UN HOMBRE RICO VUELVE A SU CIUDAD, REENCUENTRA A SU GRAN AMOR DE JUVENTUD — Y LA DEJA SIN PALABRAS

Hombre millonario regresa a su ciudad y encuentra a su amor de la infancia y

hace lo inesperado. Alejandro Cruz bajó del avión con un nudo en el pecho que no se parecía a nada que hubiera sentido

antes. Tenía 39 años, una fortuna que salía en revistas de negocios y una vida

que desde afuera parecía perfecta. Pero mientras caminaba por el pequeño aeropuerto de San Miguel de Las Palmas,

entendió que todo eso no le servía de mucho en ese momento. Habían pasado más de 15 años desde la última vez que pisó

esa ciudad. Se fue con una maleta prestada y el sueño de hacer dinero, y regresaba con chóer, con reloj caro y

con un nombre que muchos reconocían por las noticias. Aún así, al mirar las montañas secas y las calles que

recordaba de memoria, se sintió como el mismo muchacho que corría en bicicleta por la colonia Las Flores. No volvió por

negocios, no volvió por nostalgia, volvió porque por más que llenó su vida de empresas, viajes y fiestas, siempre

había algo que no podía comprar y que se le aparecía cada noche cuando apagaba la luz. Era una sensación rara, como si le

faltara una parte del corazón, y estaba seguro de que esa parte se había quedado aquí. Mientras su camioneta negra

avanzaba por las calles conocidas, veía la panadería donde compraba con su mamá los domingos, la secundaria pública

donde se peleó más de una vez por defender a un amigo y la casa de fachada azul donde pasó su infancia. Esa casa

ahora estaba cerrada con el portón oxidado, pero para él seguía llena de recuerdos. Su madre había muerto hacía

tres años y su padre nunca fue alguien cercano, así que ya no quedaba nadie esperándolo. Aún así, decidió comprar de

nuevo la propiedad semanas antes de llegar, sin avisar a nadie. Quería entrar por esa puerta como si el tiempo

no hubiera pasado, aunque supiera que nada era igual. El chóer le preguntó si quería ir primero al hotel, pero

Alejandro negó con la cabeza. Quería ver la casa. Cuando la camioneta se detuvo frente al portón, sintió que el aire le

faltaba. Bajó despacio, tocó la lámina fría y empujó. El ruido del metal al

abrirse le puso la piel chinita. El patio estaba descuidado, con hierba crecida y una vieja silla de plástico

volteada en una esquina. Entró a la sala y todo olía a polvo y años cerrados.

Caminó por cada cuarto sin decir palabra, tocando las paredes, recordando risas, discusiones y tardes enteras,

soñando con irse lejos para ser alguien grande. Y lo logró. Se fue a Monterrey primero, luego a Ciudad de México,

después al extranjero. Invirtió en tecnología, en bienes raíces, en

empresas que crecieron rápido. Se volvió experto en negociar, en detectar oportunidades, en tomar decisiones

frías, pero nunca aprendió a llenar el silencio cuando estaba solo. En esa casa recordó claramente la última tarde antes

de irse. Tenía 22 años y estaba parado frente a la puerta con una mochila al hombro. Mariana López estaba a unos

pasos de él, con los ojos brillosos y las manos apretadas. Ella tenía 18.

Habían sido novios desde la prepa, inseparables, cómplices en todo. Él le

prometió que volvería pronto, que la llamaría todos los días, que el éxito no lo cambiaría. Ella le creyó, pero

también sabía que la vida no siempre cumple promesas. Los primeros meses hablaron seguido, después las llamadas

se hicieron cortas, luego dejaron de llegar. Alejandro se dijo a sí mismo que era por el trabajo, por la presión, por

el tiempo. En el fondo sabía que también fue cobardía. Le dio miedo no poder ofrecerle nada, miedo de arrastrarla a

una vida incierta, así que decidió enfocarse solo en crecer, pensando que algún día regresaría con algo sólido

