
La dejaron plantada el día de su boda. Y el millonario le susurró, “Finge que soy el novio.” El silencio en la iglesia no
era sagrado, era tóxico, pesado, asfixiante.
Hacía 45 minutos que la marcha nupsial debería haber sonado, pero el órgano permanecía mudo y el altar vacío.
Valeria estaba de pie frente a 300 invitados, con las manos aferradas a su ramo de rosas blancas, con tanta fuerza
que los tallos comenzaban a romperse bajo la presión de sus dedos temblorosos. El sudor frío recorría su
espalda bajo el encaje barato, pero hermoso de su vestido, ese que su abuela
había cocido a mano durante meses, sacrificando sus horas de sueño para que su nieta luciera como una princesa.
Pero en ese momento Valeria no se sentía como una princesa, se sentía como un
animal de circo expuesto para la burla pública. Un murmullo recorrió las bancas
de madera como un enjambre de avispas furiosas. Las tías de Esteban, el novio,
abanicaban sus rostros con gestos exagerados de impaciencia, mientras sus primas revisaban sus teléfonos,
probablemente publicando en redes sociales sobre el desastre inminente. Pero lo peor no eran los murmullos, sino
la mirada que venía desde la primera fila. Doña Bernarda, la madre de Esteban, estaba sentada con la espalda
recta, impecable, en un vestido de diseñador color champán, que costaba más que toda la boda junta. No parecía
preocupada. No miraba el reloj, miraba a Valeria. Y en sus ojos oscuros y fríos
no había piedad, había triunfo. Una sonrisa casi imperceptible curvaba sus
labios pintados de rojo sangre. Ella sabía algo que Valeria ignoraba. ¿Dónde
está?”, susurró Valeria con la voz quebrada girándose hacia su padre, un
hombre humilde y trabajador que se retorcía las manos avergonzado. “¿No
contesta el teléfono, hija?” Nadie sabe nada. En ese instante, las puertas
laterales de la sacristía se abrieron de golpe. No entró Esteban, entró su
padrino, un tipo bajo y nervioso llamado Ricardo, que evitaba mirar a nadie a los
ojos. Caminó rápido, casi corriendo, ignorando al sacerdote y dirigiéndose
directamente hacia Valeria. El sonido de sus zapatos resonó como disparos en la
quietud del templo. Al llegar frente a ella, no le dio un abrazo ni una explicación. Le extendió un papel
arrugado, una simple hoja de cuaderno arrancada con prisa. Lo siento, Valeria”, dijo Ricardo en voz baja antes
de dar media vuelta y salir casi huyendo, como si el altar estuviera en llamas. El corazón de Valeria se detuvo.
Sus manos soltaron el ramo que cayó al suelo con un golpe sordo, desparramando pétalos blancos sobre la alfombra roja.
con dedos entumecidos, desdobló la nota. La letra de Esteban era inconfundible,
pero las palabras parecían escritas por un extraño, por un monstruo. No puedo
hacerlo. Mi madre tiene razón. No puedo casarme con una muerta de hambre y arruinar mi futuro. Este mundo no es
para ti, Valeria. Búscate a alguien de tu clase. No me busques. El aire salió
de sus pulmones. El dolor no fue agudo, fue un vacío inmenso, como si el suelo
se hubiera abierto para tragarla. Muerta de hambre. Esas palabras resonaron en su
cabeza con la voz de doña Bernarda. Esteban nunca había hablado así. Esteban
le había prometido amor eterno bajo la lluvia. Le había jurado que el dinero no importaba, que juntos construirían algo
grande. Todo había sido una mentira, una cruel y elaborada mentira. Un soy escapó
de su garganta. Un sonido agónico que rompió el protocolo y la dignidad del momento. Valeria se llevó ambas manos a
la boca, intentando contener el grito de desesperación que amenazaba con destrozarla. Las lágrimas brotaron de
golpe, calientes y humillantes, nublando su visión. Escuchó una risa seca. Al
levantar la vista, vio a doña Bernarda poniéndose de pie con elegancia, alisándose la falda. Bueno, el
espectáculo ha terminado”, anunció Bernarda con voz potente girándose hacia los invitados. “Vámonos. Agradezcan que
mi hijo tuvo la lucidez de no cometer el peor error de su vida. La humillación era total. Valeria quería desaparecer,
desintegrarse en átomos y dejar de existir. Cerró los ojos esperando el sonido de los pasos de la gente,
abandonándola, esperando la soledad absoluta. Pero entonces el sonido que
escuchó fue diferente. No eran pasos de retirada, eran pasos de autoridad,
pesados, firmes, lentos. Clac, clac, clac. Alguien caminaba por el pasillo
central, no hacia la salida, sino hacia el altar. El ritmo era tan imponente que los
murmullos cesaron de golpe. Incluso doña Bernarda se detuvo a medio camino con la
boca entreabierta. Valeria abrió los ojos a través de las lágrimas. Una figura alta y oscura se recortaba contra
la luz de la entrada. Un hombre vestía un traje negro hecho a medida que
gritaba poder y dinero, con una camisa blanca de cuello abierto, sin corbata,
dándole un aire de rebeldía peligrosa. Su cabello castaño oscuro estaba peinado
hacia atrás y una barba de tres días sombreaba una mandíbula cuadrada y
tensa. Era Alesandro Dangelo, el magnate, el hombre al que todos en la
ciudad temían, el socio mayoritario de la empresa donde Esteban trabajaba como un simple gerente junior. Nadie sabía
por qué estaba invitado. Se suponía que era un compromiso social aburrido para él, pero ahí estaba, avanzando como un
depredador en su territorio. Alesandro no miró a los invitados, no miró a
Bernarda, quien palideció al verlo, retrocediendo un paso como si hubiera visto al Sus ojos, de un azul
eléctrico y penetrante estaban clavados únicamente en Valeria. No había lástima
en su mirada. Había furia, una furia contenida, fría y calculadora. Subió los
escalones del altar sin pedir permiso. El sacerdote retrocedió intimidado por
la pura presencia física del hombre. Alesandro se detuvo frente a Valeria, invadiendo su espacio personal. Olía a
colonia costosa, a tabaco y a peligro. Valeria, paralizada por el miedo y la confusión, apenas podía respirar. Él la
miró desde arriba, evaluando el daño, viendo las lágrimas, el maquillaje corrido, el temblor de sus manos. Luego
hizo algo impensable. Se inclinó lentamente hacia ella. Su rostro quedó a
milímetros del suyo. Valeria sintió el calor de su aliento en su oído, enviando