstreles los biberones.
” Don Eusebio buscó en su bolsillo. No estaban. los había dejado en su cuarto. “Voy a buscarlos”, dijo el viejo corriendo escaleras abajo. Pero cuando llegó a su cuartito de servicio, los biberones no estaban. Gertrudis los había encontrado y destruido, mientras él hacía guardia con los niños. “No están”, susurró Don Eusebio subiendo de nuevo con las manos vacías. “No están.
” “Por supuesto que no están”, dijo Gertrudis, “porque nunca existieron. Todo es invención de esta muchacha loca que no puede aceptar que fue descubierta robando. Los policías esposaron a Elena, la bajaron por las escaleras mientras ella lloraba y gritaba, “Los va a matar. No los dejen solos con ella, por favor.” Pero nadie la escuchó. Nadie le creyó.
La metieron a la patrulla. Las luces rojas y azules iluminaban la noche. Los vecinos salían a mirar. El escándalo perfecto. Gertrudis se quedó parada en la puerta de la mansión con su bata de seda y su sonrisa de victoria. “Debiste haber agarrado el dinero cuando te lo ofrecí”, murmuró viendo la patrulla alejarse. “Te lo dije, siempre ganó.
” Subió al cuarto de los gemelos. Don Eusebio seguía ahí derrotado con lágrimas en los ojos. “Tú también te vas”, le dijo Gertrudis. “Estás despedido. Tienes hasta mañana al mediodía para sacar tus cosas. Señora, por favor, muera. Don Eusebio salió del cuarto con la cabeza baja. Había fallado.
Había intentado proteger a esos niños y había fallado. Gertrudis cerró la puerta con seguro, miró a los gemelos dormidos, sonró. Ahora sí, ahora nadie nos va a interrumpir. En la estación de policía metieron a Elena en una celda. Le quitaron sus cosas, su celular, su rosario, todo. “Tengo derecho a una llamada”, dijo Elena.
“Mañana, ahora es muy tarde. La dejaron sola en esa celda fría y oscura. Elena se sentó en el catre duro y lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Había perdido. Gertrudis había ganado y Nico y Santi iban a morir. Perdón”, soyó Elena mirando al techo. “Perdón, mis niños. Traté, de verdad que traté.” Pero lo que Elena no sabía es que el licenciado Montes no le había creído del todo a Gertrudis cuando ella llamó, porque los documentos que recibió eran demasiado detallados, demasiado específicos, tenían firmas digitales, metadatos,
fechas y el licenciado Montes llevaba 30 años siendo abogado. Sabía reconocer pruebas reales de pruebas falsificadas. Así que esa misma madrugada, mientras Elena lloraba en su celda y Gertrudis celebraba su victoria, el licenciado Montes hizo algo que iba a cambiar todo. Llamó a Heriberto Solís a Madrid.
Eran las 10 de la mañana en Europa. Heriberto estaba en una reunión cerrando su contrato de 12 millones. Señor Solís, lamento interrumpir, pero es urgente. Montes, ¿qué pasa? Necesito que regrese a México inmediatamente. Es sobre su fida y comiso. Y sobre sus hijos. ¿Qué tienen mis hijos? Alguien les ha estado robando durante 18 meses más de medio millón de dólares.
Herberto se quedó helado. ¿Qué? Y hay indicios de que esa misma persona intentó hacerles daño físico. Tengo documentos, tengo pruebas, pero necesito que usted las vea personalmente antes de que esto explote. ¿Quién? ¿Quién les robó a mis hijos? El licenciado Montes respiró hondo. Gertrudis Palacios. El teléfono casi se le cae de las manos a Heriberto.
Imposible. Gertrudis lleva años. Lo sé. Por eso necesito que venga, porque lo que voy a mostrarle va a destruir todo lo que usted creía saber. Heriberto colgó la reunión, canceló el contrato, perdió los 12 millones sin pensarlo dos veces. Consíganme el siguiente vuelo a Ciudad de México.
No me importa cuánto cueste ahora. 12 horas. Eso era lo que tardaría en llegar a casa. 12 horas. donde Gertrudis tenía el control total, 12 horas donde cualquier cosa podía pasar. Y Gertrudis Palacios ya tenía su plan listo para esa noche. Los gemelos iban a tener un accidente y cuando Heriberto llegara iba a encontrar a sus hijos muertos y a su fiel Gertrudis destrozada por la tragedia, la tragedia que ella misma iba a causar.
El reloj corría y nadie sabía si Heriberto llegaría a tiempo para salvarlos. Elena pasó la noche más larga de su vida en esa celda. Cada hora que pasaba era una hora más que Gertrudis tenía sola con los gemelos. Cada minuto era una eternidad imaginando lo peor. A las 8 de la mañana, finalmente le dieron su llamada.
Marcó el número de su hermana con manos temblorosas. Elena, Dios mío, ¿qué pasó? La policía dice que te arrestaron por robo. Lupita, escúchame bien. Necesito que hagas exactamente lo que te digo. Llama al licenciado Montes. Dile que tengo más pruebas. que grabe todo, que no deje solo a Ya lo sé, ya llamé al licenciado, me llamó él a mí anoche.
Dice que el señor Solís ya viene de regreso, que está revisando todo. Herberto viene. Sí, llega esta noche. El licenciado dice que no te preocupes, que él va a arreglar todo. Por primera vez en horas, Elena sintió esperanza. Heriberto venía, iba a ver las pruebas, iba a entender. Y los niños, ¿alguien está cuidando a los niños? No sé.
