Ella alberga a un ángel del infierno helado. A la mañana siguiente, 500 motociclistas se detienen frente a su puerta.

Ella alberga a un ángel del infierno helado. A la mañana siguiente, 500 motociclistas se detienen frente a su puerta. El viento aullaba entre los árboles, haciendo vibrar las ventanas de la cabaña aislada de Maya. Se ajustó aún más el cárdigan de lana, lista para acomodarse para otra tarde tranquila lejos del mundo. Pero al abrir la puerta principal para traer más leña, su pie tropezó con algo sólido y pesado. El corazón de Maya se paró.
Allí, tendido en el porche, yacía un hombre boca abajo en el creciente ventisquero. Su chaqueta de cuero negra estaba cubierta de hielo, y manchas oscuras que parecían sospechosamente sangre manchaban las tablas de madera bajo él. «¡Dios mío!», susurró, mientras su aliento formaba nubes en el aire gélido. Su primer instinto fue cerrar la puerta y llamar a la policía.
Pero allí afuera, la ayuda tardaría horas en llegar, si es que lograban sobrevivir a la tormenta. El hombre no se movió. La nieve comenzaba a cubrirlo como una manta mortal. Mientras los ojos de Maya se acostumbraban a la oscuridad, notó el parche en su chaqueta, una calavera alada que le heló la sangre.
Ángeles del Infierno, la pandilla de motociclistas más famosa del país. Le temblaban las manos al arrodillarse junto a él. «Hola, ¿me oyes?». No hubo respuesta. Presionó sus dedos temblorosos contra su cuello, encontrando un pulso débil. Estaba vivo, pero a duras penas. Maya miró a su alrededor frenéticamente, pero no había nada más que oscuridad y remolinos de nieve.
No podía dejar que se congelara, fuera pandillero o no. Respirando hondo, le pasó los brazos por los hombros y tiró con todas sus fuerzas. Pesaba muchísimo, y le llevó varios minutos de forcejeo arrastrarlo hasta el umbral. Dentro, bajo la cálida luz, pudo ver lo herido que estaba.
Tenía la cara magullada y cortada, y la sangre le empapaba la camisa por un lado. Maya había trabajado como enfermera antes de escapar a esta cabaña, y su entrenamiento le sirvió a pesar del miedo. Logró subirlo a su sofá, cortándole la camisa y dejando al descubierto un profundo corte en las costillas que requería atención inmediata. Por suerte, tenía un botiquín de primeros auxilios bien surtido.
Maya limpió la herida con manos temblorosas, intentando no pensar en quién era ese hombre ni en qué podría hacer al despertar. Los puntos eran necesarios. El corte era demasiado profundo para sanar solo. Trabajó metódicamente; el movimiento familiar de suturar la ayudaba a calmar sus nervios. El hombre permanecía inconsciente, con la respiración entrecortada pero estable.
Mientras remataba el último punto, una mano enorme la agarró de repente por la muñeca. Maya jadeó, casi dejando caer la aguja. Los ojos del hombre estaban abiertos, de un azul penetrante y frío como la tormenta del exterior. Su agarre era férreo, y a pesar de sus heridas, podía sentir la peligrosa fuerza de su agarre. Maya intentó zafarse, pero él la sujetó con fuerza.
Su rostro era duro, amenazante, cada línea prometía violencia. Cuando habló, su voz era áspera y baja, como grava aplastada bajo los neumáticos. «No debiste haber hecho esto», dijo, clavándole su mirada gélida. «Ahora eres mía. Antes de que sigas escuchando, por favor, házmelo saber. ¿Desde dónde estás viendo hoy? Volvamos a la historia».
Maya se quedó paralizada, con el corazón latiéndole con fuerza en las costillas mientras el desconocido la sujetaba firmemente por la muñeca. Sus ojos azules, penetrantes como el hielo, recorrieron la cabaña, observando cada detalle antes de volver a posarse en su rostro. La chaqueta de cuero que se había quitado yacía sobre una silla cercana. Su parche de ángel del infierno, un crudo recordatorio del peligro que había invitado a su hogar.
—¿Dónde estoy? —Su voz sonó áspera y amenazante; cada palabra parecía rasparle la garganta. El calor de la chimenea no apaciguaba el frío que emanaba de su presencia. Maya tragó saliva con dificultad, intentando mantener la voz firme—. Mi cabaña, te encontré afuera, casi muerta de frío. —Hizo un gesto débil hacia la puerta con la mano libre.
La tormenta está empeorando. Le soltó la muñeca bruscamente y ella se tambaleó hacia atrás, poniendo distancia entre ellos. La mirada del desconocido siguió su movimiento, depredadora y calculadora. Maya se frotó la muñeca donde sus dedos le habían dejado marcas rojas en la piel. Deberías haberme dejado ahí fuera. Sus palabras contenían una advertencia, pero Maya notó el ligero temblor en sus hombros, la forma en que apretaba la mandíbula ante el evidente dolor.
—Habrías muerto —dijo ella en voz baja, obligándose a sostener su mirada—. No podía… No sabes lo que has hecho. —Se incorporó apoyándose en los codos, haciendo una mueca al sentir que el movimiento tiraba de sus puntos frescos. Sus tatuajes se movían con sus músculos, contando historias de violencia que ella no quería comprender.
Maya se abrazó, intentando parecer más pequeña. —Soy Maya —ofreció, con la esperanza de disipar la tensión que crepitaba entre ellos—. ¿Y tú eres? —Hizo una pausa, estudiando su rostro como si decidiera si merecía una respuesta—. Víctor —gruñó finalmente. El nombre salió de su boca con un ligero acento ruso que ella no había notado antes. El viento aullaba afuera, sacudiendo las ventanas de su pequeña cabaña.
Maya dio un respingo al oírlo y los labios de Víctor se curvaron en algo que podría haber sido una sonrisa burlona si no fuera tan amenazante. “¿Ya tienes miedo?”, se burló, con voz baja y peligrosa. “Deberías tenerlo”. Maya se obligó a enderezarse a pesar del miedo que corría por sus venas.
—Te salvé la vida, y ese fue tu primer error. —Víctor cambió de postura, incorporándose del sofá. Su rostro se contorsionó de dolor, pero siguió moviéndose, balanceándose ligeramente al ponerse de pie. Las vendas que ella le había puesto alrededor del torso ya mostraban manchas rojas por donde se filtraba la sangre—. No deberías moverte —protestó Maya, retrocediendo un paso más.
—Esos puntos. Es tu culpa —gruñó, elevándose sobre ella a pesar de su herida. Sus ojos se clavaron en los de ella, y por un instante, algo brilló en sus gélidas profundidades. Un destello de algo más suave, casi humano, pero se desvaneció tan rápido como había aparecido, reemplazado por una furia fría—. Te arrepentirás de esto.
Maya se aferró al borde de la encimera de la cocina, con los nudillos blancos, mientras observaba a Víctor desde el otro lado de la habitación. Aunque yacía inmóvil en el sofá, su presencia llenaba cada rincón de su pequeña cabaña. Sus ojos, esos ojos grises y tormentosos, seguían cada uno de sus movimientos como un depredador que estudia a su presa. Se dedicó a preparar café, agradecida por tener algo que hacer con sus manos temblorosas.
La rutina familiar la ayudó a calmar los nervios, pero no pudo borrar la realidad de su situación. Un hombre peligroso, un ángel del infierno, sabía dónde vivía. Su santuario no solo estaba comprometido, sino destrozado. La cafetera gorgoteó y ella dio un respingo al oírlo. La risa baja de Víctor le ardió las mejillas. ¿Nerviosa, Maya? Pronunció su nombre con un acento exótico y amenazante.
No respondió, concentrándose en servir dos tazas de café. El vapor se elevaba en delicadas volutas, recordándole la nieve que seguía cayendo afuera. Su mirada se desvió hacia la ventana, donde copos blancos se arremolinaban en la oscuridad. Ni lo pienses. Su voz era suave, pero con un filo de acero.
La mano de Maya se quedó quieta sobre la cafetera. ¿Pensar en qué? ¿En correr? Victor se removió en el sofá, haciendo una ligera mueca. Te preguntas si podrías llegar a tu coche antes de que te alcance. No pudiste. El calor inundó su rostro. Él había leído sus pensamientos con exactitud. Ella acercó las tazas de café y dejó la de él en la mesita auxiliar sin mirarlo a los ojos.
Cuando ella se giró para retirarse, la mano de él se extendió y la agarró por la muñeca. Su tacto fue sorprendentemente suave, pero ella sabía que podría apretarla al instante. “Siéntate”, le ordenó. Maya se sentó en el borde del sillón frente a él, tan lejos como le permitió su agarre. Sus dedos la soltaron, pero la sensación fantasma permaneció en su piel.
—¿Por qué tienes tanto miedo? —preguntó con expresión indescifrable—. Si quisiera hacerte daño, ya lo habría hecho. —Eso no es tan tranquilizador como crees —respondió ella, con una pequeña chispa de desafío. La comisura de su boca se curvó—. Tienes coraje. Me gusta eso. Maya tomó un sorbo de café para disimular su reacción.
El líquido tibio no logró disipar el escalofrío que le recorrió la espalda al oír sus palabras. Afuera, el viento aullaba más fuerte, haciendo vibrar las ventanas. La mirada de Víctor siguió la de ella hacia la tormenta que se extendía tras el cristal. «Esta tormenta», dijo, con la voz retumbando como un trueno lejano. «Va a durar días». Se volvió hacia ella con los ojos brillantes. «No podré irme.»
La taza de Maya resonó contra el platillo. «Días». La palabra salió apenas un susurro. «Estás atrapada conmigo, princesa». Sus labios se curvaron en algo entre una sonrisa y una mueca de suficiencia. Dejó el café antes de que sus manos temblorosas la traicionaran aún más. Lágrimas de frustración ardían en sus ojos, pero se negó a dejarlas caer.
En cambio, enderezó la espalda y levantó la barbilla, sosteniendo su mirada con toda la serenidad que pudo reunir. No le daría la satisfacción de verla llorar. Víctor observaba su lucha interna con evidente aprecio, como si pudiera ver a través de su máscara de determinación. La tormenta rugía afuera, atrapándola en esta pesadilla que ella misma había creado.
Maya se movía por su pequeña cocina, reuniendo ingredientes para una comida sencilla. Los movimientos familiares la ayudaban a calmar los nervios, aunque sentía la presencia de Víctor como un peso físico en la habitación. La tormenta aullaba afuera, haciendo vibrar las ventanas y haciendo que la cabaña pareciera aún más pequeña.
—Puedo hacer sopa —ofreció, su voz apenas audible por encima del viento—. Deberías comer algo. Víctor no respondió de inmediato. Permaneció inmóvil en su sofá como una estatua tallada en mármol y sombra. Finalmente, asintió levemente. Maya se dedicó a cortar verduras; el rítmico sonido del cuchillo contra la tabla llenaba el silencio.
