
Millonario decide seguir al hijo de la señora de la limpieza y lo que descubre lo deja en lágrimas. Armando Reyes tenía
45 años, el cabello bien peinado hacia atrás y una expresión seria que nunca se
le borraba del rostro. Vivía solo en una casa enorme al sur de la ciudad, con ventanales de vidrio, muebles de
diseñador y una alberca que casi nunca usaba. Era dueño de una empresa de diseño arquitectónico con más de 200
empleados. Tenía tres camionetas de lujo, dos relojes carísimos y una vida
que desde afuera parecía perfecta. Pero lo cierto es que Armando no tenía a
nadie con quien compartirla. A veces se quedaba mirando su cena sin hambre, solo pensando en que ya nada le emocionaba.
Todo lo había conseguido, pero ya no sentía nada. Cada mañana la rutina era
la misma. Se despertaba a las 6, tomaba café sin azúcar, [música] revisaba correos y bajaba al comedor donde lo
esperaba el desayuno que preparaban sus empleados de cocina. No hablaba mucho, solo asentía con la cabeza cuando algo
estaba bien o alzaba una ceja cuando algo no le gustaba. [música] Entre quienes trabajaban en su casa había una
mujer que llevaba 3 años encargándose de la limpieza. Se llamaba Leticia, aunque
todos le decían Leti. Tenía 38 años. Siempre llegaba con el cabello recogido,
la ropa limpia, aunque gastada, y una expresión seria, pero amable. Nunca hablaba más de la cuenta. Hacía su
trabajo rápido y sin molestar a nadie. Lety tenía un hijo de 18 años que todos
los días venía a buscarla a las 3 de la tarde. [música] Se llamaba Emiliano y era un muchacho delgado, moreno claro,
con mirada tranquila y una mochila vieja colgada del hombro. Nadie le prestaba mucha atención. Entraba por la puerta
trasera. saludaba bajito a los empleados y se sentaba a esperar a su mamá en la zona de servicio. A veces ayudaba a
barrer el patio o a organizar bolsas de basura. Nunca pedía nada, siempre
esperaba con paciencia. Un día, mientras Armando bajaba las escaleras hablando por teléfono, lo vio. Emiliano estaba
guardando varios toppers en su mochila, ayudando a su mamá. Había cinco en
total. Leti le hablaba bajo, pero firme. Le dijo que asegurara bien la mochila, que
no se fueran a abrir. Él asintió. Cuando Leti terminó su jornada, ambos salieron
juntos. Armando no dijo nada, pero se quedó con la imagen en la cabeza. Pasaron varios días y el patrón empezó a
notar que siempre a la misma hora Leti apartaba comida que sobraba del almuerzo del personal y la del propio Armando. Lo
hacía con cuidado, sin desperdiciar, sin tocar nada de más. Después la metía en
la mochila de su hijo. Nadie decía nada, pero Armando sí lo notaba y le causaba
una extraña intriga. Una tarde cualquiera, Armando tenía una junta cancelada y no sabía qué hacer con su
tiempo. Se asomó por la ventana y vio a Emiliano saliendo de casa con su mochila. Algo en él le provocó
curiosidad. No sabía por qué, pero bajó al estacionamiento, se subió a su camioneta y lo empezó a seguir. Mantuvo
distancia. vio que Emiliano caminaba tranquilo, sin mirar atrás. Iba por la banqueta con paso seguro, como alguien
que sabía muy bien a dónde se dirigía. Dobló en una esquina, cruzó una avenida
y entró en una zona más desgastada de la ciudad. Armando bajó la velocidad, lo siguió hasta que el joven se detuvo
debajo de un puente. [música] Había unas seis personas ahí sentadas en el suelo con cobijas, bolsas de plástico y
botellas de agua. Lo siguiente lo dejó sin palabras. Emiliano sacó de su mochila los cinco tappers, uno por uno
se los fue entregando a esas personas. No era cualquier entrega. Se agachaba, los miraba a los ojos, les preguntaba
cómo estaban. Uno de los hombres se puso de pie y le dio un abrazo. Una mujer le
acarició la cara. Un chavo, como de su edad le ofreció su único refresco. Emiliano sonreía. Se notaba que no era
la primera vez que lo hacía. Armando se quedó observando desde su camioneta. Nunca había visto algo así tan de cerca.
No era un acto de caridad, era otra cosa. [música] Había respeto, había costumbre, había cariño. Emiliano no
buscaba aplausos, no llevaba celular, no grababa nada, solo estaba ahí como parte
de su día. [música] Esa noche, Armando no pudo dormir bien. Pensó en su propia juventud, en cómo todo lo que tenía se
lo había ganado con esfuerzo, sí, pero también con cierta frialdad.
Siempre creyó que la vida era para competir, para subir, para ganar. Pero ese muchacho con su mochila desgastada
había hecho más por seis personas en 20 minutos de lo que él había hecho en años. Al día siguiente, repitió la
jugada. Lo siguió otra vez, mismo camino, mismo puente, mismos stoppers. Y
otra vez esa entrega, sin prisa, sin espectáculo, con el mismo respeto de siempre. Durante la semana, Armando no
dijo una sola palabra sobre lo que había visto. Solo se quedaba más tiempo en casa para poder salir a la hora exacta
en que Emiliano se iba. [música] Cada día se convencía más de que eso no era casualidad. Ese joven no estaba haciendo
eso por cumplirle a su mamá ni por obligación. Lo hacía porque quería. [música] Un viernes por la tarde,
mientras estaba en la oficina de su casa, Armando llamó a uno de sus asistentes y le pidió el expediente
completo de Leti, no por chisme, sino porque necesitaba entender quién era esa
mujer que crió a Emiliano. Al revisar los papeles, se enteró de que era viuda desde hacía más de 15 años, que nunca
había faltado al trabajo, que siempre llegaba temprano, que nunca había pedido un adelanto. Vivía en un departamento
chico en una colonia tranquila. [música] Había cambiado tres veces de empleo antes de llegar con él y en todos la
describían como trabajadora, reservada y confiable. Cerró el expediente sin decir
nada. Luego bajó a la cocina, sirvió agua en un vaso, se apoyó en la barra y
se quedó mirando hacia la puerta por donde cada día salían Lety y su hijo. Algo se había movido dentro de él,
[música] algo que no sabía poner en palabras. No era lástima, era otra cosa.
Curiosidad, admiración [música] o tal vez una mezcla extraña de sentimientos que hacía mucho no sentía.
El sábado por la mañana se despertó antes de lo normal. El sol entraba por la ventana con fuerza. Bajó a desayunar
como siempre. Pero esta vez, cuando Lety entró a limpiar el comedor, él levantó la mirada. La vio bien. Ella no lo notó.
Siguió limpiando como cada día, como si nada estuviera cambiando. Pero sí, algo
estaba cambiando. Eran las 3 de la tarde y el sol pegaba con fuerza sobre el patio trasero. Leti acababa de salir de
la cocina con su delantal doblado en la mano. Emiliano ya la esperaba junto a la puerta de servicio. Tenía la mochila
abierta y se notaba que se estaban diciendo algo rápido, como todos los días. Ella metió con cuidado los cinco
toppers, los acomodó para que no se fueran a voltear y luego le puso encima una servilleta doblada con ligas como si