ABANDONADOS EN LA NIEBLA, CON 17 PESOS Y UNA CABRA: CÓMO EL ‘REGALO’ ENVENENADO DE MI PADRASTRO TERMINÓ CONVIRTIÉNDOSE EN EL MILAGRO MICOLÓGICO QUE NOS SALVÓ LA VIDA
El sonido de las llantas triturando la grava mojada fue lo único que rompió el silencio del monte durante mucho tiempo. Me quedé ahí, plantado en el camino de terracería, viendo cómo las luces traseras del coche se iban tragando la neblina espesa que bajaba desde la sierra, como si fueran los ojos rojos de un animal enorme que, después de escupirnos, por fin decidía largarse.
En mi mano derecha, el metal frío de una llave vieja se me clavaba en la palma. En el bolsillo izquierdo, el roce incómodo de unos billetes arrugados y unas cuantas monedas: diecisiete pesos. Nada más. Ese era todo el valor que Esteban, mi padrastro, había decidido darnos para seguir vivos.
—Gabi… —la voz de Valeria salió chiquita, frágil, como si se fuera a romper si nadie la sostenía.
Me giré. Mi hermana, con sus cinco años recién cumplidos y ese abrigo rosa que ya no le cubría bien las muñecas, tenía la cara hundida en el costado de Benito. El chivo, viejo y flaco, con la pata trasera torcida desde hacía años, la miraba con sus ojos rectangulares y amarillentos, indiferente, rumiando despacio como si nada de aquello fuera con él.
—¿Mamá va a venir en el coche de atrás? —preguntó ella, levantando la cabeza. En sus ojos había una esperanza tan pura que dolía mirarla.
Tragué saliva. Sentí ese nudo horrible en la garganta, el que aparece cuando quieres gritar pero sabes que si empiezas ya no vas a poder parar. Me agaché hasta quedar a su altura, sin importarme que el lodo me empapara las rodillas del pantalón.
—No, Vale. Mamá no viene —dije, y mi voz sonó rara, demasiado adulta, como si no fuera mía—. Mamá nos cuida desde el cielo, ¿te acuerdas? Y Esteban… Esteban tenía prisa.
—¿Y dónde vamos a dormir? —preguntó—. Tengo frío, Gabi.
Volteé hacia la construcción que se levantaba a nuestras espaldas. Esteban la había llamado “casa”, pero aquello era casi una burla. Era una cabaña vieja de madera y piedra, típica de una zona perdida del norte de México, pero el abandono y los años la habían castigado sin piedad. El terreno se había cedido tiempo atrás, haciendo que toda la estructura se inclinara peligrosamente hacia el norte, como un animal herido que intenta arrodillarse. Las tejas estaban cubiertas de musgo, las ventanas eran ojos ciegos tapados con tablas y plásticos, y la puerta principal colgaba de una sola bisagra oxidada.
—Aquí, princesa —dije, forzando una sonrisa que más parecía una mueca—. Esta es nuestra mansión ahora. ¿A poco no está bonita? Es una casa mágica, por eso está chueca.
Valeria no pareció convencida, pero el frío ya le calaba los huesos y la llovizna fina empezaba a mojarle el cabello.
—Ándale, vamos a entrar. Benito también tiene frío.
Empujé la puerta. El rechinido fue largo y doloroso, como el quejido de algo que llevaba años esperando ese momento. El olor me golpeó de inmediato: humedad encerrada, madera podrida y tierra mojada. El olor del abandono.
Dentro no había luz. Esteban jamás había pagado la electricidad y los cables colgaban del techo como tripas negras. La penumbra era casi total, rota apenas por la luz gris que se filtraba por las rendijas.
—No me gusta —susurró Valeria—. Huele a tristeza.
—Huele a aventura —mentí.
Encendí una vela. La flama tembló y proyectó sombras largas y deformes sobre las paredes torcidas.
Hice un inventario mental, como había aprendido cuando mamá enfermó y cada peso contaba.
Media bolsa de arroz.
Un paquete de galletas Marías abierto.
Dos latas de atún.
Una botella de agua de litro y medio.
Diecisiete pesos.
Una cobija que olía a perro.
Un chivo cojo.
Y una casa a punto de caerse.
La primera noche fue la más larga de mi vida. Nos acurrucamos en un rincón, lejos de la parte norte donde el suelo estaba más vencido y el agua de la lluvia formaba charcos oscuros. Envolví a Valeria con la cobija y me pegué a ella para darle calor. Benito se echó a nuestros pies, como una estufa peluda y apestosa.
