
Despierta, botella, hoy te vamos a vender bien. En el basurero de Aveni, Odete era solo
la loca de la basura, sin familia, sin amor, sin nada. Hasta aquella madrugada,
entre bolsas rotas y el olor apodrido, un llanto. Es una rata, murmuró. Pero no lo era.
Era un bebé. Si el mundo te arrojó, yo te tomo en mis brazos. Lo crió con latas, trapos y
oraciones. Lo llamó hijo, al que todos señalaban y llamaban monstruo.
Pero lo que Odete nunca imaginó es que un día el verdadero padre
volvería y todo lo que más amaba podría perderse.
El sol apenas había nacido en Aveni, una aldea africana envuelta en polvo, hierba
seca y promesas incumplidas cuando Odete ya caminaba entre los montones de basura
del vertedero municipal. Sus sandalias estaban tan gastadas que parecían
pedazos de plástico intentando ser zapatos. Su vestido floreado, que alguna
vez fue blanco, ahora era un mapa de manchas que contaban historias de días duros y noches frías. Odete tenía 42
años, pero sus ojos conocían dolores que no cabían en los años. Su rostro,
marcado por el sol y el sufrimiento, contrastaba con una sonrisa que, aunque
rara, lograba iluminar hasta la chosa torcida donde dormía.
Era una mujer ignorada por todos, invisible como el papel arrugado que recogía.
Nadie sabía su apellido. Para los habitantes de la aldea, ella era solo la
mujer del basurero. O peor, la loca que habla sola con las bolsas de botellas de
plástico. Despierta, botella, que hoy te vamos a vender bien, ¿eh? Decía, meciendo el
saco como quien arrulla a un bebé. Reía sola, incluso cuando el estómago
gruñía. más fuerte que la radio de la vecina de al lado y reía aún más cuando
veía a la gente quejándose de la vida con el celular en la mano y el plato lleno.
Hum. Si yo tuviera la mitad de ese arroz, haría una fiesta con las hormigas
en la aldea. Nadie quería saber de ella. Los niños la temían. Come ratas, decían.
Los hombres la despreciaban. Huele a humo y a jabón viejo murmuraban. Y las
mujeres susurraban a escondidas, “Esa Odete. Dicen que tuvo marido. Se fugó
con su hermana. Lo que nadie sabía era que Odete ya había tenido sueños, ya había amado, ya
había perdido, ya había llorado tanto que sus ojos aprendieron a secarse por
sí solos. Pero aún así, todos los días se levantaba con fe, fe de que tal vez,
solo tal vez ese día trajera algo diferente entre los montones de escombros.
Su choosa estaba hecha de madera podrida, lona rasgada y esperanza cocida
con cuerda. Adentro todo era improvisado. La cama
era un montón de mantas regaladas por la iglesia. La estufa, una lata vieja
adaptada con tres piedras y carbón. Pero había algo que hacía que aquel lugar tuviera más dignidad que muchas
mansiones. El corazón de Odete. Aquí no hay lujo, pero hay paz, decía
mientras soplaba la llama para calentar un aguado atol de maíz. En días de suerte encontraba una olla entera, una
muñeca sin cabeza o un zapato aún con cordón. Guardaba todo. Algún día alguien
podría necesitarlo. Esa gente cree que la basura es solo suciedad. Pero aquí yo encuentro tesoro. El mundo
es el que tiene la vista sucia. A pesar de la vida dura, Odete tenía un
humor sarcástico. Cuando alguien se reía de ella, respondía con una frase certera.
Llámame fea, pero mi conciencia duerme tranquila, ¿eh? Ve a ver si la tuya no sufre de insomnio. Era de esas. Golpeaba
con palabras, pero abrazaba con los ojos. Llevaba en las manos callos, pero en el corazón compasión. Al final de la
tarde volvía del basurero con sus sacos en la espalda, como si cargara el mundo.
Pasaba por la plaza y escuchaba las risas de los jóvenes, el ruido de las ollas en los hogares felices, los
perfumes de la buena comida que no eran para ella. Pero aún así llegaba a la
chosa, hacía su oración en voz alta. Señor, gracias por el día. No encontré
oro, pero encontré un buen clavo y un pedazo de madera. Ya alcanza para arreglar la ventana que el viento se
llevó y mañana, si el Señor quiere, encuentro una tapa de olla. Amén.
Y dormía allí, abrazada a su manta raída mientras el mundo olvidaba que existía.
Odete no lo sabía, pero estaba a punto de encontrar algo o alguien que lo cambiaría todo. Entre los montones de
basura, entre las bolsas plásticas y las cajas podridas, estaba a punto de surgir
una vida. Era de madrugada en Aveni. El cielo
estaba oscuro como carbón mojado. El viento silvaba entre las lonas de las choas y el olor de la basura era más
fuerte que nunca. una mezcla de cosas podridas con aceite quemado.
Odete estaba de pie recogiendo aluminio entre los montones de bolsas rasgadas.
Era su hora preferida. No había nadie disputándole las latas y el silencio de
la noche hacía parecer que el mundo finalmente se había callado para escucharla respirar.
Pero ese día no fue el silencio lo que la acompañó. Fue un sonido débil, casi
tragado por el ruido del viento y el golpeteo de bolsas plásticas volando entre los arbustos.
“Es un ratón”, murmuró estirando el cuello. Pero no era un chillido de
roedor, era un llanto, un llanto fino, desesperado, como si una vida se
estuviera deshaciendo en lamento. Odete se detuvo. Cerró los ojos.
O me estoy volviendo loca del todo o alguien me está llamando. El sonido
aumentó. Ella avanzó entre los montones de basura apartando bolsas con una rama
seca. El llanto venía de detrás de un viejo congelador tirado de lado como un
animal muerto. A su lado, una caja de cartón mojada por la lluvia pasada.
Temblaba y lloraba. Odete se arrodilló con el corazón desbocado.