Lo miraba de reojo cuando creía que no la veía. En la cálida luz de su camarote, podía ver más detalles que antes no había visto. Cicatrices entrecruzadas en sus nudillos, contando historias de violencia que no quería imaginar. Una cicatriz más larga le recorría el cuello y desaparecía bajo el cuello de la camisa. Cada marca parecía irradiar peligro, pero no podía dejar de mirar.
La sopa empezó a hervir a fuego lento, llenando la cabaña con el reconfortante aroma de hierbas y verduras. Maya sirvió dos tazones, con las manos ligeramente temblorosas, mientras los llevaba a la mesa de centro. Colocó uno frente a Víctor, procurando mantener la distancia entre ellos. «Spacbo», murmuró, con la palabra rusa áspera en la garganta.
Comieron en silencio. Maya se sentó en el borde de su sillón, tan lejos de él como permitía el pequeño espacio. Pero incluso al otro lado de la habitación, se sentía atraída por él. Había algo magnético en su presencia, una gravedad oscura que la atraía a pesar del miedo. Cada vez que él se movía, su cuerpo respondía con una mayor consciencia.
Víctor terminó su sopa rápidamente, dejando el tazón a un lado con precisión controlada. Sus ojos no la apartaron de su mirada, observándola comer con una intensidad que le enrojeció las mejillas. El silencio se hizo más denso, más opresivo que la tormenta del exterior. De repente, Víctor se puso de pie. El movimiento fue tan rápido que lo hizo estremecer, aunque no mostraba señales de sus heridas anteriores.
Empezó a pasearse por el pequeño espacio como un depredador enjaulado. Sus pesadas botas no hacían ruido sobre el suelo de madera. Un silencio de cazador que le provocó escalofríos. “Esto no está bien”, gruñó, más para sí mismo que para ella. Su acento era más marcado ahora, teñido de agitación. “No deberías haberme ayudado”. Maya dejó el tazón, sin apetito. “No podía dejarte morir”.
Quizás deberías haberlo hecho. Se giró para mirarla, con sus ojos oscuros llameantes. En tres largas zancadas, cruzó la habitación hasta donde ella estaba sentada. Maya se recostó en su silla mientras él se cernía sobre ella, su presencia abrumadora por su proximidad. “Esto no acabará bien para ti, Maya”, le advirtió en voz baja y peligrosa.
Se inclinó, apoyando las manos en los brazos de su silla, atrapándola. Sus rostros estaban a centímetros de distancia, y Maya podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Su aroma la envolvía, a cuero y con algo claramente masculino. El corazón le latía con fuerza contra las costillas, pero no era solo el miedo lo que aceleraba su pulso.
A esa distancia, podía ver los destellos dorados en sus ojos oscuros, la ligera curva de sus labios. El deseo la invadió, ardiente e inesperado, mezclándose con el miedo hasta que no pudo distinguirlos. Maya respiró hondo, armándose de valor. La tensión en la cabaña se había vuelto insoportable y necesitaba respuestas.
“¿Por qué estabas ahí fuera durante la tormenta?”, preguntó con voz más firme de lo que sentía. Víctor tensó la mandíbula al alejarse de ella y retomar su incesante paseo. “Haciendo preguntas que no deberías”, murmuró, pasándose una mano por el pelo oscuro. “Creo que merezco saberlo”, insistió Maya, levantándose de la silla.
—Los Ángeles del Infierno. He oído historias. ¿Huyes de algo? ¿De alguien? —Sus ojos gris acero brillaron peligrosamente—. ¡Suéltalo! —Pero Maya se negó a ceder—. Te salvé la vida. Estoy atrapada aquí contigo. Lo menos que puedes hacer es decirme a qué me enfrento. —A lo que te enfrentas —repitió Víctor, con un acento cada vez más irritado—, es algo de lo que debes alejarte.
Hizo una mueca repentina y se llevó la mano al costado, donde ella lo había cosido. Maya notó el dolor que se reflejaba en su rostro. “Tienes que limpiarte”, dijo en voz baja. “Se te podrían infectar las heridas. He tenido peores”. Eso no significa que debas ignorarlas. Maya señaló su baño. “Tengo bañera”.
El agua caliente podría aliviar el dolor. La expresión de Víctor se mantuvo dura, pero después de un momento, asintió brevemente. Maya la condujo a su pequeño baño, intentando ignorar cómo su presencia parecía llenar el diminuto espacio. Abrió el grifo y el vapor empañó rápidamente el espejo. —Te traeré toallas limpias —dijo, dándose la vuelta para irse.
Pero la mano de Víctor la sujetó por la muñeca. “Quédate”, ordenó, aunque su voz tenía un matiz casi vulnerable. “Quizás necesite ayuda”. El corazón de Maya latía con fuerza mientras Víctor se quitaba con cuidado la camiseta prestada, dejando al descubierto la extensión de sus heridas y cicatrices. Le temblaban las manos mientras lo ayudaba con las vendas, intentando no mirar fijamente los intrincados tatuajes que cubrían su musculoso torso.
Una vez en la bañera, Maya se arrodilló junto a ella, concentrada en limpiarle las heridas. Sus dedos temblaban al recorrer su piel cicatrizada; cada marca contaba una historia de violencia que ni siquiera podía imaginar. Víctor la observaba con los ojos entornados; su habitual frialdad se suavizó ligeramente bajo su suave tacto. “¿Esta?”, preguntó en voz baja, tocando una cicatriz particularmente brutal que le cruzaba el hombro.
—Una pelea a cuchillo en Moscú —respondió con voz ronca—. Hace cinco años. Era la primera respuesta real que le había dado. La mano de Maya se desplazó a otra cicatriz cerca de su clavícula. Y esta bala me rozó en Berlín. Sus ojos se encontraron con los de ella, y por primera vez vio que algo se quebraba en esa mirada de acero. Un atisbo del hombre bajo la apariencia peligrosa.
Mientras ella le pasaba una toallita por el hombro, Victor le tomó la mano. El roce le provocó una descarga eléctrica en el cuerpo. Sus ojos ardían con una intensidad que la dejó sin aliento, y pudo ver cómo sus muros cuidadosamente construidos se tambaleaban. “No deberías ser tan amable con alguien como yo”, dijo, con la voz apenas por encima de un susurro.
La mano de Maya permaneció en la de él, con el pulso acelerado al contacto. “Quizás eso es justo lo que alguien como tú necesita”. El viento aullaba afuera mientras Maya se ponía su grueso abrigo de invierno. Necesitaba más leña. La pila dentro se estaba agotando, y la tormenta no daba señales de amainar. Su mano vaciló en el picaporte mientras pensaba en el frío que la esperaba más allá.
Al abrir la puerta, casi choca con el ancho pecho de Víctor. Él se quedó allí como un centinela oscuro, bloqueando la salida con su enorme figura. Su mirada era aguda y calculadora mientras la recorría con la mirada. “¿Adónde vas?”. Su voz era baja, casi acusadora. Maya señaló hacia el cobertizo. “Necesitamos más leña”.
Bajando la temperatura. Víctor arqueó ligeramente una ceja. Sigues diciendo eso, actuando como si esto fuera normal. Cuidándome, ayudándome a bañarme, curando mis heridas. Extendió la mano, aferrándose al marco de la puerta junto a su cabeza. ¿Por qué? Maya se quedó sin aliento. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, oler el jabón que había usado para lavarlo antes.
Soy enfermero. Es lo que hago. No. Victor se acercó más, mirándola fijamente. Haces más que eso. Eres gentil, amable, incluso cuando te amenazo. Incluso cuando te digo lo que soy. Levantó la otra mano, rozando su mandíbula con los dedos, pero sin llegar a tocarla. “¿Por qué no tienes miedo?”, el corazón de Maya latía con fuerza en su pecho.
Quiso retroceder para poner distancia entre ellos, pero su cuerpo no se movió. “Quizás tenga miedo”, susurró. “Pero aun así me ayudas”. Su voz se suavizó. Peligroso. Aún me tocas como si valiera la pena salvarme. Todos merecen ser salvados, dijo Maya. Pero las palabras le sonaron huecas, incluso a sus propios oídos. No se trataba de salvar a nadie.
Se trataba de la electricidad que crepitaba entre ellos cada vez que la miraba. El hormigueo que sentía en la piel al tocarse. La risa de Víctor fue áspera. ¿No te lo puedes creer? En realidad, no. Su pulgar finalmente tocó su barbilla, levantándole la cara. “Dime la verdad. ¿Por qué te importa?” Maya intentó encontrar las palabras adecuadas, pero se le atascaron en la garganta.
¿Cómo podía explicar algo que ni ella misma entendía? Esta atracción hacia él desafiaba la lógica, desafiaba el instinto de supervivencia. “No lo sé”, admitió finalmente. Él la observó un largo instante, con expresión indescifrable. Luego retrocedió, dejando caer la mano. “Trae tu leña. Yo vigilaré la puerta”. Maya pasó junto a él, agradecida por el aire fresco que la despejó.
Corrió al cobertizo, recogiendo un montón de leña, intentando no pensar en cómo su cuerpo había reaccionado a su proximidad. Cuando regresó a la cabaña, Víctor estaba junto a la chimenea, su robusta figura iluminada por las llamas moribundas. No se movió para ayudarla con la leña, pero sus ojos seguían cada movimiento mientras ella se arrodillaba para avivar el fuego.
Las llamas crecieron a medida que Maya añadía leña fresca, proyectando sombras danzantes en las paredes. Sentía la mirada de Víctor sobre ella, intensa y profunda. Un calor le subía por el cuello, y no tenía nada que ver con el fuego. Quería levantarse, enfrentarlo, comprender esa peligrosa atracción que la atormentaba. Pero no pudo.
No lo haría. En cambio, permaneció concentrada en las llamas, fingiendo no sentir la tensión que crepitaba entre ellos como un rayo antes de una tormenta. El fuego crepitaba mientras Maya, sentada con las piernas cruzadas en su desgastado sofá, observaba a Víctor pasearse por la pequeña sala como un animal enjaulado. Su inquietud llenaba el espacio, haciendo que la cabaña pareciera aún más pequeña de lo que era.
Las sombras de las llamas danzaban sobre su rostro, resaltando los ángulos agudos y las profundas cicatrices que delataban historias de violencia. “¿Quieres saber quién soy?”, la voz de Víctor rompió el silencio. Dejó de caminar y se giró para mirarla con esos ojos penetrantes. Soy el monstruo del que los padres advierten a sus hijos.
A Maya se le hizo un nudo en la garganta, pero le sostuvo la mirada. «Dime. Tenía 17 años cuando maté a mi primer hombre». Sus palabras salieron con naturalidad, sin emoción. Se lo merecía. Todos lo merecían. La mafia rusa vio potencial en mí. Un chico sin nada que perder y con todo por demostrar. Las manos de Maya temblaban en su regazo. Debería estar aterrorizada, debería estar huyendo de ese hombre que hablaba de asesinato con tanta naturalidad.
