
—Si das un paso más, grito —advirtió Mariana con los ojos inundados de lágrimas—. Y no me importa quién seas ni cuánto dinero tengas.
Julián se detuvo en seco.
Nunca antes alguien le había hablado así sin temerle. Pero no era desafío lo que veía en los ojos de Mariana, era terror. Terror puro de una madre acorralada.
Los bebés lloraban con fuerza ahora, uno buscando instintivamente el pecho, el otro aferrando la tela del cargador con sus manitas diminutas. Mariana los mecía con torpeza, agotada, murmurándoles palabras suaves, rotas.
—No voy a hacerte daño… —dijo Julián, bajando la voz como si temiera que incluso el aire pudiera herirlos—. Te lo juro. A ellos… jamás.
Sabrina soltó una carcajada seca.
—Esto es absurdo. Julián, vámonos. Llama a seguridad. Esta mujer está loca.
Julián giró lentamente hacia ella.
Por primera vez desde que la conocía, Sabrina no reconoció al hombre que la miraba.
—Aléjate de ellos —dijo él.
—¿Qué?
—Te dije que te alejes —repitió, con una calma que daba más miedo que un grito—. No vuelvas a hablarles. Nunca.
Sabrina abrió la boca, indignada, pero ninguna palabra salió. Aquello no estaba en el guion. No así.
El autobús se detuvo frente a Mariana con un bufido de aire caliente. Las puertas se abrieron.
—Sube —dijo el chofer con impaciencia.
Mariana dudó. Miró a Julián una última vez.
—No nos sigas —susurró—. Si lo haces, te denuncio. No confío en ti. No después de lo que me hiciste.
Y subió.
Las puertas se cerraron.
El autobús arrancó lentamente, llevándose consigo a Mariana, a los gemelos… y algo más que Julián no supo nombrar de inmediato.
Cuando el vehículo dobló la esquina y desapareció, Julián sintió el vacío.
Uno real. Físico. Como si le hubieran arrancado el corazón sin anestesia.
Sabrina explotó.
—¿Estás satisfecho? ¡Has hecho el ridículo frente a medio mundo! ¿Qué demonios fue eso? ¿De verdad creíste esa historia? ¿Unos niños cualquiera y ya pierdes la cabeza?
Julián no respondió.
Sacó el teléfono.
Marcó un número.
—Cancela la boda —dijo, sin preámbulos—. Hoy mismo.
—¿Estás bromeando? —chilló Sabrina—. ¡Mi padre…!
—Que hable con mis abogados —la interrumpió—. Y con los suyos. Todo se acabó.
Ella lo miró como si acabara de morir alguien.
—Te vas a arrepentir.
—No —respondió él, finalmente mirándola a los ojos—. Me arrepiento de no haberlo hecho antes.
Esa noche, Julián no volvió a la mansión.
Tampoco durmió.
Al amanecer ya había hecho llamadas. Muchas. Investigadores privados. Registros médicos. Hospitales públicos.
No para quitarle nada a Mariana.
Sino para reparar, si es que aún era posible.
Tres semanas después, Mariana escuchó un golpe suave en la puerta de su pequeño departamento.
No abrió de inmediato.
—Soy yo —dijo la voz—. Solo… solo quiero hablar. Traje pañales. Y leche. Y… perdón. No dinero. Perdón.
Silencio.
Luego, muy despacio, la puerta se abrió apenas unos centímetros.
Mariana no sonrió.
Pero tampoco la cerró.
Y para Julián Santoro, ese gesto mínimo fue más valioso que todas las fortunas que había acumulado en su vida.
Porque por primera vez, el camino de regreso no se compraba.
Se merecía.