Aquella tarde, Luana Alvarenga escuchó las palabras que pusieron su mundo de cabeza. Estaba de pie en la sala de la

mansión donde nació y creció, frente a un abogado de traje negro y a la mujer

que se casó con su padre 4 años atrás. Fermina estaba sentada en el sillón que

era de su padre Enrique con las piernas cruzadas y una sonrisa en la comisura de

los labios que Luana nunca había visto antes. Una sonrisa fría de quien ganó un

juego sucio. El abogado abrió la carpeta, carraspeó y dijo mirando el

papel, “Señorita Alvarenga, el testamento de su padre es claro. La mansión, las tierras, los caballos y

todos los bienes quedan para la señora Fermina de Alvarenga. Para la señorita

queda la propiedad registrada como cabaña de los pinares. Luana sintió que

el suelo desaparecía. La cabaña de los pinares, aquel lugar

abandonado en medio del monte que nadie pisaba desde hacía 10 años.

Su cuerpo entero empezó a temblar y miró a Fermina con los ojos llenos de lágrimas y rabia, porque allí, en aquel

instante, entendió que todo había sido planeado. Su padre, Enrique Alvarenga

luchó toda la vida para construir lo que tenía. Era un hombre sencillo que llegó a Santa Felicia sin nada. Trabajó bajo

el sol y la lluvia y levantó aquella mansión con sus propias manos. Amaba a

Luana más que a nada en el mundo y ella lo sabía. Él jamás dejaría a su hija con

una cabaña vieja perdida en el monte mientras entregaba todo a una mujer que

conocía hacía apenas 4 años. Eso no existía, no tenía sentido. Pero allí

estaba el papel, allí estaba el abogado y allí estaba Fermina con aquella

sonrisa que ahora mostraba todo lo que ella escondía detrás de los años de amabilidad y té servido con una sonrisa.

Eso es mentira”, gritó Luana con la voz quebrada señalando con el dedo a Fermina. “Mi padre jamás me haría esto.

Usted planeó todo esto, Fermina, estoy segura.” Las lágrimas corrían por su

rostro sin parar, pero la rabia era tan grande que su voz salía firme aún. Así.

Fermina no se movió. continuó sentada en aquel sillón como si fuera la dueña del mundo, inclinó la cabeza hacia un lado y

habló con una voz tan suave que daba náuseas. Mi querida hijastra, el dolor

del luto nos hace pensar cosas que no existen. Lo entiendo de verdad. Y

entonces la máscara cayó. Los ojos de Fermina se oscurecieron, la dulzura se

desvaneció como humo y se inclinó hacia adelante con la voz baja y cortante.

Pero el testamento está firmado, reconocido, y la ley es la ley. Acéptalo

de una vez. Luana se volvió hacia el abogado con desesperación. Usted sabe

que esto no está bien. Mi padre no escribió eso. El abogado desvió la mirada, se acomodó las gafas y dijo sin

ninguna emoción, “Señorita, si quiere impugnar, contrate a un abogado, pero

debo advertirle que el proceso es largo y muy caro.” Antes de continuar contándote la reacción de Luana al darse

cuenta de toda la intriga de la madrastra, quiero hablar un instante contigo. Cuéntame en los comentarios

desde qué rinconcito de este mundo nos estás escuchando. Me encanta saber que de alguna forma estamos conectados en

este momento. La historia de hoy es de esas que estremecen el alma y hacen que

el corazón se apriete. Una joven despojada de todo por la codicia de quien debería protegerla. Un hombre

misterioso encontrado en un camino solitario y una cabaña olvidada entre pinares, donde dos destinos van a

cruzarse. Entre el dolor de la pérdida y la esperanza de un nuevo amanecer, Luana y

Dominic descubrirán que el amor verdadero no pide permiso. Nace donde

menos se espera, entre heridas abiertas y corazones destrozados. Quédate conmigo

hasta el final. Siente cada mirada que calla más que mil palabras, cada paso en

aquel camino caliente, cada gesto de cuidado entre dos desconocidos que el

destino insistió en unir. Si amas romances de época que laten compasión,

secretos, dolores y esperanza, suscríbete al canal y viaja conmigo por

historias donde el amor siempre encuentra su camino, incluso cuando necesita desafiar al propio destino.

Fermina se levantó del sillón despacio, como si cada movimiento estuviera ensayado. Alisó el vestido verde oscuro

de seda y miró a Luana de arriba a abajo con desprecio. Ahora escúchame bien, Luana.

Porque solo lo diré una vez, dijo con voz firme y sin ninguna piedad. Esta

casa es mía ahora. Todo aquí dentro es mío. Quiero que recojas tus cosas y te

vayas antes de que el sol se ponga. Llévate solo lo que sea verdaderamente tuyo y nada más. Luana sintió que las

piernas le flaqueaban. Usted no puede hacerme esto. Yo crecí aquí. Mi madre vivió aquí. Mi padre

construyó cada pared de esta casa. Fermina se acercó tan cerca que Luana

sintió el perfume empalagoso de Gardenia y susurró, “Tu madre está muerta, tu

padre está muerto y esta casa ahora es mía. Si no te vas por las buenas, te

irás por las malas”. Lucio y Antonio, hijos de Fermina, que estaban apoyados

en la pared, mirando todo con los brazos cruzados, intercambiaron una mirada

burlona entre ellos. Luana miró alrededor de aquella sala que era suya por derecho, tragó el llanto y subió las

escaleras sin decir nada más, porque si volvía a abrir la boca se derrumbaría allí mismo en el suelo. Entró en el

cuarto donde dormía desde niña y cerró la puerta. La ventana daba al jardín de

rosas que su madre Clara plantó con sus propias manos. Y Luana se quedó mirando

aquellas flores hasta que las lágrimas lo nublaron todo. Luana sacó de debajo

de la cama la maleta vieja de cuero marrón. Guardó algunos vestidos, no iba

a poder llevar muchas cosas. Y por último, con las manos temblando, el retrato pintado de su madre Clara, con

ella en brazos y la fecha de su nacimiento, aquella sonrisa que más

extrañaba en el mundo. Cerró la maleta, miró el cuarto por última vez y susurró,

“Volveré, papá. Te juro que volveré.” Cuando Luana salió por la puerta

principal con la maleta en la mano, vio por la ventana a Fermina sonriendo con sus dos hijos y Luana sintió que la

sangre le hervía en las venas. Apretó el asa de la maleta con tanta fuerza que

los dedos se le pusieron blancos, pero no miró hacia atrás. Levantó la barbilla