500 pesos por la muchacha, trabaja duro y no come mucho. Mateo Figueroa detuvo

su camioneta frente al bar de las piedras. Había venido a vender sus toros, pero la voz del subastador lo

hizo voltear. En el centro de la plaza, una niña de 8 años estaba amarrada a un

poste de madera. Sus ojos negros miraban al suelo mientras los hombres gritaban ofertas. “700!” gritó un tipo gordo con

sombrero. “800”, respondió otro desde atrás. Mateo sintió que algo se le

revolvía en el estómago. La niña tenía el mismo cabello negro y rizado que su hija Esperanza, muerta hace 3 años por

la fiebre, los mismos brazos flacos, la misma edad. ¿Qué hacen con esa niña?, le

preguntó al cantinero que salió a ver el espectáculo. Ah, esa mocosa la encontraron vagando por los campos, sin

papeles, sin familia. Mejor que trabaje a que se muera de hambre. No. Mateo

apretó los puños. El subastador seguía gritando. 1000 pesos. Una vez, dos

veces. 2000, gritó Mateo caminando hacia el centro de la plaza. Todos se

voltearon a verlo. El tipo gordo lo miró con rabia. Oiga, amigo, yo llegué

primero. Mi dinero llegó después. Pero vale más, respondió Mateo, sacando los

billetes de su bolsillo. El subastador sonrió y extendió la mano. Vendida al Señor por 2000 pesos. Mateo pagó y se

acercó a la niña. Cuando desató la cuerda de sus muñecas, ella lo miró por primera vez. Sus ojos estaban llenos de

terror, pero también de algo que él conocía bien, la necesidad desesperada de que alguien lo salvara. “¿Cómo te

llamas?”, le preguntó en voz baja. La niña no respondió, solo siguió mirándolo. “No habla mucho”, dijo el

subastador, “pero es obediente, le va a servir bien en el campo.” Mateo alzó a

la niña en brazos. Pesaba menos que un costal de maíz. “Vámonos de aquí”, le

susurró. Mientras caminaba hacia su camioneta, escuchó murmullos a sus espaldas. “¿Ese hombre está loco, ¿para

qué quiere una niña si vive solo?” “Mejor que no pregunte, compadre.” Mateo

subió a la niña al asiento del copiloto y arrancó el motor. En el espejo retrovisor vio como algunos hombres lo

seguían con la mirada. Uno de ellos, un tipo flaco con bigote, anotaba algo en

una libreta. Durante el camino a su rancho, la niña no dijo ni una palabra, solo miraba por la ventana con las manos

cruzadas sobre su vestido sucio. “Escúchame bien”, le dijo Mateo cuando llegaron. “Aquí nadie te va a lastimar,

¿me entiendes?” La niña asintió, pero siguió sin hablar. Esa noche, mientras

ella dormía en el cuarto que había sido de esperanza, Mateo se quedó despierto en la cocina. sabía que había hecho algo

peligroso. En estos pueblos las autoridades no hacían preguntas cuando se trataba de niños sin familia, pero

también sabía que no podía haber hecho otra cosa. La imagen de su hija muerta se mezclaba con la de esa niña amarrada

al poste. Tal vez no pudo salvar a Esperanza de la enfermedad, pero si podía salvar a esta niña de algo peor.

Fuera. Un perro ladraba en la distancia. Mateo se sirvió otro café y siguió esperando el amanecer. La niña no había

dicho una sola palabra en tres semanas. Mateo la observaba desde la cocina mientras ella alimentaba los pollos en

el patio. Movía las manos con cuidado, como si tuviera miedo de hacer ruido.

“Buenos días”, le decía él cada mañana. Ella solo asentía y seguía con sus tareas. Había empezado a ayudar sin que

nadie se lo pidiera. Barría el patio, juntaba los huevos, ordenaba la leña,

trabajaba como si su vida dependiera de ello. Mateo decidió que necesitaba un nombre, no podía seguir llamando la niña

para siempre. “Te voy a decir, Alma”, le anunció una tarde mientras cenaban frijoles y tortillas. “¿Te gusta?” Ella

lo miró y por primera vez sonrió un poquito. Mateo sintió algo cálido en el pecho. Al día siguiente manejó hasta el

pueblo para comprar ropa nueva para Alma. En la tienda, doña Carmen lo recibió con curiosidad. ¿Para quién es

la ropita, don Mateo? ¿Para mí? ¿Para una niña que está conmigo, su nieta?

Algo así. Doña Carmen frunció el seño, pero no preguntó más. Mateo compró tres

vestidos, zapatos y un cepillo para el cabello. Cuando regresó, encontró a Alma

sentada junto al pozo, viendo como los patos nadaban en el agua. “Ven acá, tengo algo para ti.” Le mostró la ropa

nueva. Los ojos de Alma se llenaron de lágrimas, pero no de tristeza. Era la

primera vez que Mateo la veía llorar. Una semana después decidió llevarla a la escuela del pueblo. Necesitaba papeles,

documentos, algo que probara que Alma existía. Pero cuando habló con la directora, las cosas se complicaron.

