La promesa de Rosita

En un pequeño pueblo, Don Toño tenía una cafetería donde trabajaba todos los días junto a su hija Rosita. Rosita era una muchacha dulce y respetuosa, aunque a veces quería divertirse como cualquier joven.

Una tarde, mientras acomodaba refrescos en la cafetería, Rosita escuchó una voz.

—Buenas tardes, señora. ¿Le puedo ayudar en algo?

Pero cuando miró alrededor, no había nadie.

—¿Cuál señora? —preguntó su padre cuando ella le contó.

—La que estaba aquí hace un momento…

—No, hija. Yo no vi a nadie. Mejor sigue trabajando.

Rosita suspiró.

—Sirve que hago méritos para que me dejes ir a la fiesta con mis amigos.

Don Toño frunció el ceño.

—Nada de eso, hija. Tú eres una niña de hogar.

—Ay, papá… eso no significa que no pueda divertirme.

En ese momento llegó Yolanda, su amiga.

—¿Qué pasó, Don Toño? ¿Tan temprano y haciendo corajes?

A Don Toño no le gustaba Yolanda. Tenía malas referencias de ella, pero Rosita salió a hablar con su amiga afuera.

—Oye, amiga —dijo Yolanda—. ¿Nos vamos al antro más tarde?

—No sé… mi papá es muy estricto.

—Los tiempos de tu papá ya pasaron —respondió Yolanda riendo.

Esa noche Rosita conoció a un joven amable en un restaurante. Él la invitó a tomar un refresco y conversaron durante horas.

—No tomo alcohol —dijo Rosita con una sonrisa.

—Entonces un refresco está perfecto —contestó él.

Hablaron de sus sueños, de su familia y de la vida. El joven quedó impresionado por los valores de Rosita.

Cuando la noche terminó, él la llevó a su casa.

Antes de despedirse, le dijo:

—Me gustas mucho. Me gustaría ser tu novio.

Rosita sonrió con timidez.

—Tú también me gustas… pero quiero hacer las cosas bien. Primero debes conocer a mis papás.

—Claro —respondió él—. Mañana mismo.

Pero algo extraño ocurrió. Mientras Rosita caminaba hacia su casa, el joven sintió un escalofrío.

Por un instante creyó ver a una mujer vestida de blanco mirándolos desde lejos.

Al día siguiente, el joven fue a la cafetería.

—Buenos días, ¿usted es Don Toño?

—Sí. ¿Qué se te ofrece?

—Soy amigo de su hija Rosita… me gustaría ser su novio.

Don Toño lo miró sorprendido… y luego su rostro se llenó de tristeza.

—Joven… mi hija Rosita murió hace diez años.

El muchacho sintió que el mundo se detenía.

—Eso es imposible… anoche estuve con ella.

—Hace diez años tuvo un accidente con sus amigos. Nadie sobrevivió.

El joven sacó un teléfono.

—Pero ella dejó esto en mi carro.

Don Toño tembló.

—Ese… ese es el teléfono que le regalé a mi hija.

Ese día se cumplían exactamente diez años de su muerte.

Don Toño invitó al joven al panteón. Cuando llegaron a la tumba de Rosita, algo increíble ocurrió.

Sobre la tumba estaba la chaqueta del joven.

—Esa… esa es mía —susurró él.

Don Toño cerró los ojos con lágrimas.

—Mi hija era una buena persona. Siempre soñó con encontrar a alguien como tú.

El joven miró la tumba con respeto.

—Anoche me dijo que estaba orgullosa de ustedes… y que los amaba mucho.

Una brisa suave movió las flores.

Don Toño sintió paz por primera vez en muchos años.

Tal vez Rosita había regresado una última vez…
solo para demostrar que su amor por su familia nunca había desaparecido.