Elena, el licenciado no dijo nada de eso. El estómago se le cerró. Nadie estaba cuidando a los niños. Htrudis tenía todo el día para hacer lo que quisiera. Lupita, tienes que ir a la casa. Tienes que asegurarte de que los niños estén bien. Elena, yo vivo a 200 km de ahí. No puedo simplemente Por favor, son dos bebés.
Esa mujer los va a matar si nadie la detiene. Su hermana prometió intentar algo, pero Elena sabía que no llegaría a tiempo. Nadie llegaría a tiempo. A las 10 de la mañana la sacaron de la celda para la audiencia preliminar. El juez revisó los cargos. Robo agravado de artículos valorados en $30,000. ¿Cómo se declara? Inocente. Yo nunca. El licenciado Montes ha solicitado su liberación bajo fianza.
Interrumpió el juez. Él se hará responsable de usted hasta que esto se resuelva. Puede irse. Elena no podía creerlo. Me puedo ir con restricciones. No puede acercarse a la propiedad de los Solís. No puede contactar a ningún miembro de la familia. Violación de estas reglas significa cárcel inmediata, pero los niños.
Señorita Márquez, le acabo de dar una oportunidad de salir libre. Le sugiero que la tome y siga las reglas. Afuera de la corte, el licenciado Montes la esperaba en su auto. “Súbase rápido.” Elena subió. “Señor, tengo que volver a la casa. Los niños están en peligro. Lo sé, por eso la saqué de ahí. Pero hay un problema.
” ¿Qué problema? El señor Solís no me cree todavía. ¿Cómo que no le cree? Le mostré las pruebas. Vio las pruebas, pero Gertrudis lo llamó desde el avión. le dijo su versión primero, que usted las falsificó, que está despechada, que inventó todo esto porque la iban a despedir y él le creyó a ella. Él no sabe qué creer. Por eso necesito que usted hable con él cara a cara, que le cuente todo.
Pero el juez dijo que no puedo acercarme a la casa. No a la casa, pero puede encontrarse con él en mi oficina. Llega en 3 horas y esta es su única oportunidad, Elena. Si no lo convence, va a la cárcel y Gertrudis se queda con los niños. Y si lo convenzo, entonces podemos salvarlos. Las tres horas siguientes fueron tortura. Elena esperó en la oficina del licenciado Montes, caminando de un lado a otro, rezando, llorando, pidiendo a Dios que los gemelos estuvieran bien.
Mientras tanto, en la mansión Solís, Gertrudis preparaba la escena final. Había llenado la bañera de los niños con agua. Había puesto velas alrededor porque se fue la luz. Había preparado la historia perfecta. Los estaba bañando cuando sonó el teléfono. Bajé a contestar. Fueron solo dos minutos.
Cuando subí ya era muy tarde. Muerte por ahogamiento accidental. Negligencia de la niñera que no estaba ahí para cuidarlos. Gertrudis quedaría como la pobre mujer que intentó salvarlos, pero no pudo. Perfecto, trágico, creíble. Solo necesitaba esperar a que oscureciera. Los accidentes siempre pasan de noche, pero entonces sonó el timbre.
Gertrudis miró por la ventana. Era don Eusebio. Se suponía que ya se había ido. Abrió la puerta furiosa. ¿Qué haces aquí? Te dije que te largaras. Vine por mis herramientas. Las dejé en el cobertizo. Pues agárralas y vete. No quiero volver a verte por aquí. Don Eusebio asintió y caminó hacia el jardín. Pero no fue al cobertizo, fue a la ventana del cuarto de los gemelos. trepó con dificultad.
Sus huesos viejos protestaron, pero siguió. Llegó a la ventana, la abrió, entró. Los gemelos estaban en sus cunas jugando. Cuando vieron a don Eusebio, Santi sonríó. Hola, muchachitos. El abuelo Eusebio vino a cuidarlos. Abajo, Gertrudis escuchó ruido arriba. Subió corriendo. La puerta del cuarto de los gemelos estaba abierta.
Don Eusebio estaba adentro jugando con los niños. Sal de ahí inmediatamente. No, no, hasta que llegue el señor Solís. Te dije que estabas despedido y yo le digo que no voy a dejar solos a estos niños con una asesina. Gertrudis sacó su celular. Voy a llamar a la policía. Te van a arrestar por invasión.
Llámelos y cuando lleguen les voy a contar todo. Sobre los biberones envenenados, sobre la bañera que preparaste, sobre todo. No tienes pruebas de nada. Tengo esto. Don Eusebio sacó su celular viejo. En la pantalla había un video borroso, con mal sonido, pero ahí estaba. Gertrudis mezclando medicina líquida en los biberones. El viejo lo había grabado por la ventana cuando Gertrudis intentó envenenar a los niños.
No era evidencia perfecta, pero era algo. La cara de Gertrudis se puso pálida. Dame ese teléfono. No, dámelo. Htrudis se abalanzó sobre él. Don Eusebio es viejo, pero fuerte. la empujó. Ella se tropezó con la alfombra y cayó. “Ayuda!”, gritó Hertrudis. “¡Ayuda! Me está atacando.” Pero no había nadie que la escuchara. La casa estaba vacía y don Eusebio tenía órdenes claras: no moverse de ese cuarto hasta que llegara Heriberto.
A las 5 de la tarde, el auto de Heriberto se detuvo frente a la oficina del licenciado Montes. Heriberto bajó con ojeras, desvelado, destruido, 12 horas en un avión pensando en que alguien le había estado robando a sus hijos, a sus hijos que él había abandonado. Entró a la oficina. El licenciado Montes lo recibió con un folder lleno de documentos.