¿Tiene acta de nacimiento?, preguntó la señora Ruiz. No, pero cartilla de

vacunación tampoco. Entonces, no puedo inscribirla sin papeles. Esa niña no

existe para el sistema. Mateo salió de la escuela frustrado. Alma esperaba en la camioneta con su vestido nuevo y el

cabello trenzado que él mismo le había hecho esa mañana. “No voy a estudiar”, le preguntó. Era la primera vez que

hablaba desde que llegó. Mateo casi chocó de la sorpresa. Hablaste, dijiste

algo. Alma se encogió como si hubiera hecho algo malo. No, no, está bien que

hables. Me gusta escucharte, le dijo rápidamente. Y sí, vas a estudiar. Te lo

prometo. Esa tarde, mientras Alma jugaba con los gatos en el patio, llegó una

camioneta blanca. Mateo reconoció al conductor. Era Duarte, el policía

municipal. Un hombre que siempre tenía la mano extendida esperando propinas. “Don Mateo, ¿cómo está?”, dijo Duarte

bajándose del vehículo con una sonrisa falsa. “Bien, oficial. ¿En qué le puedo

ayudar?” Pues me llegaron unos rumores por ahí. Dicen que tiene una niña viviendo aquí y es su familia. Mateo

dudó un momento. Es mi responsabilidad. Duarte se acercó más bajando la voz.

“Mire, don Mateo, usted y yo nos conocemos hace años. Hay gente que habla mal, que dice cosas feas, pero yo sé que

usted es un hombre bueno. ¿Qué quiere Duarte? Solo que no tengamos problemas, 1000 pesos al mes y yo me aseguro de que

nadie haga preguntas incómodas. Mateo sintió rabia subiendo por su garganta.

No le voy a dar ni un peso. La sonrisa de Duarte desapareció. Está cometiendo un error, don Mateo. Los federales andan

preguntando por una niña perdida. Dicen que alguien se la robó del pueblo de las piedras. Yo no robé nada. La compare

legalment legalmente. Duarte se rió. ¿Desde cuándo es legal comprar niños?

Mateo no respondió. Sabía que el policía tenía razón, pero también sabía que lo que había hecho estaba bien. Pello, Don

Matteo. Mi oferta sigue en pie por ahora. Duarte se subió a su camioneta y se fue, dejando una nube de polvo en el

aire. Esa noche Mateo no pudo dormir. Se quedó en la sala viendo hacia el cuarto

donde dormía Alma. ¿Qué pasaría si venían por ella? La regresarían a ese poste en la plaza. Desde el cuarto llegó

un grito. Mateo corrió y encontró a Alma sentada en la cama temblando. “Mamá, no

mamá”, gritaba con los ojos cerrados. Alma despierta. Es solo un sueño. Ella

abrió los ojos y lo abrazó fuerte. “Soñé con mi mamá otra vez”, susurró. “Los

hombres malos se la llevaron.” Mateo la meció suavemente. Aquí es Talsura. Nadie

te va a lastimar. Me prometes que no me vas a dejar. Te lo prometo. Pero mientras decía esas palabras, Mateo

sabía que tal vez no podría cumplirlas. Alma tenía fiebre otra vez. Era la

tercera vez en dos semanas que despertaba empapada en sudor, gritando nombres que Mateo no conocía. Él le

ponía paños fríos en la frente y le dábate de manzanilla, pero sabía que no era una enfermedad del cuerpo. “Rosa, no

dejes que me encuentren”, murmuró Alma mientras dormía. Mateo se quedó despierto toda la noche vigilándola. Al

amanecer decidió revisar las pocas cosas que ella había traído consigo. Un vestido roto, zapatos gastados y una

bolsita de tela que nunca había abierto. Alma despertó cuando él tocó la bolsita.

“No toques eso”, le dijo con más fuerza de la que había usado nunca. “Perdón, solo quería ver si había algo que me

ayudara a entenderte mejor”. Alma se sentó en la cama, todavía débil por la fiebre. lo miró durante un largo rato

como si estuviera decidiendo algo importante. “Mi mamá me dijo que lo guardara siempre”, susurró finalmente.

“¿Puedo verlo?” Alma asintió con manos temblorosas, abrió la bolsita y sacó un

pedazo de papel arrugado. Era parte de una carta escrita con letra temblorosa.

Mateo leyó en voz baja. “Si algo me pasa, llévala lejos de la hacienda San Patricio. El patrón Velasco tiene niños

trabajando como esclavos. Rosa, por favor. No dejes que Alma vuelva ahí. Hay

una cueva cerca del río donde escondí más cartas. Si me encuentran. El papel

estaba roto ahí. Mateo alzó la vista hacia Alma. Tu mamá se llamaba Rosa. Sí,

era bonita y cantaba mientras trabajaba. ¿Qué le pasó? Los ojos de Alma se llenaron de lágrimas. Los hombres del

patrón la encontraron. Yo estaba escondida detrás de los árboles. Oí cuando le pegaron. Después ya no se

movió más. Mateo sintió un nudo en la garganta. Abrazó a Alma mientras ella lloraba. Corrí toda la noche. Continuó

entre soyosos. Mi mamá me había dicho que si algo pasaba fuera al pueblo más cercano, pero cuando llegué tenía hambre

y frío. Un señor me dijo que me iba a ayudar, pero me vendió. ¿Cuánto tiempo estuviste en esa hacienda? No sé, mucho

tiempo. Éramos muchos niños. Trabajábamos desde que salía el sol hasta que se escondía. Si no

trabajábamos rápido, nos pegaban. Mateo apretó los puños. Había oído rumores

sobre lugares así, pero nunca pensó que fueran reales. ¿Sabes dónde está esa cueva que menciona tu mamá? Creo que sí.

Está cerca de un río grande, como a un día de camino de la hacienda. ¿Te acuerdas cómo llegar a la hacienda? Alma

se encogió de miedo. No quiero regresar ahí. No vas a regresar, te lo prometo.

