
Ranchero decide visitar a su padre en Navidad, pero queda en shock al ver lo que sucedió. Diego Ramírez conducía por
el camino de terracería con el corazón apretado, cargando una mezcla de ansiedad y culpa que no podía explicar.
había tomado la decisión de sorpresa la mañana anterior después de 5co años sin
intercambiar una sola palabra con su padre, lo que debía ser una reconciliación navideña se transformó en
puro horror cuando avistó la propiedad. La casa donde creció estaba completamente destruida, con el techo
derrumbado por la mitad y ventanas tapadas con tablas viejas y oxidadas.
Diego pisó el freno con tanta fuerza que el auto derrapó en la tierra suelta,
levantando una nube de polvo rojo. Salió del vehículo temblando, sin poder creer
lo que sus ojos veían. El patio donde jugaba a la pelota en la infancia estaba
tomado por hierba alta y lleno de escombro esparcido. La cerca que su padre siempre mantenía impecable estaba
caída en varios puntos, con los postes podridos y el alambre oxidado arrastrándose en el suelo. El portón de
entrada, que antes estaba pintado de azul claro, ahora colgaba torcido en una
sola bisagra, crujiendo con el viento como un lamento. Diego caminó lentamente
hasta el porche, pisando vidrios rotos y pedazos de teja. Las paredes de la casa
estaban agrietadas y con marcas de humedad, algunas cubiertas por mo verdoso. El olor a humedad y abandono
era tan fuerte que necesitó cubrirse la nariz con la manga de la camisa.
“Papá, papá, ¿está ahí?”, gritó a
sabiendas de que no habría respuesta. intentó empujar la puerta principal, pero estaba atascada. Cuando finalmente
logró abrirla, el chirrido del metal oxidado resonó en la estructura vacía
como un grito de dolor. Allí dentro, el escenario era aún más desolador. Los
muebles estaban cubiertos por una capa gruesa de polvo, algunos volteados y
rotos. La mesa de la cocina donde tomaban café juntos todas las mañanas estaba partida a la mitad. Las ollas que
su madre usaba para cocinar estaban esparcidas por el suelo, algunas con agujeros de óxido. Diego sintió las
lágrimas ardiendo en los ojos al ver el estado de abandono del lugar que una vez fue el centro de su familia. Querido
oyente, si está disfrutando la historia, aproveche para dejar su like y, sobre
todo suscribirse al canal. Eso ayuda mucho a quienes estamos comenzando ahora
continuando en la sala. El sillón favorito de su padre estaba de cabeza,
con el tapiz rasgado y la espuma amarillenta saliendo por los agujeros.
Las cortinas que su madre había bordado a mano estaban hechas girones, balanceándose débilmente en la brisa que
entraba por las ventanas rotas. Diego tomó un pedazo de la tela y lo apretó contra el pecho, recordando su
perfume. Subió las escaleras que crujían hasta el segundo piso, probando cada escalón
antes de poner su peso. Su cuarto de infancia era irreconocible. La cama donde durmió tantos años estaba
sin colchón, solo la estructura metálica oxidada. Los juguetes que guardaba en el
estante estaban esparcidos por el suelo, algunos rotos, otros comidos por la
polilla. En el cuarto de los padres encontró la cómoda donde su madre guardaba las joyas. Los cajones estaban
abiertos y vacíos con el fondo forrado por periódicos amarillentos de años atrás. Diego tomó uno de los periódicos
y vio la fecha, diciembre de 2021. Eso significaba que la casa estaba
abandonada desde hacía al menos dos años. Bajó corriendo las escaleras,
tropezando con sus propios pies, y salió de la casa sofocado. Necesitaba
respuestas. Necesitaba entender qué le había pasado a Manuel Ramírez, su padre,
el hombre que siempre fue más terco que una mula, pero que jamás abandonaría esa tierra que amaba más que a su propia
vida. Diego manejó hasta la casa más cercana, a 3 km de allí. Era donde vivía
doña Esperanza, una señora que conocía a la familia desde hacía décadas. Cuando
tocó la puerta no obtuvo respuesta. Rodeó la casa y vio que también estaba
vacía con un letro descolorido de se vende clavado en el árbol de la entrada.
La siguiente propiedad era de don Faustino, un vecino que siempre intercambiaba favores con su padre.
Diego encontró la misma situación. Casa cerrada, jardín invadido por la maleza,
ningún signo de vida. Una sensación helada le subió por la espalda. Era como
si toda aquella región hubiera sido abandonada de un momento a otro. Condujo
15 minutos más hasta llegar al pequeño zócalo de Villa Serena, donde había
nacido y crecido. El pueblo también parecía más pequeño y más triste que en sus recuerdos. Varias tiendas estaban
cerradas con letreros de se renta en las puertas. El movimiento era mucho menor
del que recordaba de sus tiempos de juventud. Estacionó frente a la cantina de Chepe, el único establecimiento que
parecía estar funcionando. Al entrar, encontró a media docena de hombres
mayores jugando dominó y bebiendo cerveza. El ambiente se quedó en silencio cuando lo reconocieron.
Diego sintió el peso de todas las miradas sobre él. Diego Ramírez,
preguntó uno de los hombres levantándose lentamente de la mesa. Era Sergio que
había sido compañero de escuela de su padre. Hola, don Sergio. Estoy buscando
a mi padre Manuel Ramírez. ¿Usted sabe dónde está? Fui a la casa y Diego tragó
en seco sin poder terminar la frase. El ambiente en la cantina se volvió aún más
pesado. Los hombres intercambiaron miradas incómodas, como si Diego hubiera hecho una pregunta prohibida. Sergio se
rascó la barba entre cana y suspiró hondo antes de responder. Hijo, ¿no lo
sabes? Tu padre, bueno, hace tiempo que nadie lo ve por aquí. La casa está
abandonada desde hace unos dos años, quizá más. ¿Cómo que abandonada? ¿A dónde se fue? ¿Por qué no me buscó?
Diego sintió la voz temblar de desesperación. Escucha, Diego. Sergio se acercó y bajó
la voz. A nadie le gusta hablar de esto. Tu padre pasó por unos tiempos muy difíciles después de que ustedes se
pelearon. perdió el rancho con una giotista de fuera del pueblo. Cuando no pudo pagar, tuvo que entregarlo todo.