No dormí. Cada crujido hacía que el corazón se me fuera a la garganta. Pensaba sin parar: cómo íbamos a comer, si el pueblo más cercano quedaba muy lejos, si alguien vendría a buscarnos, si el DIF aparecería y nos separaría. A Valeria la mandarían a un albergue. A mí a otro. No volvería a verla.
Le había prometido a mamá, con su mano fría entre las mías, que cuidaría de Valeria pasara lo que pasara.
—Eres fuerte como un roble —me dijo antes de morir.
Miré mis manos flacas a la luz temblorosa de la vela. Me temblaban. No me sentía un roble. Me sentía una ramita seca a punto de quebrarse.
Los días siguientes fueron puro frío y hambre. Racioné todo. Tres galletas para desayunar. Arroz hervido con agua de lluvia para comer. Media lata de atún para la noche.
La casa era nuestro enemigo. La humedad se metía en los pulmones.
—Gabi, me duele la garganta —se quejó Valeria la tercera noche.
Tenía fiebre. Tosía. Una tos seca que me helaba la sangre.
Para la quinta noche ya no quedaba comida. Valeria tosía dormida, llamando a mamá en sueños. Salí bajo la lluvia y grité hasta quedarme sin voz. Benito me miraba desde la entrada, masticando algo, con esa calma suya que por momentos me hacía pensar en matarlo para comerlo. Pero no podía. Valeria lo quería demasiado.
Al volver, saqué los libros de mamá. Mamá había sido bióloga. Amaba las plantas y los hongos. Siempre decía que eran “la farmacia de Dios”.
Entonces lo escuché.
Benito estaba mordisqueando la pared podrida del rincón norte.
—¡Benito, no!
Corrí y entonces lo vi. No era madera. Eran hongos. Racimos de color marrón dorado brotando de la viga vieja.
El olor era distinto. Dulce. Profundo. A bosque.
Arranqué uno y busqué desesperado en los libros. Pasé páginas como loco.
Y ahí estaba el dibujo.
Cordyceps…

“Propiedades medicinales potentes. Pulmones. Sistema inmune. Valor en mercado: MUY ALTO.”
Miré a Valeria. Miré el hongo. Miré a Benito, que ya casi no cojeaba.
Tomé la decisión.
Herví los hongos. El agua se volvió de un color ámbar intenso. Olía a monte después de la lluvia.
—Es una poción mágica —le dije a Valeria.
Se la bebió.
Esa noche no dormí, esperando lo peor.
Al amanecer, Valeria despertó sin fiebre.
—Tengo hambre, Gabi.
Lloré.
Ese día entendí que la casa chueca no era una ruina. Era una incubadora perfecta.
Coseché con cuidado. Caminamos hasta el pueblo. De ahí tomamos un autobús rumbo a Monterrey. En el mercado nadie me creyó. Hasta que vi la camioneta negra.
“L’Esencia del Norte – Alta Cocina de Autor. Chef Elena Arsuaga.”
Esperé durante horas.
Cuando Elena probó el hongo, cerró los ojos.
—¿De dónde sacaste esto?
—Es mi secreto.
—Te doy mil quinientos pesos.
—No —dije—. Valen más.
Sonrió.
—Tienes carácter. Dos mil quinientos. Exclusividad.
Acepté.
Comimos. Por primera vez sin miedo.
Dos semanas después, Esteban regresó.
—Sé que tienes dinero —gritó—. Todo lo que tienes es mío.
Levanté el hacha.
Entonces Benito embistió.
Esteban cayó de espaldas en el lodo.
—Voy a llamar al DIF —amenazó—. Te voy a quitar a la niña.
El miedo regresó.
Fui con la chef. Ella llamó a un abogado. Llamó a la universidad. Movió todo lo que pudo mover.
Arreglaron la casa. Conseguí testigos. Cuando el DIF llegó, encontró una casa limpia, una niña sana y un proyecto científico en marcha.
El golpe final llegó cuando hallé los papeles que mamá había escondido. La casa era herencia. Esteban no tenía derecho a nada.
Acorralado, volvió una noche con gasolina.
No contaba con Don Anselmo.
No contaba con la policía.
Y no contaba con Benito.
Cuando se lo llevaron esposado, no sentí victoria. Sentí paz.
Hoy, años después, la casa sigue chueca. Pero es famosa. Nuestros hongos se exportan. Estudio micología. Valeria corre libre por el monte. Benito es una leyenda del lugar.
Y cada vez que la neblina baja de la sierra, recuerdo aquella noche.
Con diecisiete pesos.
Una cabra.
Y una casa torcida.
Y cómo la naturaleza, incluso en las ruinas, siempre encuentra la manera de salvarte.