
El mar me [música] escupió en una isla que no debería existir. Eso fue lo que pensé cuando abrí los ojos en aquella
playa de arena tan negra que parecía absorber la luz del sol. Mi cuerpo estaba destrozado, costillas rotas,
manos sangrantes, pulmones ardiendo con cada respiración, pero estaba vivo,
imposiblemente [música] vivo. Mientras me arrastraba hacia la vegetación buscando agua, el aire
cambió. se volvió denso, cargado de algo que mi mente moderna no tenía palabras
para describir. Ancestral, primitivo,
peligroso. Entonces las vi emerger de la selva como si fueran parte de ella. 10
mujeres que no eran como ninguna que hubiera conocido en mis 28 años de vida civilizada. guerreras marcadas por
cicatrices armadas con lanzas de piedra, observándome con ojos que habían visto morir a hombres más fuertes que yo. Y
supe, con una certeza, que me erizó cada bello del cuerpo que acababa de naufragar en algo mucho más peligroso
que una tormenta. Acompáñame hasta el final. Tienes que
saber lo que viví ese día. Solo a mí me suceden estas [música] cosas. Y si te enganchan historias así, suscríbete al
canal. Mi nombre es Ulukai. Nunca entendí ese nombre. Nunca supe por qué mis padres lo
eligieron para mí. Siempre sonó extraño en mi lengua, como si perteneciera a otro tiempo, a otro mundo. Crecí en las
calles de Buenos Aires, entre el ruido de los colectivos y el olor a parrilla de los domingos. Mi madre trabajaba
limpiando oficinas. Mi padre había desaparecido antes de que yo cumpliera 3 años. Ella nunca hablaba
de él. Cuando yo preguntaba, sus ojos se llenaban de algo que no era tristeza exactamente, era miedo. “Tu nombre
significa algo importante”, me decía cuando yo tenía 7 u 8 años. “Algún día
lo entenderás.” Nunca entendí. Hasta ese día trabajaba
en un carguero que transportaba contenedores entre Santos y Valparaíso. No era una vida glamorosa.
Apenas ganaba para enviarle dinero a mi madre y pagar el alquiler de una habitación compartida con otros tres
marineros en el puerto. Pero el mar me llamaba. Siempre lo había hecho. Desde
niño [música] soñaba con olas gigantes y horizontes infinitos. Cuando finalmente conseguí trabajo en
ese barco oxidado, sentí que algo [música] dentro de mí se alineaba como si hubiera encontrado mi lugar. Debía
haber sabido que algo andaba mal. La tormenta llegó de la nada.
El capitán, un brasileño veterano con 40 años en el mar, nunca había visto algo así. El cielo se partió en dos. Las olas
se alzaron como montañas negras. El viento ahullaba con voces que parecían humanas. Durante 6 horas luchamos contra
la furia del océano. Uno por uno, mis compañeros fueron arrancados de la cubierta. Vi a Roberto, el cocinero que
me había enseñado a atar nudos marineros, desaparecer en la oscuridad líquida. Sus gritos todavía resuenan en
mis pesadillas. Me aferré a un fragmento del casco. Mis
dedos sangraban. Cada ola intentaba arrancarme, llevarme al fondo donde el resto de la tripulación ya descansaba en
silencio eterno. Pero algo me mantenía vivo, una fuerza [música] que no entendía, una voluntad que no era
completamente mía. Cuando perdí el conocimiento, el mar me cantaba una canción de cuna antigua. Desperté en esa
playa de arena negra. La isla se alzaba frente a mí como un sueño febril.
Selva densa, árboles que parecían surgir de la prehistoria, montañas envueltas en
niebla. El aire sabía [música] diferente, más espeso, cargado de
humedad y algo más, algo ancestral, como si hubiera atravesado no solo el océano,
sino el tiempo mismo. Me puse de pie con dificultad. Mis piernas temblaban,
tenía sed. Un hambre voraz me retorcía el estómago. Caminé hacia la línea de
vegetación buscando agua, fruta, cualquier cosa. Entonces vi. Surgieron
de entre los árboles como apariciones. Mujeres.
6, 8, 10. Cuerpos marcados por cicatrices que contaban historias de
supervivencia. Vestían con pieles [música] curtidas y cuero crudo. Huesos atravesaban sus cabellos trenzados.
Portabanzas de madera oscura con puntas de piedra afilada. Sus rostros eran duros, hermosos de una manera salvaje.
Me miraban con expresión que no era exactamente hostil, pero tampoco amigable. Era evaluación, como cuando un
depredador decide si algo expresa o amenaza. No dije nada. No habría servido
de nada. Ellas se acercaron en formación rodeándome. Una de ellas, la más alta,
con marcas tribales que cubrían sus brazos, dijo algo en un idioma que nunca había escuchado. Sonidos guturales,
ásperos, palabras que parecían talladas en piedra y yo entendí cada una. Está
débil, pero es él. Mi corazón se detuvo. Otra respondió, “¿Estás segura? Han
pasado muchos siglos.” Ah.
Está débil, pero es él. Mi corazón se detuvo. Otra respondió, “¿Estás segura?
Han pasado muchos siglos.” Mira sus ojos. El mar los marcó. ¿Y su nombre?
¿Cómo sabes su nombre? La isla lo sabe.
Si estás sintiendo el peso de este viaje, déjame en los comentarios desde dónde me estás escuchando ahora. Me
amarraron las manos. Usaron fibras vegetales trenzadas resistentes como alambre de acero. Luego ataron mis pies
a un bastón largo de bambú. Cuatro de ellas me levantaron sobre sus hombros como se transporta un animal recién
casado. No dije nada. No resistí. Algo en mi instinto me decía que
cualquier movimiento brusco terminaría con una lanza atravesando mi garganta.
Comenzamos a adentrarnos en la selva. La vegetación era tan densa que el sol apenas penetraba. Caminábamos en
penumbra verdosa. Sonidos extraños resonaban a nuestro alrededor. Pájaros
con cantos que nunca había escuchado. Insectos del tamaño de mi mano, algo más
grande que se movía entre las copas de los árboles. El aire olía a tierra húmeda y descomposición, pero también a
flores desconocidas, dulces y embriagadoras. Las mujeres hablaban entre ellas
mientras caminaban. La última vez que emergió la isla, mi abuela era joven. ¿Cuánto hace? 100 años
en el tiempo de ellos. Dos latidos en el corazón de la tierra. ¿Crees que la reina sabrá qué hacer con él? La reina
siempre sabe. Yo procesaba cada palabra. No tenía sentido. Nada de esto tenía
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