
La serpiente me miraba con ojos que no pertenecían a este mundo. No era el frío
de la muerte lo que sentí cuando sus anillos comenzaron a apretarse alrededor de mi pecho. Era algo peor. Era
reconocimiento. Como si aquella criatura colosal, una boa de escamas negras y doradas que
medía más de 10 m, me conociera como si hubiera estado esperándome. Mis
costillas crujieron. El aire escapó de mis pulmones en un susurro desesperado.
Las estrellas sobre aquel bosque desconocido comenzaron a girar, a multiplicarse, a fundirse en una sola
luz blanca que pulsaba como un corazón. Pensé en los caballos. Siempre pienso en
los caballos cuando la muerte se acerca. Pensé en Bendabal, el semental negro que
nadie había podido tocar. En cómo una tarde de octubre le puse la mano en el
hocico y los dos respiramos al mismo tiempo. Pensé en las llanuras de Andalucía, en el olor a tomillo y tierra
seca. En las manos encallecidas de mi abuelo pensé, esto no era lo que debía pasarme.
Y entonces la escuché. Un sonido como el viento cortando piedra, como una
tormenta tomando forma humana. Un golpe seco definitivo y la presión alrededor
de mi pecho desapareció. Caí sobre la tierra húmeda, jadeando, con los
pulmones ardiendo como brasas. Y cuando levanté la vista, vi algo que mi mente
se negó a procesar durante varios segundos. Una figura, mitad mujer, mitad
caballo. Y en sus ojos, color á, ardía algo que yo había visto antes, solo una vez, en
el semental más salvaje que jamás había existido en la finca de los Herrera. No miedo, no ira, reconocimiento.
Pero para entender cómo llegué a ese bosque, a esa serpiente y a esos ojos que cambiaron el rumbo de toda mi vida,
necesito volver al principio. Me llamo Mateo. Mateo y Barra. Y durante 27 años
creí saber exactamente quién era. Nací en una finca a 40 km de Jerez de la
Frontera en el corazón de Andalucía. Mi abuelo Esteban Ibarra era domador, no en
el sentido moderno, con métodos académicos y certificaciones. Domador en el sentido más antiguo de la
palabra, alguien que se sienta junto a un caballo salvaje y escucha. Los
caballos ya saben quiénes son, decía junto a la lumbre con esa voz de tierra
y tabaco que todavía escucho en sueños. El problema es que los hombres no saben
quiénes son ellos mismos. [música] Y entonces intentan convencer al caballo de que seda, pero el caballo solo cede
ante alguien que ya no necesita que el caballo seda. De niño no lo entendí. A
los 18 años, el día que puse la mano sobre el hocico de Bendaval y el caballo se quedó quieto como un lago en calma,
comprendí que mi abuelo no me había estado enseñando a domar caballos, me había estado enseñando a ser un hombre.
El don, si es que puede llamarse así, se manifestó temprano. A los 7 años entré
al corral donde una yegua recién llegada llevaba tres días sin comer, encabritándose ante cualquier
movimiento, con los ojos blancos de terror. Me senté en el suelo, crucé las
piernas, cerré los ojos y sentí el miedo de la yegua como si fuera mi propio miedo, no como empatía intelectual
físicamente, un frío en el pecho, un temblor en las manos. Sin pensar dije en voz baja, ya
sé, yo también tenía miedo. Pero esto ya pasó. 10 minutos después,
la yegua tenía el hocico apoyado sobre mi cabeza. Esa noche el abuelo me preguntó, “¿Qué
sentiste cuando te acercaste a ella?” “Su miedo,” dije. ¿Y qué hiciste con ese
miedo? Lo compartí con ella. Asintió muy despacio, se levantó, fue hasta el
estante, sacó un libro pequeño de tapas de cuero negro y páginas amarillas. Lo
puso sobre la mesa frente a mí, pero no lo abrió. Hay cosas, dijo, que te
contaré cuando seas mayor, sobre de dónde viene ese don tuyo, sobre
tu madre, sobre por qué los caballos te reconocen de una manera que no reconocen a nadie más. Extendí la mano hacia el
libro. Él la cubrió con la suya. Todavía no. Tres años después, el abuelo murió
durmiendo, los pies sobre el porche, el libro de cuero negro sobre el pecho.
Cuando intenté abrirlo en su velatorio, las páginas estaban en blanco. Todas. Lo
guardé de todas formas. Crecer sin respuestas te enseña a vivir con
preguntas. Y yo me volví muy bueno en eso. A los 20
años era conocido en los círculos secuestres de Andalucía como el hombre que habla con los caballos imposibles.
No era un negocio glamoroso, pero era mío. Ramiro, el dueño del establo donde
trabajaba, decía que yo era medio brujo y medio idiota con afecto genuino. Medio
brujo porque los caballos te obedecen como si les hablaras al alma. medio idiota, porque cobras menos de lo que
deberías y vives como un estudiante cuando podría ser rico.
No estaba equivocado en ninguna de las dos partes. Fue Ramiro quien me llamó un martes de septiembre con la voz cargada
de una emoción que él nunca mostraba. Mateo, hay gente que quiere verte. Gente
de fuera, de fuera de Jerez, de fuera de España. Llegaron al día siguiente en un
coche negro sin matrícula visible que levantó polvo al detenerse frente al establo. Eran cuatro, tres hombres y una
mujer. Los hombres tenían algo en la forma de moverse, demasiado fluido, demasiado
preciso, como si cada movimiento fuera calculado con una exactitud que el cuerpo humano normal no suele tener. La
mujer era diferente, más pequeña que los hombres, pero con una presencia que
llenaba el espacio de otra manera. El pelo oscuro recogido, ojos de un verde
tan claro que por un momento pensé que eran lentes de contacto.
Me miró durante varios segundos sin decir nada, con una expresión que no era evaluación, sino algo más parecido a
alivio, como si hubiera encontrado algo que llevaba mucho tiempo buscando. El
que habló primero se presentó como Darios, sin apellido. Tenemos una
propuesta dijo en un español casi perfecto, con un acento que no logré
ubicar, griego quizás, o algo más antiguo que el griego moderno. Hay
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