Antes de que vea esto, hay alguien que quiere hablar con usted. Elena salió de la sala de espera. Cuando Heriberto la vio, sus ojos se endurecieron. Usted, la que acusó a Gertrudis. Señor Solís, por favor, solo escúcheme 5 minutos. Si después de eso no me cree, me voy y nunca me vuelve a ver. Heriberto miró al licenciado. El abogado asintió.
5 minutos. Elena le contó todo, desde el primer insulto hasta el intento de asesinato, desde los biberones hirviendo hasta el veneno, desde los 3,000 robados hasta las joyas plantadas. Heriberto la escuchó sin interrumpir. Su cara no mostraba nada. Cuando Elena terminó, él preguntó una sola cosa.
¿Por qué debería creerle a usted sobre Gertrudis? Porque sus hijos la aman a ella, Señor, y porque Gertrudis nunca ni una sola vez los ha abrazado con amor. Solo los ve como obstáculo, como molestia, como herramienta para robarle. Gertrudis cuidó a mi esposa cuando estaba muriendo. No la cuidó, la soportó esperando que muriera para poder empezar a robar. Eso es una acusación terrible.
Es la verdad terrible. Heriberto miró los documentos que el licenciado le pasó. vio los números, las transferencias, las facturas falsas. Esto podría ser falsificado. Podría, dijo el licenciado Montes, pero hay algo que no. Los metadatos, las firmas digitales, las cuentas bancarias. Todo esto salió de la computadora de Gertrudis y yo contraté a un experto forense digital.
Confirmó que los documentos son originales, ninguna alteración. Heriberto seguía sin mostrar emoción. ¿Y el video? ¿Qué video?, preguntó Elena. Don Eusebio me mandó un mensaje hace una hora. Dice que tiene un video de Gertrudis preparando biberones envenenados. Elena casi llora de alivio. Entonces, ¿me creo qué creer? Herberto se paró.
Pero voy a averiguarlo ahora. Señor, sus hijos están en peligro. Si Gertrudis sospecha que usted duda de ella, mis hijos están con Gertrudis hace 18 meses y siguen vivos porque yo estaba ahí para protegerlos, pero ahora no estoy. Herberto la miró directo a los ojos y por primera vez Elena vio algo en su mirada. Duda, miedo.
Tal vez solo, tal vez un poco de culpa. Si les pasa algo a mis hijos dijo Eriberto con voz peligrosamente baja. No me importa quién tenga razón, los voy a destruir a todos. Salió de la oficina. Elena quiso seguirlo, pero el licenciado la detuvo. Déjelo ir. Esta tiene que ser su decisión. Y si es demasiado tarde, y si llega y los niños ya están, entonces Hertrudis va a conocer la furia de un padre que finalmente despertó.
Herto manejó a su casa a 150 km porh. Cada semáforo rojo era una tortura. Cada minuto de camino era una eternidad. Por favor, rezó por primera vez en años. Por favor, que estén bien, por favor. Porque en el fondo, aunque no lo quisiera admitir, sabía que Elena tenía razón. Había estado ciego. Había confiado en la persona equivocada.
Y si algo les pasaba a sus hijos, sería solo su culpa. La pregunta era, ¿llegaría a tiempo para arreglarlo o encontraría una tragedia que nunca podría perdonarse? El auto aceleró más. La noche caía sobre la ciudad y en la mansión Solís Gertrudis Palacios y Don Eusebio estaban en una guerra silenciosa con dos bebés en medio que no tenían idea de que sus vidas dependían de quién ganara.
El final se acercaba y todos lo sabían. Heriberto llegó a su casa a las 7 de la noche. Las llantas de su auto chirriaron cuando frenó en seco frente a la entrada. Ni siquiera apagó el motor, solo saltó del carro y corrió hacia la puerta. Gertrudis, ¿dónde están mis hijos? Silencio. Subió las escaleras de tres en tres.
Su corazón latía tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho. La puerta del cuarto de los gemelos estaba cerrada. Desde adentro se escuchaban voces. Gertrudis gritando. Don Eusebio respondiendo. Heriberto abrió la puerta de un golpe. La escena que encontró lo dejó congelado. Don Eusebio estaba parado frente a las cunas de los gemelos con un palo de escoba en las manos como si fuera una lanza.
Gertrudis estaba del otro lado del cuarto, despeinada, con la ropa arrugada, los ojos inyectados de sangre y en medio del piso un celular reproduciendo un video en loop. Señor Solís, don Eusebio casi lloró de alivio. Gracias a Dios que llegó, Herriiberto, dijo Gertrudis, componiendo rápidamente su cara en una máscara de preocupación.
Menos mal que estás aquí. Este loco se metió a la casa y está amenazándome. Ya llamé a la policía. Es mentira”, gritó don Eusebio. Ella trató de matar a los niños. “Mire el video, señor. Mírelo.” Herriberto recogió el celular del piso. En la pantalla se veía algo borroso. Gertrudis en la cocina, mezclando algo en un biberón.
Líquido transparente que venía de un frasco sin etiqueta. La imagen saltaba mal enfoque, pero era ella, inconfundiblemente ella. “¿Qué es esto?”, preguntó Heriberto con voz peligrosamente calmada. Una falsificación, respondió Hertrudis. Elena y este viejo están trabajando juntos para destruirme. Ese video es editado, trucado, inventado.
