
El pozo de la mujer a la que todos llamaron loca
—Allá tú cuando te rindas, Ángela —remató doña Margarita antes de darse la vuelta—. No digas que no te lo advertimos.
Se fue sacudiendo la cabeza, murmurando palabras que el viento seco se llevó. Ángela no respondió. Solo volvió a clavar la pala en la tierra, una y otra vez, como si cada golpe fuera una promesa silenciosa para sus hijos.
La noticia corrió rápido por San Miguel del Valle.
Antes del mediodía, ya no era solo doña Margarita la que observaba desde lejos. Algunos vecinos se acercaban fingiendo curiosidad; otros, sin disimular la burla. Decían que la viuda había perdido el juicio, que la sequía le había secado también la cabeza.
—Mírala —decían—, cavando en tierra muerta.
—Pobre mujer, el sol la volvió loca.
—Ese pozo no va a dar ni polvo.
Ángela escuchaba todo, pero no se detenía.
El agujero ya superaba el metro y medio. Sus brazos ardían, la espalda le dolía como si le hubieran clavado cuchillos, y cada respiración era pesada. A ratos, la duda se colaba como un susurro cruel: ¿Y si tienen razón? ¿Y si estoy gastando las últimas fuerzas que tengo?
Entonces miraba a sus hijos.
Jimena le pasaba el trapo por la frente con cuidado.
Eloísa le alcanzaba pequeños sorbos de agua.
Leonardo contaba en voz alta cada palada como si fuera un juego.
Y Ángela seguía.
El segundo día amaneció igual de cruel. El sol parecía más bajo, más cerca, como si quisiera vigilar su fracaso. El pozo ya tenía casi dos metros. La tierra era ahora dura y oscura. Cada palada costaba el doble.
Algunos vecinos volvieron.
—¿Todavía sigues? —le gritó uno—. Ya basta, mujer.
—Vas a enterrarte ahí dentro —dijo otro entre risas.
Ángela no levantó la cabeza.
A media tarde, cuando sus manos ya no podían cerrarse del todo y la pala se sentía como una extensión dolorosa de su cuerpo, ocurrió algo distinto.
Clavó la pala…
y el sonido cambió.
No fue el golpe seco de siempre.
Fue un crujido hueco.
Ángela se quedó inmóvil.
—¿Mamá? —preguntó Jimena, sintiendo el cambio antes de entenderlo.
Ángela volvió a clavar la pala, con el corazón golpeándole el pecho. La tierra cedió con más facilidad. Cavó con desesperación, olvidándose del dolor, del calor, de las miradas.
Y entonces… apareció la humedad.
Primero fue un barro oscuro.
Luego, un brillo distinto.
Y finalmente, un hilo de agua que empezó a brotar lentamente desde el fondo del pozo.
—MAMÁ… —gritó Eloísa con los ojos abiertos de par en par— ¡ES AGUA!
Ángela cayó de rodillas.
No lloró de inmediato. Metió las manos en la tierra mojada, temblando, como si no se atreviera a creerlo. El agua seguía saliendo, clara, fresca, real.
—Agua… —susurró—. Gracias a Dios…
Los niños gritaron. Rieron. Leonardo aplaudía sin entender del todo, pero sintiendo la alegría.
Los vecinos, que se habían burlado durante dos días, se quedaron en silencio.
Uno a uno se acercaron al borde del pozo. Doña Margarita regresó, empujada por la incredulidad. Miró dentro… y se quedó pálida.
—No puede ser… —murmuró.
Pero sí podía ser.
Ángela había encontrado un manantial subterráneo, justo debajo del árbol muerto, a apenas dos metros de profundidad. Donde nadie más había querido mirar.
Esa tarde, el pozo de Ángela salvó a su familia.
Días después, también ayudó al pueblo.
Ella permitió que los vecinos tomaran agua, sin reproches, sin venganzas. Algunos pidieron perdón. Otros bajaron la cabeza, incapaces de mirarla a los ojos.
Ángela no dijo “se los dije”.
Solo dijo:
—El agua siempre estuvo ahí. Solo había que creer… y cavar.
Desde entonces, nadie volvió a llamarla loca.
Porque la mujer que cavó un pozo en tierra seca no solo encontró agua,
encontró dignidad, esperanza
y demostró que a veces, cuando todos se ríen de ti,
es porque estás viendo lo que ellos no se atreven a buscar.