
Dado por muerto trillizos del millonario, es salvado por la limpiadora, el hallazgo tras el muro. El
sonido de la música clásica y las risas de la alta sociedad quedaron amortiguados cuando la pesada puerta de
servicio se cerró de golpe a mis espaldas. El silencio del campo solo era
interrumpido por el crujido de mis botas contra la tierra seca y el esfuerzo de
mis propios pulmones. arrastraba dos bolsas negras inmensas repletas de las
sobras del banquete que se celebraba dentro. Langosta, caviar, botellas de
champana a medio terminar. La basura de los ricos pesaba más que las esperanzas
de los pobres. Mis brazos ardían. Odiaba este turno. Odiaba tener que servir a
esa mujer, doña Elvira, mientras ella brindaba con una sonrisa de tiburón por
la memoria de su hijastro muerto. “Un trágico accidente”, había dicho ella
frente a las cámaras, secándose una lágrima inexistente. Tres días habían pasado desde el funeral
simbólico, tres días de luto falso y fiestas secretas. Llegué al contenedor
de basura. ubicado estratégicamente lejos de la mansión para que el mal olor
no ofendiera las narices delicadas de los invitados. Alcé con un gruñido de esfuerzo y la
lancé dentro. El golpe seco resonó en la noche. Me agaché para tomar la segunda,
pero me detuve. Un sonido. No era el viento moviendo las ramas de los olivos.
Tampoco era un animal nocturno. Conozco bien el campo y sé distinguir el paso de
un zorro o el aleteo de un búo. Esto era diferente. Era un sonido húmedo, roto,
un gemido humano ahogado por el dolor extremo. Me quedé inmóvil con las manos
enguantadas en goma amarilla, todavía aferradas al plástico de la bolsa de basura. El corazón me golpeó las
costillas. un intruso. La seguridad de la finca era impenetrable, o eso decían,
si me encontraban aquí afuera hablando con un extraño, Elvira me despediría sin
dudarlo. ¿Quién anda ahí?, pregunté, mi voz temblando más de lo que hubiera
querido. Agarré una botella de vidrio vacía que sobresalía de la bolsa, un
arma patética, pero era lo único que tenía. Nadie respondió. Solo se escuchó
un arrastrarse penoso sobre la tierra, seguido de una tos seca, reprimida
violentamente, como si alguien se estuviera tapando la boca para no hacer
ruido. El sonido venía del otro lado del viejo muro de piedra que delimitaba el
perímetro antiguo de la hacienda. Di un paso, luego otro. La curiosidad y el
miedo libraban una batalla en mi estómago. Rodé el muro pegando la
espalda a la piedra fría y áspera. Respiré hondo, conté hasta tres y giré
la esquina con la botella en alto, lista para golpear. Lo que vi me heló la
sangre y la botella se resbaló de mis dedos, cayendo al suelo sin romperse,
rodando inútilmente hasta chocar con una bota gastada. Había un hombre sentado en
el suelo recostado contra la pared o lo que quedaba de un hombre. Su ropa estaba
hecha girones, cubierta de una capa de polvo gris y manchas oscuras que incluso
en la penumbra del atardecer reconocí como sangre seca. Tenía la cabeza baja,
el cabello revuelto y lleno de tierra, ocultando su rostro. Pero lo que me hizo
llevarme las manos a la boca para ahogar un grito no fue su estado lamentable,
sino lo que sostenía. Sus brazos, tensos y llenos de rasguños, formaban una cuna
inquebrantable alrededor de tres bultos pequeños. Tres mantas blancas, ahora
sucias y manchadas de barro. Eran bebés, tres recién nacidos. El hombre levantó
la cabeza lentamente al escuchar el ruido de la botella. El movimiento le costó un mundo. Vi como los músculos de
su cuello se tensaban y su mandíbula se apretaba para no gritar. Cuando sus ojos
se encontraron con los míos, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Esa
mirada, esos ojos verdes intensos, ahora inyectados en sangre y rodeados de
ojeras moradas por el agotamiento, los conocía. Los había visto en las revistas de
negocios que Elvira dejaba tiradas. Los había visto en los retratos que colgaban
en el pasillo principal antes de que ella ordenara quitarlos. Era él muerto,
el heredero. “Don don Alejandro”, susurré sintiendo
que las piernas me fallaban. Retrocedí un paso aterrorizada como si estuviera
viendo a un fantasma. Él no habló de inmediato. Su garganta se movió al
tragar, seca como el desierto. Apretó más a los bebés contra su pecho. Un
gesto instintivo animal. No me miraba con la arrogancia de un patrón, sino con
el terror de una presa acorralada. Agua. Su voz era un raspado metálico,
casi inaudible. Por favor, mis hijos. Uno de los bultos se movió. Un pequeño
gemido agudo escapó de las mantas. Alejandro se estremeció y bajó la vista
rápidamente, acunando al bebé, meciéndolo con movimientos torpes y desesperados.
Sí. Sí, papá, está aquí, por favor, no llores. No, ahora susurraba él, y vi una
lágrima limpiar un surco de suciedad en su mejilla. No hagan ruido, angelitos, por favor. La
escena era tan violenta en su contraste que me mareó. El hombre más rico de la
región, el dueño legítimo de todo lo que pisábamos, estaba tirado en la tierra
como un mendigo, aterrorizado de que sus propios trillizos hicieran ruido. Me
acerqué lentamente, olvidando el protocolo, olvidando que yo era la limpiadora y él el dueño. Me arrodillé
frente a él sin importarme que el polvo manchara mi uniforme impecable.
Don Alejandro, todos dicen que usted murió, le dije, mi voz ganando urgencia.
El coche cayó por el barranco. Encontraron los restos. Elvira dijo que