No está editado. Dijo una voz desde la puerta. Era el licenciado Montes. Había llegado con un experto en video forense. Revisamos los metadatos del archivo. Este video fue grabado hace 3 días a las 2:47 de la tarde desde este mismo jardín, sin ediciones, sin cortes, original. Hertrudis retrocedió un paso. Ustedes están todos confabulados contra mí, todos, después de todo lo que hice por esta familia.
¿Qué estabas mezclando en esos biberones?, preguntó Heriberto y su voz temblaba de furia contenida. Medicina. Los niños tenían fiebre. Los niños no tenían fiebre, dijo don Eusebio. Y lo que usted puso en esos biberones no era medicina para la fiebre, era morfina líquida. Yo tengo los biberones. Los escondí en mi cuarto antes de que usted los destruyera.
Eso es imposible. Yo los tiré. Tiró los que yo dejé para que usted pensara que los había encontrado todos, pero guardé uno. Como seguro. Don Eusebio sacó una bolsita de plástico de su bolsillo. Adentro había un biberón con líquido blanco. El licenciado Montes se lo pasó a su experto. Llévelo al laboratorio. Quiero análisis completo ahora.
No pueden hacer eso sin mi permiso, chilló Hertrudis. Esto es una investigación de intento de homicidio, respondió el licenciado. Puedo hacer lo que sea necesario. Herberto caminó hacia Gertrudis despacio. Ella retrocedió hasta quedar contra la pared. ¿Cuánto?, preguntó Heriberto. ¿Cuánto les robaste a mis hijos? Yo no les robé nada.
Todo lo que gasté fue para ellos, para su cuidado. ¿Cuánto? El grito hizo que los gemelos empezaran a llorar. Herberto los escuchó y algo en él se rompió. Caminó a las cunas, alzó a Nico con manos temblorosas, luego a Santi, los abrazó por primera vez en meses y en ese abrazo sintió todo lo que había perdido, todo el tiempo que había desperdiciado, todo el amor que había negado.
“Lo siento”, les susurró a sus hijos. “Lo siento tanto.” Gertrudis vio su oportunidad. Herriiberto estaba distraído. Corrió hacia la puerta. Don Eusebio le puso el palo de escoba en el camino. Ella tropezó y cayó. No va a ningún lado dijo el viejo. Quítame de encima, viejo muerto de hambre. Ahí está, murmuró don Eusebio.
Ahí está la verdadera Gertrudis, la que todos vimos menos usted, señor Solíss. Heriberto dejó a los niños en sus cunas y se volteó hacia Gertrudis, que seguía en el piso. Levántate. Gertrudis se paró. Ya no quedaba nada de la mujer educada y perfecta. Solo rabia. Solo odio puro. Voy a preguntarte una vez más, dijo Heriberto.
Y más te vale que me digas la verdad. ¿Cuánto dinero robaste del fideicomiso de mis hijos? Gertrudis se rió. Una risa amarga, rota. ¿Quieres saber cuánto? $543,000 en 18 meses. Y sabes qué es lo más chistoso, tú firmaste todo. Cada factura falsa, cada transferencia, cada gasto inventado. Yo solo ponía los papeles frente a ti y tú firmabas como sin leer nada.
Heriberto sintió que se le caía el alma. Era cierto. Todo era cierto. ¿Por qué? ¿Por qué? Gertrudis escupió las palabras. Porque me lo merecía. Trabajé para tu familia durante 15 años. Limpié la de tu esposa cuando estaba enferma. Aguanté sus gritos, sus llantos, sus quejas. ¿Y qué recibí? Un sueldo de y un gracias, Gertrudis, de vez en cuando.
Te pagamos bien. Te tratamos con respeto. Respeto. Gertrudis gritó tan fuerte que hasta los gemelos se callaron del susto. Respeto sería haberme dejado algo en el testamento de Clara. Respeto sería haberme dado un bono por todos esos años. Pero no, Clara me dejó nada. Y tú, tú solo me veías como la empleada.
Como la sombra, eras la empleada. Yo era más que eso. Yo mantuve esta casa funcionando cuando tú estabas escondido en tu oficina llorando por clara. Yo me encargué de esos mocosos cuando tú no los querías ni ver. Yo hice todo. Y por eso creíste que tenías derecho a robarles a dos bebés indefensos. Me lo gané. Cada centavo me lo gané.
Y también creíste que tenías derecho a matarlos. Gertrudis se quedó callada. La trampa estaba cerrada. Yo nunca. Eso es ridículo. El video muestra claramente que estabas preparando algo en sus biberones. El análisis del biberón que don Eusebio guardó va a mostrar que era y cuando salga que era morfina, que es un medicamento que podía matarlos.
Iba a ser solo un poquito. Gritó Hertrudis, solo para que se durmieran profundo, para que dejaran de llorar por esa Elena. Ahí estaba la confesión. El licenciado Montes tenía su celular grabando todo. Cada palabra, cada admisión. Ustedes no entienden. Siguió Hertrudis ya sin control. Esos niños lo arruinaron todo.
Desde que nacieron todo se volvió un caos. Y luego llegó Elena, esa india estúpida que se creía salvadora, y empezaron a quererla a ella, a ella, cuando yo era la que había estado ahí desde siempre. “Aí que decidiste matarlos”, dijo Heriberto con voz helada. “Decidí resolver el problema. Si esos niños desaparecían, tú me habrías necesitado más que nunca.
Me habrías dejado algo de tu fortuna por gratitud, por lealtad. Y yo podría haberme retirado con el dinero que me merezco. Te mereces una celda y vas a pudrirte en una. No puedes probar nada. Acabas de confesar todo frente a testigos. Gertrudis miró alrededor. Don Eusebio con su celular grabando, el licenciado Montes con el suyo, hasta el experto forense estaba grabando.
