
Suéltame. Mi papá va a pagar lo que sea. Lucas Carter forcejeaba contra las
cuerdas que lo amarraban al árbol seco. Sus muñecas sangraban y tenía los labios
partidos. El sol del desierto de Nuevo México le quemaba la cara. Ayuda a
alguien. Su voz se perdía entre los matorrales. Llevaba dos días ahí. Los
secuestradores se habían ido esa mañana en su camioneta negra prometiendo volver. A unos metros, Clara observaba
desde detrás de una roca. Tenía 7 años, pero parecía más pequeña. Su ropa estaba
sucia y rota. Llevaba una bolsa de plástico llena de latas que había encontrado. El niño rico seguía
gritando. Clara conocía esa voz. Era diferente a la de los niños del pueblo.
Más suave, más limpia. ¿Quién está ahí? Lucas había visto su sombra. Por favor,
ayúdame. Clara se quedó quieta. Los adultos siempre traían problemas, pero
este era solo un niño y estaba llorando. ¿Me vas a ayudar o no?, preguntó Lucas
intentando sonar valiente. Clara se acercó despacio. Tenía el pelo enredado
y los ojos muy grandes. En la mano derecha llevaba un cuchillo pequeño y oxidado. ¿Quiénes eran?, preguntó en voz
baja. Unos hombres. Dijeron que mi papá tiene que pagar dinero, mucho dinero.
Clara examinó las cuerdas. Eran gruesas, pero viejas. ¿Cuándo vuelven? No sé, tal
vez mañana o esta noche. Clara empezó a cortar las cuerdas con cuidado. Sus
manos temblaban, pero no paró. “¿Cómo te llamas?”, preguntó Lucas. “Cla, yo soy
Lucas.” Lucas Carter. Ella no respondió. siguió cortando. Conocía ese apellido.
Lo había visto en los camiones que pasaban por el pueblo. Vive aquí. Sí.
¿Con quién? Clara no contestó. La cuerda se rompió y Lucas pudo mover las manos.
Tenía marcas rojas en las muñecas. “Gracias”, dijo frotándose los brazos.
“Tienes agua.” Clara sacó una botella de plástico medio vacía de su bolsa. El
agua estaba tibia, pero Lucas la bebió toda. ¿Dónde están tus papás?, preguntó
él. Mi mamá se fue en un carro negro. Mi papá nunca estuvo. Lucas la miró con
sorpresa. Esta niña vivía sola en el desierto. ¿Quieres que te lleve a mi casa? Mi papá puede ayudarte. Clara negó
con la cabeza. Los ricos no ayudan a los pobres. Yo no soy como los demás. Todos
dicen lo mismo. Clara guardó su cuchillo y le dio la mano para ayudarlo a levantarse. Lucas tenía las piernas
dormidas y casi se cayó. ¿Puedes caminar?, preguntó ella. Creo que sí.
Entonces vamos antes de que vuelvan. Clara conocía el desierto como la palma de su mano. Sabía donde había agua,
donde había comida, donde había peligro. “Guo a Lucas por un sendero estrecho entre las rocas. ¿A dónde vamos?”,
preguntó él. A mi casa. ¿Tienes casa? Algo así. Caminaron en silencio. Lucas
observaba como Clara se movía entre los matorrales sin hacer ruido. Era como si fuera invisible. ¿Por qué me ayudaste?,
preguntó Lucas. Clara se detuvo y lo miró. Sus ojos eran muy tristes para una
niña de 7 años, porque sé lo que es estar amarrado a algo que no puedes cambiar. Lucas no entendió
completamente, pero sintió que esas palabras significaban algo importante. Falta mucho. Ya llegamos. Clara señaló
un autobús viejo y abandonado. Estaba oxidado y no tenía ruedas. Algunas
ventanas estaban rotas. Aquí vives. Sí. Lucas miró el autobús y luego miró a
Clara. Esta niña había vivido sola en el desierto y acababa de salvarlo. Se
sintió muy pequeño. ¿Desde cuándo vives aquí? Desde que mi mamá se fue. ¿Cuánto
tiempo? Clara se encogió de hombros. No sé contar los días. Subieron al autobús.
Adentro había una cama hecha con cartones y trapos. En un rincón, Clara tenía sus tesoros. Latas brillantes,
pedazos de vidrio de colores, una muñeca sin cabeza. ¿Tienes hambre?”, preguntó
Clara. Lucas asintió. No había comido en dos días. Clara sacó una lata de
frijoles a medio terminar y se la dio con una cuchara de plástico. “¿Y tú?”
“Yo ya comí.” Lucas sabía que mentía, pero tenía mucha hambre. Comió los
frijoles fríos mientras Clara lo observaba. “Mañana te llevo donde hay teléfono”, dijo ella. “¿Sabes dónde hay?
En el cerro a veces hay señal.” Lucas terminó de comer y se recostó en el asiento del conductor. Todo le dolía.
Clara, ¿puedo preguntarte algo? ¿Qué? ¿No tienes miedo de vivir sola? Clara se
quedó callada un momento. El miedo es como el hambre. Si no le haces caso, se
Lucas cerró los ojos. Afuera empezaba a oscurecer y se oían los ruidos del desierto. Clara, ¿qué?
Gracias por salvarme. Pero Clara ya no respondió. Se había acurrucado en su
cama de cartones y hablaba en voz muy baja, como si conversara con alguien invisible. Lucas despertó con el sol,
pegándole en la cara. Le dolía todo el cuerpo y tardó un momento en recordar dónde estaba. Clara ya no estaba en su
cama de cartones. Clara llamó, pero no hubo respuesta. se asomó por la ventana
rota y la vio afuera, moviendo una lámina de metal oxidado. Tenía puesta la
misma ropa del día anterior. “¿Qué haces?”, preguntó Lucas bajando del autobús haciendo sombra. “El sol te va a
quemar la cara.” Clara había encontrado unos palos largos y los estaba clavando en la arena. Después puso la lámina
encima, creando una sombra pequeña, pero suficiente. Siempre haces esto. Solo
cuando viene alguien, yo ya estoy acostumbrada al sol. Lucas se sentó bajo la sombra improvisada. Clara tenía
razón. Su piel ya estaba roja por el sol del desierto. ¿Desayunaste?, preguntó
él. Los niños como no desayunan, comemos cuando encontramos algo. Clara sacó
medio pan duro de su bolsa y se lo dio a Lucas. Dosa cast del basurero del pueblo.
Todavía sirve. Lucas Mirow El Pan tenía partes verdes, pero tenía mucha hambre.
Se comió la mitad y le devolvió el resto. Come tú también. Estoy bien,
Clara. Los dos tenemos hambre. Comparemos. Ella tomó el pan y se comió
un pedacito muy pequeño. Lucas notó que masticaba muy despacio, como si quisiera
que durara más. Siempre has vivido aquí. Antes vivía en el pueblo con mi mamá.
¿Qué pasó con ella? Clara se quedó callada y miró hacia el horizonte. Unos
hombres vinieron a buscarla. Dijeron que tenía que pagar algo. Ella me dijo que
me escondiera. Nunca volvió. ¿Cuánto tiempo hace? No sé. Muchos días, muchas
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