En cambio, se encontró inclinándose hacia adelante, atraída por el dolor que se filtraba a través de su cuidadosa máscara. Me hicieron lo que soy. Victor apretó la mandíbula. Un ejecutor. El que envían cuando necesitan que alguien desaparezca. Soy bueno en eso, Maya. Demasiado bueno. Se pasó una mano por el cabello oscuro, su compostura se quebró ligeramente.
¿Los ángeles del infierno? Vinieron después, cuando todo se derrumbó. “¿Qué pasó?”, preguntó Maya en voz baja, aunque una parte de ella temía la respuesta. Los ojos de Víctor se oscurecieron con el recuerdo del dolor. “Alguien en quien confiaba me traicionó. Alguien en quien…” Se detuvo, apretando los puños. “La amaba, y ella me vendió a una familia rival”.
La angustia cruda en su voz hizo que a Maya le doliera el corazón. Sin pensarlo, se puso de pie y dio un paso hacia él. Víctor se tensó, pero no se apartó. «Lo perdí todo», continuó con voz áspera. «Mi posición, mi confianza, mi…». Tragó saliva con dificultad. «Los ángeles me dieron un nuevo propósito, una nueva familia, pero el precio.»
Bajó la mirada hacia sus manos. Estas manos han acabado con más vidas de las que puedo contar, Maya, y no me arrepiento de ninguna. Maya debería haber sentido repulsión por su confesión. En cambio, vio el alma herida bajo la apariencia del asesino. Un hombre que la violencia y la traición habían moldeado en algo peligroso y roto. “Víctor”, susurró, extendiendo la mano para tocarle el brazo.
La agarró por la muñeca, firme, pero sin dolor. “No”, le advirtió. “No intentes salvarme. No valgo la pena. Todos valen la pena”. Un estruendo lejano atravesó el viento aullante, dejándolos a ambos paralizados. El sonido se hizo más fuerte, el inconfundible rugido de varias motocicletas acercándose a través de la tormenta.
La actitud de Víctor cambió por completo en un instante; su cuerpo se tensó con una tensión mortal. Se acercó a la ventana y miró a través del cristal escarchado. Su expresión se endureció, convirtiéndose en el rostro del asesino que acababa de describir. “Ya vienen”, murmuró, y Maya sintió que su mundo se tambaleaba. Las motocicletas se hicieron más ruidosas, sus motores resonando en el bosque silencioso como un trueno inminente.
Los Ángeles del Infierno los habían encontrado. El estruendo de las motocicletas pasó de ser un rugido lejano a un rugido atronador. Víctor se dirigió a la puerta con gracia depredadora, con los hombros erguidos a pesar de sus heridas. El corazón de Maya latía con fuerza cuando salió al porche, dejando entrar una ráfaga de aire frío. Por la ventana, observó con horror cómo una moto tras otra aparecían entre los remolinos de nieve.
Sus faros atravesaban la oscuridad como ojos demoníacos, iluminando los copos que caían formando patrones inquietantes. Las máquinas eran enormes, cromadas y relucientes, con jinetes vestidos de cuero, que controlaban sus bestias metálicas con una facilidad experta. Llegaban en oleadas. Cinco, luego diez, luego veinte. Maya perdió la cuenta después de treinta. Su aliento empañaba el cristal mientras se acercaba a la ventana.
Las motos rodeaban su cabaña como tiburones, sus motores, un coro ensordecedor que rompía el apacible silencio de la montaña que tanto le había gustado. Víctor permaneció inmóvil en el porche; su presencia era imponente incluso herido. Los primeros motociclistas apagaron los motores, luego otros los imitaron hasta que solo quedó el aullido del viento. El silencio se sentía más pesado que el ruido.
Un hombre corpulento, de unos dos metros de altura, desmontó primero. Su barba estaba entrecana y su chaleco de cuero estaba cubierto de parches, señalándolo como alguien importante. Se acercó a Víctor lentamente, con las botas crujiendo en la nieve. ¡Infierno! La voz del hombre resonó por todo el patio. Nos tenías preocupados, hermano. Serpiente. Víctor asintió en señal de reconocimiento.
No pretendía causar problemas. Otros jinetes empezaron a desmontar, con las botas y el cuero crujiendo. Maya contó al menos 50, quizá más. Se dispersaron por su propiedad, algunos encendiendo cigarrillos que brillaban como luciérnagas en la oscuridad. Todos eran hombres enormes e intimidantes, cubiertos de tatuajes y cuero.
—De todas formas, te encontraron en problemas —respondió Serpiente, señalando las heridas de Víctor—. Dicen que los paganos están invadiendo nuestro territorio. Encontramos a tres de sus exploradores muertos donde seguimos tu rastro. Maya contuvo la respiración. —¿Muertos? —Su mirada se dirigió a Víctor, recordando sus palabras sobre ser un verdugo. ¿Había matado a esos hombres antes de desplomarse en su porche? Encontrarán más que exploradores muertos si siguen avanzando.
La voz de Víctor era fría, prometía violencia. Varios motociclistas asintieron con la cabeza, con rostros sombríos. La mirada de Snake se dirigió a la ventana donde Maya observaba. Retrocedió rápidamente, pero no antes de que él la viera. ¿Y quién es la chica? La postura de Víctor cambió sutilmente, volviéndose más protectora. “Es mía”, dijo simplemente, “pero la advertencia en su voz era clara”.
“Ella me ayudó cuando estaba deprimido.” Algunos motociclistas intercambiaron miradas de complicidad, pero ninguno se atrevió a comentar. Snake observó a Victor un buen rato antes de asentir. “Estableceremos un perímetro. Los paganos podrían venir a terminar lo que empezaron.” Victor se giró bruscamente, regresando a la cabaña con determinación. Maya se apartó de la ventana cuando él abrió la puerta, con expresión intensa.
La agarró del brazo, sin brusquedad, pero con firmeza, y la jaló hacia adentro. El cerrojo hizo clic tras ellos con una firmeza que la hizo estremecer. “Quédate cerca”, ordenó en voz baja y autoritaria. Las voces de los motociclistas se filtraron a través de las paredes. Risas ásperas, llamadas para pedir provisiones, el sonido de botas en el porche. El pulso de Maya se aceleró al comprender la verdad de su situación.
Su tranquilo refugio en la montaña se había convertido en la base de una de las bandas de motociclistas más notorias del país. Estaba rodeada de hombres peligrosos, asesinos, según Victor. Y en el centro de todo estaba el propio Victor, sujetándola del brazo como si no la fuera a soltar. Estaba atrapada en ese mundo peligroso, le gustara o no.
La sala principal de la cabaña se llenó de olor a cuero y humo de cigarrillo mientras los hermanos de Víctor entraban huyendo del frío. Maya se pegó a la pared, intentando hacerse invisible. Pero las miradas curiosas la seguían encontrando. Estos hombres eran diferentes a Víctor. Más rudos, menos controlados, con el rostro marcado por cicatrices y una vida dura.
“Así que aquí es donde te has estado escondiendo”, dijo un motociclista alto con un tatuaje de serpiente trepando por el cuello, mirando alrededor de la cabaña. “Qué bonito lugar tienes aquí, Hellfire. Muy acogedor”. Victor se movió para interponerse entre Maya y los demás, su presencia como un sólido muro de protección. “La chica me encontró medio muerto en la nieve”, explicó, con ese tono peligroso que Maya había llegado a reconocer. “Me curó”.
—¡Qué suerte! —Snake Tattoo sonrió con suficiencia, con la mirada fija en Maya demasiado tiempo—. ¡Qué suerte! —Baja la vista —gruñó Víctor, y la orden hizo que varios hombres se revolvieran incómodos—. Es mía. Quien la mire mal, me responde a mí. La atmósfera en la cabaña se volvió tensa. Maya podía sentir la dinámica de poder en juego.
Víctor podía estar herido, pero estos hombres le temían. Su reputación de ser un fuego infernal claramente no era solo una fachada. Blade, el motociclista mayor que había visto desde fuera, se acomodó en el sillón de Maya como un rey en un trono. “¿Los rusos te hicieron esto?”, preguntó, señalando el torso vendado de Víctor. Tres de ellos me atacaron cerca del paso. Víctor lo confirmó.
No se levantan de nuevo. Un motociclista más joven cerca de la puerta se burló. Tres rusos te tomaron la delantera. Quizás estás perdiendo la ventaja. ¡Infierno! La sala quedó en un silencio sepulcral. Maya sintió el cambio al instante, como el aire antes de un rayo. Víctor se giró lentamente, con movimientos depredadores y precisos a pesar de sus heridas.
¿Qué dijiste, prospecto? La voz de Víctor sonaba aterradoramente tranquila. El joven se dio cuenta de su error demasiado tarde. Se enderezó, intentando parecer duro, pero Maya pudo ver el miedo en sus ojos. Solo quería decir que Víctor se movía como una cobra al ataque. Con un movimiento fluido, cruzó la habitación y estrelló al prospecto contra la pared.
El impacto derribó los platos decorativos de Maya, haciéndolos caer al suelo. La mano de Víctor rodeó el cuello del hombre, levantándolo hasta que sus botas apenas tocaron el suelo. “¿Cuestionas mi autoridad?”, las palabras de Víctor salieron en un susurro letal. El rostro del prospecto se puso rojo mientras respiraba con dificultad. Nadie se movió para ayudarlo.
Todos observaron con fría aceptación cómo Víctor demostraba por qué le temían. Maya quiso apartar la mirada, pero no pudo. Esta era la realidad de su mundo. Violencia tan natural como respirar. Con una eficacia aterradora, Víctor le clavó la rodilla en el estómago al candidato y luego lo estrelló de cara contra la mesa de centro.
La madera crujió con el impacto. El prospecto yacía allí, jadeando y sangrando por la nariz. “¿Alguien más quiere cuestionar mi ventaja?”, preguntó Víctor a la sala con una voz gélida. Los demás motociclistas negaron con la cabeza, algunos con la vista puesta en sus botas. Maya se quedó paralizada, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. El hombre al que había curado, cuyas heridas había curado con delicadeza, acababa de desatar la violencia con una maestría despreocupada.
El contraste era impactante. Su tacto cuidadoso al hablarle contra la brutal eficacia de su ataque. La prospecto se arrastró hasta las rodillas, con la sangre goteando sobre el suelo. «Lo siento, Fuego Infernal». Se atragantó. «No volverá a suceder». Víctor se volvió hacia Maya, con los ojos aún encendidos por la rabia contenida. En ese momento, ella comprendió de verdad lo que significaba ser reclamada por un hombre como él.
Un hombre que vivió en un mundo donde la violencia era moneda corriente y el respeto se ganaba con sangre. Maya observaba a Víctor desde el otro lado de la cabaña mientras examinaba sus heridas a la tenue luz del fuego. Apretaba la mandíbula con cada movimiento, aunque intentaba disimular su incomodidad. El enfrentamiento exterior había reabierto algunas de sus heridas y la sangre fresca se filtraba entre sus vendajes.