La realidad la golpeó como tren. No, yo no. Yo estaba alterada. No saben lo que es trabajar en esta casa, aguantar todo esto. Sé exactamente lo que es, dijo una voz desde la puerta. Elena había llegado con dos policías. Yo trabajé en esta casa dos meses y cada día fue un infierno por culpa de usted.
Cada día me humilló, me golpeó, me amenazó. Pero, ¿sabe qué? A diferencia de usted, yo sí amaba a esos niños. De verdad, no como propiedad, no como herramientas, como seres humanos que merecían amor. Gertrudis le lanzó una mirada de odio puro. Tú, todo esto es tu culpa. Si no hubieras llegado, si no te hubieras metido, si yo no hubiera llegado, usted habría matado a esos bebés hace semanas y estaría sentada sobre una fortuna robada sin que nadie sospechara.
Señora Palacios, dijo uno de los policías, tiene que acompañarnos. No, no voy a ir a ningún lado. Esta es mi casa. Yo la mantengo funcionando. Sin mí, esta familia no es nada. Trató de correr otra vez, esta vez hacia la ventana. Don Eusebio la agarró del brazo. Para ser un viejo de 70 años, tenía una fuerza sorprendente.
Se acabó, señora, se acabó su reino de terror. Los policías la esposaron. Gertrudis forcejeó, gritó, escupió insultos. Esto no termina aquí. Tengo abogados, tengo contactos, me van a soltar y voy a destruirlos a todos. Señora Palacios, dijo el licenciado Montes con calma, tenemos video de usted preparando veneno para bebés.
Tenemos el biberón con la sustancia. Tenemos $543,000 en transferencias fraudulentas a su nombre. Tenemos su confesión grabada por cuatro testigos y tenemos a un experto forense que va a testificar que todos los documentos que robó Elena son originales y sin alterar. se acercó hasta quedar frente a ella. No tiene abogado en el mundo que pueda salvarla de esto.
Va a ir a prisión por mucho, mucho tiempo. La sacaron arrastrando. Sus gritos se escucharon por todo el vecindario. Son unos ingratos. Después de todo lo que hice, todo lo que sacrifiqué. La metieron a la patrulla. Las puertas se cerraron, las sirenas se encendieron y Gertrudis Palacios, que durante 18 meses había sido la reina sin corona de esa mansión, se fue esposada, destruida, sin nada.
En el cuarto de los gemelos quedó silencio. Herberto se dejó caer en el sillón con la cabeza entre las manos. Elena se quedó en la puerta sin atreverse a entrar. Don Eusebio fue quien habló primero. Los niños necesitan cenar, señor, y bañarse y que alguien les cante para dormir. Herberto levantó la vista, vio a Elena, vio a sus hijos y finalmente, después de meses de ceguera, vio la verdad.
Elena, dijo con voz quebrada, no sé cómo pedirte perdón por lo que te hice, por no creerte, por echarte, por casi destruir tu vida, por creerle a esa a esa monstruo, completó Elena. La palabra que busca es monstruo. Sí, por creerle a un monstruo en lugar de a la única persona que realmente amaba a mis hijos. Elena entró al cuarto, se arrodilló junto a las cunas.
Nico y Santi estiraron sus manitas hacia ella, sonriendo. Hola, mis amores. Ya pasó todo, ya están a salvo. Y Heriberto Solís, el hombre que había pasado un año sin llorar, se quebró. Lloró por sus hijos que casi pierde. Lloró por su esposa que no pudo salvar. Lloró por su propia ceguera que casi le cuesta todo.
Y lloró por Elena, esa muchacha valiente que arriesgó su vida para salvar a dos niños que ni siquiera eran suyos. Gracias”, le dijo. “Gracias por no rendirte. Gracias por pelear cuando nadie más lo hacía. Gracias por amar a mis hijos cuando yo no pude.” Elena lo miró con lágrimas en los ojos. No tiene que agradecerme, Señor.
Ellos merecían ser salvados y alguien tenía que hacerlo. Ese alguien fuiste tú y nunca voy a poder pagarte lo que hiciste. No quiero que me pague. Solo quiero que ellos estén bien, que estén seguros, que sean amados. Herberto se paró. caminó hacia sus hijos, los alzó a los dos torpemente porque nunca había aprendido bien cómo cargarlos, pero esta vez no importaba la técnica, importaba el amor y después de tanto tiempo, finalmente lo sentía.
Voy a hacer las cosas bien, prometió. Voy a ser el padre que merecen. Voy a estar aquí. Voy a amarlos. Nico le jaló el cabello. Santi se rió y en ese momento, con la máscara de Gertrudis finalmente destruida, la verdad al descubierto, comenzó la verdadera sanación. Pero todavía faltaba algo, justicia, y eso venía en camino. Los siguientes días fueron un torbellino.
El análisis del biberón confirmó lo que todos ya sabían. Morfina líquida mezclada con diasepam. dosis suficiente para matar a un adulto, mucho más que suficiente para matar a dos bebés de un año. El experto forense digital presentó su informe. Todos los documentos en la computadora de Hertrudis eran originales. Facturas falsas por $543,000.
Transferencias a su cuenta personal, contratos trucados, todo ahí. Documentado. Imposible de negar. La fiscalía presentó cargos. Intento de homicidio agravado, dos cargos: fraude agravado, robo agravado, falsificación de documentos y una lista de delitos que cuando lo sumaron daban un mínimo de 35 años de prisión. 35 años.
