
Él sonrió, aplaudió y creyó haber ganado cuando la vio firmar el divorcio sin
derramar una sola lágrima. Para él, aquel era el final de una mujer que ya no tenía nada, pero lo que parecía una
despedida común se convirtió en un choque inolvidable. Isadora se detuvo en el semáforo como cualquier otra noche.
Tenía las manos en el volante y la mente en blanco. Había pasado el día trabajando en la tienda, lidiando con
clientes pesados, con calor y con ese cansancio que no se quita ni durmiendo. Sus dedos golpeaban el volante con
impaciencia mientras la luz seguía en rojo. Volteó a ver a su lado, donde
normalmente debería estar Julián, pero claro, él ya no hacía ese tipo de cosas.
Salir con ella, acompañarla. preguntarle cómo le había ido. Todo eso había muerto
hacía años, aunque ella había hecho hasta lo imposible por ignorarlo. El radio soltaba una canción vieja, de esas
que alguna vez los hicieron bailar en la sala antes de que todo se volviera a silencio. Bajó el volumen, respiró hondo
y volvió a mirar hacia el frente. Fue ahí, en ese momento exacto, como si el destino se hubiera cansado de esperarla.
Frente a ella, a unos metros, junto al letrero enorme del motel Las Palmas,
Julián estaba bajando de su coche y no estaba solo. Isadora se quedó inmóvil.
Por un segundo pensó que su vista le estaba jugando una broma. Parpadeó. No, era él. Su caminar, su ropa, su forma de
mirar alrededor como si no quisiera que nadie lo viera. Y la mujer, joven, con el cabello largo, riéndose como si fuera
la cosa más divertida del mundo, Julián le abrió la puerta. le puso la mano en la cintura y la guió directo a la
recepción del motel. Ni siquiera se detuvo a mirar atrás, ni se imaginaba que a tan solo unos metros su esposa lo
estaba viendo todo. El corazón de Isadora no latía más rápido, no gritó, no lloró, no golpeó el volante, solo
apretó los labios, sintió un vacío en el pecho y bajó la mirada. El semáforo se
puso en verde, pero ella no arrancó de inmediato. Esperó unos segundos más tragando saliva. Luego, como si algo
dentro de ella se hubiera roto para siempre, pisó el acelerador y se fue sin mirar atrás. Llegó a casa en silencio.
No prendió la tele, no puso música, no fue directo a buscar a Julián, como lo había hecho otras veces para pelear. fue
al baño, se lavó la cara, se miró al espejo y se quedó viendo su reflejo como
si no supiera quién era. Tenía el cabello desordenado, unas ojeras marcadas y los labios partidos. Llevaba
puesta la blusa que Julián le había regalado hacía años, la misma que él alguna vez le dijo que le quedaba
bonita. Ahora entendía por qué llevaba tanto tiempo sin escuchar algo parecido. Porque él ya no la veía, ya no estaba
con ella, aunque durmieran en la misma cama. abrió el cajón del buró y sacó una libreta vieja. Empezó a escribir como
cuando era joven y necesitaba sacar todo lo que sentía. Escribió sin pensar mucho, solo dejaba que las palabras
salieran. Lo vi. Ya no hay vuelta atrás. No me dolió como pensé. Fue como si al
fin todo tuviera sentido. Años sintiéndome sola, años sintiendo que no era suficiente. Y ahora, frente a mis
ojos, él confirmando que lo nuestro se acabó hace tiempo. No hay más que decir. Al día siguiente fue al trabajo como si
nada, saludó a las compañeras, atendió clientes, acomodó ropa. Nadie notó nada
raro. Nadie se imaginó que por dentro ella estaba cerrando ciclos. En la
tarde, al salir, pasó por una papelería y sacó varias copias de un documento que ya tenía listo desde hacía meses, el
divorcio. Solo faltaba su firma. Julián nunca lo tomó en serio. Cuando ella lo mencionó hace tiempo, él se rió. “Tú no
tienes el valor”, le dijo. Y quizá tenía razón en ese momento, pero ahora,
después de verlo con otra, después de sentir ese vacío definitivo, algo dentro de Isadora había cambiado. Esa noche lo
esperó en la cocina. Él llegó tarde, como siempre. Olía a perfume dulce y traía la camisa arrugada. Isadora no
preguntó nada. No dijo, “¿Dónde estabas?” No lloró, solo puso los papeles sobre la mesa. “Fírmalo”, dijo
con voz firme. Julián la miró con una mezcla de sorpresa y burla. “¿Y ahora qué traes? Otra de tus crisis. Fírmalo.