—Déjame ayudarte —dijo Maya en voz baja, tomando el botiquín que había usado antes. La mirada de Víctor la miró fijamente, dura y a la defensiva—. No necesito ayuda. Pero sus manos temblaban ligeramente al intentar alcanzar un corte en el costado, y Maya vio más allá de su terco orgullo. Sin esperar permiso, se acercó y le quitó la gasa de las manos.
Para su sorpresa, él no la detuvo. «Vas a romper los puntos», murmuró con cuidado, retirando el vendaje viejo. Sus dedos rozaron su piel y lo sintió tensarse. No por el dolor, sino por el suave contacto. La luz del fuego proyectaba sombras sobre su torso lleno de cicatrices, contando historias de violencia que ella ni siquiera podía imaginar.
Algunos eran viejos, plateados por el tiempo. Otros eran más nuevos, furiosos y rojos. Cada uno era un capítulo en el libro de su brutal vida. ¿Por qué me ayudaste? La voz de Victor era baja, casi vulnerable. Debiste haberme dejado morir en la nieve. Las manos de Maya se detuvieron sobre su herida. No pude hacer eso porque eres débil. Porque soy humano.
Víctor soltó una risa amarga que se convirtió en una maldición. La humanidad está sobrevalorada. Créeme. Mientras Maya le limpiaba la herida, notó una cicatriz particular cerca de su corazón. Diferente a las demás. Parecía deliberada, casi como una marca. Cuando sus dedos la recorrieron inconscientemente, Víctor la sujetó por la muñeca con firmeza, pero sin crueldad.
—Eso es de antes —dijo con la voz ronca por el recuerdo—. Antes de los ángeles, cuando creía que el amor significaba algo. Maya guardó silencio, sintiendo que necesitaba hablar más que su respuesta. —Se llamaba Katya —continuó Víctor, con la mirada fija en el fuego. Era hermosa, mortal, la hija de un jefe mafioso ruso.
Su agarre en la muñeca de Maya se aflojó, pero no la soltó. “Le di todo. Mi lealtad, mi confianza, mi corazón”, escupió la última palabra como si fuera veneno. “¿Qué pasó?”, preguntó Maya en voz baja, aunque una parte de ella temía la respuesta. Me usó para llegar a los rivales de su padre, les dio información, hizo que mataran a mi mejor amiga.
La mano libre de Víctor recorrió la cicatriz. Entonces me dio esto, un regalo de despedida antes de darme por muerta. Maya sintió el peso de sus palabras en su pecho. Este hombre peligroso, este asesino, una vez había amado tan profundamente que casi lo destruyó. Ahora entendía por qué llevaba esa armadura cruel. Por eso te uniste a los ángeles.
Víctor asintió lentamente. No hay lealtad como la de un hermano. No hay traición en la violencia pura. Sus ojos se encontraron con los de ella y, por primera vez, ella vio más allá de su superficie helada, los escombros que había debajo. No sabes lo que es perderlo todo, dijo en voz baja. A Maya le dolía el corazón por él. Por el hombre que podría haber sido antes de que la vida lo tallara en esta forma más dura.
Pero rápidamente dejó de lado ese sentimiento, construyendo muros alrededor de su empatía. No podía permitirse el lujo de preocuparse por él. No cuando preocuparse era lo que lo había destrozado en primer lugar. El amanecer amaneció sobre las montañas nevadas, tiñendo el mundo de tonos rosa pálido y dorado. Maya estaba de pie junto a la ventana de la cabaña, observando a los Ángeles del Infierno moverse afuera como sombras oscuras contra la nieve prístina.
Sus motocicletas se alineaban en el claro, una amenazante pared de cromo y acero. “Quédense adentro”, había ordenado Víctor antes, con un tono que no dejaba lugar a discusión. “No es seguro ahí fuera”. Maya apretó la frente contra el frío cristal, observando cómo interactuaban los motociclistas. Se movían con una coordinación experta, como lobos en manada.
Algunos montaban guardia, otros se reunían en pequeños grupos, hablando en voz baja, pero todos parecían girar en torno a Víctor cuando salió de la cabina. Caminaba entre ellos con un aire de absoluta autoridad. Las heridas del día anterior no se notaban en su paso. Se movía como un depredador, poderoso y seguro.
Cuando hablaba, los demás escuchaban con total atención. Cuando daba órdenes, las obedecían sin rechistar. Uno de los motociclistas más jóvenes se acercó a Víctor con noticias, con la cabeza ligeramente inclinada en señal de deferencia. Maya no podía oír la conversación, pero vio cómo los demás se tensaban al observar el intercambio. El rostro de Víctor se ensombreció ante lo que oyó, y su respuesta hizo que el joven retrocediera un paso, asintiendo rápidamente.
La demostración de poder fue sutil pero inconfundible. No eran simples matones en motocicleta. Era una hermandad unida por la sangre y la lealtad, con el vencedor en el corazón. El miedo en sus ojos al mirarlo no era solo respeto por su posición. Era la certeza de lo que era capaz.
Maya recordó su confesión de la noche anterior sobre la mafia rusa y su traición pasada. Ahora entendía por qué los ángeles del infierno lo habían acogido. Su capacidad para la violencia, su necesidad de control. No eran simples rasgos. Eran mecanismos de supervivencia. Se había convertido en alguien que jamás podría ser traicionado.
Un golpe en la puerta la sobresaltó. Víctor entró, trayendo consigo el penetrante aroma a aire invernal y cuero. Sus ojos la encontraron de inmediato, siguiendo sus movimientos mientras se alejaba de la ventana. “Se quedan cerca”, dijo, acercándose a ella con esa fluidez que le aceleraba el pulso.
—Se avecinan problemas. Tienes que entender que no puedes salir de esta cabaña. —Maya levantó la barbilla, intentando mantener la compostura a pesar de su proximidad—. No soy tu prisionero, Víctor. —Sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa—. No —convino él, acercándose—. Eres algo mucho más valioso. El aire entre ellos crepitaba de tensión.
Maya podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, oler el cuero de su chaqueta mezclado con algo único en él. Se quedó sin aliento cuando él extendió la mano y le apartó un mechón de pelo de la cara. «Eres mía», susurró, en voz baja y posesiva. Las palabras se deslizaron por su piel como seda envuelta en acero.
—No lo olvides. Maya se estremeció, pero no de miedo. La atracción entre ellos era magnética, innegable. Quiso retroceder, negar el efecto que él ejercía sobre ella, pero su cuerpo se negaba a moverse. Sus ojos la sostuvieron, oscuros con promesa y advertencia, y supo que ya estaba demasiado metida. La presencia del motociclista había transformado la tranquila cabaña de Maya en una sala de guerra.
Mapas y armas yacían esparcidos sobre la mesa del comedor, y el aire estaba cargado de humo de cigarrillo y tensión. Víctor usaba su casa como centro de mando, y por extensión, la usaba a ella. Cuando sus hombres venían a informar, se aseguraba de que ella estuviera visible, de pie cerca de él. Su mano se posaba posesivamente en su espalda baja, o la atraía hacia sí.
El mensaje era claro. Ella le pertenecía, y tocarla significaba la muerte. Maya notó cómo los demás motociclistas la miraban con una mezcla de curiosidad y miedo. La reputación de Víctor lo precedía, y su repentino interés en ella la hacía sentir protegida y vulnerable a la vez. Ella era su debilidad, pero también su fuerza, una paradoja que la dejaba aturdida.
Una tarde, mientras preparaba café para otra reunión de estrategia, Víctor la acorraló en la cocina. Su corpulenta figura bloqueaba la puerta, atrapándola entre él y la encimera. “Te estás acostumbrando a esto”, comentó en voz tan baja que solo ella pudo oírlo. A Maya le temblaban las manos al dejar la cafetera.
—No tengo muchas opciones, ¿verdad? —Siempre hay una opción. —Se acercó, su pecho casi rozando su espalda—. Podrías luchar con más fuerza. Gritar. Intentar correr. ¿Serviría de algo? —preguntó ella, girándose para mirarlo. Sus ojos se oscurecieron. No. La honestidad en su respuesta debería haberla aterrorizado, pero en cambio, le provocó un escalofrío de emoción.
Víctor notó su reacción y sonrió, una sonrisa depredadora que le aceleró el pulso. Pasaron los días y Maya se sintió cada vez más inmersa en el mundo de Víctor. Aprendió a interpretar sus estados de ánimo para anticipar sus necesidades. Cuando él estaba estresado, ella le tocaba el hombro y la tensión se aliviaba.
Cuando él se enojaba, ella lo miraba fijamente, y su furia se calmaba hasta convertirse en un ardor controlado. Fue en uno de esos momentos que todo cambió. Víctor acababa de amenazar a un miembro de una pandilla rival por teléfono; su rabia era palpable en el pequeño espacio de su sala. «No puedes seguir haciendo esto», dijo Maya, con la voz más fuerte de lo que sentía.
No puedes convertir mi hogar en un campo de batalla. Víctor se giró hacia ella con los ojos encendidos. ¿Tu hogar? Este dejó de ser solo tu hogar en el momento en que me salvaste. No pedí nada de esto. Ella dio un paso hacia él, la ira superando su cautela habitual. No pedí ser tu propiedad, tu escudo, tu… ¿mi qué? La agarró de los brazos, acercándola. Dilo.
A Maya se le cortó la respiración. Estaban pecho contra pecho, su corazón latía con fuerza contra el de ella. “Tu debilidad”, susurró. “Algo se quebró en la expresión de Víctor”. Apretó su boca contra la de ella, enredando una mano en su cabello mientras la apretaba más contra sí. El beso fue brutal, desesperado, lleno de toda la tensión acumulada de los últimos días.
Maya le devolvió el beso con igual fervor, clavándole los dedos en los hombros. Lo volcó todo en ese beso: su miedo, su ira, su creciente necesidad por él. Cuando finalmente se apartó, tenía los labios hinchados y el pecho agitado por la respiración entrecortada. «¡Esto es peligroso!», susurró con voz temblorosa.
La sonrisa de Victor era sombría y prometedora al responder: «El peligro es lo único que conozco». Maya paseaba por la pequeña sala, nerviosa por la tensión constante. Afuera, los hombres de Victor continuaban su patrulla; sus motocicletas retumbaban como un trueno lejano. No podía soportarlo más.
La espera, la incertidumbre, la sensación asfixiante de estar atrapado. Víctor estaba sentado en el viejo sillón de su padre, limpiando su arma con precisión metódica. Verlo le revolvió el estómago. “Tenemos que hablar de esto”, dijo Maya, con la voz más fuerte de lo que sentía. “Estos hombres, tus enemigos, no se van a ir, ¿verdad?”. Víctor no levantó la vista de su tarea.
—No. ¿Y qué pasa cuando vengan por ti? ¿Cuando descubran dónde estás? Le temblaban las manos, pero las apretó hasta convertirlas en puños. ¿Qué me pasa a mí? A ti no te pasa nada. Su tono era monótono, desdeñoso. Siguió trabajando en su arma; las piezas metálicas encajaban con una precisión letal. Maya se acercó, su frustración crecía. No puedes decidir eso sin más.