Solo necesito saber dónde está para ayudar a los otros niños. Alma lo pensó durante un rato largo. Se llama San

Patricio. Está cerca del pueblo de Santa Rosa. Hay un letrero grande en la entrada con un toro negro. Mateo guardó

esa información en su mente. Esa tarde, mientras Alma dormía una siesta, manejó

hasta el pueblo vecino y usó el teléfono público de la farmacia. Ministerio Público, quiero hacer una denuncia sobre

trabajo infantil. La voz del Atro Ledo Senaba Abera, su nombre, Mateo Figueroa.

¿Dónde ocurren los hechos? En la hacienda San Patricio, cerca de Santa Rosa, hubo un silencio largo. ¿Tiene

pruebas? Tengo el testimonio de una víctima. Eso no es suficiente. Necesitamos evidencia física,

fotografías, documentos, pero hay niños sufriendo ahí. Señor Figueroa, no

podemos actuar solo con rumores. Si consigue pruebas reales, regrese.

Colgaron. Mateo se quedó parado junto al teléfono, sintiendo impotencia. Cuando

regresó al rancho, encontró a Alma en el patio jugando con los pollitos. Parecía

mejor, más tranquila. Papá Mateo le dijo cuando lo vio llegar. Era la primera vez

que lo llamaba así. Mateo sintió que el corazón le daba un vuelco. ¿Qué dijiste?

Puedo decirte, papá. Mi papá verdadero se murió cuando yo era muy chiquita.

Casi no me acuerdo de él. Mateo se arrodilló para quedar a su altura. Claro que puedes. Esa noche después de cenar,

Alma le preguntó, “¿Vas a buscar a los otros niños de la hacienda?” Voy a intentarlo. Y si nos descubren, no nos

van a descubrir. Pero mientras decía esas palabras, Mateo vio las luces de una camioneta que se acercaba por el

camino de tierra. No era hora de visitas. La camioneta se detuvo frente a la casa. Mateo reconoció al conductor.

Era Jacinto, un esbajador de varias haciendas de la región. Venía solo y se veía nervioso. Don Mateo, perdone que

venga tan tarde. ¿Qué pasa, Jacinto? Oí que anda preguntando por la hacienda San

Patricio. Mateo sintió un escalofrío. Las noticias viajaban rápido en estos

pueblos. ¿Quién te dijo eso? Mi compadre trabaja en la farmacia. dijo que usted

usó el teléfono para llamar al gobierno. Jacinto miró hacia la casa donde Alma los observaba desde la ventana. Es

cierto que tiene a una de las niñas de ahí. Tú trabajaste en San Patricio 2 años. Me salí porque no aguanté ver lo

que le hacían a los chamaquitos. ¿Qué viste? Jacinto se quitó el sombrero y se pasó la mano por el cabello. Cosas feas,

don Mateo. Muy feas. Los tenían durmiendo en un gallinero. Les daban

pura agua con sal y tortillas duras. Si se enfermaban, los dejaban ahí tirados.

¿Por qué no denunciaste? ¿A quién? El jefe de policía de Santa Rosa es compadre del patrón Velasco. Los

federales nunca van por esos rumbos. Y los que han intentado hablar, bueno, ya

no hablan. Mateo invitó a Jacinto a pasar. Alma se había escondido detrás del sillón, pero cuando vio al hombre

salió lentamente. “Tú estabas ahí”, le preguntó Jacinto con voz suave. Alma

asintió. “¿Te acuerdas de mí? Yo era el que cuidaba los caballos. Sí, tú nos

dabas azúcar cuando el capataz no veía. Jacinto sonrió tristemente. ¿Sabes qué

pasó con tu mamá, Alma? Beza. Los hombres del patrón se la llevaron al río. Después ya no regresó. La vi esa

noche, dijo Jacinto mirando a Mateo. Estaba corriendo hacia el bosque con la niña. Al día siguiente encontraron su

cuerpo en el río. Dijeron que se había ahogado, pero tenía golpes en la cabeza.

Mateo sintió rabia y tristeza al mismo tiempo. ¿Estarías dispuesto a testificar

si usted me protege? Sí, pero necesitamos más gente. Yo solo no voy a

poder contra Velasco. Durante las siguientes dos semanas, Mateo se dedicó a buscar más testigos. Jacinto lo ayudó

a encontrar a otros extrabajadores de la hacienda. Algunos tenían miedo, pero otros estaban dispuestos a hablar. Había

como 30 niños, le contó una mujer llamada Esperanza. Los más chiquitos tenían 5 años. Los ponían a juntar

algodón desde las 5 de la mañana, donde conseguía Velasco a esos niños. Algunos

los compraba en los pueblos, como a su niña. Otros eran hijos de trabajadores que no podían pagar sus deudas. Mateo

grabó todo en una grabadora vieja que había comprado en el pueblo. También tomó fotos de las cicatrices que algunos

esbajadores tenían en las manos y la espalda. Una tarde, mientras organizaba todas las pruebas en su mesa, Alma se

acercó. Eso va a ayudar a los niños que siguen a y eso espero. Puedo ayudar.

