
¿Quién fue el idiota que contrató a este viejo? ¿Estás despedido? La voz de Tomás
retumbó en toda la sala de juntas del ISC como un latigazo. Sus palabras cayeron pesadas, llenas de veneno,
mientras señalaba con el dedo a centímetros del rostro cansado de don Ernesto. Los empleados alrededor se
quedaron inmóviles, atrapados en un silencio que dolía, con los ojos moviéndose de un jefe soberbio a un
hombre que apenas podía sostener su respiración. El viejo no respondió, solo apretó los
dedos contra el portapapeles que llevaba, como si ese gesto pudiera evitar que su herida se abriera más. La
vergüenza le quemaba la piel. Detrás de él, al otro lado del cristal, la Ciudad
de México seguía girando como si nada hubiera ocurrido. Aunque para él todo acababa de romperse. Tomás dio un paso
adelante, empujando el aire con arrogancia. Aquí no necesitamos reliquias. escupió. Necesitamos gente
útil. Un murmullo incómodo creció entre los empleados, pero nadie se atrevió a
defender al hombre mayor. Nadie sabía que ese silencio iba a costar caro.
Porque mientras don Ernesto bajaba la mirada y caminaba hacia la puerta cargando una tristeza antigua, el hijo
del cío acababa de sellar el error más grande de su vida. Uno que muy pronto se volvería en su contra una fuerza
inesperada. La mañana había comenzado con un brillo suave sobre los ventanales del ISC, ese edificio de vidrio donde el
silencio parecía siempre observarlo todo. Don Ernesto llegó temprano con
paso lento pero firme, sosteniendo una carpeta y una pequeña libreta gastada
donde anotaba cada tarea del día. Apenas cruzó la recepción, la joven de mesa de
entrada le sonrió con timidez, sorprendida de ver un rostro nuevo, uno que no encajaba con el ritmo frenético
de la oficina. “Prer día, ¿verdad?”, murmuró ella. Él asintió con una
inclinación sutil, sin querer llamar demasiado la atención. Se acomodó las
mangas y continuó hacia el área administrativa, donde cada teclado sonaba como un latido de metal.
Observaba todo con una calma que contrastaba con la velocidad de quienes lo rodeaban. Cada mirada curiosa le caía
encima como una hoja fría. Nadie sabía de dónde había salido ese hombre, ni por
qué lo habían colocado justo en un puesto que parecía menor para alguien que cargaba tantos inviernos en la piel.
Tomás, el hijo del cío, irrumpió entre los cubículos arrastrando un aroma de
colonia cara y soberbia. Venía revisando mensajes en su teléfono sin ver a nadie
más que a sí mismo reflejado en la pantalla. Su reputación lo precedía. Exigente, volátil, insoportable con
quien no cumpliera sus expectativas. Varias miradas se agacharon al sentir su presencia, como si una corriente helada
hubiera atravesado el piso. Entonces lo vio un hombre mayor ordenando
documentos, moviéndose despacio, respirando hondo como si cada acción
tuviera un significado. Tomás frunció el seño, confundido, irritado por la sola
existencia de alguien que no combinaba con sus estándares. ¿Y este quién es?,
susurró a un asistente. “Nuevo ingreso, creo.” “Lo asignaron esta mañana”,
respondió el muchacho casi en un hilo de voz. La molestia de Tomás fue inmediata.
Caminó hacia él sin avisar, plantándose frente al viejo como si quisiera bloquearle la luz. Don Ernesto levantó
la mirada apenas, sosteniendo la serenidad con un esfuerzo que pocos notarían.
Bueno,”, dijo Tomás dando un golpecito burlón en la mesa. “¿Qué hace usted aquí
exactamente?” El hombre mayor abrió la libreta buscando la línea donde estaba
anotada su primera tarea. No alcanzó a responder. Los ojos del joven lo
inspeccionaban con desprecio, como si cada arruga fuera una ofensa personal.
Los empleados alrededor intentaron fingir que trabajaban, pero sus dedos estaban detenidos sobre el teclado. No
querían perder detalle. Algo en el ambiente les avisaba que la humillación
estaba por caer como una piedra pesada. Tomás dio un paso hacia atrás, respiró
hondo y entonces explotó, desencadenando la escena que después marcaría a todos.
Su voz atronó llena de veneno, cortando la calma que quedaba. La frase ya la
vivimos en la introducción. Aquí solo se siente el golpe del momento. El impacto
recorrió el departamento entero. Algunos apartaron la mirada, otros miraron a don
Ernesto con culpa silenciosa. Nadie imaginaba que ese instinto cruel, esa
demostración de poder ante todos, estaba a segundos de convertirse en el error que arruinaría a Tomás por mucho tiempo.
El viejo apretó la carpeta contra el pecho, no para defenderse, sino para sostenerse. Pero en sus ojos se encendió
un brillo distinto, un destello que nadie supo leer. No era miedo, era
paciencia y una verdad que todavía no había salido a la luz. Porque lo que Tomás desconocía y lo que todos estaban
a punto de descubrir era que ese hombre aparentemente débil no solo tenía
historia, sino que tenía autoridad, mucha más de la que cualquiera imaginaba. De hecho, era el verdadero
dueño del lugar. Ese conocimiento estaba a un latido de salir a flote y cuando
saliera nada volvería a ser igual. Si esta historia ya te conmovió hasta aquí,
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El pasillo que conducía a la salida parecía más largo que nunca. Don Ernesto
avanzó despacio mientras el murmullo triste de varias miradas lo acompañaba sin intervenir. Cada paso resonaba sobre
el mármol brillante, como si el eco quisiera preguntarle por qué había soportado semejante trato sin decir una
sola palabra. Pero él no estaba huyendo, simplemente observaba cada gesto, cada
silencio, cada rostro que prefería mirar al piso. Era parte de una prueba que
llevaba meses preparando en secreto. Al girar a la derecha, se encontró con una
ventana abierta que dejaba entrar el aire tibio de la Ciudad de México. Cerró
los ojos un instante, dejando que esa brisa le devolviera algo de fuerza. A su
alrededor, nadie imaginaba que ese hombre, vestido con un sencillo suéter
gris y unos lentes viejos, era quien sostenía la historia completa de la empresa desde antes de que Tomás