
EL ÚLTIMO REGALO DE CARMEN
Madrid. Cementerio de La Almudena.
Domingo por la mañana, 7:30.
Como cada semana desde hacía tres años, Diego Herrera, 52 años, millonario del sector inmobiliario, caminaba en silencio hasta la tumba de su esposa Carmen, fallecida en un accidente inesperado. A pesar de su fortuna, de sus villas por toda España y de sus empresas prósperas, Diego vivía vacío.
Ese momento, frente a la lápida, era el único en el que se permitía ser vulnerable.
—Hola, amor… me haces muchísima falta —susurraba siempre.
Pero aquel domingo de octubre algo rompió la rutina.
Frente a la tumba de Carmen había una joven camarera, vestida con uniforme, sentada en el suelo y llorando desconsoladamente.
Diego se detuvo, conmocionado.
—Disculpe… —dijo acercándose con cautela—. ¿Usted conocía a mi esposa Carmen?
La joven levantó el rostro bañado en lágrimas. Sus ojos verdes reflejaban una dulzura inquietantemente familiar.
—Carmen Herrera fue la mujer que me salvó la vida.
Diego se quedó sin aliento.
—¿Cómo…?
—Hace tres años yo no tenía nada —respondió la joven con voz temblorosa—. Estaba sin hogar, sin trabajo, sin esperanza. Dormía bajo el puente de Segovia. Su esposa me encontró una noche de invierno… estaba muriendo de frío. Me llevó al hospital, pagó las curas y me dio un lugar donde empezar de nuevo.
Diego negaba con la cabeza, incrédulo.
—No es posible… Carmen nunca me habló de usted.
—Porque me hizo prometer que nunca diría quién era —explicó la joven—. Decía que la verdadera generosidad no busca reconocimiento.
Era exactamente Carmen.
—Me llamo Lucía Morales —continuó—. Me consiguió trabajo como camarera en Casa Lucio, me pagó cursos, me enseñó a creer en mí misma. Hoy soy jefa de camareras, tengo un apartamento y una vida digna… todo gracias a ella.
Diego estaba sin palabras.
—Vengo aquí cada domingo desde hace tres años para darle las gracias —añadió Lucía—. Vengo a las 6:30 porque sé que usted llega a las 7:30. No quería molestar. Pero hoy… hoy usted llegó tarde. Y hoy era el día perfecto.
Lucía sacó entonces una carta.
—Carmen me dejó esto. Me pidió que se la entregara exactamente tres años después de su muerte… si nos encontrábamos.
Con manos temblorosas, Diego reconoció la elegante letra de su esposa.
**“Mi querido Diego:
Si lees esta carta, significa que he muerto y que finalmente conociste a Lucía.
Sé que te sorprenderá que nunca te hablara de ella, pero tenía mis razones.
Lucía no es solo alguien a quien ayudé. Cuando la encontré bajo aquel puente, vi en ella la misma luz que vi en ti cuando nos conocimos: ganas de luchar, de levantarse, de creer que la vida puede ser mejor.
Sé que, sin mí, volverás a encerrarte en el trabajo y olvidarás lo que significa vivir. No quiero eso para ti.
Lucía tiene un corazón tan grande como el tuyo; ella lo muestra, tú lo escondes. Ayúdala como yo te ayudé a ti… y deja que ella te ayude a encontrar de nuevo la alegría de vivir.
Nada de esto es casualidad. Lo organicé todo para que ocurriera así.
En el cajón de mi mesita encontrarás una llave. Es de la casa del lago en Cuenca que compré en secreto. Es para Lucía… y para ti.
Te amo para siempre.
Carmen.”**
Diego terminó de leer con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Qué decía? —preguntó Lucía tímidamente.
—Que tenía razón… como siempre —respondió Diego—. ¿Puedes tomarte la tarde libre?
Dos horas después, viajaban juntos hacia Cuenca.
La casa junto al lago era pequeña, luminosa y rodeada de un jardín cuidado. Diego sacó la llave.
—Esta casa es tuya.
Lucía palideció.
—No… no puedo aceptar esto.
Dentro, todo estaba pensado para ella. En la mesa, otra carta.
“Querida Lucía:
Esta casa simboliza la vida nueva que construiste. Pero, sobre todo, es el lugar donde espero que ayudes a Diego a encontrar la felicidad.
Cuídense mutuamente. Es mi último deseo.
Carmen.”
Lucía rompió a llorar.
—Carmen nunca aceptaba un “no” —sonrió Diego.
Los días siguientes, ambos comenzaron a sanar. Diego volvió a hablar de Carmen sin dolor; Lucía aprendió a aceptar que merecía ser feliz.
Hasta que apareció Miguel, el hermano de Lucía, acusándola de haber robado 50.000 euros. La duda sacudió a Diego… hasta que la verdad salió a la luz: Lucía había robado para salvar la vida de su hermano, no para ella. El cargo fue retirado. Miguel tenía antecedentes de estafa y ludopatía.
Diego creyó en Lucía.
—Carmen tenía razón en todo —dijo abrazándola—. Tú me ayudaste a volver a vivir.
—Y usted me enseñó que merezco ser feliz.
Un petirrojo se posó en el hombro de Lucía.
—Carmen nos está dando su bendición —susurró ella.
—Te amo, Lucía.
—Yo también te amo.
Un año después se casaron en el jardín de la casa del lago.
Dos años después nació su hija Carmen.
Diego transformó su imperio en una fundación benéfica. Lucía ayudaba a mujeres en dificultades. Incluso Miguel logró cambiar.
Cada domingo visitaban el cementerio.
—Buenos días, abuela Carmen —decía la niña—. Te traje flores.
Y siempre aparecía un petirrojo.
—¿Ves, mamá? La abuela nos sonríe.
Aquella noche, Diego susurró:
—Carmen nunca murió. Vive en nosotros… en cada acto de amor.
Y en algún lugar, Carmen sonreía, sabiendo que su último regalo había sido el más hermoso:
el amor que lo sana todo.