
El olor del miedo
El millonario llevó a sus hijos al hospital tras el viaje con su madre y llamó al 911.
El aire dentro de la sala de urgencias del Hospital Central Metropolitano no olía a limpio ni a desinfectante costoso. A pesar de ser la clínica más exclusiva de la ciudad, olía a miedo. Un miedo metálico y frío que se metía en los huesos y no respetaba cuentas bancarias ni apellidos ilustres.
Alejandro Montalvo estaba acostumbrado a dominar el mundo desde una sala de juntas. A mover millones con una firma. A que todos escucharan cuando hablaba. Pero en ese instante sentía que el suelo se abría bajo sus pies, tragándose su seguridad y su orgullo.
Corría por los pasillos impecables con un traje italiano azul marino hecho a medida en Milán. Aquella prenda, símbolo de poder, ahora le pesaba como una carga inútil. La corbata de seda le apretaba el cuello, como si le robara el aire. Ignoró a enfermeras y administrativos que intentaban detenerlo.
No había tiempo para papeleo.
Llevaba en brazos a su vida entera.
—Necesito un médico ahora —gritó.
Su voz, normalmente firme y calculada, salió rota, desesperada. Varias personas en la sala de espera se giraron sobresaltadas.
Sofía, su hija de cinco años, no lloraba. Y eso era lo que más lo aterraba. El silencio de su hija era antinatural. Estaba acurrucada contra su pecho, con sus coletas rubias desordenadas y los ojos abiertos, perdidos, como si ya no estuviera del todo allí. El vestido rosa pastel que Lorena le había comprado para fotos bonitas contrastaba cruelmente con la escena.
Un equipo médico apareció con una camilla.
—Señor, colóquela aquí con cuidado —indicó una enfermera.
Alejandro obedeció. Sus manos temblaban. Cuando dejó a Sofía sobre las sábanas blancas, la niña se tensó y dejó escapar un gemido de dolor. Ese sonido le partió el alma.
Mateo, su hijo mayor, permanecía a su lado, pálido, aferrado al saco de su padre. No decía nada. Solo miraba a su hermana con un miedo que ningún niño debería conocer.
—¿Qué sucedió? —preguntó el médico de guardia mientras se colocaba los guantes.
Alejandro abrió la boca, pero no encontró palabras.
—No lo sé… —admitió al fin—. Llegué a casa hace media hora. Mi esposa los dejó y se fue al spa. Dijo que estaban cansados, pero cuando abracé a Sofía… ella gritó.
El médico frunció el ceño y comenzó a examinar a la niña.
—Sofía, cielo, voy a levantar un poco tu vestido —dijo con suavidad.
La niña negó con la cabeza, presa del pánico, y trató de acercarse a su padre.
—No le digas a mi mami… —susurró.
Esa frase cayó sobre Alejandro como un golpe.
—Papá está aquí —le murmuró—. Papá te protege.
Cuando el médico levantó la tela, el mundo se detuvo.
Alejandro sintió que todo desaparecía: el ruido, las luces, las voces. Solo quedó el horror. Cayó de rodillas junto a la camilla, incapaz de apartar la mirada.
—Dios mío… —susurró—. ¿Quién te hizo esto, princesa?
El médico no respondió de inmediato. Su expresión se endureció. Ya no era solo una emergencia médica: era algo más.
—Necesitamos a la unidad de quemados —ordenó—. Cirugía plástica. Morfina pediátrica.
La palabra morfina resonó en la mente de Alejandro como una sentencia. Miró a su alrededor, sintiéndose inútil. Todo su dinero, todo su poder, no servían para borrar el dolor de su hija.
Mateo rompió a llorar.
—Papá… yo le dije que te contáramos, pero mamá no quiso. Dijo que nos castigaría.
Algo se rompió definitivamente dentro de Alejandro.
Más tarde, el doctor habló con él con frialdad profesional.
—Esto no es reciente. La herida tiene al menos cuarenta y ocho horas. Hay signos de infección y de tratamiento casero inadecuado. Esto es negligencia grave.
Las imágenes encajaron de golpe: el viaje, las fotos, la sonrisa de Lorena, el spa.
Mientras su hija sufría, ella se cuidaba la piel.
Alejandro se arrodilló frente a Mateo y tomó sus manos.
—Dime la verdad, hijo. ¿Qué pasó?
Entre sollozos, el niño contó todo: la casa de la playa, la madre ausente, la parrilla caliente, el miedo, la amenaza de quedarse solos si hablaban.
Cuando terminó, Alejandro se puso de pie. Ya no temblaba. La tristeza había sido reemplazada por una determinación de acero.
—Doctor —dijo con calma peligrosa—. Haga todo lo necesario para salvar a mi hija. No escatime en nada.
Sacó su teléfono.
—¿Va a llamar a su abogado? —preguntó el médico.
—Después —respondió—. Ahora voy a llamar a la policía.
Marcó el 911.
—Quiero denunciar un crimen contra una menor. La víctima es mi hija. La agresora es mi esposa.
Colgó y volvió junto a Sofía, besando su pequeña mano.
La guerra había comenzado.
Minutos después, salió al pasillo y marcó el número de Lorena. Contestó con voz relajada, música y risas de fondo.
—Lorena —dijo Alejandro, sin rastro de afecto—. Necesito que me digas exactamente qué pasó este fin de semana.
Hubo una pausa. Luego, un suspiro irritado.
—Ay, Alejandro… ¿para eso me llamas? Estoy en plena sesión facial. ¿Sabes lo difícil que es conseguir cita con Marco?
Alejandro cerró los ojos.
En ese instante supo que nada volvería a ser igual.