Mateo Lamaru. Alma había crecido en esos meses. Ya no era la niña asustada que

había encontrado en el poste. Seguía siendo pequeña y delgada, pero tenía una fuerza nueva en los ojos. ¿Cómo puedo

escribir lo que me pasó? Sé escribir bien ahora. Era cierto. Mateo le había

enseñado a leer y escribir en las tardes usando libros viejos que tenía guardados de cuando Esperanza era niña. ¿Estás

segura? Va a ser difícil recordar todo eso. Sí, estoy segura. Quiero que los

otros niños salgan de ahí. Esa noche Alma escribió su testimonio con letra cuidadosa en varias hojas de papel.

Contó sobre los golpes, el hambre, las noches frías en el gallinero, la muerte de su madre. Mateo la acompañó todo el

tiempo, pero no la interrumpió ni una sola vez. Cuando terminó, tenía lágrimas

en los ojos, pero también se veía aliviada. “Ya está, dijo. Ya conté

todo.” Mateo juntó todas las pruebas, las grabaciones, las fotos, los

testimonios escritos, la carta de la madre de alma. Era un expediente grueso,

más completo de lo que había esperado. “Mañana vamos a San Juan”, le dijo a Alma. Ahí hay un licenciado que dicen

que es honesto, se llama Morales. Y si no nos cree, nos va a creer. Tenemos la

verdad de nuestro lado. Pero esa noche Mateo no pudo dormir. Sabía que al entregar esas pruebas ya no habría

vuelta atrás. Velasco y sus amigos iban a saber quién los había denunciado. Y

cuando eso pasara, ni él ni alma estarían seguros. El licenciado Morales los recibió en su oficina de San Juan un

martes por la mañana. Era un hombre joven con lentes y cara de que no dormía bien. Cuando Mateo puso el expediente

sobre su escritorio, Morales frunció el seño. Esto es muy serio, señor Figueroa.

Si lo que dice aquí es cierto, estamos hablando de trata de personas y trabajo infantil. Todo es cierto, dijo Alma

desde su silla. Yo estuve ahí. Morales la miró con respeto. ¿Estarías dispuesta

a testificar ante un juez? Sí, señor. Muy bien. Voy a revisar todo esto y en

unos días iniciamos el proceso legal. Mateo se sintió aliviado. Por fin alguien los estaba tomando en serio.

Tres semanas después, Morales los llamó. Ya tengo la orden de cateo. Mañana

temprano vamos a la hacienda San Patricio con la policía federal. Esa noche Mateo no pudo dormir de la

emoción. Al día siguiente iban a liberar a los niños. Todo había valido la pena.

Pero cuando llegaron a la hacienda encontraron algo que no esperaban. El lugar estaba vacío, completamente vacío.

“No hay nadie”, dijo el comandante federal. “Ni trabajadores, ni niños, ni

patrones.” Mateo caminó por los corrales abandonados, por el gallinero donde habían dormido los niños. Todo estaba

limpio, como si nunca hubiera pasado nada malo ahí. “Alguien les avisó”, murmuró Morales. “Sabían que veníamos.”

“¿Y ahora qué?”, preguntó Mateo. Sin víctimas presentes es muy difícil comprobar los delitos. Vamos a segurar

investigando. Pero no terminó la frase, pero Mateo entendió. Sin los niños no

había caso. Durante el camino de regreso, Alma iba callada en el asiento trasero. ¿Crees que los niños están

bien? Le preguntó a Mateo. Espero que sí, mi hija. Espero que sí. Pero los

problemas apenas comenzaban. Una semana después del operativo fallido, el licenciado Morales apareció muerto en su

coche en una carretera solitaria. La policía dijo que había sido un accidente, que se había quedado dormido

al volante. “Eso no fue accidente”, le dijo Jacinto a Mateo cuando se enteraron. Morales era muy buen

conductor. Nunca hubiera chocado así. El miedo se extendió entre los testigos.

Esperanza. La mujer que había hablado sobre los niños, se mudó a otro estado sin avisar. Otros extrabajadores dejaron

de contestar el teléfono. “Se están rajando todos”, dijo Jacinto. “Tienen

miedo.” Mateo también tenía miedo, pero no por él, por Alma. El miedo se volvió

realidad una tarde de jueves. Duarte llegó al rancho con tres hombres más, todos armados. “Don Mateo tiene que

venir con nosotros”, dijo Duarte. “pero ya no sonreía como antes.” “¿Por qué?

Orden de arresto por secuestro de menor de edad. Mateo sintió que el mundo se le caía encima. Qué secuestro. Yo salve y

seina. Eso lo va a decidir un juez. Esposaron a Mateo mientras Alma gritaba

desde el patio. No se lo lleven. Él me salvó. Él es bueno. Una mujer bajó de

una camioneta blanca. Tenía uniforme del dif y cara de que hacía esto todos los días. Niña, ven acá. Te vamos a llevar a

un lugar seguro. No quiero ir. Este es mi hogar. Pero no tuvo opción. La mujer

la cargó mientras Alma pateaba y lloraba. Papá Mateo, no me dejes. Fue lo

último que Mateo escuchó antes de que cerraran la puerta de la patrulla. En la cárcel de Santa Rosa, Mateo compartía

celda con borrachos y ladrones pequeños. Los primeros días, algunos presos lo molestaban. Oye, viejo cochino, ¿es

cierto que te robaste a una niña? Mateo no respondía. Sabía que si explicaba la verdad, nadie le iba a creer. Una noche,

un preso nuevo llegó a la celda. Era un hombre grande con tatuajes en los brazos. “¿Tú eres Figueroa?”, le

preguntó. “Sí, tengo un mensaje del patrón Velasco. Dice que si sigues hablando de cosas que no te importan, la

niña va a tener un accidente en el orfanato.” Mateo sintió terror puro. ¿Dónde está ella? En algún lugar.