No hay nada más que arreglar.” Él se ríó. Una carcajada seca. ¿A poco crees que puedes sola? Isadora, por favor, no
tienes ni idea de cómo es el mundo sin mí. Ella no respondió, solo lo miró. Esa mirada, sin miedo, sin odio, sin
tristeza, lo descolocó. Tomó una pluma, la giró entre los dedos y firmó. Luego
se echó hacia atrás en la silla como si acabara de ganar algo. Suerte entonces, dijo con sarcasmo. A ver cuánto te dura
el show de la mujer valiente. Isadora se levantó, guardó los papeles y subió al cuarto. No gritó, no discutió, solo
empacó una pequeña maleta con algunas cosas esenciales. Dejó todo lo demás, las fotos, los recuerdos, las promesas.
Al salir del cuarto, bajó las escaleras y se encontró con Julián en la sala. Él ni se movió, solo la miró de reojo. Y
ahora, ¿a dónde vas? A donde tú no puedas seguirme, respondió. Cerró la puerta y se fue. En la calle la esperaba
Carolina. Ella no necesitó preguntar nada, solo abrió la puerta del coche y le sonrió. Lista. Isadora asintió más
que nunca. Minutos después estaban rumbo al aeropuerto. El aire se sentía diferente, como si cada kilómetro que se
alejaba de esa casa le quitara un peso del alma. Al llegar al hangar privado,
Isadora vio por primera vez el jet. No entendía cómo había llegado ahí. Como Carolina, su vieja amiga con la que
apenas se escribía de vez en cuando, le había ofrecido esa salida, pero no preguntó. No era momento de cuestionar,
era momento de empezar de nuevo. Subió al avión, se sentó junto a la ventana, cerró los ojos y cuando el jet despegó,
no pensó en lo que dejaba atrás, solo en todo lo que estaba por descubrir por primera vez en mucho tiempo. Sintió que
todo estaba en sus manos y eso le bastaba. Isadora no lloró esa noche ni
la siguiente. Se despertó temprano, preparó café, se sentó en la misma mesa
donde tantas veces desayunaron en silencio, abrió su celular y borró todo lo que tenía que ver con Julián. Fotos,
mensajes, números guardados con nombres falsos, incluso las capturas que había hecho por si algún día las necesitaba.
Ya no le importaba guardarlas. No lo iba a exponer, no iba a vengarse, solo quería cerrar todo. Bien, de una vez por
todas. Fue a trabajar, saludó como siempre, no dijo nada. Por fuera todo
parecía normal, pero por dentro era como si alguien le hubiera quitado una venda de los ojos. Cada vez que recordaba la
escena del motel, ya no sentía rabia ni dolor, solo una paz rara, como cuando
por fin entiendes algo que venías negando por años. Esa misma tarde, apenas salió de la tienda, se fue
directo al centro. Caminó varias cuadras hasta llegar a una notaría. Tenía los papeles listos. Solo necesitaba una
firma más. La suya la puso sin temblar. Mientras el licenciado revisaba los documentos, ella se levantó y miró por
la ventana. Afuera, la gente iba y venía con prisas, con bolsas, con vidas.
Isadora pensó en todas las veces que se imaginó escapando, pero nunca se trató de oír. Se trataba de volver a ella.
Firmó, agradeció al licenciado, guardó los papeles en su bolso y salió. No fue
al banco, ni al súper, ni a casa. Fue a un parque, se sentó en una banca y miró