
La madrugada del 7 de junio de 1945 rompió sobre la base aérea de Porc, el
luzón, con ese calor húmedo y sofocante que convertía cada respiración en un
esfuerzo. El capitán Radamés Gaxiol Andrade despertó antes del alba, como lo
había hecho cada día desde que el escuadrón 2011 aterrizó en suelo
filipino tres semanas atrás. El catre militar crujió bajo su peso mientras se
incorporaba y por un momento se permitió el lujo de recordar su hogar en Sonora,
las mañanas frescas del desierto mexicano, que ahora parecían pertenecer a otra vida, a otro mundo completamente
diferente del infierno tropical en el que se encontraba. No había dormido
bien. Ninguno de ellos lo había hecho desde su llegada. El zumbido constante
de los mosquitos se mezclaba con el rugido distante de la artillería japonesa que aún resistía en las
montañas del norte. Un recordatorio perpetuo de que la guerra no había
terminado, de que cada amanecer podía ser el último. Los ronquidos irregulares
de sus compañeros en la barraca compartida creaban una sinfonía extraña
que había aprendido a reconocer. El teniente José Espinoza Fuentes roncaba
con un ritmo constante, mientras que el capitán Pablo Rivas Martínez murmuraba
ocasionalmente en sueños, probablemente reviviendo las misiones de entrenamiento
en Pocatello o las simulaciones de combate en Greenville. Gaxiola se vistió
en silencio, colocándose el uniforme de vuelo que todavía olía a combustible de
aviación y sudor seco. Fuera de la barraca, el campamento militar comenzaba
a despertar con ese movimiento metódico y eficiente que caracterizaba a todas
las bases estadounidenses en el Pacífico. Los mecánicos ya trabajaban bajo las luces portátiles, revisando los
motores de los Republic P47D Thunderbolt, que descansaban en fila
como gigantes dormidos de metal y potencia. El olor a aceite de motor,
gasolina de alto octanaje y tierra húmeda creaba un aroma que Gaxiola había
llegado a asociar con la guerra misma. caminó hacia su P47D,
esa bestia de 7 toneladas que los mecánicos habían bautizado como la
vengadora. El nombre había sido pintado con esmero en el fuselaje, justo debajo de la
cabina, acompañado de una pequeña bandera mexicana que brillaba incluso
bajo la tenue luz previa al amanecer. El metal todavía conservaba el frío de la
noche y bajo la luz creciente del alba, las ocho ametralladoras Browning M2
calibre50 montadas en las alas parecían garras de
acero esperando desgarrar el cielo. Cuatro cañones en cada ala, cada uno
capaz de disparar entre 400 y 500 balas por minuto. temática mortal que Gaxiola
había calculado docenas de veces durante las noches de insomnio, 50 centavos de
dólar. Eso era lo que costaba fabricar cada proyectil de esas máquinas mortíferas, según les había contado un
sargento americano del servicio de Intendencia, con una sonrisa torcida y
un acento tejano cerrado, 50 centavos multiplicados por 400 balas por minuto,
multiplicados por ocho cañones, multiplicados por el infierno, que estaban a punto de desatar sobre las
posiciones japonesas atrincheradas en el valle de Cagayan. Era irónico, pensó
Gaxiola mientras pasaba su mano por el metal frío del ala, que un arma tan
barata pudiera decidir el destino de batallas enteras, que medio dólar de plomo y acero pudiera significar la
diferencia entre la vida y la muerte para soldados aliados atrapados bajo
fuego enemigo. El briefing de la misión había sido directo y brutal, como todos
los que habían recibido desde su llegada a Filipinas. El comandante Antonio Cárdenas
Rodríguez, líder del Escuadrón 2011, había desplegado los mapas sobre la mesa
de madera desgastada en la sala de operaciones a las 4 de la madrugada.
30 pilotos mexicanos se habían apiñado alrededor, algunos fumando cigarrillos
americanos, otros tomando café negro y amargo, que sabía a gasolina, pero que
mantenía sus ojos abiertos y sus mentes alerta. Las fotografías aéreas de
reconocimiento mostraban con claridad brutal el problema que enfrentaban.
El ejército imperial japonés mantenía una red de búnkeres fortificados. en las
colinas al oeste de Aparri, una posición defensiva que controlaba el acceso al
valle de Cagayán y bloqueaba el avance de las tropas terrestres americanas
hacia el norte de Luzón. Ametralladoras pesadas tipo 92 conocidas por los
soldados aliados como Wood Peckers por el sonido característico de su disparo,
morteros de 81 mm, posiciones de artillería de campaña camufladas entre
la jungla espesa. Los japoneses habían tenido meses para acabar, fortificar y
preparar sus defensas. Habían utilizado troncos de árboles tropicales, sacos de
arena, incluso rieles de ferrocarril recuperados para crear estructuras que
podían resistir bombardeos de artillería convencional. Los soldados americanos de la 37a
división de infantería habían intentado tres asaltos frontales en las últimas dos semanas. en dos tres veces habían
sido rechazados con bajas devastadoras. Los informes que Cárdenas les había leído eran desgarradores,
compañías enteras reducidas a pelotones, hombres atrapados en campos de fuego
cruzado, heridos que morían en la jungla porque los equipos médicos no podían
alcanzarlos bajo el volumen de fuego enemigo. general, al mando de las
operaciones terrestres, había solicitado específicamente apoyo aéreo cercano del
Escuadrón 2011. Después de haber visto lo que los pilotos mexicanos podían hacer con sus