Velasco tiene amigos en todos lados. Esa noche Mateo no durmió. Sabía que había

perdido la batalla. Velasco era más poderoso de lo que había pensado. Tenía gente en la policía, en el gobierno,

hasta en las prisiones. Pero lo que más le dolía era imaginar a Alma en algún orfanato, preguntándose por qué él la

había abandonado. Al día siguiente pidió papel y pluma. Si no podía estar con ella, al menos podía escribirle. Tal vez

algún día le llegaran sus cartas. Tal vez algún día entendiera que nunca la había olvidado. Querida alma, escribió

con letra temblorosa. Espero que estés bien y que sepas que pienso en ti todos los días. Mateo escribía una carta cada

domingo. Ya llevaba 43 cartas en 8 meses de prisión. Las guardaba debajo de su

colchón porque no sabía a dónde mandarlas. Querida alma, empezaba siempre igual. Espero que estés bien y

que no hayas olvidado que te quiero como a una hija. Los otros presos ya no lo molestaban.

Había corrido la voz de que Mateo no era lo que parecía. Un preso viejo llamado Evaristo le había dicho, “Yo conocí al

patrón Velasco hace años. Es un cabrón que tiene comprados a medio gobierno. Si

te metiste con él, está solo. Quería ayudar a una niña. Lo sé, hermano. Por

eso te respetamos aquí adentro.” Las cartas se volvieron el único consuelo de Mateo. En ellas le contaba almas sobre

su día, sobre lo que comía, sobre los sueños que tenía con ella. Anoche soñé

que estábamos en el rancho otra vez. Tú alimentabas a los pollos y me decías que querías aprender a ordeñar las vacas.

Desperté sonriendo, pero después me dio tristeza porque no era real. Mientras tanto, a 200 km de ahí, Alma pasaba de

un hogar temporal a otro. En su expediente del DIF aparecía como menor, sin identificar aproximadamente 9 años.

Nadie sabía su nombre. Real porque cuando llegó al primer orfanato no quiso decir nada durante semanas. ¿Cómo te

llamas? Le preguntaba la trabajadora social. Aloraba, extrañaba a Mateo. Extrañaba el rancho.

Extrañaba tener un lugar donde pertenecía. En el primer hogar había 25 niños más. La directora, una mujer gorda

llamada señora Vega, los trataba como mercancía. “Ustedes cuestan dinero”, les

decía. Más les vale portarse bien o los mando a un lugar peor. Alma no se portaba mal, pero tampoco se portaba

bien. Solo existía, como un fantasma que caminaba por los pasillos sin hacer ruido. Después de 6 meses, la

transfirieron a otro hogar en Guadalajara. Ahí las cosas fueron diferentes. La directora era más joven y

más amable. ¿Quieres contarme tu nombre?, le preguntó el primer día. Alma, susurró ella hablando por primera

vez en meses. Alma, ¿cómo solo Alma? ¿Te acuerdas de tu familia? Alma pensó en

Mateo. Seguía en la cárcel. Se habría olvidado de ella. Mi papá se llama

Mateo. Dijo finalmente Mateo como Figueroa. La trabajadora social anotó

eso en su expediente, pero cuando buscaron en los registros no encontraron nada. Oficialmente, Mateo Figueroa no

existía como padre de ninguna alma. En la prisión Mateo seguía escribiendo. Carta número 57. Querida alma, hoy me

dijeron que tal vez me suelten pronto. Mi abogado dice que no tienen pruebas sólidas contra mí, pero tengo miedo de

salir y no encontrarte. ¿Dónde estarás? ¿Estarás bien? ¿Te acuerdas de mí? Los

domingos por la tarde, Mateo se sentaba en el patio de la prisión y leía sus cartas en voz baja. Los otros presos

pensaban que estaba loco, pero lo dejaban en paz. Mientras tanto, Alma había cumplido 11 años en su tercer

hogar temporal. Esta vez estaba en Morelia, en una casa con solo ocho niños. La señora Patricia, que cuidaba

el lugar, era buena gente. “Nunca has querido buscar a tu papá”, le preguntó un día. “¿Cómo? ¿Podemos llamar a la

policía? Preguntar si saben algo de él.” Alma sintió esperanza por primera vez en

años. De verdad, de verdad. Pero cuando llamaron, les dijeron que Mateo Figueroa

había estado preso por secuestro de menor, pero que ya había salido. ¿Dónde está ahora?, preguntó la señora

Patricia. No sabemos. No dejó dirección. Alma sintió que algo se le rompía por

dentro. Si Mateo había salido de la cárcel, ¿por qué no había ido a buscarla? Lo que ella no sabía era que

