El día amaneció hermoso en el pequeño billar de las montañas en Villacarmesí. El sol subía despacio por detrás de los

picos, derramando una luz dorada sobre las casas de piedra, sobre los huertos,

sobre el camino de tierra que cruzaba el billar de un extremo a otro. El billar era sencillo, distante de la capital,

rodeado por montañas que parecían protegerlo del mundo exterior como brazos enormes y silenciosos.

Allí las personas se conocían por el nombre, por las costumbres, por las historias, y nadie era más conocida que

Celeste Delgado, la muchacha de los panes, la muchacha de los ojos azules

que detenían a cualquiera a mitad del camino. Celeste tenía 25 años. Su madre

había fallecido en el parto, llevándose consigo el secreto del nombre del padre,

que nadie jamás supo confirmar. Y ella creció sabiendo que había llegado al mundo pagando un precio que no le

correspondía pagar. Sus tíos Rufino y Antonieta la criaron con el amor que

tenían, un amor sencillo y verdadero. La propiedad era pequeña, todo muy simple,

pero bien cuidado. Rufino había intentado varias veces conseguirle matrimonio a la sobrina, pero el dinero

de la dote se había ido todo para la boda de Julieta, la hija de ellos, que

se había casado dos años atrás y se había ido a vivir a la ciudad, regresando rara vez para visitar a los

padres que envejecían despacio entre aquellas montañas. Y Celeste no quería

dejarlos solos. Entonces le pidió al tío que dejara de buscar, pues era feliz

allí con ellos. Aquella mañana ella se arreglaba para salir cuando su tía Antonieta apareció en el umbral de la

cocina con los ojos llenos de preocupación. La anciana la observó por un momento,

las manos torcidas en el delantal, y entonces dijo con aquella voz mansa que usaba cuando quería convencer sin

discutir. “Celeste, descansa hoy. Has trabajado toda la semana sin descanso y

el sol estará muy fuerte hoy.” Celeste levantó los ojos azules hacia la tía y

sonrió con aquella calma de quien ya ha tomado una decisión y no va a cambiarla.

Quédate tranquila, tía. Necesitamos comprar la medicina del tío Rufino”, respondió ella con la voz firme y

cariñosa al mismo tiempo, mientras continuaba acomodando las cestas sin dudar. Antonieta sabía que no había

argumento en el mundo capaz de detener a Celeste cuando estaba decidida a hacer algo. Entonces se quedó allí en el

umbral, mirando el corazón apretado de amor mientras celeste se colocaba el

pañuelo amarillo en la cabeza. Tomaba las cestas de pan recién hecho, daba un

beso rápido en su rostro arrugado y salía por la puerta. Mientras Celeste este caminaba por el camino con sus

cestas de pan recién hecho, a algunos kilómetros de allí, una carruaje elegante avanzaba por las curvas del

camino que descendía de las montañas en dirección a Villa Carmesí. Dentro de

ella viajaba Hernán Velasco, Duque de Saloya, 36 años de edad y 12 años en el

cargo. Un hombre de hombros anchos, cabellos castaños y ojos oscuros que

cargaban el peso de quien está, acostumbrado a tomar decisiones que pesan sobre muchas vidas. La misión que

la corte le había confiado era clara, explorar las tierras del billar y

evaluar si podrían ceder parte de ellas para expandir el cultivo de cebada que Saloya necesitaba con urgencia. Hernán

había cumplido cada misión de la corte con la eficiencia que su cargo exigía.

Era respetado, era temido, era obedecido. Pero dentro de aquella

mansión enorme en Saloya, él era apenas un hombre solo que había aprendido de la

peor manera lo que era vivir al lado de quien no te amaba de verdad. 5 años

atrás se había casado con Lucia y con el tiempo ella había revelado una frialdad y una ambición que fueron apagando el

poco cariño que él intentaba alimentar hasta que ella sufrió un infarto y él

quedó solo de nuevo, esta vez sin ninguna ilusión. Hernán había decidido que si volvía a casarse sería por amor

verdadero o no sería de ninguna forma. La nobleza le exigía herederos. Él lo

sabía, pero las mujeres de la corte eran decepcionantes, llenas de cálculo e

interés, y él prefería envejecer solo antes que volver a quedar atrapado en una vida infeliz.

Pero en aquel momento necesitaba concentrarse en el trabajo, convencer al billar de ceder las tierras a la corona.

Y fue con ese pensamiento que el carruaje comenzó a desacelerar. Fernando, su cochero fiel de tantos

años, tiró de las riendas despacio y se acercó a la ventana con aquella expresión de quien está a punto de decir

algo que sabe que no va a agradar. Señor, estamos llegando a Villa Cararmesí. Usted no me dijo dónde

debemos quedarnos y por lo que veo solo hay residencias por aquí. Hernán salió del carruaje y miró a su

alrededor, el paisaje sencillo del billar abriéndose ante él y confirmó lo

que Fernando había dicho. “Fernando, no tengo idea. Vamos a tener que pedir alojamiento a alguien”, dijo él mirando

las casitas alrededor. Fernando lo encaró con el respeto de siempre, pero no contuvo lo que necesitaba decir.

“Señor, discúlpeme lo que voy a decir, pero estas familias son humildes y

ustedes un duque. No les va a gustar alojarlo. Usted es un hombre rico. Hernán sabía que el cochero tenía razón

y lo último que necesitaba era que aquellas personas lo recibieran con miedo o desconfianza, pues necesitaría

su confianza para convencerlas sobre las tierras. Entonces, una idea atravesó su cabeza

como un rayo simple y audaz al mismo tiempo. Fernando, ¿trajiste otra muda de

ropa? El cochero asintió sin entender a dónde iba aquello. “Entonces, dámela”,

dijo Hernán con la decisión ya tomada. Fernando abrió los ojos con sorpresa. “¿Quiere mi ropa, señor?” Y Hernán

respondió con firmeza, “Vamos, Fernando, dame la ropa. Antes de continuar con la

historia de hoy, quiero decir algo muy importante. Seas muy bienvenido al canal

Amor y Román de época. Me hace inmensamente feliz tenerte aquí,

que elegiste escuchar esta historia y acompañarme en esta jornada emocionante.

Me cuentas en los comentarios desde qué rincón del mundo nos estás acompañando

hoy voy a contarte una historia que hará que tu corazón se apriete, se acelere y

se emocione. Esta es la historia de Celeste, una joven de alma pura que vendía pan a la