
El polvo del camino se le había metido en los pulmones como si quisiera quedarse ahí para siempre, y el uniforme
del ejército estadounidense le pesaba sobre los hombros, como si cargara no
solo la tela verde olivo, sino también cada kilómetro recorrido desde Normandía
hasta este pueblo de Texas, cuyo nombre apenas recordaba. Manuel Ortega llevaba
tres días viajando en autobús, tres días mirando por la ventana como el paisaje
cambiaba de verde a marrón, de ciudades a pueblos, de caras que lo miraban con
algo parecido al respeto, a caras que desviaban la vista como si su presencia
fuera una mancha en el cristal limpio de la tarde americana. Tenía 23 años y
sentía que había vivido 100. En su bolsillo llevaba la carta de su madre, que había leído tantas veces, que el
papel comenzaba a romperse en los pliegues, y en su pecho llevaba tres medallas que no significaban nada cuando
cruzaba la frontera invisible, que separaba su piel morena del mundo, que supuestamente había ayudado a salvar. El
autobús se detuvo en una esquina polvorienta, donde el sol de media tarde
caía como plomo derretido sobre el asfalto. Y Manuel bajó con su mochila al
hombro, sintiendo como las piernas le temblaban no de cansancio, sino de algo
más profundo, algo que venía del estómago vacío y del recuerdo de la
última vez que había comido algo caliente. Hacía ya casi un día completo.
El conductor, un hombre blanco de bigote gris, que durante todo el viaje lo había
mirado por el espejo retrovisor con esa expresión que Manuel conocía demasiado
bien, cerró la puerta del autobús sin decir palabra y arrancó, dejando una
nube de humo negro que se quedó flotando en el aire como un mal presagio. Manuel
se quedó ahí parado en la acera con el peso de la guerra en la espalda y el hambre mordiéndole las tripas, mirando
la calle principal de ese pueblo que podría haber sido cualquier pueblo de Texas o de Oklahoma o de Nuevo México,
todos iguales en su arquitectura de ladrillo rojo y madera pintada de blanco, todos iguales en la forma en que
el silencio se hacía más pesado cuando él pasaba. A unos 50 metros de donde
estaba había un café. No era gran cosa, solo un local con un letrero de neón que
decía Joe’s Diner letras rojas que parpadeaban incluso bajo la luz del día,
y ventanas amplias donde se podía ver el interior con sus mesas de fórmica y sus
sillas de metal cromado y vinilo rojo. Manuel lo miró durante largo rato,
sintiendo como algo se revolvía en su estómago, que no era solo hambre, sino
también algo parecido al miedo, aunque no quería llamarlo así porque había visto miedo de verdad. Lo había visto en
los ojos de los muchachos alemanes que apenas eran niños cuando caían bajo el fuego de ametralladora. Lo había visto
en los ojos de Tommy Rodríguez cuando la Granada le voló medio cuerpo en aquel
pueblo francés, cuyo nombre Manuel nunca podría pronunciar correctamente. Esto no
era miedo, se dijo a sí mismo mientras comenzaba a caminar hacia el café. Esto era solo la realidad de volver a casa y
descubrir que casa nunca había sido realmente tuya. El olor llegó antes que
nada más. ese aroma de café recién hecho y tocino frito y pan tostado que se
colaba por la puerta entreabierta y que hizo que la saliva se le acumulara en la
boca de una forma casi dolorosa. Manuel se detuvo frente a la puerta de cristal
donde podía ver su propio reflejo superpuesto sobre el interior del café y
por un momento no supo cuál de los dos era más real. Si el soldado que lo
miraba desde el cristal con los ojos hundidos y la piel bronceada por el sol
europeo o el mundo del otro lado donde la gente blanca comía tranquila en sus
mesas, mientras afuera la guerra parecía no haber existido nunca. Llevaba el
uniforme limpio, lo había lavado en la última parada, aunque la tela ya mostraba el desgaste de meses de uso, y
las botas las había lustrado esa misma mañana con la misma disciplina que le
habían enseñado en el campamento básico hacía ya una eternidad.
Se había afeitado, se había peinado hacia atrás el cabello negro que comenzaba a crecer de nuevo después de
que lo raparan al alistarse. Y en su pecho las medallas brillaban tímidamente
bajo el sol tejano. Era un soldado del ejército estadounidense.
Se recordó a sí mismo. Había peleado en Francia. Había visto caer a sus hermanos
en la playa de Omahaja. Había dormido en trincheras llenas de barro y sangre.
Había matado a hombres cuyas caras todavía lo visitaban en sueños. Tenía
derecho a entrar a un maldito café y pedir una taza de café y un sándwich.
Tenía derecho. Empujó la puerta y la campanilla que colgaba sobre ella sonó
con un tintineo alegre que contrastaba brutalmente con el silencio que cayó
sobre el lugar en cuanto cruzó el umbral. Era como si hubiera abierto la
puerta de una iglesia durante misa, ese tipo de silencio que no es ausencia de
sonido, sino presencia de algo más pesado, más denso. Las conversaciones se
cortaron a media palabra, los tenedores se quedaron suspendidos en el aire, las
tazas de café dejaron de llevarse a los labios. Manuel sintió el peso de todas
esas miradas sobre él como si fueran piedras una tras otra cayendo sobre sus
hombros y por un momento tuvo que recordarse a sí mismo que debía seguir
respirando. El café no era grande, quizás 10 o 12 mesas, la mayoría
ocupadas por gente blanca, que ahora lo miraba con expresiones que iban desde la curiosidad hasta algo más oscuro, algo
que él había aprendido a reconocer desde niño, cuando su familia cruzó la frontera buscando trabajo en los campos
de algodón de Texas. Y descubrieron que había lugares donde no eran bienvenidos,
palabras que no debían pronunciar. puertas que no debían tocar.