La roca me aplastó la pierna cuando todo se vino abajo.

El estruendo todavía resonaba en mis oídos mientras gritaba hasta quedarme sin aire. Mi linterna rodó lejos, su haz girando una última vez antes de apagarse.

Oscuridad total.

Dieciocho años en fuerzas especiales… y ahora atrapado como una rata bajo toneladas de roca.

El polvo me ahogaba. Cada respiración ardía. El oxígeno se acababa.

Iba a morir allí abajo.

Solo.

Como siempre había temido.

Entonces lo vi.

Un destello azul.

Venía de una grieta en la pared.

Imposible a esa profundidad.

Me arrastré ignorando el dolor. La sangre dejaba un rastro caliente detrás de mí. Metí la mano en la grieta.

Aire cálido.

Empujé con todo lo que me quedaba.

La roca cedió.

Y lo que vi al otro lado me heló la sangre.

Candahar volvió a mi mente. El mismo terror. La misma sensación de estar entrando en algo que no debía existir.

Pero esto era peor.

Mucho peor.


Un túnel se extendía ante mí. Las paredes brillaban con vetas azules que pulsaban como si estuvieran vivas.

Toqué una por instinto.

El medallón militar en mi pecho vibró.

Lo agarré por reflejo.

Mi única conexión con ellos.

Con el equipo que perdí en Kandahar.

Avancé.

El aire se volvía más húmedo, más cálido. Olía a tierra mojada… y algo metálico.

El túnel se ensanchó.

Y entonces la vi.

Una caverna gigantesca.

Estructuras talladas en la roca como edificios imposibles. Puentes suspendidos. Torres minerales. Luz azul flotando en el aire.

No eléctrica.

No natural.

Algo diferente.

Mi mente de geólogo no podía procesarlo.

Movimiento.

No estaba solo.

Figuras humanoides se desplazaban entre las estructuras. Se movían de forma fluida, reptiliana.

Me oculté.

Dos guardias pasaron cerca.

Escamas.

Ojos verticales.

Armas orgánicas que parecían respirar.

Hablaban en un idioma que sonaba como agua sobre piedra.

Me deslicé entre sombras hasta llegar a una plaza central.

Y allí la vi.

Sobre una plataforma elevada.

Mitad mujer.

Mitad serpiente.

Piel azulada brillante.

Corona de oro.

Majestuosa. Terrible.

Su voz resonaba con furia.

De pronto señaló en mi dirección.

—Humano.

La palabra sonó directamente en mi cabeza.

—Sé que estás ahí. Puedo oler tu sangre.

Salí.

Si iba a morir, lo haría de pie.

Los guardias me rodearon.

Me llevaron ante ella.

Mi pierna cedió y caí de rodillas.

Humillado.

Indefenso.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Jake.

—Yo soy Sodra, reina de Ofidia. Última ciudad de los Naga.

Sus ojos eran antiguos.

Crueles.

—Tu mente es interesante. Veo oscuridad… Kandahar.

El nombre me atravesó.

—Tus pensamientos son ruidos —susurró—. Y tu sangre… tu sangre es especial.

Su cola se enroscó en mi pierna.

Calor.

El dolor disminuyó.

—Quiero tu conocimiento, Jake. Sobre el mundo de arriba. El mundo que fue nuestro.

Señaló las vetas azules.

—Azurita vital. Es nuestra energía. Se agota.

Tragué saliva.

—¿Por qué yo?

—Porque eres geólogo. Y porque tu medallón contiene trazas de azurita. Has estado en contacto con ella durante años. Te ha cambiado.

Miré el disco de metal con los nombres de mi equipo grabados.

Recordé la mina en Kandahar.

No era uranio.

Brillaba azul.

La explosión.

Yo único sobreviviente.

Había forjado el medallón con ese metal.

Había estado llevando azurita todo este tiempo.

Sodra se irguió.

—Ayúdanos a encontrar más… o destruiremos tu mundo.

Me llevaron a la Cámara de Cristal.

Ciudades humanas en miniatura flotaban dentro de cúpulas azules.

Nueva York.

Londres.

Tokio.

Un naga anciano, Sit, activó una esfera de energía.

Una ciudad en miniatura desapareció en una explosión de luz.

—Denver —dijo.

Otro cristal mostró un parque real… con un cráter humeante.

Fragmentos de azurita enterrados en cada gran ciudad.

Agentes durmientes.

Activables.

Mi mente se quebró.

Si era verdad…

La humanidad estaba a su merced.


Ahora estoy en una habitación tallada en roca viva.

Mi pierna casi no duele.

El medallón brilla tenuemente en azul.

Sodra acaba de entrar sola.

—¿Has visto suficiente? —pregunta.

La miro fijamente.

—¿Es real lo de Denver?

Ella sonríe.

Y por primera vez noto algo distinto en sus ojos.

No crueldad.

No furia.

Miedo.

—No tenemos el poder para destruir vuestro mundo —confiesa finalmente—. Aún no.

Mi corazón se acelera.

—La Cámara es una proyección. Una simulación basada en lo que podríamos hacer si tu sangre estabiliza la azurita.

Silencio.

—Sin ti, Jake… la azurita es inestable. Nos mataría antes de alcanzar la superficie.

La amenaza era un farol.

Un farol desesperado.

—Entonces me necesitas más de lo que yo a ti —digo.

Su cola se tensa, pero no aprieta.

—Mi pueblo muere —susurra—. Y tu mundo jamás nos aceptará.

La observo.

Recuerdo Kandahar.

Órdenes equivocadas.

Información manipulada.

Gente muriendo por decisiones tomadas desde arriba.

Descompongo el problema.

Si la azurita es real y está bajo ciudades humanas…

Eventualmente alguien más la encontrará.

Un gobierno.

Una corporación.

Y entonces sí habría guerra.

Tengo dos opciones.

Ayudarla a extraerla de forma controlada.

O volver a la superficie y desatar una cacería que termine en genocidio mutuo.

Respiro hondo.

—No trabajaré para destruir a mi especie.

—No quiero destruirla —responde—. Quiero salvar la mía.

El medallón vibra más fuerte.

Mi sangre reacciona.

La decisión se forma en mi mente como una línea de fuego.

—Te ayudaré —digo—. Pero bajo mis reglas. Sin amenazas. Sin chantajes. Y nunca usarás azurita como arma.

Sodra me estudia.

Largo.

Intenso.

Finalmente asiente.

—Entonces, Jake… caminaremos juntos entre dos mundos.

La reina de Ofidia extiende su mano.

La tomo.

Y en el instante en que nuestras pieles se tocan, las vetas azules de toda la caverna brillan con una intensidad cegadora.

Muy por encima de nosotros, bajo las calles de ciudades humanas, fragmentos de azurita comienzan a despertar.

No como bombas.

Sino como faros.

La guerra no ha comenzado.

Pero el secreto más antiguo del planeta acaba de abrir los ojos.

Y esta vez…

Yo estoy en el centro de todo.