
Proyecto Mateo
Ricardo Valdés, el hombre que alguna vez lo tuvo todo, estaba sentado en un banco oxidado de la estación de autobuses de la Ciudad de México.
Su traje arrugado, la barba descuidada y la mirada perdida lo hacían parecer un fantasma entre la multitud. Tres días durmiendo en bancos públicos, sin bañarse y casi sin comer, habían agotado lo poco que le quedaba de fuerzas.
Una mala racha de inversiones, deudas imposibles y un divorcio doloroso lo habían arrastrado al fondo. Ya no tenía a quién llamar. No quedaba familia, ni amigos, ni orgullo. Solo observaba a la gente ir y venir, convencido de que ya no pertenecía a este mundo.
Entonces, una manita pequeña tocó su hombro.
—Señor, ¿está triste?
Ricardo levantó la vista sorprendido. Frente a él había un niño de unos cuatro años, ojos grandes y curiosos, con un chaleco rojo brillante que contrastaba con la tristeza gris de la estación.
—Tienes hambre —insistió el niño, ladeando la cabeza.
Ricardo sintió el estómago rugir.
—No, pequeño… gracias —mintió.
El niño no se convenció. Sacó del bolsillo un paquete de galletas de chocolate, ya abierto, con solo tres dentro.
—Mi mamá dice que cuando uno está triste hay que comer dulce para que se pase. Toma una.
Ese gesto sencillo derrumbó todas las defensas de Ricardo. Tomó la galleta con la mano temblorosa. El sabor dulce lo golpeó con una fuerza inesperada y, sin poder evitarlo, las lágrimas comenzaron a caer. Primero en silencio, luego en sollozos profundos.
—No llores, tío —dijo el niño preocupado—. Hay más.
—¡Mateo! ¿Dónde te metiste?
Una mujer joven se acercó apresurada. Vestía ropa sencilla, llevaba varias bolsas pesadas y tenía el rostro cansado, pero los mismos ojos bondadosos del niño.
—Perdón, señor. ¿Lo molestó? —preguntó—. Mateo, te dije que no te alejaras.
—No molestó —respondió Ricardo—. Me dio una galleta.
La mujer sonrió con ternura y se sentó a cierta distancia.
—Tiene el corazón blando —dijo—. Se parece a su papá. Soy Sofía.
Ricardo dudó un instante, pero decidió decir la verdad.
—No espero a nadie… y no tengo a dónde ir.
Sofía asintió sin juzgar.
—La vida pega fuerte a veces. Nosotros también estamos pasando por un momento difícil.
Le explicó que iban a viajar para reencontrarse con el padre de Mateo, que trabajaba lejos. Contaban el dinero de los boletos peso por peso.
Ricardo sintió un nudo en el pecho. Aquella familia, con tan poco, aún tenía espacio para la compasión.
Mateo sacó entonces un camioncito rojo de bomberos, sin una rueda.
—Tío, ¿sabes arreglarlo?
Ricardo tomó el juguete. Hacía veinte años había sido mecánico, antes de convertirse en empresario. Con un clip viejo y un bolígrafo roto improvisó una reparación. La rueda volvió a girar.
—¡El tío es mago! —gritó Mateo feliz.
En ese momento llegó el autobús. Bajó un hombre alto, con uniforme azul desgastado. Era Javier, el papá de Mateo.
—Él es Ricardo —explicó Sofía—. Está pasando por algo difícil.
Javier lo observó con cautela, pero también con respeto.
—¿A qué te dedicabas?
—Tenía una constructora —respondió Ricardo—. Lo perdí todo.
Javier intercambió una mirada con Sofía.
—Allá donde vamos hay un terreno abandonado —dijo—. Nadie sabe cómo empezar a construir. Si quieres venir con nosotros, eres bienvenido.
Ricardo sintió una chispa encenderse dentro.
—No tengo nada que perder.
Así comenzó todo.
En el pueblo, Ricardo vio más que basura y maleza. Vio posibilidades. Con la ayuda de Isabella, la hija mayor de Sofía, diseñaron un proyecto sencillo: casas pequeñas, dignas, pensadas para familias reales.
Negoció con el dueño del terreno, luchó contra obstáculos, denuncias falsas, lluvias y cansancio extremo. Trabajó con las manos ampolladas y el corazón decidido.
Tres meses después, cuatro casas estaban terminadas.
El día de la inauguración fue una fiesta. Mateo saltaba de felicidad frente a su casa azul.
—Es nuestro hogar —decía sin dejar de sonreír.
Lo que empezó como un gesto pequeño se convirtió en algo grande. Seis meses después, construían más casas. Un año después, decenas. Luego cientos.
El proyecto se llamó Proyecto Mateo.
Cinco años después, un periodista le preguntó a Ricardo cómo un millonario había terminado construyendo viviendas populares.
Ricardo sonrió.
—El millonario murió en un banco de estación. El hombre que quedó entendió que construir hogares vale más que construir fortunas.
Esa noche, Mateo, ya de diez años, se sentó a su lado mirando las estrellas.
—Tío, ¿recuerdas cuando nos conocimos?
—Como si fuera ayer, campeón.
—Mi mamá dice que cuando ves a alguien triste, hay que ayudarlo.
Ricardo lo abrazó con los ojos húmedos.
—Y tú me enseñaste que a veces hay que perderlo todo para descubrir lo que realmente importa.
No solo construyeron casas.
Construyeron esperanza.
Construyeron familia.
Construyeron un mundo mejor, ladrillo a ladrillo.