No puedes controlarlo todo. Finalmente, la mirada de Victor se fijó en la de ella, fría y dura. Puedo y lo haré. Estamos hablando de mi vida. La voz de Maya se elevó, resonando en las paredes de la cabaña. No pedí nada de esto. No pedí que aparecieras medio muerta en mi puerta. No pedí que me arrastraran a tu mundo.
Víctor bajó el arma lenta y deliberadamente. Tomaste esa decisión cuando me trajiste. No es justo. Maya golpeó la mesa de centro con la mano, haciendo vibrar las tazas. Intentaba ayudarte. Intentaba ser una persona decente. ¿Decente? Víctor se puso de pie, su altura la sobrepasaba. No hay nada decente en mi mundo, princesa.
Deberías haberme dejado morir. Tal vez debería haberlo hecho —espetó, aunque el corazón se le encogió al pensarlo. Víctor apretó la mandíbula—. Pero no lo hiciste, y ahora formas parte de esto, te guste o no. No soy una posesión que puedas reclamar. Maya intentó apartarse, pero Víctor la sujetó del brazo. —No soy uno de tus soldados a los que puedas dar órdenes.
“No”, asintió, su agarre firme, pero no doloroso. “Eres mucho más valiosa que eso”. Maya luchó contra su agarre. “Suéltame. No puedes simplemente…” En un movimiento fluido, Víctor la atrajo hacia su pecho, su brazo envolvió su cintura como una banda de hierro, su otra mano enredada en su cabello, obligándola a mirarlo.
¿Crees que quiero esto? —Su voz era baja, peligrosa—. ¿Crees que quiero preocuparme por tu seguridad? ¿Por si mis enemigos te usarán para llegar a mí? Maya se quedó sin aliento. Desde tan cerca, podía ver la tensión en su mandíbula, la violencia apenas contenida en sus ojos. —No necesito tu protección —susurró.
Pero las palabras sonaron huecas incluso para ella. Victor la apretó con más fuerza. Sus labios rozaron su oreja, provocándole escalofríos en la espalda. “Ahora me perteneces, Maya, y no dejaré que nadie te aleje de mí”. Las manos de Maya temblaban mientras Victor la guiaba entre la multitud de motociclistas vestidos de cuero. El aire de la mañana le rozaba la piel y la nieve crujía bajo sus botas.
Los Ángeles del Infierno habían improvisado un punto de encuentro cerca de su cabaña, con bicicletas dispuestas en un círculo alrededor de un espacio central. La mano de Víctor posada posesivamente en su espalda, guiándola hacia adelante. Todas las cabezas se giraron para verlos pasar, y Maya se sintió expuesta bajo su escrutinio. Estos no eran hombres comunes.
Eran criminales peligrosos, cada uno capaz de una violencia que ella no podía imaginar. “Quédate aquí”, ordenó Víctor, colocándola a su lado. Mientras los pandilleros se acercaban, sus dedos se clavaron en su cadera, abrazándola. “No te muevas”. La reunión comenzó, y Maya intentó concentrarse en cualquier cosa menos en las escaleras que la dirigían.
Víctor habló con autoridad sobre disputas territoriales y bandas rivales; su voz grave se oyó en toda la reunión. Pero fue al mencionarla que Maya volvió a concentrarse en sus palabras. «Esta mujer», anunció Víctor, apretándola con más fuerza, «está bajo mi protección. Cualquiera que la mire mal responderá ante mí».
La amenaza en su voz era inconfundible. Un murmullo recorrió la multitud. Uno de los motociclistas más corpulentos, con el rostro marcado por las cicatrices y el desgaste, dio un paso al frente. ¿Desde cuándo reclamas mujeres? ¿Fuego del infierno?, lo desafió. Se ablandó. La temperatura pareció bajar varios grados mientras la expresión de Víctor se ensombrecía. Sin previo aviso, soltó a Maya y cruzó el espacio que los separaba en dos largas zancadas.
Su puño impactó en la mandíbula del hombre antes de que nadie pudiera reaccionar. El motociclista se desplomó al suelo, con la sangre brotando de su labio partido. Víctor se quedó de pie sobre él, con una postura depredadora. “Pregúntame otra vez”, dijo en voz baja y peligrosa. “Y será lo último que hagas”. Maya observó horrorizada cómo el hombre caído retrocedía a trompicones, murmurando disculpas.
Los demás motociclistas se removieron, incómodos, evitando con cuidado a Victor y Maya. La reunión continuó, pero Maya apenas oyó las palabras. Era demasiado consciente de la presencia de Victor a su lado, de cómo demostraba su disposición a lastimar a cualquiera que desafiara su derecho sobre ella. Se sentía como un trofeo exhibido, un símbolo de su poder y control.
Cuando la reunión finalmente terminó, la mano de Víctor la encontró de nuevo, esta vez agarrándola del brazo. La alejó de la multitud por un costado de la cabaña, donde los árboles le brindaban algo de privacidad. Maya ya no pudo contenerse. “¿Eso es todo lo que soy para ti?”, preguntó con voz temblorosa. “Algo así como una posesión para presumir ante tu pandilla”.
Los ojos de Víctor se entrecerraron mientras la apoyaba contra un árbol. Su poderoso cuerpo la aprisionaba, con una mano apoyada junto a su cabeza. “¿Crees que se trata de eso?” “¿Qué otra cosa podría ser?”, replicó Maya, luchando contra las lágrimas que amenazaban con caer. “Me exhibes como si fuera un premio.”
—Te estoy protegiendo —gruñó, interrumpiéndola. Levantó la mano libre para acariciarle el rostro, sorprendentemente suave, a pesar de su tono áspero. Todo hombre necesita saber que tocarte significa la muerte. Que mirarte mal significa dolor. Maya contuvo la respiración cuando Víctor se inclinó más cerca, su intensa mirada sostenía la de ella. —No eres un peón, Maya —dijo con voz ronca—. Eres todo para mí.
Maya estaba de pie junto a la ventana de la cocina, observando cómo los copos de nieve danzaban en la penumbra del crepúsculo. La apacible escena contrastaba marcadamente con el caos que se gestaba en su cabaña. Víctor caminaba detrás de ella, sus pesadas botas marcando un ritmo constante en el suelo de madera. «Vienen por ti», dijo, con la voz tensa y la rabia contenida.
—Mis enemigos creen que pueden usarte para llegar a mí. —Los dedos de Maya se apretaron contra el alféizar de la ventana—. Nunca pedí nada de esto. Su voz temblaba a pesar de su esfuerzo por mantenerse fuerte. Estaba bien antes de que aparecieras en mi puerta. El reflejo de Víctor apareció detrás de ella en la ventana. Su enorme figura empequeñecía la de ella.
Su presencia, amenazante y protectora a la vez. ¿Crees que te habrían dejado en paz? En el momento en que me ayudaste, te convertiste en parte de este mundo. Se giró para encararlo, con la ira ardiendo en su pecho. Entonces déjame ir. Desapareceré en un lugar donde nunca me encontrarán. Su mano se estiró, agarrándola del brazo. No lo suficiente para herirla, pero sí para recordarle su fuerza.
No te vas a ninguna parte. Sus ojos ardían con una intensidad que la dejó sin aliento. Protejo lo que es mío. Durante las siguientes horas, los hombres de Víctor fortificaron la cabaña. Apostaron guardias afuera, aseguraron las ventanas y establecieron rutas de patrulla. Maya se sentía prisionera en su propia casa, vigilada no solo por posibles enemigos, sino también por sus supuestos protectores.
Intentó salir a tomar aire fresco, pero Víctor le cerró el paso. “Adentro”, ordenó, con un tono que no dejaba lugar a discusión. “No puedo respirar aquí dentro”. Maya explotó, empujándolo contra el pecho. “No puedes tenerme encerrada así”. Víctor la sujetó por las muñecas, acercándola. “Puedo y lo haré”. Su voz se volvió más grave, casi suave.
Te matarán para hacerme daño. ¿Es eso lo que quieres? Maya se desplomó contra él, con lágrimas de frustración quemándole los ojos. Lo que yo quiera ya no importa, ¿verdad? Su agarre se aflojó, y una mano se movió para acunar su rostro. Importas más de lo que crees. El sonido de cristales rotos destrozó el momento. Afuera estallaron disparos, acompañados de gritos y el rugido de motocicletas.
El cuerpo de Víctor se tensó, dominado por sus instintos protectores. El corazón de Maya latía con fuerza mientras las balas astillaban la madera a su alrededor. Los hombres de Víctor respondieron al fuego, y sus disparos se mezclaron con el caos exterior. “Ya están aquí”, gruñó Víctor, recorriendo con la mirada el interior de la cabaña. Sin previo aviso, agarró la mano de Maya y la arrastró hacia la parte trasera de la casa.
Su agarre era férreo, sus movimientos precisos y decididos. Una ventana explotó cerca de ellos, haciendo volar fragmentos de vidrio. Víctor protegió a Maya con su cuerpo, presionándola contra la pared. Su rostro se transformó por la rabia, sus ojos prometían violencia a cualquiera que se atreviera a acercarse. “Que nadie toque”. “A ti”, gruñó, con una furia aterradora y posesiva a la vez.
Su cuerpo se apretó contra el de ella mientras sonaban más disparos, creando un escudo humano entre ella y el peligro. Maya sentía su corazón latir contra su pecho, igualando el ritmo frenético del suyo. En ese momento, a pesar del miedo y la ira, comprendió la magnitud de su protección. No solo la protegía, sino que estaba dispuesto a morir para mantenerla a salvo.
El tiroteo se intensificó afuera, y Victor la apretó con más fuerza. Estaban atrapados en este juego mortal donde la vida de Maya se había convertido en el premio por el que todos luchaban. Pero el toque de Victor le decía una cosa con claridad: nunca permitiría que se la llevaran. Los disparos iluminaron la noche como fuegos artificiales mortales. Maya se apretaba contra la pared de la trastienda de su cabaña, con el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas.
La imponente figura de Víctor bloqueaba la puerta, disparando su arma mientras abatió a otro atacante. “Quédate detrás de mí”, ordenó con la voz ronca por la tensión. El olor a pólvora impregnaba el aire, mezclándose con el gélido viento invernal que aullaba a través de las ventanas rotas. Una explosión sacudió la cabaña, haciéndoles a ambos tambalearse.
A Maya le zumbaban los oídos por la explosión. A través del caos, oyó a Víctor maldecir en ruso. El sonido de madera astillada y cristales rotos se acercaba. “Tenemos que irnos”, gruñó Víctor, extendiendo la mano para tomarla. Su palma estaba caliente contra la de ella, resbaladiza por el sudor o la sangre. No supo distinguir cuál.