entre las manos. Ese día tardó más de lo que imaginó. Mientras recorría la casa vacía, el nombre de Mariana volvió a su

mente con fuerza. No sabía si seguía en la ciudad, si estaba casada, si tenía

hijos. Solo sabía que nunca dejó de pensar en ella del todo. Muchas veces, en medio de juntas importantes, su

recuerdo aparecía sin avisar. La imaginaba riendo caminando por la plaza,

regañándolo por llegar tarde. Siempre creyó que el vacío que sentía era porque

no había formado una familia, porque no se había permitido amar de nuevo. Salió con varias mujeres en esos años, algunas

modelos, otras empresarias, pero ninguna logró quedarse. Siempre comparaba sin

querer, siempre encontraba algo que no era igual y eso lo cansó. Por eso decidió regresar. No sabía exactamente

qué esperaba encontrar, pero sentía que si no lo hacía, iba a seguir acumulando dinero sin rumbo. Esa misma tarde,

después de ordenar que limpiaran la casa, pidió que lo dejaran solo. Se sentó en el viejo escalón de la entrada

y miró el atardecer pintando el cielo de naranja. Recordó cuando se sentaba ahí con Mariana a hablar de cómo sería su

futuro. Ella quería estudiar enfermería. Él le decía que iba a poner un negocio grande y que la llevaría a conocer el

mar cada año. Se rió solo al pensar que de alguna forma sí cumplió la parte del

negocio, pero sin ella a su lado. De pronto sintió miedo. Miedo de buscarla y

descubrir que ya no había nada. Miedo de que ella lo mirara con indiferencia. Miedo de que lo culpara por irse sin

luchar más. Pero también sintió algo que no sentía desde hacía mucho tiempo. Emoción verdadera. No era la emoción de

cerrar un trato millonario ni de ver subir las cifras en su cuenta. Era algo más simple y más fuerte. Era la

posibilidad de recuperar lo que dejó atrás. Se puso de pie cuando el cielo ya estaba oscuro y decidió que al día

siguiente iría al centro. Caminaría por la plaza, preguntaría por ella si era

necesario. No quería llamar a nadie para que investigara. Quería hacerlo él mismo. Esa noche durmió en su antigua

habitación en un colchón nuevo que habían llevado horas antes. Miró el techo y pensó que por primera vez en

años no tenía claro el plan, y eso, lejos de angustiarlo, le dio calma.

Cerró los ojos imaginando el momento en que volviera a ver a Mariana. No sabía que ese reencuentro iba a cambiar todo

lo que creía tener bajo control. A la mañana siguiente, Alejandro Cruz despertó antes de que sonara la alarma.

No necesitaba reloj. Abrió los ojos y por un momento no recordó dónde estaba. Luego vio el techo blanco de su antigua

habitación y todo volvió a su mente de golpe. Se levantó despacio, se puso una

camisa sencilla y unos jeans. No quería apecer el empresario famoso que salía en revistas. Solo quería caminar por su

ciudad sin llamar la atención. Salió de la casa y el aire fresco de la mañana le pegó en la cara. San Miguel de Las

Palmas seguía oliendo a pan recién hecho y a café colado. Caminó hasta la plaza principal, metiendo las manos en los

bolsillos como cuando era joven. La fuente seguía en el centro con el agua cayendo igual que siempre. Se quedó

parado unos segundos mirando a la gente pasar. Señoras con bolsas del mercado,

niños con uniforme rumbo a la escuela, vendedores acomodando sus puestos. Todo

parecía normal, pero él sentía que estaba viviendo algo enorme. Se preguntaba si Mariana seguiría viniendo

a la plaza, si cruzaría por ahí sin saber que él estaba a pocos metros. Dio una vuelta completa y decidió entrar a

la panadería de Don Toño. El lugar no había cambiado mucho. La misma vitrina de vidrio, el mismo olor dulce que te

hacía salivar. Don Toño ya no atendía, ahora estaba su hijo, pero Alejandro lo

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