
Dos niñas desesperadas suplican ayuda en la calle. Un millonario las ignora con frialdad, pero cuando descubre la
identidad de su madre enferma, su mundo se desmorona. Lo que viene después cambiará su vida para siempre. Leonardo
Vega ajustó el espejo retrovisor de su automóvil importado mientras esperaba que el semáforo cambiara a verde. El sol
de la tarde se reflejaba en los cristales polarizados, creando destellos que hacían juego con el brillo de su
reloj de lujo. Había sido un día extraordinario en la bolsa de valores y sus inversiones acababan de generar
ganancias que muchos no verían en toda una vida. La radio transmitía noticias económicas mientras Leonardo revisaba
mensajes en su teléfono apenas prestando atención al mundo exterior. En su mente ya estaba calculando la próxima
adquisición, el próximo negocio, la próxima cifra que agregaría a su imperio
financiero. A sus años había construido una fortuna que lo colocaba entre los
empresarios más exitosos del país y cada día se aseguraba de recordárselo a sí
mismo. El semáforo seguía en rojo, uno de esos interminables que parecían diseñados para frustrar a conductores
impacientes como él. Leonardo suspiró tamborileando los dedos contra el
volante de cuero. Odiaba las demoras. Odiaba cualquier cosa que interrumpiera
su ritmo perfecto de productividad y eficiencia. Fue entonces cuando las vio.
Dos niñas pequeñas se acercaban lentamente entre los automóviles detenidos. La mayor no tendría más de 12
años. con el cabello recogido en una cola de caballo que había visto mejores días. Llevaba de la mano a una niña más
pequeña, tal vez de siete u 8 años, cuyos ojos grandes miraban con una
mezcla de esperanza y temor cada vehículo que pasaban. La escena era lamentablemente común en las grandes
ciudades, niños en las calles buscando ayuda, pidiendo monedas. Leonardo había
desarrollado hacía tiempo una capacidad casi automática para ignorar estas situaciones. No es mi problema, solía
decirse. Si les das, solo perpetúas el ciclo. Hay instituciones para esto. Las
niñas se detuvieron frente al automóvil de al lado, un vehículo modesto conducido por una mujer que bajó la
ventanilla y les entregó algunas monedas junto con una sonrisa compasiva. Leonardo observó la escena con una
mezcla de desdén e irritación. tonta, pensó, no sabe que probablemente hay un
adulto controlándolas desde algún lugar cercano, pero entonces las niñas se voltearon hacia su automóvil. La mayor,
Sofía, caminó directamente hacia su ventana con pasos decididos que contrastaban con su apariencia frágil.
Tocó el cristal polarizado con dedos pequeños pero insistentes. Leonardo hizo lo que siempre hacía. fijó la mirada al
frente como si no existieran, como si fueran invisibles. “Señor”, la voz de
Sofía penetró a través del vidrio, sorprendentemente clara y firme. “Por favor, señor, necesitamos ayuda.”
Leonardo apretó la mandíbula, manteniendo los ojos fijos en el semáforo que seguía tercamente en rojo.
¿Por qué tardaba tanto? Normalmente estos ciclos no duraban más de 2 minutos, pero este parecía eterno.
“Señor, por favor”, insistió Sofía, su voz adquiriendo un tono de desesperación. “Es para nuestra mamá,
está muy enferma.” La pequeña Ema se acercó también, presionando su rostro contra el vidrio. Sus ojos,
increíblemente expresivos, miraban directamente hacia Leonardo, como si pudiera verlo a través del cristal
polarizado. Había algo en esa mirada que lo incomodó profundamente, algo que
atravesaba todas sus defensas cuidadosamente construidas. No tenemos dinero para sus medicinas”, continuó
Sofía, su voz quebrándose ligeramente. “Solo necesitamos un poco de ayuda. Lo
que pueda, señor, por favor.” Leonardo sintió una punzada de irritación creciente. ¿Por qué estas niñas no se
rendían como las otras? ¿Por qué seguían ahí insistiendo, invadiendo su espacio
personal, incluso a través del vidrio cerrado? subió el volumen de la radio tratando de ahogar sus voces, pero
entonces Emma hizo algo que lo desarmó completamente. La niña pequeña colocó su
mano diminuta contra el vidrio y comenzó a llorar, no con soyosos dramáticos diseñados para manipular, sino con
lágrimas silenciosas que rodaban por sus mejillas mientras miraba fijamente hacia donde sabía que él estaba sentado. “Mi
mami se va a morir”, susurró Emma. Su voz tan baja que Leonardo apenas la
escuchó, pero las palabras golpearon algo profundo en su pecho. Por favor,
señor, no queremos que nuestra mami se muera. Sofía abrazó a su hermana menor
tratando de consolarla mientras mantenía su propia compostura. Emma, ya le dijimos, no todos pueden ayudar. Está
bien, pero había lágrimas formándose también en sus ojos, lágrimas que luchaba por contener. El semáforo
finalmente cambió a verde. Leonardo presionó el acelerador con más fuerza de la necesaria, haciendo que el potente
motor rugiera mientras se alejaba rápidamente del cruce. A través del espejo retrovisor pudo ver a las dos
niñas quedándose atrás, cada vez más pequeñas, hasta que desaparecieron completamente de su vista. Bien hecho”,
se dijo a sí mismo tratando de convencerse. “Mantuviste tus límites. No
te dejaste manipular por una escena diseñada para generar lástima.” Pero
mientras conducía por las calles hacia su apartamento exclusivo en el distrito financiero, algo extraño comenzó a
suceder. La imagen de las dos niñas no se desvanecía de su mente, como usualmente ocurría con estos encuentros.
Los ojos de Emma, en particular parecían seguirlo, perseguirlo, acusarlo
silenciosamente. Es ridículo, murmuró Leonardo para sí mismo, subiendo por la rampa del
estacionamiento privado de su edificio. Son solo un par de niñas más. Probablemente ni siquiera tienen una
madre enferma. Es una historia inventada para generar simpatía. Pero mientras estacionaba su automóvil en el espacio
reservado con su nombre en letras doradas, mientras tomaba su maletín de cuero italiano y se dirigía hacia el
ascensor privado, que lo llevaría directamente a su penhouse, esa sensación extraña en su pecho no
desaparecía. El apartamento lo recibió con su silencio habitual, 20 pisos de
altura, con vistas panorámicas de la ciudad que se extendía como un tapete de luces, muebles de diseñador que
aparecían en revistas de arquitectura. Obras de arte originales en las paredes. Todo perfecto, todo caro, todo vacío.
Leonardo se sirvió un whisky del bar, dejándose caer en el sofá de cuero frente al ventanal. La ciudad brillaba
allá abajo, miles de vidas desarrollándose en paralelo a la suya, cada una con sus propias historias, sus
propias luchas. En algún lugar de esas calles, dos niñas probablemente seguían
buscando ayuda, seguían rogando a extraños indiferentes, seguían cargando con la preocupación de una madre
enferma. “No es mi problema”, repitió Leonardo en voz alta, como si necesitara
escucharlo para creerlo. “Hay organizaciones benéficas. Hay instituciones gubernamentales, hay