Gertrudis tenía 55. Si entraba ahora, saldría a los 90, si es que salía viva. La audiencia fue un circo mediático. Empleada de confianza, intentó envenenar a gemelos millonarios, gritaban los titulares. Robó medio millón a bebés mientras su padre lloraba la muerte de su esposa. Niñera heroína salvó a niños de asesina disfrazada de ángel.
Las cámaras estaban por todos lados. Elena tuvo que esconderse porque los reporteros la perseguían para entrevistas. Herberto contrató seguridad para protegerla y a los niños. El día del juicio, la sala estaba llena hasta el tope. Gertrudis entró esposada con el uniforme naranja de la cárcel, demacrada o jorosa, sin el maquillaje perfecto que siempre usaba.
Ya no era la mujer elegante y controlada, era un cascarón vacío de lo que fue. Se declaró inocente de todos los cargos. Todo es un malentendido, una confabulación. Elena Márquez me odiaba y convenció a todos de que yo era mala. Su abogado, uno barato que apenas podía pagar porque todas sus cuentas bancarias habían sido congeladas, intentó argumentar locura temporal.
Mi clienta estaba bajo estrés extremo, cuidando a dos bebés sola, sin ayuda, sin reconocimiento. La mente le jugó una mala pasada. El fiscal destrozó esa defensa en segundos. $543,000 robados en facturas meticulosamente falsificadas no es locura temporal. Es un plan criminal ejecutado durante 18 meses con precisión quirúrgica. Desfiló testigo tras testigo.
Don Eusebio contó todo. Cómo vio a Gertrudis mezclando el veneno. Cómo la escuchó planear matar a los niños. como ella lo amenazó cuando trató de intervenir. Elena testificó sobre el abuso, los golpes, las amenazas, la humillación constante. Mostró fotos de sus moretones, del ojo morado, del labio partido. Ella me dijo que si hablaba mataría a mi madre, que me metería a la cárcel, que me destruiría y casi lo logra.
El licenciado Montes presentó los documentos financieros, uno por uno, factura tras factura, ropa de bebé, $5,000, cuando los niños tenían tres conjuntos baratos. Medicinas, $8,000, cuando los niños nunca estuvieron enfermos. Juguetes educativos, $,000 cuando el cuarto de los niños estaba casi vacío.
Clases de estimulación temprana, $1,000, clases que nunca existieron, con un instructor que nunca conoció a estos niños, página tras página. Mentira tras mentira, robo tras robo, el experto en toxicología explicó cómo la dosis de morfina en el biberón habría matado a los gemelos en cuestión de minutos. Muerte por paro respiratorio.
Habrían dejado de respirar sin dolor, sin despertar. Habría parecido muerte de cuna, accidental. Si Don Eusebio no hubiera intervenido, esos niños estarían muertos. La sala estalló en murmullos. El juez tuvo que pedir silencio. Herriberto testificó y su testimonio fue el más devastador. Confié en Gertrudis Palacios ciegamente. Le di poder sobre mi casa, sobre mis finanzas, sobre mis hijos.
Y ella usó esa confianza para robar, para abusar, para intentar asesinar. Y yo estaba tan ciego de dolor que no vi nada. Firmé todo lo que me puso enfrente sin leer. Ignoré a la única persona que intentó advertirme. Casi pierdo a mis hijos por mi propia estupidez. se volteó hacia Gertrudis. Cuidaste a mi esposa cuando estaba muriendo y pensé que eso significaba que tenías corazón, pero ahora entiendo que solo esperabas que muriera para poder empezar a robar.
Celebraste su muerte y luego intentaste matar a sus hijos para quedarte con su herencia. Herberto se paró, caminó hacia donde Gertrudis estaba sentada. Espero que cada día que pases en prisión pienses en lo que perdiste. No dinero, no poder, sino la oportunidad de haber sido alguien decente. Porque tuviste opciones. Pudiste haber sido leal de verdad.
Pudiste haber amado a esos niños. Pudiste haber hecho las cosas bien, pero elegiste la codicia, elegiste el odio y ahora vas a pagar por esas elecciones el resto de tu miserable vida. se volteó y regresó a su asiento. Gertrudis se quedó mirándolo con ojos llenos de lágrimas de rabia.
Cuando llegó su turno de hablar, Gertrudis se paró frente al juez. Todo lo que hice fue por esta familia, todo. Sacrifiqué mi juventud, mi vida, mis sueños. ¿Y qué recibí? Nada, absolutamente nada. Trabajé como esclava durante 15 años. Y cuando Clara murió, cuando Heriberto se hundió en su depresión patética, ¿quién mantuvo esa casa funcionando? Yo.
¿Quién se encargó de esos niños que él no quería ni ver? Yo. Así que sí tomé dinero. Dinero que me merecía, dinero que ellos nunca iban a extrañar porque tienen millones. Y sí quise deshacerme de esos mocosos porque arruinaron todo, porque con ellos ahí yo siempre iba a ser la empleada, nunca iba a ser parte de la familia.
El juez golpeó su mazo. Señora Palacios, se está incriminando con cada palabra. Me importa un Ya perdí todo. Mi reputación, mi libertad, mi dinero. ¿Qué más pueden quitarme? Su futuro, respondió el juez fríamente. Leyó el veredicto, culpable de todos los cargos, la sentencia 40 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional hasta cumplir mínimo 30.
