
Bienvenidos a Relatos Oscuros. Hoy te voy a pedir algo muy sencillo.
Antes de empezar, escribe en los comentarios desde qué ciudad nos escuchas y qué hora es exactamente ahora
mismo. Nos gusta saber hasta dónde viajan estas
historias y en qué rincón silencioso o bullicioso. De día o de madrugada se
escuchan estos ecos que la Ciudad de México intentó esconder bajo el concreto y el olvido.
Lo que estás a punto de escuchar no es una leyenda urbana para espantar niños ni un cuento inventado para ganar
visitas. Es el rastro de un caso real, de una época en la que la palabra de un
adulto valía más que la vida de un niño y en la que las paredes de una casa podían guardar un secreto mucho más
oscuro que cualquier tumba. En el corazón de la ciudad de México
existe una calle cuyo nombre parece arrastrar el eco de un llanto que nunca se apagó. Una calle bautizada por la
tragedia de un niño que desapareció dentro de su propia casa. Un niño que gritó durante días sin que nadie lo
escuchara. Un niño que murió en la más absoluta oscuridad.
emparedado vivo por la única persona que debía protegerlo.
Esta es la historia del niño perdido, un relato que nuestros abuelos murmuraban en voz baja, que las familias del centro
transmitieron de generación en generación y que las autoridades de su tiempo prefirieron enterrar bajo el peso
del silencio institucional. Corría el año 1908.
La ciudad de México cambiaba a toda velocidad bajo el régimen de Porfirio Díaz. Llevaba ya más de 30 años en el
poder y la capital se llenaba de edificios modernos, amplias avenidas y
una fachada de progreso que escondía una realidad cruda, una sociedad partida en
dos, con unos pocos disfrutando del lujo y una multitud ahogándose en la miseria.
Mientras las familias acomodadas paseaban en carruajes por el paseo de la reforma, luciendo sombreros elegantes y
trajes europeos, los barrios populares sobrevivían asinados, rodeados de
enfermedades, escasez y abandono. La justicia se movía
con dos velocidades, una para los ricos, otra para los pobres.
Y en medio de todo eso, los niños, sobre todo los pobres, los huérfanos o los
hijos de nadie, no tenían voz. El centro de la ciudad conservaba esa
arquitectura colonial que hoy admiramos, pero que entonces se caía a pedazos.
Cazonas de dos y tres pisos con patios interiores, balcones de hierro forjado,
muros gruesos de tesontle rojo y enormes puertas de madera maciza que requerían la fuerza de dos hombres para abrirse.
Cada mañana las calles del centro despertaban con el canto de los pregoneros, tamales oaxaqueños. Se
compran colchones viejos, carretas que chirriaban. El olor del carbón encendido, tortillas
recién hechas, pan dulce saliendo del horno antes del amanecer.
En ese México de principios del siglo XX, la familia era una institución intocable, lo que pasaba tras la puerta
principal. Moría ahí dentro. Los vecinos podían sospechar, chismorrear en el
mercado, comentar en voz baja, pero rara vez se metían. Y las autoridades cuando
llegaban a intervenir casi siempre creían primero al adulto, sin importar
lo que pudiera decir o sufrir un niño.
en una de esas casonas del centro, en la calle que entonces se conocía como calle
de las damas número 32 a seis cuadras del Zócalo y a tres de la Alameda
central, vivía una familia que a simple vista parecía igual a cualquier otra
respetable. La casa imponía desde afuera tres pisos
de altura, fachada de cantera gris, que alguna vez había sido blanca, una puerta
de cedro tallada con motivos florales que daba paso a un zaguán largo y fresco. Ese pasillo conducía al patio
principal con su fuente de cantera al centro, un pequeño surtidor y
bugambilias que trepaban por las columnas hasta el segundo piso. Los pisos eran de baldosas hidráulicas en
tonos rojos y negros, formando figuras geométricas. Las habitaciones se
distribuían alrededor del patio con ventanas de guillotina y balcones hacia
el interior. En el segundo piso estaban las recámaras principales y en el
tercero los cuartos de servicio y la zona de lavado con tinacos de barro.
El dueño de la casa era don Sebastián Montes de Oca, de 43 años, comerciante
de telas finas. tenía un local en el portal de mercaderes
donde vendía sedas chinas, linos irlandeses y terciopelos franceses. El
negocio era próspero, le permitía mantener la casona, pagar servicio y sostener un estilo de vida cómodo.
3 años antes, en 1905 había quedado viudo su esposa, doña María del Carmen
Ríos. murió de tuberculosis tras una larga agonía de 2 años. La enfermedad la
fue consumiendo hasta dejarla irreconocible. Murió en esa misma casa,
en la recámara principal del segundo piso, rodeada de imágenes religiosas y el olor penetrante de medicinas
inútiles. De ese matrimonio nació un solo hijo que
en 1908 tenía apenas 7 años. Su nombre completo, Francisco Montes de Ocarríos,
aunque todos en la casa y en el barrio lo conocían simplemente como
era pequeño para su edad, delgado y pálido, herencia directa de su
madre. Llevaba el cabello negro y lacio cayéndole en mechones sobre la frente.
Tenía unos ojos grandes, oscuros, de esos que parecen cargar una tristeza
demasiado antigua para un niño. En la mejilla derecha, un lunar diminuto que
su madre solía besar antes de dormir. No era como los demás niños del barrio
que jugaban a las canicas en la calle o corrían detrás de los carros de leche. pasaba las tardes sentado en el
patio mirando las bugambilias, contando las baldosas, hablándole al aire.