Apache regresa del desierto y ve su hija durmiendo con cerdos… Aterrorizado, coge su hacha y…

Justo cuando el primer rayo de sol cortaba el silencio del desierto, un
hombre con la mirada perdida reapareció en la aldea. Al cruzar la desgastada
valla de madera, se topó con una escena imposible de olvidar. Allí, entre el
barro y el fuerte olor del establo, una niña dormía acurrucada entre los cerdos,
abrazada a una vieja muñeca, como si el resto del mundo se hubiera olvidado de su existencia. Nadie se atrevió a
preguntar qué había llevado a aquella niña a buscar refugio entre los animales
en lugar de dentro de casa, pero el peso de aquella imagen era solo el principio
de lo que iba a salir a la luz en aquella familia marcada por el silencio
y los secretos que la propia tierra parecía ocultar. El aire frío de la
madrugada se colaba por entre las rendijas de las paredes de adobe, mezclando el aroma de la tierra húmeda
con el olor penetrante de los establos. En la distancia, el canto de los gallos
anunciaba un nuevo día en el pequeño pueblo de esperanza Bali, donde las
tradiciones se arraigaban tan profundamente como los mezquites en el
desierto. Tenoch caminaba por el sendero polvoriento con pasos lentos, pero
decididos, cargando en su espalda el peso de 8 años de ausencia. Sus botas
gastadas pisaban la misma tierra que había conocido desde niño, pero ahora
todo le parecía extraño, como si hubiera regresado a un lugar que existía solo en
sus recuerdos. El sol apenas asomaba tras las montañas, pintando el cielo con
tonos dorados y rosados que contrastaban con la frialdad que sentía en el pecho.
Sus manos callosas apretaban la correa de su morral de cuero, donde guardaba
las pocas pertenencias que había logrado reunir durante todos esos años perdidos
en el desierto. Cada paso lo acercaba más a la casa que una vez había llamado
hogar. pero que ahora se alzaba ante él como un recordatorio de todo lo que
había perdido. La estructura de adobe y madera parecía más pequeña de lo que
recordaba, con su techo de tejas rojas descoloridas por el tiempo y las paredes
que mostraban grietas como cicatrices silenciosas. El corral que se extendía a un lado de
la casa estaba rodeado por una cerca de madera desgastada, donde algunos pollos
picoteaban en la tierra buscando su primer alimento del día. Tenoch se
detuvo frente a la puerta principal, observando las ventanas cerradas y
sintiendo el silencio que emanaba del interior. Su corazón latía con fuerza,
mezclando la esperanza con el miedo de lo que podría encontrar después de tanto
tiempo. Había soñado con este momento durante las noches frías en el desierto,
cuando las estrellas eran su única compañía y los recuerdos de su hija pequeña lo mantenían cuerdo. El sonido
de algunos gruñidos provenientes del corral llamó su atención. caminó hacia
allí pisando con cuidado sobre la tierra todavía húmeda del rocío matutino. Los
cerdos se movían inquietos en su espacio, revolcándose en el lodo y
compitiendo por los restos de comida esparcidos en el suelo. Pero algo no estaba bien. Entre la paja sucia y los
animales, distinguió una pequeña figura acurrucada en una esquina del corral. se
acercó más entornando los ojos para ver mejor en la penumbra del amanecer. Era
Anayeli, su hija, que cuando él se había marchado apenas tenía dos años. Ahora
yacía hecha un ovillo entre los cerdos, envuelta en una cobija desgastada que
había conocido mejores días. Su rostro, aunque sucio y manchado de lágrimas
secas, conservaba los rasgos delicados que él recordaba. Pero había algo
diferente en su expresión. Incluso dormida, sus pequeñas cejas estaban
fruncidas como si estuviera luchando contra pesadillas que no la dejaban
descansar. Tenoch sintió como si le hubieran clavado un puñal en el pecho.
Sus piernas temblaron y tuvo que apoyarse en la cerca para no caerse.
Esta no era la imagen que había llevado en su corazón durante todos estos años.
No así, no de esta manera. Los cerdos la rodeaban sin hacerle daño, como si
hubieran aceptado su presencia como algo natural. Anayeli abrazaba contra su
pecho un muñeco de trapo remendado, tan maltratado como la cobija que la cubría.
Sus pequeños pies descalzos asomaban por debajo de la manta, sucios y con
pequeños rasguños que hablaban de días difíciles. Tenoch abrió la cerca con
manos temblorosas, haciendo el menor ruido posible para no despertar a su
hija. Se acercó lentamente, observando cada detalle de la escena que tenía ante
él. La ropa de Anayeli, aunque limpia, era demasiado grande para ella, como si
llevara puesta ropa de alguien más. Su cabello negro, que recordaba sedoso y
brillante, ahora estaba enredado y opaco. Se agachó junto a ella sin saber
si debía despertarla o simplemente quedarse ahí, protegiéndola mientras
dormía. La rabia comenzó a crecer en su interior, mezclándose con la culpa y el
arrepentimiento. ¿Cómo había permitido que esto pasara? ¿Dónde había estado él
cuando su hija más lo necesitaba? El sonido de pasos acercándose lo hizo voltear. Una mujer salía de la casa
secándose las manos en el delantal. Era Esperanza, la mujer con la que se había
casado poco antes de marcharse, la que había prometido cuidar de Anayeli como
si fuera su propia hija. Esperanza se detuvo en seco al verlo, sus ojos
reflejando una mezcla de sorpresa y algo que parecía ser molestia. Su rostro, que
una vez había sido amable y acogedor, ahora mostraba líneas de cansancio y una