Dieron tres pasos antes de que la pared a su lado se derrumbara. Maya gritó mientras los escombros caían a su alrededor. La fuerza de la explosión la separó de Víctor, despatarrándose en el suelo. Su cabeza se golpeó contra algo duro y estallaron estrellas tras sus ojos. Maya. La voz de Víctor parecía lejana, amortiguada por el zumbido en sus oídos.
Intentó levantarse, pero sentía los brazos como plomo. Con la vista borrosa, vio figuras oscuras que salían a raudales por el agujero en la pared. Víctor las reprimía como un demonio, con movimientos brutales y eficientes. Pero eran demasiados. Por cada uno que derribó, aparecieron dos más. Unas manos ásperas agarraron los brazos de Maya y la levantaron.
Intentó gritar, pero un paño le presionó la cara. El mundo empezó a desvanecerse, oscureciéndose en los bordes. No. El rugido de Víctor fue lo último que oyó con claridad. Vislumbró su rostro contraído por la rabia y el miedo antes de que todo se volviera negro. Maya perdía la consciencia a ratos. El rugido de las motocicletas.
Un viento frío le azotaba la piel. Voces que no reconocía. Cada vez que salía a la superficie, la tela regresaba, arrastrándola hacia abajo. Mientras tanto, Víctor permanecía de pie entre los escombros de la cabaña de Maya. Su pecho subía y bajaba. La sangre goteaba de numerosos cortes, pero no sentía dolor. Solo sentía una rabia aplastante y devoradora. Había cadáveres esparcidos por el suelo.
Había derrotado a sus rivales. Pero no había sido suficiente. Aun así, se la llevaron. Se la arrebataron, y él no logró proteger lo que era suyo. Sus hombres entraron por la puerta destruida, con las armas preparadas. Encontraron a su líder inmóvil, con la mirada fija en una mancha de sangre en el suelo. La sangre de Maya. Jefe. Uno de ellos se aventuró con cuidado.
Tenemos a tres vivos. Quizá sepan dónde. Tráiganmelos. Víctor lo interrumpió con una voz mortalmente baja. El tipo de silencio que precedía a las masacres. Cuando arrastraron a los rivales capturados ante él, el rostro de Víctor era una máscara de furia fría. Se arrodilló ante el primero, presionando su arma bajo la barbilla del hombre. “¿Adónde se la llevaron?”, preguntó con un gruñido. El hombre escupió sangre.
Llegas demasiado tarde, Fuego Infernal. La mano del diablo te envía saludos. El dedo de Víctor apretó el gatillo. Su mundo se había reducido a un solo punto: encontrar a Maya. Todo lo demás era prescindible. Todos los demás eran prescindibles. Se levantó lentamente, girándose para encarar a sus hombres reunidos. Retrocedieron un paso involuntariamente, reconociendo la mirada en los ojos de su líder.
Era la misma mirada que tenía años atrás, cuando la traición lo convirtió en el monstruo al que ahora perseguían. “Atrapen a todos”, ordenó Víctor, con palabras cargadas de veneno. “Cada capítulo, cada aliado, cada arma que tenemos”. Miró a los prisioneros con ojos inexpresivos. “Vamos a la guerra”. El distrito de almacenes se alzaba oscuro y amenazante contra el cielo nocturno.
La motocicleta de Víctor encabezaba una caravana de ángeles del infierno, con sus motores rugiendo como depredadores hambrientos por las calles vacías. Su rostro era una máscara de ira contenida, su mirada fría y concentrada. Cada segundo sin Maya se sentía como una tortura, pero había rastreado a la banda rival hasta allí, y nada lo detendría.
Dentro del almacén, Maya forcejeaba contra las bridas que le cortaban las muñecas. El líder de la banda rival, un hombre llamado Snake, caminaba frente a ella, con sus botas resonando en el suelo de hormigón. Podía oír a sus hombres apostarse por todo el edificio, preparándose para el inevitable asalto. A pesar del miedo, mantuvo la frente en alto, negándose a que la vieran temblar.
“¡Tu novio viene!”, se burló Snake, pasándole un dedo por la mejilla. Maya se apartó bruscamente, ganándose una risa áspera. “Bien, que venga”. El sonido de motocicletas acercándose llenó el aire. El corazón de Maya se aceleró, con la esperanza y el terror mezclados en su pecho. Sabía de lo que era capaz Víctor.
Había presenciado su violencia con sus propios ojos. Pero ahora esa violencia se desataría con toda su fuerza, y una parte de ella temía lo que presenciaría. La primera explosión sacudió los cimientos del edificio. Afuera se oyeron disparos, acompañados de gritos y alaridos. Maya podía oír cómo se extendía el caos. El sonido de los hombres de Víctor rompiendo las defensas del almacén.
La sonrisa de Snake se desvaneció mientras ladraba órdenes por radio. Sus hombres reportaban numerosas bajas. «Hellfire se ha vuelto loco», crepitó una voz por la radio. «Está atravesando nuestra…». La transmisión se cortó con una explosión de estática y gritos. Maya sintió una oleada de feroz satisfacción al ver el miedo que se extendía por el rostro de Snake.
La agarró del brazo y la puso de pie de un tirón mientras el sonido de la lucha se acercaba. Las puertas del almacén explotaron hacia adentro, y entre el humo y los escombros, Víctor emergió como un demonio vengador. La sangre salpicaba su chaqueta de cuero, pero no parecía ser suya. Sus ojos encontraron a Maya de inmediato, y la intensidad de su mirada la dejó sin aliento.
Dos hombres se abalanzaron sobre él con cuchillos. Ambos cayeron en segundos, sus cuerpos golpeando el suelo con un golpe sordo. “Atrás”, advirtió Snake, atrayendo a Maya hacia él como escudo. “Un paso más y…” El disparo de Victor le dio en el hombro antes de que pudiera terminar la amenaza. Snake aflojó el agarre y Maya le clavó el codo en el esternón, liberándose.
Cayó y rodó cuando el segundo disparo de Víctor dio en el blanco entre los ojos de Snake. El almacén quedó en silencio, salvo por los lejanos sonidos de la lucha. Víctor cruzó el espacio que los separaba a grandes zancadas, haciendo crujir los cristales rotos con sus botas. Maya luchó por ponerse de pie, con las piernas débiles tras horas atada, pero Víctor la sujetó antes de que cayera.
Sus manos fueron delicadas al romper las bridas, un marcado contraste con la violencia que acababa de presenciar. La sangre le manchó la piel donde la tocó, pero a Maya no le importó. Estaba a salvo. Estaba con él. «Estás herida», gruñó Víctor, rozando con los dedos los moretones de su rostro.
La ternura de su tacto contradecía la furia asesina que aún ardía en sus ojos. “Estoy bien”, susurró Maya. “Sabía que vendrías”. Víctor la atrajo hacia su pecho, enredando una mano en su cabello, mientras la otra mantenía su arma lista. Su corazón latía con fuerza contra su mejilla. “Eres mía”, dijo, con la voz ronca por la emoción.
“Nadie te separará de mí jamás.” El sótano de la vieja iglesia se sentía húmedo y frío, pero Maya apenas lo notó. Su atención estaba fija en el escáner de la policía, que crepitaba con informes de violencia que estallaban en la ciudad. Cada interferencia la sobresaltaba, preguntándose si el siguiente mensaje sería sobre Víctor. Dos de los hombres de mayor confianza de Víctor montaban guardia cerca.
Sus rostros se ensombrecieron mientras escuchaban las noticias de sus hermanos a través de teléfonos quemadores. Las paredes del sótano parecían vibrar con cada explosión lejana. Se reportaron múltiples bajas en la Quinta Calle. El escáner crepitó. Disparos en los muelles. Todas las unidades responden. Maya se abrazó, recordando el rostro de Víctor antes de irse.
Nunca había visto tanta furia en sus ojos. «Voy a quemar todo su mundo», había prometido, con la voz cargada de la inevitable violencia. «Todos y cada uno de ellos pagarán por tocar lo que es mío». Los teléfonos de los guardias vibraban constantemente con actualizaciones. Las fuerzas de Víctor destruían metódicamente todas las operaciones rivales en la ciudad. Los almacenes ardían.
Las casas de seguridad fueron violadas. Cualquier persona relacionada con su secuestro estaba siendo perseguida con brutal eficiencia. “El jefe acaba de atacar el complejo Martínez”, informó un guardia, con la voz tensa por la emoción apenas contenida. “15 caídos, ningún superviviente”. A Maya se le revolvió el estómago al ver el número de muertos, pero no pudo negar el orgullo feroz que floreció en su pecho.
Víctor hacía esto por ella. Cada acto violento, cada vida arrebatada, todo se debía a que alguien se había atrevido a hacerle daño. La idea debería haberla horrorizado, pero en cambio la hizo sentir extrañamente poderosa. El escáner explotó con nuevos informes de masacre. Múltiples vehículos en llamas en el puerto. Disparos contra el antiguo distrito industrial, solicitando unidades adicionales.
Durante todo aquello, Maya casi podía ver a Víctor en su mente, moviéndose como una fuerza de la naturaleza en medio del caos que había creado, repartiendo muerte con fría precisión. El hombre que la tocaba con tanta delicadeza en momentos íntimos estaba ahí fuera ahora, convirtiéndose en el monstruo que todos temían. Las horas transcurrían así, marcadas por estallidos de violencia en el escáner y respuestas policiales cada vez más frenéticas.
Los guardias se animaron más a medida que llegaban los informes de las victorias de Víctor. Su hermano estaba cimentando su leyenda, demostrando por qué lo llamaban fuego del infierno. Cuando la puerta de la iglesia finalmente se abrió con un crujido, el corazón de Maya se detuvo. Unas botas pesadas bajaron las escaleras. Y allí estaba. Víctor llenaba la puerta. Su enorme figura salpicada de sangre y mugre.
Su corte de cuero presentaba agujeros de bala recientes, y sus nudillos estaban en carne viva y partidos. Pero sus ojos, esos ojos fríos y peligrosos, se suavizaron en cuanto la encontraron. Cruzó la habitación en tres largas zancadas, ignorando a todos los demás. Sus manos, aún calientes por la violencia, le acariciaron el rostro con sorprendente delicadeza. El contraste hizo estremecer a Maya.
Este era un hombre que acababa de destrozar una ciudad, que había matado sin vacilación ni piedad, pero la tocó como si fuera de cristal. La sangre goteaba de un corte sobre su ojo, pero él parecía no notarlo. Su pulgar recorrió su pómulo como para confirmarse que era real. El sótano quedó en silencio, salvo por sus respiraciones.
Los guardias se retiraron silenciosamente para darles privacidad. La otra mano de Víctor se deslizó hasta su cintura, acercándola más. Podía sentir la tensión que irradiaba su cuerpo, la violencia apenas contenida que aún vibraba bajo su piel. La necesitaba. Necesitaba su suavidad para equilibrar su oscuridad. Necesitaba su calor para descongelar el hielo en sus venas.
