Ninguna secretaria duró una semana con el MULTIMILLONARIO EN SILLA DE RUEDAS… hasta que ella apareci

Ningún asistente duró una semana con el multimillonario en silla de ruedas hasta

que llegó ella hablando sola. Antes de comenzar la historia, cuéntanos en los comentarios desde qué ciudad nos estás

viendo y al final no olvides al calificar esta historia del cer.

Disfruta la historia. La asistente número seis de la semana salió corriendo del piso 25 de la Torre Vegatch,

llorando tanto que ni siquiera esperó el elevador. Prefirió las escaleras. 25

pisos de escaleras llorando. Emellano Vega observó la puerta cerrarse

y suspiró acomodándose la corbata italiana que costaba más que el salario mensual de la joven que acababa de

salir. Eran las 9:15 de la mañana de un lunes soleado en la ciudad de México y

ya había roto su propio récord: seis renuncias en cinco días hábiles. “Señor

Vega, la voz temblorosa de Lucía del Departamento de Recursos Humanos sonó por el intercomunicador.

La señorita Fernanda renunció antes de firmar el contrato de finquito. Perfecto. Envíen a alguien por su

gafete. Colgó antes de que Lucía pudiera responder y volvió su atención a la pantalla de la computadora, donde

gráficos de productividad brillaban en tonos azul corporativo. Sus dedos se deslizaban con precisión sobre el panel

táctil adaptado. Todo bajo control, todo en su lugar, todo exactamente como debía

ser. En el pasillo exterior, tres empleados se escondían detrás del dispensador de

agua. “Seis en cinco días”, murmuró Roberto del área financiera negando con la cabeza. “Ese hombre es una máquina de

despedir. Dicen que hasta el café le tiene miedo”, añadió Mariana del área de

ti, tomando un sorbo de agua con nerviosismo. La última asistente duró exactamente 47 minutos. Lo cronometré.

Apuesto a que la próxima no dura ni media hora. Jorge del departamento de mercadotecnia ya tenía la cartera en la

mano. Yo apuesto 20 pesos a que no dura más de 15 minutos se animó Mariana. Son

demasiado optimistas. Yo digo, 10 minutos. Roberto cerró la apuesta con un

apretón de manos. Lo que no sabían era que no habría una próxima asistente, al menos no por los medios convencionales.

La puerta de la oficina de Emiliano se abrió sin tocar. Solo una persona en todo México tenía el valor de hacer eso.

Emiliano Rodrigo Vega Mendoza. La voz de doña Mercedes Vega entró antes que ella,

cargada de autoridad materna y perfume. Chanel número 5. Acabo de cruzarme con

una joven llorando en las escaleras. En las escaleras, hijo. Emiliano ni siquiera levantó la vista de la

pantalla. Buenos días, mamá. Como siempre, tu entrada es sutil como un mariachi a las 6 de la mañana. No

cambies de tema. Mercedes cruzó la oficina con la elegancia de quien alguna vez desfiló en pasarelas europeas en los

años 70. A sus años aún usaba tacones de 15 cm y jamás, jamás salía sin sus

aretes de perlas. Seis asistentes, Emiliano. Seis. Técnicamente fueron siete, pero Guadalupe, la del segundo

día, ni siquiera subió. Se rindió en el vestíbulo. ¿Y eso te parece gracioso? Me

parece eficiente. Por fin miró a su madre. Prefiero a alguien que se rinda rápido, a alguien que me mire con

lástima, fingiendo que no lo noto. Mercedes suspiró de esa forma que solo las madres saben hacer, llena de amor,

preocupación y exasperación en partes iguales. ¿Necesitas ayuda, mi hijo?

Tengo 342 empleados, mamá. ¿Necesitas a alguien que no te tenga miedo? Ella se

sentó en la silla frente a su escritorio cruzando las piernas con clase. Y vamos a resolverlo ahora mismo. Ahora. Ahora

ponte el saco. Vamos a tomar un café. Tengo una reunión con Tokyo en 20 minutos. Japón puede esperar. Tu madre

    Emiliano reconocía ese tono. Era el mismo tono que ella usó cuando lo obligó

a ir al médico después del accidente. El mismo que lo convenció de hacer fisioterapia. El mismo que no aceptaba

un no por respuesta. 10 minutos después, Emiliano estaba en el elevador bajando

el vestíbulo, pensando en todas las formas de escapar de esa situación. Ninguna funcionó. El café canela ocupaba

la esquina izquierda del vestíbulo de la Torre Vegat. Era acogedor, encantador y

siempre olía a café recién hecho y canela, de ahí el nombre. Obviamente a Mercedes le encantaba ese lugar.

Emiliano lo evitaba a toda costa. “Dos lates, por favor”, pidió Mercedes en la barra, “Uno con canela extra y el otro,

una voz femenina la interrumpió, pero no les estaba hablando a ellas. Ándale cafetera, no es momento de hacerte la

dramática. La varista detrás del mostrador golpeaba suavemente el costado de la máquina de expreso, murmurando

para sí misma: “Ya sé que hoy es lunes. Yo también preferiría estar en otro lado.” Okay, pero mira, así es la vida.

Tú haces café, yo finjo que sé lo que estoy haciendo y todos felices. Mercedes parpadeó fascinada. Emiliano miró a la

joven como si acabara de hablar en arameo antiguo. La varista era bajita, no medía más de 1,60. Tenía el cabello

castaño amarrado en una coleta medio chueca y llevaba un delantal manchado de café que decía, “No me hables antes de

mi café.” Tenía unos ojos grandes y cafés y una expresión de quien siempre se sorprende de su propia vida.

“Listo”, le dio una palmadita de victoria a la máquina que por fin empezó a funcionar. “Sabía que no me ibas a

fallar, bebé. Somos un equipo. Fue entonces cuando levantó la vista y se dio cuenta de que

tenía público. Ay, Dios mío. Valeria Santos se llevó la mano al pecho con los

ojos bien abiertos. Perdón, ¿lo vieron todo, verdad? Claro que sí. Otra vez

estaba hablando sola. Mi terapeuta dice que es normal, pero creo que solo lo dice para que no me desespere más de lo

que ya estoy. Mercedes soltó una risa cristalina. Emiliano la miraba como si

estuviera presenciando un fenómeno que la ciencia todavía no podía explicar.

Entonces, Valeria se limpió las manos en el delantal y sonrió de la manera más genuina posible. Dos lates, ¿verdad?

Algo especial o les preparo mi versión. Valeria intentando impresionar, pero probablemente va a fallar con la espuma.

Sorpréndeme, mija. Mercedes estaba encantada. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí? Tres meses. Paleria

empezó a preparar los cafés con movimientos rápidos y muy ensayados. Y mira, ya he tirado café encima de 17

personas diferentes. Llevo una lista. Soy muy profesional. 17. Mercedes no

dejaba de sonreír. Es mi récord personal. Valeria puso canela en uno de los les,

aunque para ser justa, tres fueron sobre el mismo tipo. Después de la segunda vez empezó a esquivarme muy listo de su

parte. Emilano observaba la escena como quien ve un accidente en cámara lenta.

Terrible, pero imposible dejar de mirar. ¿Y siempre hablas sola? Preguntó