Gertrudis tenía 55 años. Saldría a los 85 si sobrevivía. Además tenía que devolver los $543,000 robados. Como no tenía el dinero, todo lo que poseía sería embargado y vendido. Su carro, sus joyas, su ropa cara, su computadora, todo. Y tendría que pagar millones dólares en daños y perjuicios a la familia Solís por el trauma causado.
2 millones que nunca podría pagar. Cuando terminó la lectura de sentencia, Gertrudis se desmoronó. No, no puede ser. Yo solo, yo solo quería lo que merecía. Lo que merecías, dijo el juez, era ser una persona decente, pero elegiste ser un monstruo y ahora vivirás como tal. Fuera de mi corte. Los policías la arrastraron.
Gertrudis gritó todo el camino hasta la salida. Esto no es justo. No es justo. Yo di mi vida por ellos. Heriberto, Heriberto, diles que fue un error. Diles que yo te cuidé, que cuidé a Clara. Pero Heriberto no la miró. se quedó sentado con Elena a su lado y el licenciado Montes al otro. Las puertas se cerraron, los gritos se apagaron.
Gertrudis Palacios había caído y había caído duro. Afuera de la corte, los reporteros rodearon a Heriberto y Elena. Señor Solís, ¿cómo se siente con el veredicto? Herriberto levantó la mano pidiendo silencio. Me siento aliviado de que se hizo justicia, pero también me siento avergonzado porque yo permití que esto pasara.
Yo le di el poder a esa mujer. Yo ignoré las señales y casi le cuesta la vida a mis hijos. Hay una persona que merece todo el crédito por salvar a mi familia, Elena Márquez, una joven humilde que arriesgó su vida, su libertad y su futuro para proteger a dos niños que acababa de conocer. Se volteó hacia Elena.
Hoy quiero anunciar que Elena Márquez será la madrina oficial de mis hijos, que recibirá una compensación de $500,000 por todo lo que sufrió. que su madre recibirá la operación que necesita, pagada completamente por mí, y que Elena tendrá un trabajo permanente en mi empresa con un salario digno por el tiempo que ella decida quedarse y más importante que el dinero.
Quiero que el mundo sepa que esta joven es una heroína, una heroína real que hizo lo que yo no tuve el valor de hacer, pelear por mis propios hijos. Los reporteros explotaron en preguntas, las cámaras parpadeaban, pero Elena solo miraba a Herriiberto con lágrimas en los ojos. Gracias”, susurró. “No, gracias a ti por no rendirte, por ser más fuerte que todos nosotros juntos.
Esa noche las noticias no hablaban de otra cosa.” Gertrudis Palacios, sentenciada a 40 años. Niñera heroína, recibe medio millón en compensación. Millonario, reconoce, mi empleada salvó a mis hijos mientras yo estaba ciego. En la prisión estatal para mujeres, Gertrudis Palacios se sentó en su celda de dos cros 3 met mirando las paredes grises.
Ya no era la reina de ningún castillo, era la prisionera 8047362, una más entre miles. Sus compañeras de celda le preguntaron por qué estaba ahí. Intenté matar a dos bebés por dinero. La golpearon esa misma noche en prisión. Hay una jerarquía y las que lastiman niños están hasta abajo. Gertrudis pasó su primera semana en la enfermería con dos costillas rotas y un ojo casi cerrado.
Bienvenida al infierno, el infierno que ella misma construyó. Y mientras ella sufría en su celda, en la mansión Solís pasaba algo que no había pasado en años, risas. Herriberto jugaba en el piso con Nico y Santi. Elena les cantaba. don Eusebio les había hecho un jardín especial solo para ellos con flores de colores.
La casa que fue una prisión ahora era un hogar. La oscuridad había sido expulsada y la luz finalmente había ganado. Pero esto todavía no era el final porque todavía faltaba algo importante, algo que iba a cerrar todos los hilos, la verdadera transformación, la verdadera redención. Y eso venía en el último capítulo de esta historia.
6 meses después del juicio, Heriberto Solís hizo algo que nunca había hecho en su vida. Cerró su oficina a las 3 de la tarde, canceló todas sus reuniones y manejó a casa para estar con sus hijos. Cuando llegó, Elena estaba en el jardín con Nico y Santi. Los gemelos ya tenían año y medio y empezaban a caminar.
Bueno, más bien a tambalearse y caerse de nalgas cada tres pasos. “Papá!”, gritó Nico cuando lo vio. Era una de sus primeras palabras. Herriberto sintió que el corazón se le iba a salir del pecho. Papá. Su hijo lo había llamado papá y lo decía con alegría, no con miedo. Se arrodilló en el pasto y abrió los brazos.
Los dos niños corrieron hacia él. Bueno. Santi corrió. Nico se tropezó a medio camino, pero se levantó solo, orgulloso. Los abrazó a los dos. Olían a jabón de bebé y a galletas. Olían a hogar. Llegaste temprano”, dijo Elena con una sonrisa. Prometí que iba a estar aquí más y voy a cumplir. Y lo hizo día tras día, semana tras semana.
Herberto no solo pidió perdón con palabras, lo pidió con acciones. Le dio a Elena la casa vieja que aparece al principio de esta historia, la casa abandonada donde alguna vez vivió con Clara. la mandó restaurar completamente. Tres pisos, jardín enorme, un cuarto especial para la mamá de Elena cuando viniera a visitarla después de su operación exitosa.
Es tuya, le dijo el día que le entregó las llaves. Sin condiciones, sin rentas. Tuya. Elena lloró tanto que no pudo ni hablar. Le ofreció un trabajo permanente, no como niñera, sino como directora de recursos humanos de su empresa. Necesito a alguien que sepa reconocer a las buenas personas de las malas. Y tú demostraste que eres la mejor en eso. Salario. $,000 al mes.
