
Bajo la lluvia
La lluvia golpeaba con furia los ventanales de la mansión Mendoza aquella tarde gris de octubre, como si el cielo presintiera la tormenta que estaba a punto de desatarse dentro de esas paredes de mármol y cristal.
Clara Ramírez llevaba cuatro años cuidando a los gemelos Lucas y Mateo.
Cuatro años desde aquella noche terrible en la que la señora Elena, esposa de don Alejandro Mendoza, cerró los ojos para siempre tras una larga batalla contra el cáncer.
Cuatro años secando lágrimas, curando rodillas raspadas, contando cuentos antes de dormir y llenando con amor maternal el vacío inmenso que había dejado la madre biológica de los niños.
Pero todo estaba a punto de derrumbarse.
—Alejandro, tienes que escucharme ahora mismo.
La voz aguda de Valeria Cortés resonó por toda la planta alta de la mansión. Don Alejandro Mendoza, magnate inmobiliario y uno de los hombres más ricos del país, levantó la vista de sus documentos.
Valeria, su prometida desde hacía seis meses, irrumpió en el despacho con el rostro enrojecido y lágrimas perfectamente calculadas deslizándose por sus mejillas maquilladas.
—¿Qué sucede, mi amor?
—Es Clara… esa mujer me ha robado.
Valeria señaló dramáticamente hacia la planta baja.
—Tu Rolex. El de edición limitada. El que te regaló tu padre antes de morir. Lo encontré escondido en su bolso cuando buscaba el pañuelo que me había prestado.
El rostro de Alejandro se endureció como piedra.
Aquel reloj valía más de cien mil dólares, pero su valor sentimental era incalculable.
—¿Estás completamente segura?
—Lo vi con mis propios ojos —sollozó Valeria abrazándose a él—. Sé que confías en ella, pero los pobres siempre terminan mostrando su verdadera naturaleza. ¿Cuánto tiempo creíste que iba a conformarse con un salario de niñera viendo toda esta riqueza día tras día?
Algo oscuro y primitivo se encendió en el pecho de Alejandro.
La traición.
El engaño.
La sensación de haber sido utilizado.
Sin investigar, sin preguntar, se levantó bruscamente.
—¡Clara! —su voz retumbó por toda la casa—. ¡Venga aquí inmediatamente!
Clara estaba en la cocina preparando la merienda favorita de los gemelos: sándwiches de mantequilla de maní cortados en forma de dinosaurios. Al escuchar el tono de voz de su patrón, un escalofrío le recorrió la espalda. En cuatro años jamás lo había oído gritar así.
Subió las escaleras con el corazón acelerado.
—Señor Mendoza, ¿sucede algo?
—¿Cómo te atreves a mirarme a los ojos después de lo que has hecho? —escupió Alejandro—. Ladrona. Así me pagas cuatro años de confianza.
—¿Qué…? No entiendo. Yo jamás…
—¡Mi Rolex! —golpeó el escritorio—. Valeria lo encontró en tu bolso.
El mundo de Clara se detuvo.
—Eso es imposible. Yo jamás tocaría nada que no me pertenezca. Usted me conoce…
—¡Silencio! —la interrumpió—. Recoge tus cosas y sal de mi casa ahora mismo. Agradece que no llame a la policía.
—¿Y los niños? —lloró Clara—. Al menos déjeme despedirme de Lucas y Mateo.
—Absolutamente no.
Veinte minutos después, Clara salía de la mansión con una pequeña maleta y el corazón hecho pedazos. No pudo llevarse las fotos, ni los dibujos, ni las tarjetas del Día de la Madre que guardaba como tesoros.
Solo el dolor.
Dos horas después, el autobús escolar se detuvo frente a la mansión.
—¡Clara! ¡Ya llegamos!
Pero fue Valeria quien abrió la puerta.
—Clara ya no trabaja aquí —dijo con frialdad—. Suban a su habitación.
Los gemelos escucharon, escondidos, cómo Valeria le decía a su padre que era hora de enviarlos a un internado en Suiza.
—Ella puso el reloj en el bolso de Clara —susurró Lucas—. La vi.
El pánico los consumió.
Desesperados, rompieron la ventana, se cortaron manos y pies y huyeron bajo la lluvia.
—¡Mamá Clara!
Clara los vio correr hacia ella, sangrando, y cayó de rodillas con los brazos abiertos. Los niños se estrellaron contra su pecho.
—Ella mintió —gritaban—. Nos odia.
Alejandro llegó segundos después y entendió todo cuando vio a Valeria cerrar las cortinas con indiferencia.
En el hospital, los gemelos contaron la verdad. Cada palabra fue una puñalada.
—Clara huele como mamá —susurró Mateo—. A galletas y abrazos. Valeria huele a mentiras.
Esa noche, Alejandro expulsó a Valeria de su casa y pidió perdón de rodillas.
—No me quedo por dinero —dijo Clara—. Me quedo por ellos. Pero sea un padre de verdad.
Alejandro cumplió.
Un año después, en la playa, los cuatro corrían bajo el sol. Clara, con un sencillo anillo de oro, sonreía.
Ya no era la niñera.
Era mamá Clara.
Y esa mansión, por fin, era un hogar.
Porque a veces, lo más valioso llega descalzo, herido y gritando “mamá” bajo la lluvia.
Y eso… es lo único que realmente importa.