—Está hecho —murmuró, con la voz ronca por gritar órdenes—. Nunca más te tocarán. Nadie lo hará. La casa segura quedó en silencio mientras el amanecer se asomaba en el horizonte. Maya estaba sentada en el borde de un sofá de cuero desgastado, observando a Víctor pasearse por la habitación como un animal enjaulado. La violencia de la noche aún lo aferraba.
Pero algo más ensombrecía sus movimientos. Incertidumbre. Se detuvo de repente y se giró para mirarla. Sus feroces ojos azules la clavaron en los suyos con una intensidad que la dejó sin aliento. «Ya has visto lo que soy», dijo con voz ronca. «De lo que soy capaz». Los dedos de Maya se retorcían en su regazo. Las imágenes de la carnicería de la noche aún estaban frescas en su mente.
Los incendios, los gritos, la destrucción absoluta que Víctor había desatado sobre sus enemigos. «Todo por ella». «Sé que tienes miedo», continuó Víctor, acercándose. Su presencia llenaba la habitación, impidiéndole pensar con claridad. «Deberías tenerlo. Así soy yo, Maya. No puedo cambiarlo». Se arrodilló ante ella, aferrándose a sus rodillas con sus manos callosas.
—Pero te doy una opción. El corazón de Maya latía con fuerza en su pecho. Este era el momento que había estado esperando, una oportunidad de libertad. —¿Pero por qué la idea de irse la hacía sentir vacía? —Puedes irte ahora mismo —dijo Víctor, apretando ligeramente los dedos—. Haré que mis hombres te lleven a donde quieras ir.
Nunca volverás a verme. Las palabras parecieron causarle dolor físico. O puedes quedarte. Pero si te quedas, Maya, eres completamente mía. No hay término medio conmigo. Maya miró sus manos sobre sus rodillas, manos que habían repartido muerte horas atrás, manos que la habían tocado con tanta ternura. Pensó en su vida tranquila antes de él, en la seguridad del aislamiento.
Parecía que había pasado una eternidad. “El mundo en el que vivo”, continuó Víctor, bajando la voz. “Es violento, peligroso. No hay escapatoria. No te mentiré diciéndote que puedo protegerte de todo, pero quemaré el mundo entero antes de permitir que alguien te vuelva a hacer daño”. Sus palabras le provocaron un escalofrío.
Esta era la verdad de él. Posesivo, peligroso, capaz de una violencia increíble, pero también ferozmente leal, protector hasta la destrucción. Maya extendió la mano, sus dedos recorriendo los cortes en su rostro. Víctor se inclinó ante su toque, cerrando los ojos brevemente. El gesto le provocó un dolor en el pecho. Este hombre peligroso, este asesino, ansiaba su dulzura, incluso cuando su oscuridad llamaba a algo salvaje en su interior.
Debería correr, susurró más para sí misma que para él. Cualquier persona cuerda lo haría. Los ojos de Víctor se abrieron de golpe, con algo desesperado y hambriento en su mirada. Pero Maya pensó en su vida antes de él, segura, predecible, vacía. Pensó en la emoción que la recorrió al verlo luchar. La forma en que su cuerpo cobraba vida bajo su toque, la seguridad absoluta que sentía en sus brazos a pesar de saber de lo que era capaz.
No había vuelta atrás. Víctor había despertado algo en ella que no podía volver a dormir. La idea de regresar a su tranquila existencia la hacía sentir vacía. Sus dedos se apartaron de su rostro para enredarse en su cabello. «Me quedaré», susurró, con la voz temblorosa de miedo y deseo. Las palabras eran como rendición y victoria a la vez.
Las manos de Víctor apretaron la cintura de Maya, acercándola más a él hasta que sintió el calor que irradiaba su cuerpo. Su mirada, normalmente fría y calculadora, ardía con una intensidad que la dejó sin aliento. «No entiendes lo que esto significa», dijo con la voz ronca por la emoción. «No hay vuelta atrás, no hay dudas».
Sus dedos recorrieron su columna vertebral, haciéndola estremecer. «Desde este momento, me perteneces». El corazón de Maya se aceleró al sentir sus palabras. El tono posesivo de su voz debería haberla asustado, pero en cambio la hizo sentir extrañamente segura, protegida. «Sé lo que elijo, Víctor», susurró, aunque le temblaba un poco la voz.
Él negó con la cabeza, su expresión se ensombreció. “No, no lo sabes. Todavía no.” Su mano se movió para acunar su rostro, rozando su mejilla con el pulgar. “He matado hombres por mirar lo que es mío. He quemado ciudades para proteger lo que me pertenece.” Su agarre se apretó, no lo suficiente para herir, pero sí lo suficiente para enfatizar sus palabras. Y tú, Maya, eres más valiosa que cualquier cosa que haya poseído.
La cruda honestidad en su voz le revolvió el estómago. Este era el verdadero vencedor. No solo el ejecutor violento ni el asesino despiadado, sino un hombre capaz de un amor feroz y devorador. «Nadie volverá a hacerte daño», gruñó, presionando su frente contra la de ella. «Lo juro por mi vida. A cualquiera que lo intente». Bajó la voz.
Peligroso. Suplicarán la muerte antes de que termine con ellos. Maya debería haber sentido repulsión por la amenaza de violencia, pero ahora lo entendía. Así amaba Víctor, con la misma intensidad que aplicaba a todo lo demás. Total, absoluta, inflexible. Eres mía —continuó, su aliento caliente contra su piel—.
—Mi mujer, mi corazón. —Sus manos se deslizaron hasta sus caderas, aferrándola posesivamente—. Dilo, Maya. Necesito oírte decirlo. —Lo miró a los ojos, viendo la vulnerabilidad bajo la exigencia—. Este hombre peligroso, este asesino, estaba desnudando su alma por ella. —Soy tuya, Víctor —susurró, las palabras brotando de sus labios como una confesión.
Un gruñido de satisfacción retumbó en su pecho. “Otra vez”, exigió, acercándola más. “Soy tuyo”, repitió ella. “Esta vez con más fuerza, sintiendo la verdad en sus huesos”. El control de Victor se quebró. Estrelló sus labios contra los de ella, vertiendo semanas de deseo y frustración reprimidos en el beso.
Maya se fundió con él, aferrándose a su chaqueta de cuero mientras su lengua se adentraba en su boca, reclamando su posesión. El beso fue todo lo que habían estado conteniendo. Todo el miedo, el anhelo, la necesidad desesperada que habían estado combatiendo. Víctor la besó como un hombre hambriento, sus manos recorriendo su cuerpo con una urgencia que la mareaba.
Maya correspondió a su pasión, dándole todo lo que recibió. Vertió toda su confusión, su resistencia, su rendición final en el beso. Sus dedos se enredaron en su cabello, atrayéndolo más cerca, necesitando más. Cuando finalmente se separaron, ambos jadeando, los ojos de Victor estaban llenos de deseo. “Mío”, gruñó contra sus labios.
La palabra, una promesa y una amenaza a la vez. «Maya solo pudo asentir, demasiado abrumada para hablar. Estaba agotada de luchar contra esto, de luchar contra él, de luchar contra sí misma». Cuando la boca de Víctor volvió a posarse sobre la suya, se entregó por completo a la pasión que se había gestado entre ellos desde aquella primera noche en la tormenta.
Maya observó a Víctor moverse por la cabaña, con movimientos precisos y controlados, incluso en un ambiente tan doméstico. Estaba preparando té. Un acto tan simple, pero parecía casi surrealista, viniendo de un hombre al que había visto destrozar a sus enemigos sin piedad hacía apenas unos días. Mi madre solía preparar esto —dijo en voz baja, con un acento aún más marcado por el recuerdo.
“Cuando estaba enfermo, o cuando el mundo me pesaba demasiado.” Le entregó una taza humeante, y Maya percibió un aroma herbal y relajante. Sus dedos se rozaron durante el intercambio, y ella sintió esa familiar chispa eléctrica. Pero esta vez, en lugar de apartarse, Víctor dejó que su toque persistiera.
Sus manos callosas, capaces de tal violencia, eran increíblemente delicadas al rodear las de ella. «A veces me recuerdas a ella», admitió, sentándose a su lado en el sofá. Tenía esa misma mirada, como si pudiera ver a través de las paredes que yo había construido. Maya tomó un sorbo de té con cuidado, sorprendida por su dulzura.
“¿Qué le pasó?” La mandíbula de Victor se tensó, pero su voz permaneció suave. Cáncer. Antes de unirme a los ángeles, antes de que todo se oscureciera, miraba fijamente su propia taza como si contuviera respuestas a preguntas que nunca había formulado. Ella fue la última persona que me vio solo como Victor, no como Hellfire, no como el ejecutor, solo como su hijo.
La vulnerabilidad en su voz le dolió el corazón. Extendió la mano y le tocó el brazo, donde un tatuaje de dragón se curvaba alrededor de su bíceps. “Te veo”, susurró. Sus ojos se encontraron con los de ella, y por primera vez, vio más allá de la dureza azul hielo, algo crudo y anhelante debajo. “Eso es lo que me asusta”, admitió.
—Ves demasiado. —Moviéndose lentamente como si se acercara a un animal herido, Maya dejó el té y se acercó. Víctor permaneció inmóvil, observándola con una intensidad que la dejó sin aliento. Cuando ella le tocó la cara, recorriendo la cicatriz que le recorría la mandíbula, él cerró los ojos y se apoyó en su palma.
—Nunca quise esta vida para ti —murmuró—. Nunca quise arrastrarte a mi oscuridad. —Levantó la mano para cubrir la de ella, sosteniéndola contra su mejilla—. Pero no soy lo suficientemente fuerte para dejarte ir. —Quizás no quiero que me dejen ir —dijo Maya, sorprendiéndose con la verdad de sus palabras—. Víctor abrió los ojos, y la mirada en ellos la dejó sin aliento.
Una devoción pura mezclada con una posesividad que debería haberla asustado, pero que en cambio la hacía sentir increíblemente segura. La atrajo hacia su regazo con naturalidad, acunándola contra su pecho como si fuera de cristal. «Mi hermosa y valiente niña», susurró en su cabello.
No sabes lo que me haces, cómo me haces querer ser mejor, aunque sé que nunca seré lo suficientemente bueno para ti. Maya apretó la cara contra su cuello, aspirando el aroma a cuero y especias que lo caracterizaba. Sus brazos la apretaron, y sintió su corazón latir fuerte y firme contra su pecho. «Lo eres todo para mí», susurró Víctor, con la voz ronca por la emoción.
“Para siempre”, sus palabras la envolvieron como una manta, cálida y segura. Este era el verdadero vencedor. No el despiadado ejecutor, ni el temido infierno, sino un hombre que había perdido demasiado y había encontrado algo valioso que no soportaba perder de nuevo. El sol de la mañana se filtraba por las ventanas de la cabaña, proyectando un resplandor dorado sobre los desgastados suelos de madera.