Mateo sí la había buscado durante 6 meses después de salir de prisión. Había

ido a todos los orfanatos de la región, pero el sistema lo protegía a ella de él. Cuando preguntaba por una niña

llamada Alma, le decían que no podían dar información sobre menores. ¿Es usted familiar? Le preguntaban. Soy su padre

adoptivo. ¿Tiene papeles que lo comprueben? No, pero entonces no podemos

ayudarlo. Mateo regresó a su rancho vacío y siguió escribiendo cartas, pero

ahora ya no las guardaba debajo del colchón, las quemaba en el patio, viendo como el humo se llevaba sus palabras al

cielo. Tal vez así lleguen a ti, murmuraba Alma. En su cuarto compartido

en Morelia, guardaba debajo de su almohada la única cosa que le quedaba de su vida anterior, una carta arrugada que

había encontrado en el bolsillo de su vestido el día que la separaron de Mateo. Era la carta que le había escrito

la primera semana que vivieron juntos cuando ella todavía no hablaba. Para alma, decía con letra cuidadosa, que

sepas que aquí tienes un hogar para siempre. era su tesoro más grande y todas las noches, antes de dormir la

leía y se preguntaba si Mateo seguía pensando en ella. Mateo había vendido la mitad de su ganado para pagar gasolina y

hoteles baratos. Llevaba un año y medio buscando a Alma, visitando orfanatos y

casas hogar. NC’s status different. Su estrategia había cambiado. Ya no decía

que era su padre. Ahora se hacía pasar por voluntario de una organización religiosa. “Vengo a ofrecer ayuda con

trabajos de carpintería”, les decía a las directoras. Sin costo, era más fácil

entrar así. Mientras arreglaba ventanas o puertas, observaba a los niños esperando ver una cara familiar. En

Morelia, en la casa hogar San Francisco, la señora Patricia lo recibió con gusto.

“¡Qué bueno que haya gente como usted. Tenemos varias cosas descompuestas.” Mateo pasó tres días arreglando la

plomería y pintando paredes. El segundo día, mientras trabajaba en el patio, vio

a una niña de cabello negro trenzado que barría las hojas cerca de la fuente. Se le paró el corazón. La niña había

crecido. Estaba más alta y delgada, pero reconoció inmediatamente esos ojos negros y esa forma cuidadosa de moverse.

Alma, susurró tan bajo que ni el mismo se escuchó. La niña alzó la vista por un momento y lo miró sin reconocerlo. Mateo

tenía barba ahora. Había perdido peso y usaba ropa diferente. Para ella solo era

un señor más arreglando cosas. Esa noche Mateo no durmió en el hotel. Se quedó

despierto planeando cómo acercarse a Alma sin asustarla o levantar sospechas. Al día siguiente, mientras pintaba la

cerca del patio, se las arregló para trabajar cerca de donde ella estaba. “¿Me pasas esa brocha?”, le dijo cuando

ella pasó caminando. Alma se acercó y le entregó la brocha. Sus manos se tocaron por un segundo. “Gracias”, dijo Mateo

mirándola a los ojos. “De nada, señor.” Su voz había cambiado. Ya no era la de

una niña pequeña, pero seguía siendo suave y cuidadosa. “Hace mucho que vives aquí, como 8 meses. ¿Te gusta?” Alma se

encogió de hombros. Está bien. La señora Patricia es buena. ¿No extrañas tu casa?

Por primera vez, Alma lo miró con más atención. ¿Por qué me pregunta eso? Mateo sintió que había ido demasiado

lejos. Solo curiosidad. Yo también viví en un orfanato cuando era niño. Sí, sí,

y siempre extrañé tener una familia de verdad. Alma asintió y siguió barriendo, pero Mateo notó que sus ojos se habían

puesto tristes. Esa tarde, cuando terminó el trabajo, Mateo le dijo a la señora Patricia, “Ha sido un placer

ayudar. Los niños son muy educados. Gracias a usted. Vendrá la próxima

semana. Necesitamos arreglar el techo del comedor. Claro que sí. Pero Mateo

sabía que ya no podía esperar más. Tenía que arriesgarse. Al día siguiente regresó temprano antes de que la señora

Patricia llegara. Alma estaba sola en el patio dándole de comer a los gatos. Hola

otra vez”, le dijo. “Hola, señor.” Mateo se acercó despacio, como se acerca uno a

un animal asustado. “¿Sabes? Ayer me dijiste que extrañabas tener una familia de verdad. No dije eso. Usted dijo que

usted la extrañaba. Tienes razón, pero vi en tus ojos que tú también.” Alma

dejó de darle comida a los gatos y lo miró con desconfianza. “¿Usted quién es?” Mateo respiró profundo. “¿Era ahora

o nunca? ¿Te acuerdas de un rancho con pollos y un pozo? De un hombre que te enseñó a escribir tu nombre. Al paso

atros. La, ¿cómo sabe eso? ¿Te acuerdas de alguien que te llamaba mi hija y te

hacía trenzas en el cabello? Los ojos de Alma se llenaron de lágrimas. Papá Mateo. Sí, mi hija soy yo. Alma corrió

hacia él y lo abrazó tan fuerte que Mateo pensó que se iba a romper. ¿Dónde

estabas? Lloró. Te busqué tanto tiempo. Yo también te busqué. Nunca dejé de

buscarte. Se quedaron abrazados durante varios minutos llorando los dos. ¿Por qué no viniste antes?, le preguntó Alma.

No sabía dónde estabas. El gobierno no me dejaba preguntarte por ti. Te van a llevar otra vez a la cárcel. No sé, mi

hija, pero ya no me importa. Te encontré. Desde la ventana de la oficina. La señora Patricia había visto

todo. Se acercó lentamente. Usted es el papá de alma. Mateo se puso de pie

todavía con alma agarrada de su mano. Sí, señora. Sé que no tengo derecho

legal, pero llevo 8 meses viendo como esta niña llora todas las noches por su papá Mateo. Lo interrumpió la señora

Patricia. Y ahora veo como lo abraza. Eso me dice todo lo que necesito saber.