Más prestaciones, más bonos. La mamá de Elena recibió su operación en el mejor hospital privado de la ciudad. Cirugía de corazón abierto, exitosa. Los 500,000 pesos que Elena nunca pudo juntar, Herriberto los pagó sin pestañar. Y cuando la mamá de Elena salió del hospital, Heriberto fue personalmente a recibirla.
Señora, su hija salvó a mis hijos. No hay forma de pagarle eso, pero voy a intentarlo el resto de mi vida. La señora lo abrazó llorando. Solo cuide a mi niña y quiera a esos bebés como ella los quiere. Lo prometo. Don Eusebio no fue olvidado. Heriberto triplicó su sueldo. Le dio una casita dentro de la propiedad, nueva, con calefacción y todo lo que necesitara, y le dijo algo que el viejo nunca olvidó.
Usted fue más padre para mis hijos en dos días que yo en un año. Gracias por ser el héroe cuando yo no pude serlo. Don Eusebio se convirtió en el abuelo que los gemelos nunca tuvieron. Les enseñó a plantar flores, a cuidar las rosas, a respetar la naturaleza. Pero el cambio más grande fue en Heriberto. Dejó de trabajar 16 horas al día.
Empezó a llegar a casa para la cena. Bañaba a los niños. Les leía cuentos antes de dormir. Jugaba con ellos en el piso. Aprendió a hacer voces de dinosaurios que hacían reír a Santi hasta que le dolía la panza. Aprendió a curar los raspones de Nico cuando se caía. Aprendió a ser papá. Y una noche, seis meses después del juicio, mientras Elena le cantaba a los gemelos para dormir, Heriberto se quedó parado en la puerta escuchando.
La canción era la misma que Clara le cantaba cuando estaba embarazada, la misma que Elena había cantado desde el primer día. Cuando terminó y los niños se durmieron, entró al cuarto. Elena, hay algo que necesito decirte. Ella se volteó preocupada. ¿Pasa algo? Sí. Pasa que estos seis meses han sido los mejores de mi vida desde que Clara murió.
Y es por ti, señor Solís. Yo solo. Eriberto. Llámame Herriiberto y déjame terminar. Se sentó en el sillón donde tantas veces había visto a Elena dormir cuidando a sus hijos. No te estoy pidiendo nada. No te estoy presionando, solo quiero que sepas que yo que siento algo por ti, algo que no esperaba sentir nunca más después de Clara. Elena se quedó sin palabras.
No tienes que responder nada, continuó Heriberto. Solo necesitaba decírtelo, porque si algo aprendí de todo esto, es que callar las cosas importantes casi me cuesta todo y no voy a cometer ese error otra vez. Elena se acercó, se sentó junto a él, le tomó la mano. Yo también siento algo desde hace tiempo, pero tenía miedo.
Miedo de que fuera solo gratitud, miedo de arruinar lo que tenemos. ¿Y qué tenemos? Una familia, una familia rara, armada de pedazos rotos, pero familia al fin. Herberto sonrió. La mejor familia que he tenido en años. No se besaron esa noche, no se prometieron nada, solo se tomaron de la mano y se quedaron ahí viendo dormir a los gemelos, sabiendo que habían encontrado algo que ninguno buscaba, pero ambos necesitaban. Paz.
Dos años después, Nico y Santi cumplieron tres años en un jardín lleno de globos, pastel y risas. Elena era oficialmente su madrina, pero en secreto los niños la llamaban mamá Elena y a Heriberto solo papá. La mamá de Elena vivía en la casa restaurada, feliz, sana, cuidando su jardín. Don Eusebio cumplió 72 años y los gemelos le hicieron una fiesta sorpresa.
Le dibujaron flores con crayones. Él lloró de felicidad. Herberto y Elena se casaron en una ceremonia pequeña, íntima, con los gemelos como pajes. Nada ostentoso, solo amor real. Y en una prisión a 200 km de ahí, Gertrudis Palacios cumplía su tercer año de condena. Le quedaban 37 más. Había envejecido 20 años en dos, el cabello gris, la piel marchita, los ojos apagados.
A veces se preguntaba si había valido la pena todo el odio, todo el robo, todo el plan. La respuesta siempre era la misma, ¿no? Porque mientras ella se pudría en una celda, la familia que intentó destruir estaba más unida que nunca. Y esa era la peor condena de todas. Saber que perdió, que el bien ganó, que el amor triunfó sobre el odio.
En la fiesta de cumpleaños, Herberto alzó su copa. Quiero hacer un brindis. Por Elena, que salvó a esta familia cuando yo no pude. Por don Eusebio, que fue más valiente que cualquiera. Y por estos dos pequeños monstruos que me enseñaron que el amor no se hereda, se construye. Todos brindaron. Los gemelos chocaron sus vasitos de jugo gritando salud, sin saber qué significaba.
Y mientras las risas llenaban ese jardín que alguna vez fue escenario de tanta oscuridad, Elena miró a Heriberto y pensó en todo lo que habían pasado. El infierno, la guerra, el miedo, la valentía, la victoria. Valió la pena cada golpe, cada lágrima, cada momento de terror, porque al final esos dos niños estaban vivos, sanos, amados.
Y a veces eso es todo lo que importa. El amor ganó, la familia sanó, la luz expulsó la oscuridad y aunque las cicatrices quedaron, también quedó algo más fuerte, la prueba de que vale la pena pelear por lo que es correcto. Siempre vale la pena. Fin.