Maya estaba en la cocina, observando por la ventana cómo los hombres de Víctor patrullaban el perímetro. Los acontecimientos de las últimas semanas habían transformado su tranquilo refugio de montaña en una fortaleza de motociclistas vestidos de cuero y motocicletas estruendosas. Víctor apareció detrás de ella, llenando la habitación con su presencia. La rodeó con los brazos por la cintura, acercándola a su pecho.
A pesar de su temible reputación, su tacto era delicado, casi reverente. —Mis hermanos ahora conocen su lugar —murmuró contra su oído—. Ya nadie cuestiona por qué estás aquí. Maya se inclinó hacia él, recordando cómo trataba a cualquiera que se atreviera a desafiar su posición. —No tenías que ser tan duro con ellos. —Lo hice.
Su voz era firme, pero tierna. Necesitaban entender que no eres una mujer más. Lo eres todo para mí. Afuera, varios Ángeles del Infierno asintieron respetuosamente al pasar por la ventana. El cambio en su comportamiento era evidente. Donde antes había miradas sospechosas, ahora había una diferencia.
Víctor le había dejado claro que faltarle el respeto a Maya significaba enfrentarse a su ira. “Ven aquí”, dijo Víctor, girándola para que lo mirara. Sus ojos azules, normalmente fríos como el hielo, desprendían una calidez reservada solo para ella. “Quiero mostrarte algo”. La condujo a la sala, donde había mapas y documentos esparcidos sobre la mesa de centro.
Marcadores de territorio, negocios, propuestas de alianza, el papeleo de un imperio criminal. Este es mi mundo, explicó, con la mano posada posesivamente en la parte baja de su espalda. Todo lo que he construido, todo lo que controlo, ahora también es tuyo. Maya estudió los papeles, comprendiendo el peso de lo que le ofrecía. Víctor, no. La interrumpió con suavidad.
Escúchame. He vivido mi vida en la sombra, tomando lo que quería por la fuerza. Pero tú —sus dedos recorrieron la mandíbula de ella—. Te entregaste a mí libremente. Eso significa más que todo esto. Uno de sus lugartenientes apareció en la puerta, esperando permiso para entrar. La postura de Víctor cambió al instante, convirtiéndose en el líder intimidante que sus hombres temían y respetaban.
Pero su mano permaneció suave sobre la espalda de Maya, un silencioso recordatorio de su conexión. «Informe», ordenó Víctor. «El territorio de la banda rival ha sido asegurado», dijo el teniente. «Se están alineando, tal como dijiste». Víctor asintió, despidiéndolo con una mirada.
Una vez solos, se volvió hacia Maya, con la expresión suavizada. «Verás», dijo, señalando los mapas. «Todo lo que hago ahora, lo hago para que podamos mantenerte a salvo, para construir algo digno de ti». Maya le tocó la cara, sintiendo la barba áspera bajo los dedos. Este hombre peligroso, capaz de ordenar la muerte con una palabra, la miraba como si fuera oro precioso.
—Juntos somos más fuertes —dijo en voz baja. Los brazos de Victor la apretaron—. Sí, lo somos. —Miró por la ventana a su grupo de motociclistas reunidos, y luego a ella—. Nunca quise compartir mi poder, nunca confié lo suficiente en nadie. Pero contigo, Maya lo entendió. Ya no se trataba solo de protección o posesión.
Se trataba de una alianza, de construir algo juntos a partir de las cenizas de sus pasados separados. Víctor la condujo al porche, donde pudieron ver toda su operación extendida ante ellos. Sus hombres se enderezaron al aparecer, mostrando respeto no solo a su líder, sino también a la mujer que estaba a su lado como una igual.
“Juntos conquistaremos el mundo”, dijo Víctor con férrea determinación, abrazándola por la cintura. La sala de reuniones quedó en silencio mientras Víctor se ponía de pie; su presencia exigía la atención inmediata de los ángeles del infierno reunidos. Maya estaba sentada a su lado, con el corazón acelerado, pero su serenidad exterior. La luz de la mañana se filtraba por las ventanas, proyectando largas sombras sobre los rostros rudos de los hombres que una vez la habían aterrorizado.
—Hermanos —la voz de Víctor resonó por la sala, profunda y autoritaria—. Saben por qué estamos aquí. —Su mano encontró el hombro de Maya, un toque posesivo pero delicado—. Maya no es solo la mujer que me salvó la vida aquella noche. Es mía ahora, completa y para siempre. Los motociclistas intercambiaron miradas, algunos asintiendo en señal de comprensión.
Maya sintió sus miradas sobre ella, pero ya no eran amenazantes. Había respeto, tal vez incluso aceptación. «Cualquiera que la amenace», continuó Víctor, apretándolo ligeramente. «Me amenaza. Cualquiera que la mire mal me responde. No solo está bajo mi protección. Es parte de quien soy ahora».
Uno de los miembros mayores, un hombre canoso llamado Oso, se puso de pie. Maya se tensó, pero Víctor permaneció firme a su lado. El rostro curtido de Oso se iluminó con una sonrisa inesperada. “Ya era hora de que encontraras a alguien por quien valiera la pena luchar, Fuego Infernal”, dijo, usando el antiguo apodo de Víctor. “Todos hemos visto cómo te ha cambiado, te ha hecho más fuerte, no más débil”.
Un murmullo de asentimiento recorrió la habitación. Maya sintió un calor que le recorría el pecho cuando Víctor la ayudó a ponerse de pie junto a él. Su mirada, normalmente fría y calculadora, se suavizó al encontrarse con la de ella. “Enséñales”, le ordenó con suavidad, subiéndole la manga para revelar el tatuaje reciente en su antebrazo.
Su marca, la misma que él llevaba, ahora grabada para siempre en su piel. Había sido su decisión, su forma de demostrarle que estaba completamente comprometida. La sala estalló en gritos de agradecimiento. Estos hombres, que vivían bajo un código de lealtad y hermandad, comprendían su importancia. Maya no era solo la mujer de Victor.
Ahora formaba parte de su mundo, marcada y reclamada. “¿Alguien tiene algo que decir al respecto?”, la desafió Víctor. Aunque su tono no implicaba una amenaza real, ya sabía la respuesta. Los motociclistas se pusieron de pie uno a uno, mostrándole su respeto. Incluso los miembros más nuevos, que solían mantenerse rezagados, se adelantaron para saludarla.
Maya sintió un cambio en su interior. Los últimos rastros de miedo se desvanecieron. “Ahora tu familia”, declaró Bear, alzando su cerveza. “Y la familia significa algo para nosotros”. El brazo de Victor la rodeó por la cintura, atrayéndola hacia sí. La posesividad de su tacto le resultaba familiar ahora, reconfortante en lugar de amenazante. Maya se apoyó en él, sintiendo la fuerza de su cuerpo, el latido constante de su corazón.
“Yo elegí esto”, anunció con voz clara y firme. “Lo elegí a él y a esta vida”, miró a Víctor, viendo el orgullo y el amor en sus ojos. “Nadie me separará jamás de ti”, dijo con férrea determinación. Sus palabras resonaron en la silenciosa habitación. Maya se irguió junto a Víctor, ya no era la mujer asustada que lo había encontrado sangrando en la nieve.
Ahora era su igual, su compañera, marcada y reclamada, pero eligiendo estar allí. El beso de Victor fue posesivo y orgulloso, una declaración pública de lo que significaban el uno para el otro. Los Ángeles del Infierno la vitorearon, aceptándola plenamente en su mundo. Maya sabía que siempre habría peligros, siempre habría desafíos, pero allí de pie con Victor, se sentía invencible.
Ella era suya, y él era suyo, y nada cambiaría eso jamás. Maya estaba de pie al borde del porche de la cabaña, observando cómo los últimos rayos de sol teñían las montañas de tonos dorados y carmesí. El aire aún olía a pólvora y gasolina de la batalla final, pero debajo, podía oler las agujas de pino y la lluvia inminente.
Se acabó. De verdad que se acabó. Detrás de ella, las botas de Victor crujieron sobre las tablas de madera al acercarse. Su presencia era tan imponente como siempre, pero había una nueva dulzura en su forma de acercarse a ella, una ternura reservada solo para sus ojos. —Los últimos se han ido —dijo, con la voz ronca por las órdenes que daba.
—Nuestro territorio está a salvo —asintió Maya, dejando escapar un suspiro que no se había dado cuenta de que había estado conteniendo. La banda rival que se había atrevido a desafiar la autoridad de Víctor yacía dispersa y destrozada, un duro recordatorio de lo que les sucedía a quienes se oponían a los Ángeles del Infierno, a quienes los oponían. Ella no era la misma mujer que había encontrado a Víctor sangrando en su puerta hacía tantos meses.
Esa Maya habría retrocedido ante la violencia, ante la oscuridad que ahora invadía su vida compartida. Pero esta Maya, la que había emergido del fuego y la sangre, comprendía la necesidad del poder, del control. Los brazos de Víctor la rodearon por la cintura desde atrás, atrayéndola hacia su pecho. Su latido era firme y fuerte contra su espalda, un ritmo en el que ella había llegado a confiar.
—Te portaste bien hoy —murmuró entre sus labios—. Lo hizo. Cuando los rivales atacaron, no se escondió. Permaneció junto a Víctor, arma en mano, lista para defender lo que era suyo. El recuerdo de apretar el gatillo debería haberla atormentado, pero en cambio se sintió como libertad, como aceptar finalmente quién era ella.
“Aprendí del mejor”, respondió ella, recostándose en su abrazo. “Su risa retumbó por todo su cuerpo”. “El sol descendía, proyectando largas sombras sobre el patio, donde hacía apenas unas horas, hombres habían luchado y caído. Maya vio a un cuervo posarse en la rama de un árbol cercano, con sus plumas negras reluciendo.
Al igual que ella, no le temía a la oscuridad. Víctor la giró entre sus brazos, sus manos callosas acariciaron su piel con suavidad; sus ojos, generalmente tan fríos al tratar con los demás, solo reflejaban calidez al mirarla. Vio en ellos todo lo que habían pasado: el miedo, la pasión, la violencia y el amor que los había transformado a ambos.
“Mírate”, dijo, recorriendo su mandíbula con el pulgar. “Mi reina guerrera. ¿Quién hubiera pensado que la mujer que me salvó la vida se convertiría en lo más peligroso de mi mundo?” Maya sonrió, recordando sus viejos miedos, sus dudas, lo lejos que había llegado desde aquella chica asustada que buscaba la soledad en estas montañas.
Ahora ansiaba el caos, el poder, el amor feroz que solo Víctor podía darle. «Pertenezco aquí», dijo simplemente, porque era cierto. Pertenecía a este mundo de sombra y fuerza, donde la lealtad lo era todo y el amor ardía como fuego. Víctor la sujetó con más fuerza.
Sus ojos se oscurecieron con una intensidad que aún la dejaba sin aliento. “Me perteneces”, la corrigió, bajando la voz a ese tono peligroso que le provocó escalofríos. Siempre desde aquella primera noche. La atrajo hacia sí hasta que no hubo espacio entre ellos, hasta que pudo sentir cada línea dura de su cuerpo contra el suyo.