Mateo sintió esperanza por primera vez en años. ¿Qué significa eso? Significa

que vamos a hacer las cosas bien esta vez. La señora Patricia cerró la puerta de su oficina y le sirvió café a Mateo y

chocolate caliente a Alma. “Antes que nada, necesito que me cuenten toda la verdad”, dijo, sentándose frente a

ellos. “No me importa lo que digan los expedientes oficiales, quiero escuchar su versión.” Mateo le contó todo. ¿Cómo

encontró a Alma en el poste? Laan de San Patricio Velasco, Elenato Morales

Muerto. Su tiempo en prisión. Alma completaba la historia cuando él se quedaba callado. Los hombres malos

mataron a mi mamá verdadera, explicó Alma. Papá Mateo me salvó. Él nunca me

lastimó nunca. La señora Patricia tomó notas durante toda la conversación. Esto

es muy complicado. Dijo al final. Legalmente Alma es pupila del estado.

Usted no tiene derecho sobre ella. Lo sé. respondió Mateo. “Pero no puedo dejarla otra vez y yo no quiero que me

deje”, añadió Alma agarrando la mano de Mateo. La señora Patricia los miró durante un largo rato. Hay una forma de

hacer esto legal. Va a tomar tiempo y va a ser difícil, pero es posible. ¿Cómo?

Proceso de adopción. Pero necesitamos un abogado bueno y pruebas de que usted puede cuidar a Alma adecuadamente.

¿Usted nos ayudaría? Conozco a una abogada que se especializa en casos de adopción complicados. Se llama

licenciada Herrera. Es cara, pero es buena. Mateo pensó en el dinero que le

quedaba de vender el ganado. ¿Cuánto puede costar? Mucho. Pero hay organizaciones que ayudan en casos como

este. Una semana después, Mateo se reunió con la licenciada Herrera en su oficina de Guadalajara. Era una mujer de

40 años, seria pero amable. Su caso es difícil por sus antecedentes penales, le

explicó. Pero tenemos puntos a favor. Alma ya tiene 13 años y puede expresar

su opinión ante el juez. ¿Qué necesitamos hacer? Primero, un estudio socioeconómico. Tienen que comprobar que

usted tiene trabajo estable, casa adecuada y recursos para mantener a la niña. Tengo mi rancho, pero está muy

descuidado, entonces hay que arreglarlo. También necesitamos testimonios de vecinos, certificados médicos,

antecedentes penales actualizados y alma. Ella va a necesitar evaluaciones psicológicas que demuestren que quiere

estar con usted por voluntad propia, no por manipulación. El proceso tomó 6 meses. Mateo vendió sus últimas vacas

para pagar los abogados y arreglar el rancho. Alma se quedó en la casa hogar San Francisco, pero ahora podía visitar

a Mateo los fines de semana. ¿Crees que va a funcionar?, le preguntó Alma durante una de esas visitas. Tiene que

funcionar, mija. Esta vez vamos a hacer todo bien. La parte más difícil fue

cuando Alma tuvo que escribir una carta para la jueza, explicando por qué quería vivir con Mateo. La licenciada Herrera

le había dicho que fuera completamente honesta. Alma se sentó en la mesa de la cocina del rancho un domingo por la

tarde y escribió, “Estimada señora jueza, mi nombre es Alma y tengo 13 años. Quiero contarle por qué necesito

vivir con mi papá Mateo. Cuando tenía 8 años, unos hombres malos mataron a mi

mamá y me vendieron como esclava. Me amarraron a un poste en un pueblo y me iban a vender al mejor postor. Papá

Mateo me vio ahí y me compró, pero no para hacerme trabajar, me compró para salvarme. En su casa aprendí a leer y

escribir. Me enseñó que las niñas no son para vender, sino para cuidar y educar.

Nunca me gritó, nunca me pegó, nunca me tocó de manera mala, solo me cuidó como si fuera su hija verdadera. Cuando se lo

llevaron preso, yo sabía que era injusto. Él no me secuestró, él me salvó. Y durante todos estos años que

hemos estado separados, he soñado con volver a su casa. Sé que él no es mi papá de sangre, pero es mi papá del

corazón y yo soy su hija del corazón. Juntos somos una familia, aunque no tengamos los mismos apellidos. Por

favor, déjeme volver a casa con él. Le prometo que voy a estudiar mucho y que voy a ser una buena hija. Solo quiero

tener una familia otra vez. Con respeto, Alma. Cuando Mateo leyó la carta, tuvo

que salir al patio para que Alma no lo viera llorar. Está bien, le preguntó.

Está perfecta, mi hija. Está perfecta. Dos semanas después estaban en el juzgado familiar de Morelia. La jueza

Ramírez leyó la carta de alma en voz alta durante la audiencia. ¿Estás segura de que quieres vivir con el señor

Figueroa? Le preguntó directamente a Alma. Sí, señora jueza, completamente

segura. Nadie te ha obligado a decir esto. No, señora, es lo que yo quiero.

La jueza miró todos los documentos, los testimonios, las evaluaciones psicológicas. Es un caso muy inusual,

dijo finalmente, pero es evidente que entre ustedes existe un vínculo familiar genuino. Mateo contuvo la respiración.

Se aprueba la adopción. El señor Figueroa tendrá la custodia legal de la menor alma Figueroa. Por primera vez en

5 años Alma tenía un apellido y Mateo tenía una hija legal. Dos años después,

el rancho de San Luis Potosí se veía completamente diferente. La casa tenía pintura nueva. El patio estaba lleno de

flores que Alma había plantado y los corrales albergaban nuevamente un pequeño ato de vacas y varios cerdos.

