EL MILLONARIO QUEDA ATÓNITO AL VER A UNA VENDEDORA IGUAL A SU EXESPOSA

Cuando Sebastián Valverde vio a aquella vendedora en el mercado, su corazón se

detuvo. Era idéntica a Sofía, su esposa fallecida. Pero lo que descubrió después

de seguirla cambiaría su vida para siempre. La lluvia golpeaba con furia

las ventanas del Mercedes negro, mientras Sebastian Valverde observaba

las calles de la ciudad desde el asiento trasero. Hacía 3 años que no visitaba

esta parte de la ciudad. 3 años desde que había jurado nunca volver a los

lugares que le recordaban a ella, pero su chóer había tomado un desvío

inesperado debido a un accidente en la avenida principal. Y ahora se encontraba

atravesando el mercado municipal Los Arrayanes, un lugar que parecía

congelado en el tiempo. “Señor Valverde, tardaremos unos minutos más por esta

ruta.” La voz de su chóer interrumpió sus pensamientos sombríos. Sebastián

asintió sin responder, sus ojos vagando distraídamente por las calles mojadas,

donde vendedores ambulantes protegían sus mercancías bajo lonas coloridas. A

sus años había construido un imperio tecnológico valorado en cientos de

millones, pero todo ese éxito se sentía vacío desde aquella noche terrible que

había destruido su mundo. Sofía. Su nombre era un susurro constante en su

mente, un eco que nunca desaparecía. Habían sido inseparables durante 15 años

de matrimonio. Dos almas que se habían encontrado contra todas las probabilidades.

Ella había sido su luz, su razón para sonreír, la única persona que había

logrado atravesar las murallas que había construido alrededor de su corazón desde

la infancia. Y entonces, en una fracción de segundo, un conductor ebrio le había

arrebatado todo. El auto se detuvo en un semáforo justo frente al mercado.

Sebastián estaba a punto de revisar los documentos que llevaba en su maletín cuando algo captó su atención de manera

tan violenta que sintió como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones. Allí, bajo una lona verde

desgastada, entre cajas de frutas y verduras estaba ella, Sofía. Su corazón

se detuvo completamente. Las manos comenzaron a temblarle de manera

incontrolable, mientras sus ojos se fijaban en aquella mujer que organizaba

tomates en una caja de madera. Era imposible, absolutamente imposible. Pero

cada rasgo de su rostro, cada movimiento de sus manos, la forma en que apartaba

el cabello de su frente era exactamente igual. Deténgase, ordenó con voz

estrangulada. Señor, he dicho que se detenga gritó Sebastián, algo

completamente fuera de carácter en él. El Mercedes se desvió hacia un lado de

la calle sin esperar a que el motor se apagara completamente, Sebastián abrió

la puerta y salió bajo la lluvia que ahora caía con más intensidad. No sentía

el agua fría empapando su traje de diseñador. No escuchaba los gritos de su chóer preguntando si estaba bien. Solo

podía ver a aquella mujer que era un espejo perfecto de su esposa fallecida.

caminó como entrance hacia el puesto de verduras, sus zapatos italianos pisando charcos que salpicaban el dobladillo de

su pantalón. La mujer estaba de espaldas ahora hablando con una clienta sobre el

precio de las berenjenas. Su voz, Dios santo, incluso su voz tenía ese mismo

tono melódico que había sido la banda sonora de su vida durante 15 años. Sofía

susurró, aunque sabía que era imposible. La mujer se volteó lentamente y cuando

sus ojos se encontraron con los de Sebastián, él sintió que el mundo entero

se inclinaba peligrosamente. No era solo un parecido, era una réplica

exacta. Los mismos ojos expresivos, la misma forma de la nariz, los mismos

labios que había besado miles de veces. Incluso tenía ese pequeño lunar cerca de

la ceja izquierda que él solía besar cada mañana. “Señor, ¿está buscando algo

en particular?”, preguntó la mujer con una sonrisa amable, pero confundida,

ante la expresión de shock absoluto en el rostro de este hombre elegante que la

miraba como si hubiera visto un fantasma. Sebastián abrió la boca, pero

no salió ningún sonido. Su mente racional le gritaba que esto era imposible, que Sofía había muerto, que

él mismo había estado en su funeral, que había llorado sobre su ataúd, pero su

corazón, ese órgano traicionero que había estado congelado durante 3 años,

latía ahora con una fuerza dolorosa. Usted

tartamudeó algo que jamás le había sucedido en ninguna sala de juntas o

negociación empresarial. La mujer lo miró con creciente preocupación. Se

encuentra bien, ¿está completamente empapado, necesita sentarse. Fue

entonces cuando Sebastián notó las diferencias, pequeñas, casi imperceptibles, pero estaban ahí. Esta

mujer tenía manos más ásperas, curtidas por el trabajo duro. Había líneas de

cansancio alrededor de sus ojos que Sofía nunca había tenido. Su ropa era

simple, gastada, pero limpia, y cuando sonreía, aunque la forma era idéntica,

había una tristeza profunda en sus ojos que hablaba de luchas que Sofía nunca

había conocido. Perdone. Sebastián finalmente encontró su voz, aunque

sonaba ronca y extraña. Es que usted se parece mucho a alguien que conocí. Ah.

La mujer asintió con comprensión, aunque claramente seguía preocupada por este hombre que parecía a punto de

desmayarse. Eso pasa a veces. Dicen que todos tenemos un doble en algún lugar

del mundo. Mami, una voz infantil cortó el momento tenso. Sebastián vio como una

niña de aproximadamente 10 años corría hacia el puesto, sus zapatos salpicando

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