Alma, ahora de 15 años, regresaba de la escuela secundaria del pueblo en el autobús amarillo que paraba justo frente

al portón. Llevaba su uniforme azul marino y una mochila llena de libros.

Sus calificaciones eran excelentes, especialmente en español y ciencias sociales. “Papá, ya llegué”, gritó al

entrar a la casa. Mateo estaba en la cocina preparando la cena. Había aprendido a cocinar platos más variados

desde que Alma vivía con él oficialmente. ¿Cómo te fue en el examen de historia? Creo que bien. La maestra

nos preguntó sobre la Revolución Mexicana y escribí mucho. ¿Sobre qué escribiste? Sobre como los pobres

lucharon por sus derechos y sobre como algunas personas luchan toda la vida por proteger a otros, aunque les cueste

caro. Mateo sonrió. Alma había heredado la capacidad de ver las injusticias del

mundo, pero también había desarrollado la fuerza para combatirlas. Después de cenar, como todas las tardes, salieron

al patio. Alma tenía un proyecto especial que había estado trabajando durante semanas. “Ya decidiste dónde la

vamos a plantar ar”, le preguntó Mateo. “Sí, ahí junto al pozo, para que tenga

agua siempre.” Cargaron entre los dos el pequeño árbol de mango que habían comprado en el vivero del pueblo. Alma

había ahorrado su dinero de domingo durante tres meses para comprarlo. ¿Por qué un mango? Le había preguntado Mateo

cuando se lo propuso. Porque da frutos dulces y su sombra es fresca. Quiero que cuando seamos viejitos podamos sentarnos

debajo de él a recordar todo lo que pasamos. Mientras cavaban el hoyo, Alma sacó algo de su bolsillo. Era un pedazo

de cuerda vieja del mismo tipo que habían usado para amarrarla al poste en las piedras hacía 7 años. ¿Dónde

encontraste eso?, preguntó Mateo. La he guardado todo este tiempo. Estaba en el

vestido que traía puesto el día que me compraste. ¿Para qué la guardaste? Alma ató la cuerda alrededor del tronco

delgado del árbol joven, pero de manera suave, sin apretarla. para recordar,

dijo, “Esta cuerda una vez me tuvo prisionera. Ahora va a ayudar a este árbol a crecer derecho.” Mateo entendió

inmediatamente el simbolismo. Ya no te da miedo verla. No. Ahora me recuerda

que soy libre y que algunas cosas malas se pueden convertir en cosas buenas. Terminaron de plantar el árbol justo

cuando el sol se ocultaba detrás de los cerros. Se sentaron en los escalones del porche, viendo como las primeras

estrellas aparecían en el cielo. Papá, dijo Alma, ¿sabes lo que quiero estudiar

en la universidad? ¿Qué? Trabajo social. Quiero ayudar a niños como yo, que no

tienen familia o que están en situaciones malas. Me parece perfecto, mi hija. Vas a ser muy buena en eso. ¿Tú

crees? Estoy seguro. Tienes corazón grande y sabes lo que es sufrir. Eso te

va a ayudar a entender a otros niños. Alma se recargó en el hombro de Mateo. ¿Te arrepientes de haberme comprado ese

día, Nanka? Fue lo mejor que hice en mi vida, aunque te haya costado tantos

problemas. Los problemas pasaron. Tutti could asked. Se quedaron en silencio

durante un rato, escuchando los grillos y viendo las luciérnagas que empezaban a aparecer entre los árboles. “Papá”, dijo

Alma finalmente. ¿Crees que mi mamá verdadera estaría orgullosa de cómo resultó todo? Mateo pensó en Rosa, la

madre de alma que había muerto tratando de protegerla. Estoy seguro de que sí. Ella quería que fueras libre y feliz, y

eso es lo que eres ahora. ¿Y tu hija Esperanza, ¿crees que le hubiera caído bien tener una hermana adoptiva? Mateo

sintió el corazón lleno de una calidez que no había sentido en años. Le hubiera encantado. Siempre quiso una hermana.

Alma se levantó y caminó hacia el árbol recién plantado. Tocó suavemente la cuerda que rodeaba el tronco. Esta

cuerda ya me tuvo presa dijo. Más para sí misma que para Mateo. Ahora me recuerda que soy libre. Mateo se acercó

y puso su mano en el hombro de su hija. Ni todo el dolor tiene que durar para siempre, dijo. Algunas veces se

convierte en fuerza, algunas veces se vuelve raíz. Alma sonrió y abrazó a su

padre adoptivo mientras las estrellas se multiplicaban en el cielo de San Luis Potosí. Y el pequeño árbol de mango

comenzaba su larga vida bajo la protección de una familia que había aprendido que el amor verdadero no

necesita sangre compartida, solo corazones que se eligen mutuamente. ¿Te conmovió la historia de Mateo y Alma?

Esta historia nos recuerda que el amor verdadero no conoce fronteras ni papeles legales y que a veces las familias más

fuertes son las que se eligen con el corazón. Si esta historia te tocó el alma tanto como a nosotros, no olvides

darle like a este video y compartirlo con alguien que necesite recordar que siempre hay esperanza, incluso en los

momentos más oscuros. La historia de como una cuerda que una vez representó esclavitud se convirtió en símbolo de

libertad nos enseña que podemos transformar nuestro dolor en fuerza. Si quieres seguir disfrutando de historias

que te hagan reflexionar sobre la vida, la familia y la justicia, suscríbete a nuestro canal y activa la campanita para

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